6/29/2006

La Naga - Peter Beagle


Cada tanto me gusta leer este cuento, y ahora que lo he encontrado, lo dejo por si alguien también quiere leerlo.

Peter Beagle es también el autor de "El último unicornio", quizás su obra más conocida, que fue adaptada para una obra de animación bajo el mismo nombre, y que fue publicado en España, por Martínez Roca, en su colección "Fantasy". A quien pueda, es un cuento muy recomendable.

Peter Beagle es un escritor maravilloso, me recuerda mucho a Lloyd Alexander.

Guardo entrañables recuerdos de tardes de verano leyendo "El último unicornio" en el Parque del Escorxador, disfrutando las aventuras de Molly, de Schmendrick, de Lady Amaltea y el Toro Rojo.

"La perseverancia es las nueve décimas partes de cualquier arte"

Tal y como prometí, procedo a quotear el cuento, ya que por motivos de derechos de autor, no puede ser publicado por entero.

No obstante, animaría a quien quiera leerlo, que busque el libro "Homenaje a Tolkien" para poder disfrutar de él, y le animo asímismo a leer las aventuras de la unicornio.




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La Naga, de Peter Beagle




Nota del autor: El siguiente relato es un fragmento de un manuscrito romano del siglo I descubierto recientemente, atribuido a Caius Plinius Secundus conocido como Plinio el Vieja Parece ser un apéndice a su gran Enciclopedia de Historia Natural, escrita poco antes de su muerte, acaecida en el año 79 después de Cristo durante la erupción del monte Vesubio. Cómo fue a parar a manos de este escritor sería otra historia en sí, y es algo que no incumbe a nadie más que a él.

Empecemos por una criatura que conocemos únicamente a través de relatos de aquellas tierras semimíticas que se encuentran más allá del Indo, donde habitan muchos dragones y unicornios. Mercaderes como los que viajan entre la India y las provincias romanas de Mesopotamia describen la naga como una enorme serpiente de siete cabezas, bestia que nosotros conocemos por el nombre de hidra. Aparte de las historias sobre la conquista de Hércules de la Hidra de Lerna, se han escrito relatos sobre los numerosos enfrentamientos con estos animales habidos cerca de las costas de Grecia y Gran Bretaña. La hidra tiene entre siete y diez cabezas, que son como testas de perro. Según dicen, estas cabezas crecen en las extremidades de unos cuellos o brazos prodigiosamente musculosos, y no devoran a su presa sino que la arrastran hasta una cabeza central, mucho mayor, que la desgarra con un pico parecido al del monstruoso loro africano. Además, se cuenta que estas cabezas y cuellos vuelven a crecer una vez partidos; al momento, según los escritores griegos, aunque la capacidad de éstos para mentir o para creerlo todo va más allá de lo imaginable. Sin embargo, no hay duda de que la hidra existe realmente. Yo mismo he hablado con marineros que habían perdido a compañeros suyos ante la voracidad de esas bestias y que, como venganza, habían hervido una viva y la habían devorado ellos mismos una vez capturada. Según parece, la hidra tiene un sabor bastante similar al de las botas con que los soldados hacen sopa en el desierto en situaciones extremas. Es un sabor difícil de olvidar.

Pero la naga es claramente de una naturaleza distinta de la hidra, por mucho que se parezcan superficialmente. Los relatos que han llegado hasta mí indican que los habitantes de la India y de las tierras de más allá suelen venerar a este animal, y de hecho lo consideran casi como un dios, aunque al mismo tiempo algo inferior a los humanos. Ésta no es la única contradicción, ya que, aunque se dice que un mordisco de la naga es venenoso para todo ser viviente, sólo algunas de ellas son consideradas peligrosas para el hombre. (La verdad es que mis fuentes de información no coinciden en cuanto a la presa habitual de la naga: algunos libros llegan incluso a sugerir que la bestia ni siquiera come, sino que vive de la leche del elefante salvaje, al que cuida y protege como nosotros al ganado.) El elemento de las nagas es el agua; se cree que tienen el poder de provocar la lluvia o de impedir que llueva, y por tanto se las debe aplacar con sacrificios y otras ofrendas y tratar siempre con respeto. Al igual que los dragones de aquí, poseen grandes tesoros en profundas guaridas. Pero, a diferencia de los dragones que conocemos, al parecer las nagas construyen palacios subterráneos de una inmensa riqueza y belleza, donde residen a la manera de los reyes y reinas de este mundo. Sin embargo, cuentan que a menudo se inquietan y suspiran por algo que no pueden conseguir, y entonces abandonan sus mansiones y se desplazan por los ríos y arroyos de la India. Los filósofos de esa región dicen que van en busca de sabiduría, y existen sectas en Roma que jurarían que ansían un alma humana. Yo no sabría dar mi opinión al respecto.

