A veces creo que simplemente te acostumbras. Porque las cosas son siempre iguales un día tras otro, y al siguiente… Así que das por sentado que nada va a cambiar y que todas las mañanas seguirás viendo a las mismas personas.
Piensas que llegarás por la mañana y verás a todo el mundo, contando los viejos chistes malos y poniéndote al día de los cotilleos. Piensas que tienes todo el tiempo del mundo y que no importa si una semana no te has puesto al día, porque ya charlarás la semana que viene.
Quizás es que no todo el mundo siente las cosas de la misma forma, igual que no todos pensamos tampoco de la misma manera. Porque abres tu corazón y compartes tus vivencias esperas que los demás hagan lo propio.
Piensas, cómo puedes haber pasado tanto tiempo con alguien cerca y haber hablado tan poco, y sin embargo te alegras de haber podido ser tan sincera. Incluso –tal vez- cuando no tocaba. Creo que algunas personas son reservadas y no están hechas tanto para hablar como para escuchar pacientemente, y que cuando consigues que te hagan partícipe de una parcela de su vida, puedes sentirte muy orgullosa. Sentirte, y estarlo.
Yo creo que echaré de menos esas noches de jueves, con las cenas en un italiano perdido de la mano de dios, al que se llega con sed y hambre después de haberte extraviado por las calles. Pero no importaba, porque la charla amenizaba los pasos al andar.
Supongo que ya no me reiré tanto en algunas cenas de Navidad. No es fácil sentirse a gusto con los compañeros. Y pocas veces esos compañeros se acercan a la categoría de amigos.
A veces, pienso, me hubiera gustado tener más tiempo para ver si un compañero puede transformarse en amigo.
Es demasiado reservado, pero debe ser parte de su encanto.
¿Quién me pasará ahora los capítulos de Heroes?
Es un torpe, pero le echaré algo de menos.
7/02/2009
A un tenista retirado
7/01/2009
La gota que colmó el vaso
La gota que colmó el vaso no fue de agua. Ni de zumo. Ni de café.
La gota que colmó el vaso, fue de aceite.
Y eso… Eso sí que me trastornó por completo.
Quienes me conocen, saben que soy una persona sencilla, relativamente tranquila, y muy agradable. Soy una persona bastante metódica y ordenada, sin llegar a los extremos de Jack Nicholson en “Mejor imposible”, pero tengo que reconocer que adoro las cosas simétricas y que todo esté en su sitio. Es una excelente manera de ahorrar tiempo buscando objetos en los rincones más insospechados que a alguien se le pueden ocurrir.
En ocasiones, cuando entro en un restaurante y me siento a la mesa, lo primero que hago es colocar de nuevo los cubiertos, y la reposicionar el vaso para que todo quede perfecto, como la estructura atómica de una molécula. Todo en su sitio exacto, porque si no será incapaz de funcionar. No, no son manías: son pequeños rituales.
Cuando contemplo algo que por ventura es asimétrico, entrópico, un escalofrío recorre mi columna vertebral. No es que me produzca lo que se podría catalogar como espasmo, pero me evoca la misma sensación molesta de la tiza chirriando histéricamente al arañar la superficie plana y lustrosa de la pizarra, o esa dentera del metal de los cubiertos al morder la porcelana del plato. Es simplemente desesperante. Y me desquicia. Igual que la suciedad.
En cambio, contemplar una escena ordenada, en la que todos sus elementos permanecen graciosamente en su ubicación, se me antoja un virtuoso cuadro de belleza delicada y exquisita. Incluso amansadora. Y si además está tildada con un aroma agradable, a limpio, envuelta en un halo de pulcritud, es una experiencia extática.
A pesar de lo que puedan decir las malas lenguas, me considero alguien tolerante. Es más: me atrevería a decir que no sólo me considero alguien tolerante, si no que sé a ciencia cierta que lo soy.
