7/24/2008

Fuera de onda

(c) Peggyly - My Baby 2


Últimamente estoy ampliando mi biblioteca gastronómica, para el hipotético día en que tenga tiempo de cocinar, porque me haya jubilado, esté en el paro o tenga la baja. Nunca se sabe.

Una de mis ilusiones más grandes es aprender a hacer un pan decente para comérmelo tranquilamente con un buen menú, y en compañía. En fin, es muy frustrante. Creo que nací unas cuantas décadas tarde, porque no es algo que se estile mucho ya.

A parte de una gran piscina y un buen jacuzzi, la otra cosa que me haría muy feliz es tener mi pequeña plantación de tomateras. No sé cuándo carajo el tomate dejó de ser tomate para ser una bola redonda roja por fuera y verde por dentro, insípida. Yo me acuerdo que cuando iba al colegio, allá por 1990, los tomates sabían a tomate, hasta que un buen día Julieta (la dueña del colmado de al lado de casa de mis padres) me dijo que habían llegado unos tomates "nuevos" que iban madurando por el camino.

Qué chuli pensé yo. Qué curioso.

Los cojones, "curioso". Los cojones, "qué chuli".

Puta mierda de tomates que hoy no saben a nada. Hoy en día se podría hacer un chiste estilo “Lepe” sobre cuántos tomates se necesitan para hacer un buen pan con tomate.

Cuando tuve mi primer novio, un chico que conocí en una discoteca de Badalona (Gran Velvet, ya ves tú qué sitio para sacar pareja…), un día caminando por la Rambla nos encontramos una pareja de jubilados amigos suyos, que nos regalaron un par de tomates recién recogidos. Joder… ESO era un tomate: Enorme, maduro, tierno por dentro, con pulpa, jugoso, que se deshacía en la boca con una explosión de sabor y ese regusto dulzón que se sobrepone al ácido. Eso era un tomate, no la porquería que me venden en Caprabo.

Desde pequeña me ha gustado siempre cocinar, pero hoy en día no hay tiempo. No hay tiempo para cocinar, no hay tiempo para conocer gente, para tener familia… Joder si ni para cagar hay tiempo ya.

Mis primeras experiencias culinarias fueron con el libro de mi madre, el “Manual de Cocina” del Instituto Crandon. Un clásico de la cocina uruguaya. Ese libro se lo regaló mi padre a mi madre cuando se casaron, en un intento de sobrevivir a la convivencia marital. Supongo que más o menos funcionó, porque treinta y un años después aun respira xD

El caso es que no recuerdo bien cómo, un día se me dio por empezar a cocinar. Empecé con unos escalopes… Y la jodí. Sí, sí. La jodí. Porque me quedaron buenos. Y de verdad insisto que en mi casa lo peor que te podía pasar era que te dijeran que algo te había quedado bien porque… Te ibas a encargar de eso hasta que te mueras o te independices. Y bueno, después también vinieron los bizcochos, los pasteles, las empanadas, las galletas… Y siempre estaba mirando el Crandon. Era lo más parecido al libro de recetas mágicas de Papá Pitufo. Era viejo, de cartoné, tapas rojas, y hojas amarillentas que empezaban a oler a antiguo. Algunas páginas estaban manchadas por el haberles caído ingredientes a lo largo de tantos años de uso.

Era un tesoro familiar. Quizás el único tesoro familiar, el recuerdo de un país en el que nací y no conozco. Quizás los buenos momentos de mi madre en su matrimonio. Quizás las comidas con sus amigos. Quien sabe.

Cuando me independicé, me lo llevé a casa, porque a fin de cuentas cocino yo más que mi madre… Lo cual, teniendo en cuenta que hace tres años que como de restaurante al mediodía porque no tengo tiempo de ir a casa, indica que mi madre cocina más bien poco (muy, muy, muy poco). Como diría Sara: bienvenida a la era de la comida rápida, los congelados, y el microondas.

Bueno, y lo del microondas ya… Mi madre me regaló uno que tenía por ahí. Yo, que no iba a tener un trasto de esos del diablo en mi cocina en la puta vida. Y ahí está, al lado de la nevera. No es que lo use mucho, pero a veces descongelo alguna cosa de La Sirena. Voy a morir… Voy a morir con tanta porquería que como. No podía morir como las cucarachas a polvos, no… Moriré por exceso de grasas y colesterol y radicales libres y todas esas mierdas.

Total que al final mi madre un día me reclamó el Crandon, en nuestra eterna disputa de quien tiene la custodia del libro si yo que lo “uso” o ella que es suyo. Y claro, ganó ella. Así que inicié mi peregrinaje virtual para conseguir mi propio Crandon, cosa que llegará a casa en breve, espero dos semanitas. Mi propio ejemplar del Crandon ^^ Ahora solo espero tener algo de tiempo para cocinar.

A veces pienso, no sé macho, quiero una familia normal. De esas que se levantan por la mañana, desayunan algo preparado en casa, no sé tortitas, o galletas, o un bizcocho, viendo los dibujitos en la tele. No sé. Hacer un buen pan casero, una rica carne al horno con guarnición, precedida de una ensalada, y acabar con un buen café y unos postres. Joder. Cosas de las que hacía la gente antes. Que no estaban más locos que nosotros ahora, y yo que sé, eran educados y tenían buenas costumbres, y hablaban con otras personas EN PERSONA y no a través del móvil o el PC. Joder. No es algo tan difícil. O vamos, sí lo es, pero no debiera.

Así que nada, sigo adquiriendo volúmenes para mi colección para el día que pueda hacer buena cuenta de ello, y encuentre alguien que no tenga muchos inconvenientes con mi hobbie.

Mis últimas adquisiciones fueron:

- Dulce lo vivas
- La cocina sefardi
- El aprendiz de panadero

Sí, últimamente me dio por la cocina sefardí. Tienen una cantidad de recetas, y unos postres… Espero que cuando tenga tiempo para cocinar, también lo tenga para ir al gimnasio xD

Creo que la gente hoy en día no piensa como yo. Quiero decir, no es que sea una retro, que me encanta viciar al WoW, trastear con ordenadores, ser capaz de vivir mi vida independiente, haber sido criada de manera que tengo mi propia personalidad y no me dejo pisotear por la gente (salvo por dinero claro, pero es lo que tiene trabajar para otros xD). Pero joder… ¿Qué tiene de malo que además me guste cocinar y aprender a tejer bufandas?

7/14/2008

Bloqueo

(Se adentra en la habitación caminando a toda prisa, los tacones resonando contra las baldosas. El ruido se amortigua al alcanzar la alfombra bajo el diván).

Sí, ya sé que he tenido mucha suerte con esto de las vacaciones y que me recibe porque algunas de sus otras citas no acudirán esta semana. Ya sabe cómo me pongo cuando me estreso, puro nervio, y esa sensación de agobio de siempre.

Es solo que… De verdad que lo intento pero me cuesta mucho enfrentarme a la realidad, ¿sabe? Quiero decir… Usted me conoce, son ya muchos meses juntos, por lo menos dieciocho, y tenemos nuestras charlas a menudo. O sea, soy una persona capaz y decidida, y tengo muy claros mis objetivos en la vida, lo que quiero conseguir, hasta dónde quiero llegar...