Para aquellos que han servido al emperador en Britania, puede ser de interés conocer los rumores de que existe una criatura similar a la naga en las lejanas marcas del norte de aquella isla, donde se la venera por ser portadora de fertilidad; quizá porque se pasa los meses de invierno durmiendo bajo tierra, y no aparece hasta el primer día de la primavera. Pero desconozco si esas serpientes acumulan tesoros del mismo modo que las nagas, ni cuántas cabezas tienen.

Se dice que todas las nagas poseen una joya de un valor incalculable, situada en su frente o en su garganta, que genera su gran poder. Al igual que el elefante, son de una naturaleza religiosa e incluso reverencial, y con frecuencia poseen un lugar sagrado donde rendir culto a los dioses de la India y hacerles ricas ofrendas como las que ellas mismas reciben. Existen incluso relatos de reyes nagas que hacen de sus cuerpos lechos para los dioses, desplegando sus capuchas para protegerlos de la lluvia y el sol. Sean ciertas o no estas historias, el hecho de que alguien crea en ellas muestra sin duda la atención que reciben

Otra sorprendente contradicción acerca de las nagas es la creencia general de que la serpiente hembra -que recibe el nombre de naguini- es capaz de tomar forma humana, lo cual no sucede en el caso del macho de la especie. Una vez adoptada esta forma, la naguini es con frecuencia de una extraordinaria belleza, y se dice que existen familias reales cuya ascendencia se remonta al enlace de un príncipe mortal con una naguini. El siguiente relato, basado en este tema, me lo contó un mercader de sedas y tintes que ha viajado mucho tanto por la India como por el reino vecino oriental que sus gentes denominan Kambuja. Lo voy a repetir, lo mejor posible, tal y como él me lo contó.

En Kambuja, cerca del palacio de los reyes, se alza una torre completamente revestida en oro, como acostumbra ser el estilo de la realeza por aquellas tierras. Esta torre la construyó hace mucho tiempo un joven rey en cuanto accedió al poder, para que sirviera de aposentos para él y su reina cuando contrajeran matrimonio. Pero, con la arrogancia propia de su juventud, se impacientaba y no se contentaba con nada: esta doncella era demasiado vulgar, aquélla demasiado apagada, esta otra lo suficientemente bella pero demasiado locuaz, y aquella otra no sólo no convenía como esposa por motivos familiares, sino que además olía a pescado muerto. Por consiguiente, su primera juventud transcurrió en la soledad de la realeza, que -según me comentan a menudo- no puede de ningún modo sustituir a la compañía y tierna sabiduría de una verdadera esposa, ya sea reina o sirviente.

Y el rey se sentía cada vez más solo, aunque se negara a admitirlo, y por ello siempre andaba malhumorado. Y, aunque no era cruel ni voluble a la hora de gobernar, manifestaba una actitud indiferente, sin hacer nada malo pero tampoco el bien, al no tener entrañas ni para lo uno ni para lo otro. Y la torre dorada permaneció vacía, año tras año, a excepción de las arañas y mochuelos que criaban a sus propias familias en lo más alto de los chapiteles.

[...]


-Soy una naguini, y he dejado mi palacio y mis posesiones en el interior de la tierra por el amor y la compasión que siento por ti. A partir de esta noche, ni tú ni yo dormiremos en otro lugar que no sea esta torre, nunca jamás.

[...]

Fue de este modo, pues, que el rey de Kambuja tomó a una naguini como esposa, aunque sólo la viera al anochecer, y siempre en la torre dorada. No le habló a nadie de esto, como ella le había ordenado; pero, como abandonaba todos los asuntos de estado, desfiles y ceremonias en cuanto se ponía el sol, para apresurarse a llegar a la torre, no tardó en correrse la voz por todo el país de que se encontraba allí todas las noches con una mujer. Los curiosos lo seguían tan de cerca y hasta tan lejos como se atrevían. Y algunos esperaban toda la noche fuera de la torre con la esperanza de espiar a la amante secreta cuando llegara o se marchara. Pero nadie consiguió ver jamás ni la sombra de la naguini; tan sólo al rey, caminando despacio en el nuevo día, tranquilo y pensativo, su rostro brillando con los últimos reflejos de la luna.

[...]

Y, si este relato encierra algún tipo de mensaje o metáfora, quizá sea que el dolor y el hambre, la compasión y el amor, forman parte de este mundo más de lo que imaginamos. Son los ríos subterráneos que las nagas atraviesan sin cesar; son la lluvia que nos renueva cuando se ha profesado el debido respeto, ya sea a las nagas o al prójimo. Y, si no existen los dioses ni otros mundos más que este, si no existen la sabiduría o el alma, siempre nos quedan esos cuatro ríos: el dolor y el hambre, la compasión y el amor. Nosotros los humanos podemos sobrevivir durante muchísimo tiempo sin comida, sin cobijo, sin ropas o medicinas, pero no hay duda de que moriremos muy pronto si nos falta la lluvia.

1 comentario:

xixe dijo...

Excelente cuento.Quisiera seguir leyendo al autor. Saludos.