Sí. Porque una persona vehemente y quisquillosa, habría reaccionado de otra manera. Habría reaccionado incluso de forma violenta. Pero yo, que soy un ser humano moderado, comprensivo y transigente, puedo solventar casi cualquier contratiempo dialogando. Porque eso es lo que hacen las personas civilizadas. Éstas, además de dialogar, gozan de mantener íntegro su espacio y poseen el sano don del aseo diario tanto de su cuerpo, como de su hogar. De haber querido que la suciedad formara parte de mi vida, me habría ido a habitar un barrizal junto a una piara de cerdos. Evidentemente, no es el caso.
Y si hablamos de civismo, don de gentes, sentido común y facilidad para la convivencia, tengo que decir que son todas cualidades de las que la persona con la que yo compartí el piso carecía. Bien dicen por ahí que el sentido común es el menos común de los sentidos.
Quizás llegados a este punto, debiera hacer una matización. Porque erróneamente se podría concluir de todo esto que mi reacción fue desmesurada en contraposición a lo que yo consideré la afrenta definitiva, que de forma irrevocable zanjó la cuestión de la convivencia.
En realidad no soy alguien solitario. De hecho, disfruto de la grata compañía que es capaz de transformar con su conversación y presencia una cena insípida en el más agradable y delicioso de los manjares. Ha ocurrido en pocas ocasiones, pero a veces -y sólo a veces-, esa hora alrededor de la mesa manteniendo una buena tertulia me han reconfortado más que la misma hora volcada en la lectura.
Tengo que decir que a lo largo de los años, ya desde mi más tierna infancia, desarrollé una adicción mordaz por la lectura, hasta el punto de que hoy sería totalmente imposible para mí sobrevivir sin la compañía de esos silenciosos camaradas de papel y tinta que viven conmigo, y que seguramente mientras yo duermo, platican en voz baja entre ellos en sus estanterías de madera.
Tampoco se puede decir que reniegue de la convivencia, pero ésta tiene que ser fluida y cómoda. Armoniosa. Es tanto más sencillo cuanto más parecidos los caracteres de los individuos. Y desde luego, ayuda infinitamente el sentido común.
Aunque esa es la teoría, la realidad radica en que la única experiencia tangible que he tenido ha sido con esos volúmenes de historias que habitan en la casa. Por eso, probablemente ni mi mente ni mi sosegado espíritu estaban preparados para el cataclismo, la hecatombe, la catástrofe que asoló la casa en cuanto llegó Él.
Únicamente hay otra cosa en este mundo que me embarga tanto de orgullo como los libros, y es mi cocina.
Podría sobrellevar cierto desorden en el salón, podría sobrellevar que el baño se recogiera una vez a la semana, pero con lo que no puedo lidiar, es con una cocina sin recoger: grasienta, con cristalería y vajilla acumulándose sobre la encimera sucia o la pica sin orden ni concierto, como si fueran los cuerpos inertes y olvidados, desheredados de la casa, abandonados despojos que se amontonan después de su uso como si no tuvieran valor alguno, sin nadie que acudiera a rescatarlos de la suciedad y el polvo que se aglutinaban a partes iguales formando capa sobre capa en la que hasta hacía unos días era una superficie prístina y resplandeciente.
No. Puedo. Soportarlo. Es así de sencillo.
No obstante, jamás se me habría ocurrido que una aversión tal por la profanación del corazón de mi casa pudiera desgarrarme hasta el punto de arrastrarme irrevocablemente a la orilla de la locura y la enajenación mental, sacando lo peor de mí, toda la ira contenida que había permanecido oculta durante un mes, como una semilla maliciosa que va gestándose en silencio en algún recóndito lugar de mi paciencia, extendiendo sus diminutas y oscuras raíces que poco a poco iban afianzándose en mi interior, ganando terreno.
Allí donde fracasaron las manchas de huellas dactilares en los espejos, las bolas de pelos acumulándose tras las puertas de los pasillos, los papeles de bombones caídos detrás de la puerta de acceso a la habitación de invitados, la capa ocre y maloliente del inodoro del aseo, los rastros de cal en la mampara del baño; tuvo éxito el aceite, con su tacto viscoso, resbaladizo, que corrompió la tan pulcra vajilla con su desagradable rastro.