Es muy difícil dejarme sin palabras, tengo siempre respuestas para todo, y no callo ni debajo del agua.

(Risa nerviosa).

No lo he probado pero… Quizás debería, ¿no? Hablar debajo del agua, me refiero. No hasta el punto de morir ahogada, ya sabe, aun no tengo tendencias suicidas.

Hay algo dentro de mí, no sé cómo expresarlo. O sea, no. Es mentira. Sí sabría expresarlo. La cuestión es que no sé si realmente quiero hacerlo.

Últimamente me estreso mucho. Siento una necesidad imperiosa de decir las cosas tal cual las siento o tal cual las pienso pero no soy capaz, no me siento lo suficientemente preparada. Me atormenta saber que puedo hablar de casi cualquier tema y ante los que son realmente vitales no hago sino quedarme sin palabras y sin habla literalmente, con esa mirada estúpida. Como la de los peces en el acuario, ¿sabe? Sí, ahí puestos con sus ojos saltones mirándote a través del cristal esperando manipularte mentalmente como en el chiste.

Yo soy muy capaz de escribir, y tengo mucha sensibilidad y todo eso, como es usted consciente, pero a la hora de la verdad… A la hora de pronunciar las palabras yo me agito y me siento impotente como debajo de una ola inmensa que sé que va a caer sobre mí chafándome sin dejar nada.

(Empieza a comerse las uñas de la mano izquierda).

Que sí, que ya tengo muy claro que soy capaz de expresar mis sentimientos y mis pensamientos aquí dentro, pero este sitio es un santuario, yo sé perfectamente que aquí dentro no puede pasarme nada malo y que las ideas que comparto son nuestro secreto. Pero ahí fuera, cualquier palabra que pronuncie acarreará consecuencias de forma irremediable.

(Empieza a mordisquear las uñas de la mano derecha, y vuelve a la izquierda de nuevo).

Yo de verdad querría ser capaz de ordenar todo lo que pienso y transmitirlo.

(Risa).

Sí, bueno ya sé que es difícil de engañar usted… Bueno, mejor digamos que soy capaz de ordenar lo que pienso, plasmarlo en una hoja, pero incapaz de transmitirlo verbalmente.

Querría ser valiente para decir las cosas tal cual. ¿Cree que le pasa a todo el mundo? O sea, bloquearse de puro terror, o a veces no saber bien porqué, ¿pero sin poder hacer nada por controlarse?

¿Qué es lo que me pasa? ¿Qué es lo que me detiene?

Yo creo que si mirara dentro mío, y rebuscara en todos los rincones, encontraría la respuesta, pero esa oscuridad en la que anida me da miedo. No sé si tengo fuerzas para bucear ahora mismo hasta tan lejos.

Si ya sé que soy inteligente. También sé que cuando mi cabeza recorre ese camino, esquiva los callejones oscuros. Es como ver que están apaleando a alguien, y ser incapaz de ayudar, así que sigues caminando como si no hubieras visto nunca nada.

No tendría valor de volver atrás y encontrarme el cadáver de la paliza.

La navaja

(c) RahXephon



Todos los fines de semana seguía la misma rutina, desde hacía ya un tiempo.

Su vida era bailar con los ojos cerrados, tres días a la semana, tardes y noches incluidas, de viernes a domingo.

Veinticuatro horas parando lo justo para dormir y comer, sintiendo la música atravesar cada fibra de su cuerpo, dejándole moverse al compás, olvidando que más allá pertenecía a un mundo. Porque este era su lugar, y aquí sólo existía ella. Su madre a veces le echaba en cara si creía que vivía en una fonda donde podía aparecer para dormir y poco más.

Si no fuera por la pista de baile, cuántos días se habría sentido atrapada, en su mayor época de rebeldía contra sus progenitores, cuando nada de lo que hicieran tenía el más mínimo significado para ella, cuando lo que menos quería era compartir el techo con su padre, cuando estar a menos de trescientos metros de esa casa le producía una sensación de ahogo y nerviosismo insoportable, atenazando sus músculos y embotando su cabeza.

No sabía replicar a las broncas, no tenía escapatoria. El grito estaba siempre ahí, por lo que hacía, o lo que dejaba de hacer. Por lo que decía, o dejaba de decir. Por cómo miraba o dejaba de mirar. Así que cualquier excusa era buena para no pisar la casa, y entre ellas la mejor era peregrinar a su santuario.

Era su momento de purificación, era su forma de encontrar la paz, era el altar donde sacrificar sus demonios y pagar su “pecados” con sudor. Cuando cerraba los ojos, olvidaba los malos momentos. Dejaba atrás lo exámenes, los deberes, las rabietas de instituto, los marrones con sus padres… Todo estaba a millones de años luz.

Allí era propietaria de dos metros cuadrados de cemento que al final de la noche amenazaban con dejarla pegada con los restos de bebidas combinadas, cocacola y quien sabe cuántas porquerías más, donde las traicioneras colillas de tabaco batallaban por hacerla trastabillar sin éxito. Dos metros que a veces se veían envueltos en una neblina artificial, iluminados con la luz de soles imposibles, regados por la lluvia de los aspersores o incluso, inundaos por mares de espuma estival.

Eso era felicidad: kilovatios de sonido que prometían destrozar sus tímpanos con el house más puro, con el trance más de moda, con el dance corriendo por las venas; y un latido acompasado a la música.

Recordaba su primera vez, esa noche que lo cambió todo, que delineó el crepúsculo de su infancia, para dibujar el alba de la adolescencia.

Ya quedaron muy atrás aquellas navidades, la primera vez que salió de casa por la noche, con el permiso paterno de salir a celebrar ese fin de año por las discotecas, pero volviendo a una hora prudente -“no muy tarde”-, y la promesa de que si no cumplía, no volvería a salir de noche hasta el año siguiente.

Fue una experiencia muy excitante, plagada de preparativos: ropa, colonia, peinado, maquillaje, complementos… Marcando impaciente los diales de un vetusto teléfono próximo a la extinción.

En aquellos años no existían los móviles, quedabas con alguien a una hora y esperabas. Te obligabas a ser puntual, aunque te carcomieran los nervios, y sí, esa tarde le comían los nervios por dentro.

Era un ritual de madurez, como en algunas tribus pueda ser la primera vez que te baja la regla, pero aquí era esa salida a lo desconocido. ¿Cómo sería la vida nocturna? ¿Cómo sería la gente? ¿Qué había escondido en la penumbra? ¿Cómo sería estar rodeada de “mayores”?

Las horas pasaban con esa lentitud de una película en la que puedes ver todos y cada uno de los fotogramas con detalle recreándose, mientras que la impaciencia te controla y aun así, parece que el mando del vídeo está estropeado porque no responde y no funciona “adelantar”. Así que te resignas a que todo pase a su ritmo, granito a granito tal que atrapada en un reloj de arena.

Entonces, a sesenta minutos escasos de la hora bruja llegó el momento de atravesar el umbral que marcaría un antes y un después para toda tu vida. Cruzó con su ropa de gala y enfundada en el abrigo salió a la calle, iluminada con las farolas que desafían la oscuridad como las velas en una tarta de cumpleaños, llenas de promesas; y con la seguridad de haber recorrido mil veces ese camino los pies la llevaron delante del viejo teatro una vez más.

