7/18/2011

The way back home (I)

A veces es un consuelo levantar la vista para observar ese cielo azul. No tanto por su belleza (aunque es bello sin lugar a dudas), si no por la sensación de contemplar algo conocido, en aquella lejana ciudad.

Uno no siempre se marcha porque quiere. A veces se muda porque le obligan, o porque así sopló el viento, y cabalgando sobre él cual hoja, acaba depositado en un sitio completamente extraño. Hay que buscarse la vida.

Extraño no es lo mismo que malo. Extraño es simplemente, diferente a ti, a lo que conoces y das por sentado que es. Distinto del entorno en el que creciste, donde te formaste, con costumbres diferentes de las tuyas.

A veces, adaptarse -aunque necesario-, es complicado. Sobre todo cuando el cambio implica hasta un lenguaje nuevo. Es curioso, porque no hace falta hablar otro idioma distinto para estar usando un lenguaje diferente, que te haga sentir perdido.

Sin embargo, y a pesar de todo ello, a pesar del paisaje, a pesar de esa arquitectura tan peculiar, a pesar de la forma de vestir de la gente, a pesar de la cordialidad aséptica, puedes sentirte en casa cada vez que miras al cielo y sabes en lo más profundo de ti, que casa también existe bajo ese mismo azul claro.

Esa certeza te alivia como un bálsamo, haciendo que una oleada de calor templado recorra tu cuerpo invadiéndolo todo. Te arropa como la manta aquella que tenías de pequeño, aquella manta mágica que te alejaba los monstruos de la oscuridad. Así que, cuando miras al cielo, te sientes en paz y reconfortado.

Cierras los ojos, para disfrutar lo más posible esa sensación de calma, mientras acuden a ti un tropel de recuerdos cándidos y felices que atesoras como si se trataran de una cápsula del tiempo. En casa todo permanece intacto como entonces, la gente es amable y sincera, quieren decir exactamente lo que dicen y nada más. Sin embargo aquí, en la ciudad todo es más complicado.

Muchas mañanas, mientras te arreglas frente al espejo y te observas, no te reconoces. La pose, el traje, la mirada. Sabes que has hecho un cambio paulatino y que te has ido adaptando a tu nuevo entorno poco a poco.

El mayor reto, con todo, lo representa salir a la calle. No porque haya un elevado índice de criminalidad, ni por una conducción temeraria, si no por la gente.

Aquí la gente es rara, y parece un tanto fría. Son en extremo corteses y educados, siempre sonríen. Con el paso del tiempo has aprendido que detrás de cada frase hay un segundo significado, y que una sonrisa o un silencio pueden ser más peligrosos que una amenaza.

Ahora, tu vida es una partida perpetua de ajedrez dónde estás planificando un movimiento tras otro. Es realmente agotador, y te cuesta acostumbrarte, pero lo haces. Tanto es así que ya no dices lo que piensas realmente. Dices blanco cuando piensas negro, sonríes cuando quieres llorar, dices que no lo quieres cuando lo anhelas con todo tu alma, muestras indiferencia ante lo que realmente te interesa… Y te preguntas si no te estás volviendo loco.

Es la marca de la manada, la insignia de la ciudad.

Cuando miras al cielo, anhelas aquellos días en que las cosas eran como ese azul inmaculado sin tener que ir adivinando lo que se escondía detrás de cada nube, y tienes la esperanza de que tal vez un días vuelvas a casa, donde no tienes que disfrazarte ni resguardarte entre silencios ni palabras.

1 comentario:

kaerog dijo...

yo soy muy silencioso