Y exploté. Porque yo que con tanta devoción cuido de mi hogar, que cada mañana recojo cuidadosamente la casa al anochecer para dejarlo todo preparado para la nueva jornada, y que a las seis cuando el sol apenas si despunta por la ventana, lavo amorosamente los utensilios de cocina que se utilizaron en el desayuno; tuve que contemplar cómo el aceite se había adherido a mis vasos, copas y tazas, a los cuencos, a los platos, después de salir en erupción de una sartén enfebrecida cuando descuidadamente alguien osó utilizar la cocina sin resguardar toda la vajilla limpia.
¡En qué cabeza cabe!
Así que esa mañana, podía notar cómo la rabia se acumulaba en mi interior inundándome, ahogando mi cordura, sacando a flote una necesidad primitiva de gritar, aullar y aporrear todo lo que se encontraba a mi alcance a falta de algo mejor a lo que maltratar.
Podía sentir el calor recorriendo mi cuerpo hasta incendiar mi rostro mientras intentaba recordar que soy una persona civilizada y que las personas civilizadas no despiertan al vecindario a las seis de la mañana a grito pelado, ni apuñalan a la gente dentro de su casa. Me obligué a recordar que los seres humanos renuncian a la violencia y dialogan.
Por más que al contemplar la profanación de mi cocina, lo único que me apetecía en ese momento era adentrarme como un tifón malhumorado en la habitación para huéspedes, hice acopio de lo que restaba de voluntad para calmarme; aunque mi cocina pareciera un lodazal, donde una manada de hipopótamos se hubieran dado un baño en aceite como si de un fantástico lago se tratara.
Cuando la calma volvió a mí, salí de la estancia con cuanta dignidad me quedaba, y sin desayunar. Me negaba a tocar un solo utensilio. Era nauseabundo.
Así que tomé una decisión civilizada: dejé una nota instando a mi poco afortunado compañero a recogerlo todo dejándolo impecable para cuando yo llegara. Porque eso es lo que hace la gente sensata: soluciona los conflictos dialogando. Aunque eso no quita que por más que sea una persona tranquila, agradable y tolerante, no vaya a recurrir al uso de la fuerza y los objetos punzantes la próxima vez que nadie se atreva a profanar mi santa cocina.
6/30/2009
Old habits die hard
¿Qué hace una loca como tú en un sitio como este?
Volver a casa. Eso es lo que hace.
Ahora que ya llevo un mes viviendo en el piso, y ya está todo más o menos en su sitio, menos la ropa, claro (estoy usando el viejo truco de meter todo en la lavadora e ir arreglando conforme sale limpia, para meterla en el armario); tengo algo de tiempo libre.
Tengo la rutina diaria bien establecida ya: me levanto a las seis, me arreglo, desayuno, recojo lo que he ensuciado de la cocina y la dejo toda limpia antes de ir al trabajo, saco la basura. Entonces cojo el tren, leo, llego a la oficina, trabajo y vuelta a casa en tren (leyendo cómo no), me hago la cena, reviso el mail, quizás leo o veo un capítulo de una serie o estoy en wow o similar.
Los fines de semana son para salir a bailar y morir en la pista, aunque también me tengo que hacer huecos para ver a la familia. De hecho este domingo pasado, me llevé la comida medio preparada en el bolso y fui a casa a ver a mis padres y mi hermano. Después estuvo genial porque jugué la primera partida de Arkham Horror en muchos meses, con Dereck, Meri y compañía.
Por cierto: ya soy la dueña legítima de mi primer conjunto de ladrillos. Eso de ver como te quitan un cacho de hipoteca de la nómina es una cosa rara. Después miraré en cuánto ha disminuido el capital que me han prestado xD Que será nada.
A veces es mejor no pensar, porque cuando lo haces, te das cuenta de cosas como que cuando pasen 40 años, no habré pagado el importe de mi piso, si no el importe de dos, por el tema de los intereses. El otro día eché un ojo a los intereses y es esperpéntico tomar conciencia de que lo que pagas de intereses es más del valor del piso.