A las doce, como tantas otras Cenicientas modernas que la estrujaban a las puertas de su peculiar castillo, quería disfrutar del baile y reencontrar un príncipe azul.

Por aquel entonces, el príncipe azul era rubio, de ojos azules, complexión atlética, y practicaba boxeo con asiduidad. Era bello y despiadado. No portaba espada, pero lucía una sonrisa tan o más peligrosa, máscara de excusas y mentiras que sólo una mente sagaz podría elucubrar y un corazón cándido podría llegar a creer. Como todos los príncipes era frío y calculador, pero no importaba. Nunca importaba. Siempre había una defensa, una explicación, un motivo, una excusa que mitigara su comportamiento cruel.

Y con sus ojos, le buscaba entre la gente, con la mirada, en aquel símil de palco que era el escenario a poco más de un metro del nivel del suelo. Anhelaba ver esa figura, esa camisa, contemplarle mientras bailaba, junto a su primo y su hermanos, fieles compañeros.

¿Cómo era la vida nocturna? Como la diurna pero todo transcurría a más velocidad, una copa desencadenaba invitaciones que antes no podría haber imaginado. ¿Cómo era la gente? Se comportaban como salvajes festejando con sus carnes en hogueras al anochecer. ¿Qué había escondido en la penumbra? Pesadillas que acaban con los sueños y trafican con tus peores temores. ¿Cómo era estar rodeada de “mayores”? Como estar rodeada de niños, solo que vivían incluso más perdidos.

En el ecuador de la madrugada le encontró, con su camisa blanca resplandeciendo bajo la luz negra, dos manos recortándose en su espalda, abrazado a otra compañía.

El impacto la dejó pálida del susto, y sus piernas que tan acostumbradas estaban a bailar, a caminar, a correr, no respondían a su voluntad. Sentía como iban flaqueando poco a poco, como el desazón oprimía su pecho, cómo luchaba entre dos aguas debatiendo si acercarse o no.

El “no”, ganó. Tiene que haber una explicación, argumenta. Tiene que ser un error. Igual iba borracho. Seguro que fue cosa de su primo o de su hermano. Igual es solo su ex. Seguro que me llama. Dijo que me llamaría.

El palacio se transformó en chabola, ella se sentía incómoda en su vestido y sólo quería volver a casa corriendo a esconderse en algún lugar.

Los días, se sucedían, y el teléfono no se dignaba a sonar. Dedicaba gran parte del tiempo de instituto a estructurar excusas con las que perdonar su comportamiento, con las que restar importancia a los hechos, y así seguir esperando la llamada que si llegara no traería más que patrañas que ella obviamente estaba dispuesta a creer.

Pero en realidad, una vez en clase escuchó que “en igualdad de condiciones la solución más sencilla es probablemente la correcta”, y la correcta era que jamás iba a llamar, y que lo que habita en la noche no es si no un mundo de quimeras.

7/10/2008

Reconocimiento

(c) Ai Yazawa - Nana


Como sentía que no me valoraba, me esforzaba en destacar. Porque nunca, o casi nunca, recibía sus halagos.

Creía que tenía que brillar como una estrella. Quería que todos me admiraran, que me adoraran. Y entonces tal vez, se daría cuenta de que yo también estaba allí.

Así que me alimentaba.

Me alimentaba de ellos, de sus palabras, de sus miradas, de sus caricias; y con ello crecía poco a poco, como una planta que recibe su dosis diaria de agua y calor.

Poco a poco extendía mis ramas al cielo, esperando ver crecer las hojas verdes y delicadas y anhelando impaciente un día ser capaz de florecer y dar un fruto delicioso.

Siempre dejándome la piel a tiras en el esfuerzo que representaba lucir la sonrisa perfecta, irradiando simpatía, destilando inteligencia. Arreglada, cuidando las apariencias, todos los detalles con la minuciosidad de una estrategia de batalla.

En algún momento me acabé desdoblando en dos, y era incapaz de distinguir donde comenzaba la “farsa”, y si realmente era tal. Al final era como el traje que luces cuando vas a la oficina, ese estilo formal que acaba parasitando tu armario y que se impregna en tu casa hasta que es imposible arrancarlo de allí.

Pero en mi fuero interno, yo creía... Yo sentía… No: yo SABÍA que por más que cultivaba mis virtudes, algo hacía que me creyera insignificante si estaba a su lado. Así que cada vez me esforzaba más en crecer para alcanzarle, hasta llegar a lo más alto, con la esperanza de mirar a mi alrededor y poder encontrar mis ojos a la altura de los suyos.

Cuando llegó ese día, me detuve en el cielo estática buscándole, pero fui incapaz de encontrarle y me carcomía el porqué… No fue hasta entonces que se me ocurrió.

Sin darme cuenta le había perdido en aquella carrera solitaria donde al parecer era la única participante.

Nunca consideré que tal vez no se esperaba de mí que fuera perfecta. Nunca se me ocurrió que simplemente tenía que ser yo, porque estaba demasiado cegada buscando la manera de que un día al mirarme reconociera mi existencia.



(c) Ai Yazawa - Nana

Miedo

(Silencio. Iluminación tenue.)

A veces pienso que no sé porqué mantenemos estas citas semanales, ni porqué le pago, ni si hace algo por ganarse realmente lo que vale.

En realidad al final todo se reduce a lo mismo, a estos monólogos míos mientras me siento en el diván y hago viajes introspectivos.

Creo que es por reafirmar mi idea de que no estoy loca, cosa que tampoco me preocupa en demasía.

En realidad tengo la impresión de que si me quedara en mi casa y dedicara tanto rato a pensar, razonar y cuestionarme porqué hago las cosas como el que dedico aquí, llegaría a las mismas conclusiones.

Hoy he dormido bien, la verdad. Es cierto que las últimas dos semanas me ha costado bastante conciliar el sueño y que cuando lo he hecho, me he ido despertando cada hora o dos.

Al principio lo achaqué al calor, porque con esta humedad de mediados de estío, el bochorno y que no corre aire en casa… Ya sabe que no hay ventana en mi cuarto y necesito dormir con los balcones abiertos para respirar bien. Sigue gustándome despertarme con la luz del día.

Debe ser por eso que tenía sueños intranquilos.

Llevo unas noches un poco paranoicas. Uno de los sueños más vívidos que tuve fue el de ir volando en un bicharraco mitológico por encima de una tierra mítica, y acabar saltando a mi ciudad real, mientras iba sacando fotos de paisajes. La mala pata hizo que se me cayera la cámara en un terrado y tuve que hacer milagros para recuperarla. Recuerdo que cuando aterricé no pude volver a llamar a mi montura, pero bueno al terminar el sueño tenía de nuevo mi máquina en las manos.

¿Qué era tan importante de la cámara? No sé, deduzco que los recuerdos que había dentro. Ya sabe, al final, de las cosas solo quedan los recuerdos, las pinturas, los escritos, las fotos… Me va a dar la neura filosófica, como siempre, pero ya sabe lo que pienso. Cuando “mañana” llega, lo único que queda del “ayer” real, son esos retazos de memoria a los que uno se aferra.