Anyway...
Volviendo a lo de mi tiempo libre, que es aproximadamente una hora y media por las noches antes de ir a dormir, lo que suelo hacer es cotillear de tanto en tanto el WoW, que ahora ha pasado a ser una versión gráfica y fantástica del Msn. Vamos, que lo utilizo para ver si quedamos para cenar con la gente, o hay barbacoa, o salimos por ahí, o qué sé yo. El WoW se ha vuelto súper aburrido. Lo malo del asunto es que no tengo un juego alternativo que quiera ver. Me hago a la idea de que Diablo III tardará un par de añitos mínimo en ver la luz, y queda la esperanza de que en unos años salgo el masivo de Knights of the Old Republic y esté bien hecho. Mientras tanto a joderse.
El caso es que estaba tan aburrida que acabé en un foro pululando y encontré un nuevo proyecto de mud, y se me ocurrió preguntar. Me asignaron la traducción al castellano del manual.c xDDDDDDDDDD
¿Qué hace alguien como yo traduciendo un manual de LPC del inglés al castellano? El caso es que me hace mucha ilusión y es algo muy entretenido. Además, conforme voy traduciendo voy anotando aquellas cosas que en su día hubiera querido conocer para aprender a programar. Tengo muchos amigos que han intentado enseñarme LPC con poco éxito, pero porque a veces se olvidaban de explicarme cosas básica que eran obvias para ellos y para mí no lo eran en absoluto. Así que voy anotando todas esas gilipolleces. A la que consiga montar la web ya abriré el apartado del mud xD
Es curioso que en el mundo actual donde las tarjetas gráficas son ya de 1gb de memoria, lo que realmente me haga sentir como en casa es esa pequeña consola negra de comandos, con las líneas de texto correteando en la pantalla. Cuando veo un mud a veces tengo esa sensación de "no hay nada como el hogar".
En eso estoy ahora.
También tengo ideas que pululan por la cabeza para un par de historias. Quiero intentar escribir algo estructurado en capítulos, y que contenga más de un personaje. Veremos si lo consigo. Quiero hacer algo por el estilo. Por cierto,(y aunque es una gilipollez), el otro día me publicaron en una revista digital venezolana la historia de Estocolmo. Me hace ilusíón ver algo mío fuera del blog.
Es una suerte que cerca de casa haya un parque precioso donde ir a apoltronarse en un banco, para escribir al aire libre o leer.
Estos días hay tanto sol, que apetece mucho estar fuera de casa. Aunque si tuviera sofá a mi disposición, me podría dedicar a leer en el salón. Es increíble la cantidad de luz que hay, me gusta tanto que es la habitación en la que paso más horas cuando estoy en casa.
El tema de la lectura es... Madre mía, un dolor. Tengo tanto rato para leer, que devoro libros a una velocidad de vértigo. Antes, cuando no me tenía que privar de nada, podía estar comprando lo que quisiera sin pararme a pensar demasiado en el gasto. Ahora -y por los próximos meses hasta que me estabilice- la cosa no es tan así, y tengo que elegir muy bien lo que compro, para disfrutarlo y no lloriquear si el libro resulta un fiasco.
En las últimas tres semanas me he leído: "Harry Potter y el príncipe mestizo", "Harry Potter y las reliquias de la muerte", "Eclipse" (tercer libro de la saga de Twilight), "Breaking Dawn" (cuarto libro de la saga de Twilight). Ahora mismo estoy con "Assassin's Quest", de Robin Hobb; "Inkheart", de Cornelia Funke; pero principalmente he sido abducida por "Tamsin", de Peter Beagle.
Cómo adoro a este hombre... No me canso de leerle. Creo que hay autores a lso que les coges manía en cuanto tocas uno de sus libros, y después de haberte aburrido a muerte con una obra suya, te cuesta muchísimo darle una segunda oportunidad, o miras sus escritos con recelo. En cambio, hay otros que te ganan el corazón y esperas impaciente devorar otra obra suya. Esto es lo que me pasa con Peter Beagle.
Ayer estaba en Fnac buscando un par de libros para leer esta semana,y completar mi alimento espiritual del mes. Realmente iba derecha a comprar "El Nombre del Viento", de Patrick Rothfuss, porque Leo me habló muy bien del libro. Es muy curioso, esto de que tus amigos tienen el mismo libro que tú quieres comprar, y te lo podrían dejar perfectamente, pero existe una especie de afán de poseerlo y añadirlo a mi biblioteca, que me lleva a adquirirlo directamente. Seguramente las bibliotecas de mi colla deben ser bastante parecidas a la mía, con muchos títulos en común. Mal mirado puede parecer una pérdida de dinero, pero creo que si nos gusta el libro, ninguno de nosotros renunciará a adquirirlo simplemente porque el vecino lo tenga y te lo pueda prestar cuando queras.
Y cuando había cogido el tomo de "El nombre del viento", justo al lado lo vi... El único ejemplar de "Tamsin", solitario en toda la estantería, alejado de los demás libros de Peter Beagle que estaban en algún remoto estante. La cosa es que en Fnac están recolocando (otra vez) las secciones. A veces que te toqueteen todos los estantes es un estrés, pero bueno, como medio vivo en esa tienda, a los dos días ya me he reorientado a la perfección. Tiene su punto el volver a descubrir dónde está todo. Supongo que hace la visita a la tienda menos aburrida.
Así que me dirigí a la oficina con mis dos nuevos niños bajo el brazo, pero en el camino, sentí una cierta urgencia por leer "Tamsin". Miré el reloj, y aun me quedaba una hora antes de tener que estar en mi puesto.
Dentro de la Illa, hay una zona ajardinada con bancos. Me senté en uno y saqué a Tamsin de la bolsa. Empecé a leer con avidez, y no me decepcionó para nada. De hecho, incluso lamenté tener que volver a la oficina y dejar a Jenny y al Señor Gato encerrados en mi bolso, así que al acabar la jornada, me moría de ganas de sentarme en el tren y reencontrarme con ellos.
La semana pasada mi jefe me preguntó si no me arrepentía de haberme ido a vivir tan lejos de la oficina, pero realmente no me duele en absoluto, porque ahora tengo una hora y media dedicadas exclusivamente a la lectura. Es genial. Con el ritmo de vida que llevaba antes, muchas veces no me hacía el hueco para leer.
En definitiva, que me he vuelto una lectora compulsiva nuevamente, están renaciendo las ganas de escribir, y he vuelto al cómodo cyber-hogar que es el mud.
6/17/2009
Hambre
Tenía tanta hambre… Tanta hambre, que creía que me iba a morir.
Ya no quedaba absolutamente nada comestible.
Había agotado todas las provisiones que tenía a mi alcance, al igual que mis compañeros. Llevábamos horas despiertos, sin parar.
La sensación empeoraba con el tiempo.
Cada centímetro que el sol ascendía esplendorosamente por el cielo, parecía una burla y nos recordaba el cansancio que se filtraba en nuestros huesos.
No sólo el cansancio… También estaba el frío, esa sensación helada a pesar del día brillante y maravilloso que se mostraba ante nosotros, con el despejado cielo azul, y el exuberante verdor de los árboles que jamás alcanzaríamos a rozar desde aquí. Tan cerca, y tan lejos, en nuestra dolorosa esclavitud.
Las horas fluían en silencio, entre miradas disimuladas que nos lanzábamos los unos a los otros, deseando que en cualquier momento un poco de comida apareciera en el aire por arte de magia, algo que nos evadiera por un segundo.
Poco a poco, a los rugidos famélicos se unieron emociones poco gratas: molestia, rabia, desesperación, angustia, agresividad…
Aquellos que estaban acostumbrados al sabor del tabaco, se volvían más irascibles por segundos, ante la imposibilidad de obtener una pequeña dosis de nicotina adicional. Casi me daban lástima. Al menos, yo, tan sólo notaba que el hambre roía cada centímetro de mis entrañas. Mis manos no temblaban espasmódicamente con el hueco perfecto entre los dedos índice y corazón, donde ellos esperaban ver en cualquier momento, el menudo cilindro de papel blanco con su corona dorada.