El otro que tuve, se ha ido emborronando con los días, no puedo visualizarlo correctamente, pero recuerdo la sensación que me produjo cuando me desperté y era una mezcla de añoranza melancólica, y sensación de pérdida. Debe ser que estos días estoy obsesionada con lo mismo.

(Silencio, y desvía la mirada hacia la ventana. Retoma su discurso sin mirar nada directamente.)

Creo que el problema es que soy una persona obsesiva, ¿verdad? Debe de ser eso. Obsesiva, posesiva, celosa… Llevo varios días dándole las vueltas al asunto. Ya sabe que me gusta venir con los “deberes” hechos. Si tuviera que pagar por todo el rato que dedico a poner las ideas en orden antes de entrar en la consulta…

Estos días los he dedicado a analizar esos puntos, y he llegado a que todo está motivado por mi inseguridad. Que en el fondo es miedo. Es fruto de mi necesidad imperativa de controlarlo todo, y que al enfrentarme a algo que se escapa de mis manos, como no tengo forma humana de manipularlo, me obsesiona dedicando horas y horas y horas a buscar una solución favorable que ahora sé, es inexistente, porque no depende de mí.

La obsesión imagino entonces que se retroalimenta, porque doy vueltas en círculo, de manera que cada vez me estreso y me agobio más; mis ataques posesivos son debidos a mi incapacidad para proteger o defender todo eso que me quita el sueño, y los celos es mi reacción natural a apartar todo lo que quiero y meterlo en una caja vigilada constantemente.

Es imposible vivir así.

Ahora ya sé que lo único que me pasa es que tengo miedo, y que no sé dejarme llevar.

Bueno, parece que un día más hemos llegado a algunas conclusiones aceptables, ¿jum?

¿Sabe? Ya sé porqué le pago lo que le pago y le mantengo: porque cada vez que me siento aquí y hablo, me libero.

7/08/2008

Eutanasia

(c) Falcom History


*** Now Playing: Olivia Lufking - Tears and Rainbows

Era duro, muy duro, verla ahí tirada intentando mantener los últimos hálitos de vida. Contemplarla respirando con dificultad, exhalando un suspiro tras otro, mientras su esencia se desvanecía en el aire.

Me dolía observar como se esforzaba por seguir luchando contra una fuerza superior a la suya, contra el miedo de saber que tienes los días contados y no puedes remediarlo.

La suya no iba a ser esa muerte que todos esperan al final del camino.

Siempre he pensado que el día que me muera solo pido una cosa: que no me duela, porque tengo pánico al dolor. Quiero irme de este mundo pensando que he hecho todo lo que quería hacer, y sentir que estoy cansada y lo único que me apetece es dormir.

No me he muerto antes, claro, pero probablemente al final lo único que sientes es cansancio. Como después de un día muy largo o un fin de semana de empalme, solo que un poco más definitivo.

Me dolía ver que ella luchaba porque no había podido terminar todas esas cosas que tanto anhelaba hacer, y no pudo decir todo lo que sentía que tenía que decir antes de dejar este mundo.

La veía, postrada con el cuerpo entubado, y cientos de parches que intentaban mantener la forma de esa cáscara que envolvía su alma preciosa, y yo la recordaba en sus buenos momentos. Recordaba su sonrisa y los días felices. Los sueños, y las promesas falsas que le hice y que ya nunca podría cumplir. Y mientras sostenía su mano, no podía dejar de llorar ni contener ese torrente de desesperación que me invadía y me estaba matando por dentro.

Sabía que un día no sentiría más esa palma cálida entre las mías y tenía un miedo horrible a sufrir. No podía imaginarme mi vida sin ella. ¿Quién me querría? ¿Quién me cuidaría? ¿Quién me entendería? ¿A quien le gruñiría? ¿Quién estaría ahí siempre para calmarme?

Mientras, la habitación estaba en silencio, y la luz entraba pálida por la ventana. Fuera de aquí la gente seguramente ríe y hace su vida. Queda con los amigos, visitan a su familia… Pero aquí, en este cuarto el tiempo se detiene y lo único que me liga al mañana son un puñado de cables y un interruptor.

La miro ahí, tumbada, intentando sonreír, esforzándose por hacerme creer que todo está bien y que lo va a conseguir, que va a salir de esta como ha salido de tantas antes, y me pregunto a quien de las dos está intentando engañar, o si simplemente lo hace todo por mí una vez más, para que me quede tranquila y no me sienta culpable.

Y por más que su pecho cada vez sufre más al insuflarse de aire, y por más que sé que está agonizando a cada minuto, no me atrevo a dejarla marchar… La miro, y sé que mi vida sin ella no tiene sentido y pienso en todas las cosas que no le dije a tiempo y ya no podrá escuchar nunca más… Pero que ya no tienen sentido… Y sólo puedo apretarle la mano, acercar sus dedos a mis labios y darle un beso en las yemas mientras no dejo de llorar.

Ella me sonríe, acaricia mi pelo con su mano temblorosa, y casi tengo que ayudarla en el esfuerzo que supone alzar el brazo.

Estira de mi cuerpo acercando mi oído a sus labios, y me dice la cosa más cruel que le he oído decir en todo este tiempo. Siento que me mata mientras ella pronuncia esas cinco palabras que no querría haber escuchado nunca: “Si me quieres, déjame marchar”.

Dios, no, por favor. No me pidas eso. Si existe alguien, de verdad, si existe alguien en algún sitio que pueda escucharme, que la detenga. Por Dios… No me pidas eso… No estoy preparada para vivir sin ti, por favor, quédate un poco más conmigo… No me dejes sola, estoy perdida sin ti…

Pero la miro, todos los sacrificios que ha hecho por mí en su vida, todas las veces que me ha cuidado y me ha apoyado… Y contemplo esos ojos suplicantes a medio camino entre la gratitud y el miedo… Y sé que ya no tengo escapatoria. Soy egoísta, pero quizás, no tanto.

Así que acerco poco a poco mi mano a la máquina, sosteniendo sus dedos en mi mano, le doy mi último beso…

Y la dejo marchar mientras lo único que puedo hacer es gritar sin cesar de llorar, sintiendo que se ha llevado la mayor parte de mi alma consigo.


7/02/2008

Sísifo

Su cuerpo ardía, y la única paz era fruto del contacto de esa piel fría y tersa.

La abrazaba y la atraía contra sí, acurrucándola mientras se amoldaba a su figura desnuda: era la única forma de lograr conciliar el sueño por las noches.

Su castigo, su locura, su perdición. Su deseo, su tesoro, su vida.

La irregularidad de su silueta tan familiar, donde sus dedos apretados habían dejado marcas desgastadas en una piel casi perfecta. Esa, que en ocasiones había inundado de lágrimas, que odiaba y amaba. Ese cuerpo que querría aniquilar pues su visión evocaba sus flaquezas y sus errores, cuyo peso llevaría siempre.