Realmente, ¿desaparecería alguna vez este pesar?
Aunque era conscientes de que pronto llegaría el inevitable final –lo cual nos ungía de cierta felicidad y descanso-, y que de alguna manera nos sentiríamos libres aunque mañana volviera a comenzar otra vez todo de nuevo… No podía dejar de odiar el maldito aire acondicionado de la oficina, que me estaba matando, ni a la gente que paseaba más allá del cristal a cinco metros de mí disfrutando del perfecto día de primavera, ni podía dejar de maldecirme tampoco, por haberme dejado en casa el desayuno, junto al monedero.
¡Maldita sea!
6/09/2009
Me he mudado
Pues sí...
El día tres de junio dejé de ser barcelonesa para pasar a ser oficialmente una egarense más con residencia habitual en Terrassa.
Me acuerdo que el año pasado, cuando revisaba los propósitos de año nuevo y taché el "dejar de morderme las uñas" me pareció increíble. Era de esas cosas que -aunque pueda parecer estúpido- pensaba que jamás dejaría de hacer. Contra todo pronóstico, un día me levanté, me miré las manos y pensé... Joder, esto no puede continuar así. Y ya está. Ahora incluso llevo las uñas largas y una lima en el bolsillo. Acojonante.
Este año ni siquiera me digné a hacer un listado de propósitos.
En realidad tenía prácticamente todo lo que quería, y las pequeñas cosas pendientes, eran del listado de 2007. Así que no tenía muchos planes que cumplir antes de soplar las treinta y una velas en noviembre.
Pero es como se suele decir, ¿no? La vida da muchas vueltas: te cambia todo en un segundo... Y en esas me encuentro yo, que ahora vivo en Terrassa en mi propio piso, con la hipoteca a las espaldas.
La verdad es que fue todo muy rápido, como un flechazo.
Lo vi el 2 de mayo y el 21 ya estaba en mis manos. Ahora somos cuatro en la familia: los dos gatos, la hipoteca y yo. Mal mirado, si hay algo que sobrevivirá a mis felinos, va a ser la hipoteca. Increíble.
No siento nada diferente, aunque la verdad es que la idea al principio acojona mucho, pero si lo miras en frío, es casi como pagar el alquiler.
Ahora me tengo que levantar todas las mañanas a las seis, para venir a Barcelona porque sigo trabajando donde siempre. El látigo del tiempo golpea con más fuerza, y soy una nueva esclava del reloj.
Antes, si me dormía, todo se arreglaba con un taxi. Ahora no hay moral (ni bolsillo que soporte) para coger un taxi desde Terrassa a Barcelona. Pero todo es una cuestión de organización y cambiar un poco los hábitos para adecuarlos a mi nueva vida.
No han sido pocos los amigos que me han dicho que estaba loca yéndome a vivir tan lejos. La cosa es que si hubiera comprado el piso en la capital, hubiera tardado lo mismo en desplazarme hasta el trabajo. Al menos ahora vivo en un muy buen barrio de una pequeña, pero bonita y acogedora ciudad. Sigo estando en el centro del meollo, al lado de las tiendas, e incluso tengo una librería friki para los momentos de mono total.
Sin embargo, a pesar de que el centro debería ser bullicioso, comparado con Barcelona todo es más tranquilo. Tanto es así, que hoy incluso, al toparme en el bus con la caravana en el cruce Diagonal - Entenza, me quedé pensando "Es que esto allí no pasa ni en pintura", y eché de menos esa tranquilidad.
Los que lo han llevado peor han sido los gatos.
En la misma semana -y con dos días de diferencia- les tocó vacuna, revisión médica, peluquería y mudanza. Estaban de los nervios. Nunca les había visto bufarse, gruñirse, pelearse... Un estrés. Imagino que si yo estaba histérica con las setenta y cinco cajas de la mudanza en un piso de treinta y nueve metros cuadrados (teniendo en cuenta que solo lo veía de noche al volver del trabajo), ellos peor, que no podían moverse por ningún lado.