Era un recuerdo perpetuo de los errores pasados, su carga presente y la condena que arrastraría su pecho en todos los días que quedarán por venir, y sin embargo, a pesar de los agravios y las magulladuras, del dolor y las maldiciones, de las cicatrices y la desesperación... Era todo lo que tenía, era todo lo que quería, era lo único que anhelaba tener a su lado.

Hace mucho tiempo, todo era distinto, cuando aun creyó que podía escapar de los hados, y burlar al destino. Huía, con el corazón en un puño, creyendo que podía dejarlo todo atrás.

En vano hacía sus esfuerzos. No importaba lo rápido que corriera, lo mucho que se alejara, las veces que intentara perderse ni los rincones en lo que se escondiera: sus pies volvían al mismo sitio de forma invariable, al mismo punto.

Por las noches acechaba entre las sombras del sueño, su deseo tornado pesadilla con el sudor frío rociándole la espalda y las manos temblorosas. Los ojos cerrados con fuerza y esa esperanza vana de despertar y que todo hubiera desaparecido. Pero no, al despuntar el alba estaba siempre allí, en el mismo sitio, esperando en silencio.

Los ciclos se suceden: un verano que le calcina por dentro encendiendo la chispa en su pecho que le transformará en cenizas achicharrando sus huesos y arrancando a tiras su piel. Un invierno que le congela el alma penetrando en su cuerpo con astillas y la promesa de no librarse jamás de su garra. La primavera plácida que precede al estío en que nacen los sueños y el otoño que le ayuda a preparar el espíritu para y afrontar estoicamente los días gélidos.

Ya no huye, ha madurado. No es resignación: es determinación y aceptación de los hechos. No se puede luchar contra los dioses.

*** Now playing: Anna inspi Nana – Kuroi Namida

6/26/2008

¿Por qué?

(c) justangel_Özge Gürer - Out of My Self


Seis letras, un espacio y dos interrogantes que me atormentan. Un cúmulo de inseguridades, y una incerteza.

Algo que no controlo, algo desconocido.

Una pregunta para la que no tengo respuesta.

Los nervios que me carcomen, la histeria que me alimenta y mientras tanto esas palabras permanecen cegándome como faros en la noche cuando intento dormir y mantener los ojos cerrados.

No puedo escapar.

Las veo formarse en mi cabeza, incluso delante de la pantalla, en el trabajo, en mis ratos de ocio. Desfilan como las piezas de Tetris en mis peores días de adicción: con diferentes tamaños, diferentes colores y un significado único…

La sensación de quedarse en blanco delante de la última pregunta del examen. De no saber qué responder en la entrevista de trabajo. De sonreír forzado y último el chiste del que todos ríen. De llegar vestido de rosa chicle a una cena de gala.

Me estreso y me siento paranoica al creer que todos menos yo conocen la respuesta y se mofan en mi espalda.

Me doy cuenta de que los años pasan y algunas cosas siguen siempre igual, de que existe el fantasma de las navidades pasadas y vuelve cada año con puntualidad, mientras yo le miro y contemplo su frac desgastado, escucho su viejo cuento, ese que narra cada año y me pregunto… Por qué aun le escucho si siempre es lo mismo una y otra vez, como un disco rallado... Por qué el no ha cambiado como yo…

Por qué aun se me aparece y en ocasiones me persigue.

No tengo respuesta.

Y lo peor es la certeza de saber que si no apareciera me sentiría perdida… E igualmente seguiría preguntándome ¿por qué?

6/12/2008

Distancia

Imagen: Autor desconocido

Poco a poco se separa,
aquel que fuera tan cercano.
Aquel que creí conocer tan bien,
como las palmas de mis manos.

Poco a poco se rebela,
y se convierte en un extraño.
Gente nueva, ideas nuevas,
que ametrallan el pasado.

Se aleja y me deslumbra,
mientras se debate en frenesí,
él, la cara oscura de la luna,
es hoy quien me eclipsa a mí.

6/09/2008

Bad Karma

(c) Michael Whelan - Lovecraft

Le odiaba.

Con su traje pijo de marca, siempre impoluto, tan bien cuidado. Perfecto como si hubiera salido recién de la tintorería, los hilos del tejido inmaculados, puestos a raya con apresto y el calor de una plancha cruel.

Tan alto y estirado, con ese caminar seguro y un tanto afectado, sonrisa parsimoniosa a juego, mirando a todo el mundo por encima del hombro: dueño y señor de doscientos metros cuadrados que rezumaban nerviosismo y terror.

Él, agujero negro de cualquier tipo de sentimiento positivo, de alegría y paz, oprimía el aire arrancándolo de nuestros pulmones con cada paso.

Ni siquiera su cabello gozaba de la más ínfima libertad, colocado escrupulosamente en su sitio, obligado a permanecer parado contra natura con la ayuda de la gomina.

Distinguía su forma de abrir la puerta a cincuenta metros, tan sólo por la manera en que chirriaba el picaporte, y la firmeza de cerrarla tras de sí.

Distinguía también, el crujido gimoteante de la moqueta cuyas hebras aplastaba sin compasión bajo la suela de sus zapatos, un paso tras otro caminando con decisión, y la cadencia de un tambor de guerra.

Por instantes proliferaba la angustia, y sentía la histeria apoderarse de mí, ideas evadiéndome haciendo que me sintiera insignificante. Me eludía la confianza y parecía fluir toda hacia él, como un vapor invisible emanando hacia fuera de mi cuerpo.

En segundos estaría aquí diciendo “Buenos días” con su careta de Mister Perfecto, coronada por ese rebaño de canas en pegote. Me placía en extremo comprobar como poco a poco las entradas iban ganado terreno. Quien sabe, quizás pronto se quedara calvo presa de un ataque de ansiedad. Solo esperaba no tenerle de espectador en el mío propio.

Cada mañana al verle aparecer, mantenía monólogos internos sobre el condicionamiento social: hasta qué punto los automatismos y el lavado de cerebro fruto de la ética y la moral nos castran en pro de la armonía y la buena educación, obligándonos a decir “Buenos días”, cuando lo que realmente estás pensando es: “A ver si te mueres de una puta vez, coño, y me dejas en paz”, manteniendo mientras tanto –eso sí-, siempre la más cándida y angelical de las sonrisas.

Entonces mi mente divaga y se recrea en las cincuenta formas diferentes –aunque pocas de ellas realmente originales- de perpetrar su homicidio. La cantidad de gente que se mataría los unos a los otros en la calle de no ser por la Ley. De hecho muy probablemente no se hablaría de superpoblación mundial.

Está claro que si yo no mato a nadie no es por falta de ganas, no. Es simplemente por el conocimiento de mi propia falibilidad y la certeza de que no conseguiré el crimen perfecto, dejando en el camino numerosas pistas tras de mí.

Pero… Ah… Ah, de no existir el castigo. Tengo una larga lista de agravios que me encantaría atender.

Cuando tengo mis ataques “paranoicos”, por así llamarlos –aunque yo prefiera llamarlos "pequeños arrebatos de estrés"-, y doy rienda suelta a toda la rabia que carcome mi interior sacándola fuera en forma de sapos y culebras, siempre me salen con las mismas: que así como yo tengo una larga lista de tareas pendientes, debo figurar en las tareas pendientes de alguien más.

No obstante, está claro que en mi infinita sabiduría, les costaría atraparme, y si acaso me dieran caza, bueno, espero haber enviado al otro barrio unos cuantos cabrones ya.

Es en momentos como este en los que me recrimino seriamente por mi falta de cultura en cuanto a la historia medieval se refiere, así que tomo nota mental de acudir a la que pueda a leer en la biblioteca y ampliar horizontes estudiando la inquisición y otros métodos alternativos de tortura. Todo, claro, en pro de mi cultivación como persona. Quizás en un futuro cercano investigue también las sociedades de Oriente.

Le oigo pronunciar mi nombre y en un segundo todo se vuelve incierto, mientras la sangre me martillea la cabeza, el pulso se me dispara y la vista se nubla. Tengo una sensación de opresión, como si alguien estuviera apretando mis intestinos con una mano mientras con la otra estrangula mi corazón… Y me falta el aire.

Mi confianza está tan minada que respondo a su llamada como un perro adiestrado por Pavlov, pero pensando –para colmo- en qué coño habré fallado esta vez, qué ha vuelto a salir mal y que mierda quiere. Afortunadamente, aun no llego al extremo de mearme encima cada vez que escucho su voz. Quien sabe si a parte de una bolsa de tila no tendré que empezar a almacenar pañales anti-orín como los ancianos.

Me obligo a preguntarle qué tal va todo, qué tal el viaje, qué tal sus visitas; mientras mi cabeza proyecta imágenes suyas atravesadas por un abrecartas una y otra vez, hasta que muere desangrado sobre su silla. Joder, está claro que necesito ampliar mi abanico de posibilidades.

Su voz se queda en off mientras pienso que tal vez podría alquilar algunas películas estilo gore. Lo haría pero si acaso no la debería ver para cenar porque después probablemente tendría náuseas o no podría conciliar el sueño. También me han recomendado que para evadirme lea a Lovecraft.

- … Aquí tienes el papel, y este es el teléfono.

Me lo quedo mirando sin verle, mientras recojo automáticamente el papel que me extiende y me vuelvo a mi sitio a leer con calma lo que fuera que estuviera explicándome ese desgraciado hijo de su santísima madre.

Una denuncia a la policía, un parte de la guardia urbana y los papeles del seguro.

Consigue capturar mi atención y leo con avidez, para sorprenderme con que ha sido víctima del ataque de una pedrada lanzada desde lo alto de un puente a la entrada de la ciudad por parte de algún aburrido gilipollas de esos que viven en las chabolas, en suburbios al linde de la autopista.

Y conste que lo llamo gilipollas, pero no por el intento si no por su fracaso, porque de no ser por su jodida ineptitud y su mierda de puntería, desde hoy ya no tendría que preocuparme más por Don Estirado. Pero no, el muy imbécil que lanzó la piedra, ni eso pudo hacer bien en su vida, que falló por cinco centímetros.

A dónde iremos a parar. Qué clase de mundo es este en que la gente se entretiene lanzando pedradas a turismos que fluyen a toda velocidad.

Me dedico a canturrear en la oficina, para que todo el mundo piense que estoy de buen humor, tonadas aleatorias y sin sentido, melodías pegadizas de mi propia cosecha. Y sí. Sí que estoy de buen humor, sí. Porque mi mente corea estribillos y pareados muy alegres como “Cualquier día de estos, te vas al otro barrio, y nos dejas a todos libres, de tus jodidos agravios”. No es muy original, claro. Es de rima fácil.

Pero si se me diera bien, sería poeta o cantante, y no estaría malviviendo en una jodida oficina por un sueldo que se libra del epíteto “mileurista” por los pelos.

Quizás solo soy víctima del estrés laboral, y padezco algunas carencias en mi vida social que pueden solventarse fácilmente en cualquier garito. O igual me tengo que transformar al budismo zen, al fengshui o cualquiera de esas mierdas que están tan de moda.

Al menos me queda mi canturreo, así se me hace más llevadera la jornada laboral. Debería hacer alguna rima con “veneno” para variar un poco.

Hay que joderse… Por cinco putos centímetros de nada, lo que tengo que aguantar.

6/05/2008

El mago

Apareció un día, como tantas cosas: de la nada.

Lo único que sé es que adoraba dormir entre esas paredes porque sentía que alguien estaba allí aun incluso antes de haber abierto los ojos, porque notaba su aroma. Era un olor inconfundible, peculiar. Una mezcla de tabaco y perfume, tildada de fragancias que evocaban lugares lejanos que no he llegado a conocer en la vida.

Recuerdo que cuando le vi con mis propios ojos, no supe ponerle una edad determinada, porque se me antojaba viejo y a su vez también tenía algunos rastros de jovialidad.

Vestía unos ropajes que a todas luces habían estado en un sin fin de parajes. Desgastados aun sin estar raídos del todo, habían perdido su antiguo esplendor mas no así su elegancia ni su presencia.

Se notaba que eran de su talla, por más que en aquel entonces le vinieran grandes, con su figura nadando en el interior de la túnica que simplemente iba sujeta con un cordón a modo de cinto, formando pronunciados pliegues de tela en su cintura que no hacían si no enfatizar su casi extrema esbeltez.

Tenía el pelo de un color indefinido, entre castaño con tonos dorados que recordaban al trigo. Lo lucía despeinado dejándolo moverse a sus anchas mientras algunos mechones indisciplinados le caían en la cara y tapaban sus ojos, esos que recordaban al cielo, pero cubierto de nubes grises capaces de llamar sin previo aviso una tormenta.

Era difícil verle sonreír. Por lo general era apagado y taciturno: casi frío. Reservado y parco en sus palabras, guardándose sus secretos solo para si, por lo que le rodeaba siempre un aura de misterio.

En conjunto muchas veces me pareció que era frágil y tenía miedo de que se fuera a romper sin previo aviso con el primer soplo de viento. Pero lo cierto es que muy probablemente fuera más fuerte de lo que yo he sido nunca.

Así son los magos: de apariencia endeble pero poseedores de fuerzas más allá de lo común, pues ninguno de ellos llega jamás a nada sin haber aprendido los trucos suficientes como para sobrevivir. Extraen energía de la más minúscula oportunidad, y su inteligencia coquetea con lo imposible.

Y, a pesar de todo, yo disfrutaba con su presencia.

Realmente fueron contadas las ocasiones en las que vino de visita a mi ciudad, mas al contrario era yo la que peregrinaba hasta las puertas de su torre en la que vivía con las comodidades que había tenido a bien atesorar y eran de hecho, escasas.

Sus días transcurrían en una torre en las afueras, alejado del tumulto diario y resguardado por altos muros recubiertos con plantas que impedían las miradas curiosas de los extraños, regalándole una sensación de intimidad y paz.

Yo creo que si alguna vez necesitó de algo, si alguna vez hubo algo que la magia no pudo crear y sus riquezas no pudieron conseguir, fue paz. Y esa es la liebre que persigue siempre en su camino. Estar bien consigo mismo.

Su rutina diaria era sencilla: una comida básica, consultas a su bola de cristal, algo de tedioso trabajo para garantizar su existencia relativamente cómoda y esos ratos de pacífica armonía fumando su tabaco preferido a las puertas de la torre, contemplando el pequeño jardín que le rodeaba.