Me decidí a trasladarlos el sábado antes de la mudanza del piso, para que no tuvieran que estresarse con todos los muebles desmontados, el tráfico febril de cacharros y el vaivén de los desconocidos.
Ahora estamos los tres felices, en un piso de noventa metros, con un ventanal de cinco, y luz natural para aburrir.
Fue muy gracioso el primer fin de semana cuando se calmaron, ver a Rei caminar de una punta a la otra del ventanal, muy concentrado, mientras observaba algo en la calle. Al asomarme a su lado, me di cuenta que lo que hacía era perseguir un gorrión.
En el barrio de Barcelona del que éramos vecinos, no era una imagen habitual. De hecho ni siquiera había oído un pájaro cantar. Así que esa novedad le llamó muchísimo la atención.
Uno de los motivos por el que causó sensación la mudanza a un piso tan amplio, entre mi círculo, fue que soy la única propietaria y no voy a vivir con nadie -de forma habitual, lo que no quita invitados-. Prefiero sinceramente, vivir en un piso grande que me puede durar varios años, a uno chiquitísimo donde dentro de cinco estaré hasta la moral porque me quedé de nuevo sin espacio.
De todos modos, nunca está de más tener una habitación que puede alquilarse, por si no llegas a la mensualidad de la hipoteca, y no hay que perder tampoco de vista que aunque ahora no sea algo que me plantee, quizás mañana quiera tener familia (me estoy resignando a lo de "madre soltera"). Pues habrá que meter al nuevo en algún sitio.
En fin... Se me hace raro eso de caminar para llegar a los sitios dentro de mi propia casa. Tengo que caminar para llegar a la cocina, al salón, al patio... Antes estaba todo al lado de mi habitación, de lo chiquito que era... Aunque agradezco tener pasillo, porque en un futuro quizás no demasiado lejano, será parte de la biblioteca.
Me gusta. Me gusta esa tranquilidad, y aunque estaré hipotecada hasta los setenta en el peor de los casos, estoy muy contenta por haberme mudado.
Cuando atravieso la puerta, tengo esa cálida sensación de "estoy en casa". Hacía tiempo que no la sentía. Espero que me dure mucho.
5/12/2009
The Cut
- ¿No vas a decir nada? –pregunta.
De repente, todo en la habitación quedó paralizado, incluso mi propio cuerpo reaccionaba lentamente. Apenas era consciente de que estaba respirando: el tiempo dejó de existir alrededor.
Estaba sentado encima de ella, cara a cara, mis brazos apoyados en sus hombros, acariciándole la nuca con mis manos.
Mi cerebro procesaba las imágenes a cámara lenta. Podía ver cómo sus labios se movían lentamente mientras hablaba, mas el sonido parecía estar a años luz de mis oídos.
La conciencia volvió de golpe, con la dureza de un muro contra el que acabas de dejarte media cara ensangrentada después de colisionar a alta velocidad.
- ¿Qué quieres que diga? ¿Qué esperabas? ¿Qué me echara a llorar? –le respondí con voz átona.
- Te lo estás tomando demasiado bien –insiste-. En serio, pienso que es mejor que dejemos de vernos como ahora.
- Vale.
Con la conciencia a años luz de distancia aun, alejándose cada vez más en el espacio, “vale” fue la única respuesta que acerté a pronunciar. Tan breve y estúpida, tan conformista.
¿Qué esperaba que dijera? ¿Qué quería que hiciera? ¿Tendría que haber preguntado algo? ¿Había hecho algo mal? ¿Había algo que la llevara a recapacitar?
Ella me mira con incredulidad, como si la simpleza de mi respuesta escondiera alguna trampa. Espera en resignado silencio que explote en un ataque de ira, de pena, de algo que demuestre algún tipo de emoción.
No es capaz de comprender que no puedo expresar emoción alguna porque estoy muerto. Porque no siento. Porque me alieno. Simplemente admito lo inevitable de la derrota como el árbol sabe que va a ser consumido de inmediato por un fuego cruel y abrasador.