No obstante, en ocasiones esa reconfortante fortaleza en miniatura era un trajín continuo de personas, que muy probablemente le estresaban, entre ellas yo.

Desde el día que le conocí, sentí una fuerte atracción hacia él. Quien sabe porqué. Yo creo que fue esa impresión de fragilidad que uno se lleva la primera vez que le ve, las manos delgadas sujetando su tabaco mientras fumaba expulsando el aire de sus pulmones y contemplaba bucólico el paisaje, la mirada abstraída en la nada, su mente evocando recuerdos de días lejanos.

El brillo inconfundible de una mente privilegiada y rauda, reflejo de una inteligencia enmascarada detrás de una figura quebradiza; y esa determinación que desprendía por sus poros cuyo eco te golpeaba al contemplarle incluso a metros de distancia. Una diminuta figura menuda y desafiante, luchando solo contra sus fantasmas y el mundo mismo.

Me conmovía, despertando en mí una voluntad irreprimible de ayudarle cuanto pudiera. De estar ahí en los momentos aciagos y ser el cayado que le ayudara a sostenerse mas siempre supe que en realidad no me necesitaba… Pero de todos modos yo disfrutaba estando ahí, con él. Aun cuando lo único que nos rodeaba era el silencio: el vertido en sus estudios y yo aprendiendo a otear entre las bolas de cristal.

Los mejores momentos eran al despuntar el día.

Yo era siempre la primera en despertar, pues él tenía por costumbre dormir cuando casi podrían estar despertando los gallos para saludar una nueva jornada, y mi alegría era preparar el desayuno para ver cómo lo degustaba, a veces entre gruñidos insistiendo en que no tendría que haberme molestado. Pero para mí, jamás fue una molestia si no más bien una sensación reconfortante saber que degustaba lo que yo había cocinado en el horno abandonado de esa torre, que tan solo utilizaba ya el servicio, y a veces ni eso.

Siempre fue placer, más que molestia.

A parte de él y de los invitados inesperados, no había mucha más vida por la zona, descontando algunos animalillos de compañía que pululaban a sus anchas, aunque por lo general no se molestara ni en mirarlos. Recuerdo que cuando estaba extremadamente aburrido, se dedicaba a instigarlos, y a veces a hacerlos rabiar. Pero apego, apego, lo que se dice apego, no sé a bien seguro si lo sentía por ninguno.

Todos los magos tienen un familiar, un ser que vive con ellos. Pero él no. Aunque con el tiempo, eso cambiaría.

Una noche ya cerrada de verano, más allá de las doce toda la torre estaba en silencio y no se oía ni un alma. Las horas iban pasando, y con ellas me entraba el cansancio haciendo que los párpados pesaran cada vez más y que la mente no consiguiera retener información apenas. Incluso conversar era algo tedioso. Así que decidí irme a la cama.

Ascendí por las escaleras, una a una, los tres tramos hasta alcanzar la planta en la que se encontraba la que con el tiempo se convertiría en mi habitación. Me acerqué al balcón, a cerrar los postigos con la esperanza de que la luz del amanecer no me despertara demasiado temprano... Y apareció de golpe.

Un bulto saltó empujándome en el hombro, rebotando en él mientras siseaba y salía corriendo pocos instantes más tarde, a la par que yo chillaba aterrada con un susto de muerte, imaginando que había sido atacada por un maléfico demonio, un animal horrible, algo terrorífico… Salí corriendo escaleras abajo hacia la luz del salón. Hacia su luz, agitada y nerviosa. Y en el camino lo vi: era un gato. Pequeño, zarrapastroso, delgado y menudo.

Era blanco y negro, descuidado y sucio. Tanto, de hecho, que más que blanco tenía el pelaje gris, lleno de porquería.

A pesar del susto inicial, acabé estimando en gran medida ese saco de pulgas y pelos estilizado. Cuando no la veía en la casa, la buscaba, y la llevaba a cuestas o la sentaba en mi falda (porque, sí: era gata, más bien) mientras leía y tomaba el sol en el jardín, resguardada por la tranquilidad de los muros.

De tanto en tanto, coincidíamos con él, cuando se asomaba a fumar su tabaco, y entonces hacía grandes esfuerzos para que socializaran.

Al principio, fueron una cadena de fracasos. Recuerdo cómo se quedaba mirando al pobre bicho, él acomodado en su asiento, yo sentada en el mío acariciando la gata. Con su cara de pocos amigos, mirada escéptica y distante; mientras ella iba y venía de su falda a la mía.

Creo que fue entonces cuando me percaté de que no era alguien tan poco sociable. Los magos simplemente son personas extrañas, pero tienen sentimientos, como todo el mundo, aunque estén escondidos bajo siete candados, y la llave se haya extraviado en algún lugar perdido en el mar, probablemente el estómago de algún pez extraño. Sí, todos tienen instantes de humanidad. Y en uno de ellos, adoptó a la delgada gata como familiar.

En ocasiones nos quedábamos los dos jugueteando con ella: parecía un nexo de unión. No importaba cuán hosco pareciera él, terminó acostumbrándose a juguetear como yo hacía.

Por aquel entonces ya estaba acostumbrada a sus silencios, de los cuales extraje conocimientos varios, como que no es necesario hablar todo el día para comunicar cosas. A veces atender los gestos, sirve de mucho. Ese silencio no es el mismo que siento al volver a mi hogar, cuando tengo que dejar la torre a mis espaldas. Ese silencio reconforta más que muchas palabras.

Evoco un día de tantos, de vagabundeos matutinos entre las piedras, la calma del jardín, acariciando la gata que dormitaba en mi hombro, con la casa aun en calma pues no había despertado nadie.

Aquel día, la cogí sujetándola por debajo de los brazos, su cuerpecillo colgando en el aire, menudita y frágil, delgada. Me recordó a él. Arisca, independiente, atrevida. Con su capacidad para ir y venir por todas partes, sin miedo. Camuflándose entre las sombras.

Aburrida de que la sostuviera en el aire, se retorció y escapó de mis manos perdiéndose en la nada, mientras yo sonreía y la llamaba como siempre, pero no volvió.

Me quedé pensando en las cosas que aparecen y desaparecen, mientras un escalofrío incómodo recorría mi espalda y continuaba llamándola por los rincones del jardín.

La estuvimos buscando todo el día, hasta que finalmente, de noche que nos dimos por vencidos pues si quería volver ya conocía el camino.

Abatida, al entrar en casa le escruté: él embutido en su túnica, con la barba de tres días sin afeitar y sus mechones rebeldes tapándole los ojos, seguía impertérrito con sus tareas.

A pesar de que tenía la vista baja, y estaba concentrado en sus quehaceres, creo que él también la echaba de menos como yo.

Y yo, que en nuestro silencio le contemplaba: su figura delicada y familiar de la que emanaba ese particular aroma capaz de calmarme con simplemente notar su presencia, rogaba que ojalá no llegara nunca el día en que desapareciera de mi vida entre la nada, volviendo al lugar del que habían salido los dos.

5/22/2008

Long time no see!

Bueno, bueno...

Hace como que muchísimo que no hablo de mí.