No siento nada. No soy capaz de sentir nada. No soy capaz de demostrar nada.
Sus ojos oscuros siguen clavados en la estúpida sonrisa que aparece en esa máscara que es ahora mi rostro. Está esperando que la despiece con preguntas que está dispuesta a justificar, con el guión tejido previamente en su cabeza. Anhela que la interrogue: “¿Hay otro hombre? ¿Me has puesto los cuernos? ¿Ya no me quieres?”
Después de todo lo que me he arrastrado, de todo a lo que he renunciado, de todo lo que he hecho, y a pesar de que pensé que carecía de ella, sobrevive un resquicio de dignidad.
No cambiaría nada que le pregunte. No quiero saber si otras manos acariciaron los pechos a los que solo yo tenía derecho tocar, ni si besaron sus labios, o acariciaron su cuerpo, ni susurraron nada a su oído. No quiero traicionar con preguntas la confianza que deposité en ella, porque, a fin de cuentas, haya alguien más o no, nada cambia.
Así que simplemente sonrío, y le respondo “Está bien, no pasa nada”.
No está convencida. Escruta mi mirada.
- Ya sabías que no era nada serio, y que tarde o temprano iba a acabar. Yo me agobio rápido, por eso sigo sola. Ya sabes.
- Me parece bien, no te preocupes –insisto.
Y sin embargo, yo la miro, ansiando poseerla, recorrerla con mis manos, oler su pelo, morder su cuello una vez más.
Ella accede a un último polvo después de “La Charla”. No ve nada de malo y acabamos en la cama. Nos reímos, como hacía tiempo que no hacíamos. Charlamos y me fumo un cigarrillo.
Me visto.
Nos despedimos.
“¿Nos vemos luego?”, pregunta ella. Es la fase “podemos seguir siendo amigos”. Y yo respondo: “Claro”.
Porque ella necesita oírlo, para sentirse mejor. Porque yo necesito decirlo, para creer. Así que pronuncio esas cinco letras baratas, y esbozo otra sonrisa con seguridad, mientras cierro la puerta tras de mí.
Al alejarme me doy cuenta que olvidé el mechero en su mesita. Vaya mierda, tendré que recordarle que me lo alcance alguna vez.
Sigo caminando, un paso tras otro, cojo el teléfono, llamo a los amigos. No quiero hablar de esto con nadie, pero me apetece estar acompañado. No quiero quedarme solo y reconocer que la quería. No quiero dejar fluir esa tristeza que ya aflora. No quiero correr tras ella suplicando porque soy fuerte, y lo sé... Aunque la sangre ya no me corra por las venas.
5/11/2009
Anhedonia
Si no lo dices, si no lo piensas, no existe.
Y porque no existe, no duele, te convences.
Te permites el lujo de seguir caminando por los mismos lugares, como siempre, como cada día, como hiciste ayer y como harás mañana, con algo guardado en lo más hondo de tu corazón. Tan profundo está escondido que no alcanzas siquiera a percibirlo. O tal vez no lo percibes porque careces del valor de clavar los ojos en esa profunda oscuridad.
No late, no hace ruido, ni siquiera transmite su calor. Está muerto a todas luces. No obstante, no fue ayer: fue hace mucho. Tantos años que ya no te perturba. Tanto que ni siquiera en tu memoria permanece el recuerdo del último día que algo te atravesó.
Por eso, caminas sin sentir nada, olvidando los hechos y olvidando las palabras, pensando que eres fuerte y que nada ha sucedido, que despertarás mañana al nuevo día sin llorar. Porque eres fuerte, te convences, y ya no lloras… Si no lloras sea tal vez porque no tengas más lágrimas que derramar.
Y en cada paso algo se hunde, en cada paso algo se aleja. Te congratulas sin afrontar que no es el ánimo lo que te empuja, si no que te estás consumiendo hasta la médula.
Mutilaste todos tus nervios uno a uno.
No te queda corazón para sentir.