Al menos, no en primera persona y sin esgrimir las punzantes metáforas narrativas que tanto adoro escribir. De hecho no es ningún secreto que la inmensa mayoría de mis cuentos no son si no una forma de transcribir mi vida diaria, y hay quien se entretiene en intentar descodificar lo que escribo.

No obstante, hay veces que simplemente escribo por escribir, por entretenerme un rato, como quien va al baño a conversar con Roca, y una vez finiquitado el asunto, a otra cosa mariposa.

Qué puedo decir de nuevo...

Llevo una buena temporada en lo que se podría denominar "eclosión literaria".

No sé, me encuentro bastante más prolífica. Será la primavera, o mi regla permanente, o qué sé yo. El caso es que echando la vista atrás, veo que he cambiado mucho. Tanto en forma de escribir -que imagino que se ha ido puliendo desde hace dos años-, como en temática (que ahora, a parte de las ralladas de costumbre, véase el recurrido tema "problemas de pantalones", incluye Warcraft e historias de inspicariones varias).

Incluso he sido capaz de escribir el que hasta la fecha puede considerarse el post más corto de mi historia (y no por ello con menos contenido), que es "Melancolía".

No aspiro a ser una nueva Neruda, ni un Benedetti del siglo XXI, está claro; y aunque a veces fantasío con poder vivir un poco de escribir, sé de sobras que es un hobby. Quizás por eso me entretiene tanto. Hay quien saca filo a sus armas, yo prefiero pulir mi escritura.

Escribo quizás menos que en 2006, pero con más profundidad. Salvo los días que se me da por mandar el mundo a tomar por culo.

Últimamente lo que más me entretiene es aumentar mi lista de links, cuando incorporo algún ilustrador, el nuevo manga que leo o libro que sigo, etc. De resultas de todo eso, creo que lo mejor que puedo hacer es dedicarme a diseñar una web (que para algo me he pagado mi propio dominio, ¡carajo!), y organizar un poco todo.

Tengo ganas de ponerme a aprender a manejar mi tabla digitalizadora, cortesía cumpleañera de uno de mis escritores terrenales favoritos ^^.

Ahora, dos años y medio más tarde de haber empezado a desvariar online, las cosas están acabando de tomar forma.

Miro la lista de propósito de año nuevo, y algunos ya se han ido cumpliendo, como viajar fuera, la Wii, y tal. Hay otros que son imposibles, como dejar de morderme las uñas y gruñir menos. Debería ampliar la lista con novedades como "No morir en celibato". Qué le vamos a hacer xD.

Dos años y pico más tarde, ya tengo el pisillo de alquiler casi listo. Mañana me traen el armario, la cómoda y dos chorraditas más. Dos años y medio viviendo sola, y huyendo a la que puedo a casa de los demás, porque no es secreto que no me gusta en demasía el silencio de mi propia casa, y a veces echo de menos el contacto con los humanos.

¿Qué he aprendido en este tiempo?

Que no es lo mismo construir una casa que un hogar. La casa te la construyen cuatro pringados con otras tantas maderas, algo de cemento, ladrillos y demás materiales.

El hogar, puedes tirarte años construyéndolo y no conseguir terminarlo nunca, sintiéndote siempre extraño en tu propia casa a pesar de tus teles, tus ordenadores, tua aires acondicionados, y todo lo que quieras comprar -aunque las comodidades ayudan a sentir un cierto confort, claro-.

Así es la vida.

Sé que el secreto está en construirte a ti primero, y si eso está bien, todo lo demás igual. Quizás es que aun no sé exactamente lo que quiero. Pero por otro lado, who really knows?

Desde Semana Santa que no paro el culo quieta: Madrid, París, Lisboa, Madrid... He decidido tirarme las próximas tres semanas en Barcelona, en casa. A ratos, quiero de veras disfrutar de mi casa, llegar y tumbarme en mi cama y mirar la tele.

En el trajín de cambiar todos los muebles de sitio (y orgullosa que estoy de haber cambiado las estanterías de un lado a otro únicamente con la fuerza de mis músculos xD), mi antigua habitación ahora es el salón-biblioteca; el antiguo salón es mi habitación, y la antigua biblioteca mañana será oficialmente el vestidor.

Parece que siempre ha sido así, lo cual es síntoma inequívoco de que todo está donde debiera.

He adquirido varios libros de cocina nuevos y una batidora. Y ahora soy capaz de hacerme la cena algunos días, aunque sea solo para mí. Es un principio para alimentarme mejor. No me quejo.

La cocina está todo lo equipada que puede estar: batidora, licuadora, cafetera, tostadora. No hay microondas. No quiero esa porquería en mi cocina. Todo el mundo tiene el puto microondas para calentar la leche y descongelar. Pues yo descongelo por la mañana y caliento la leche al fuego en cazo. Como la gente normal, de toda la vida. Horno, ¡coño!, horno. Éso sí que es bueno.

He adquirido varios libros no culinarios (brutalísimo mi último mejor amigo: "Muy pronto seré invencible", de Austin Grossman, historia geialmente escrita de superhéroes y supervillanos ^^), y leo mucho más que hace un tiempo. Estoy contenta.

Tengo tiempo para trabajar, para dormir, para leer, para jugar a WoW... Y saco ratitos para la Wii. Por cierto: el Wii Fit es la bomba, pero cansa mucho xD y hay veces que me estreso porque me pierdo xD Pero el "Dance Stage Hottest Party"... Me avergüenzo de mí. Parezco un pato mareado xD O mejor aún: una bandada de patos xD

En Warcraft también estoy contenta, tanto con mi Ali (odio la Alianza, por eso ¬¬ Phil, algún día te exterminaré xD) como con mi Horda (Sara's Power!).

Juego cuando quiero, y a veces prefiero leer a estar jugando. Tengo la fortuna de estar en clanes en ambos servers que me permiten hacer mi vida tan feliz.

A veces tengo morriña de Shemsu. A ratos me gustaría jugar a ese nivel. Otros días, cuando estoy viendo la tele a las once de la noche, o cuando a las doce hace ya un ratillo que estoy durmiendo, sé que hoy por hoy no estoy dispuesta a sacrificar lo que hay que pagar por ello.

Creo que estoy algo menos irascible. Y eso es fantástico. Además, se acerca la temporada de playa, y menos farming y más panching at the sea shore! ^^ Yeah =)

Estoy impaciente porque va a ser un gran verano, con el escopetazo de salida en el Concierto de Bon Jovi, luego Hogueras en Alicante, después Worldwide Invitational de Blizzard en Paris, y el siguiente es fin de semana de paintball. Julio y agosto los pasaré en casa, Madrid, o prostituyéndome en el Camp Nou xD Depende del capital xD :_ (yo nací para ser rica xD).

Desde luego, estoy mucho mejor anímicamente ahora que en enero.

Tema tíos...

Qué os voy a contar. Atajo de subnormales todos. No saben lo que quieren, son débiles, indecisos, promíscuos. Comen una y cuentan veinte... Ese tipo de cosas. No sé, creo que es un fallo intrínseco mío que me fijo siempre en los idiotas. Soy propietaria de un amplio muestreo que así lo corrobora.

Tengo muy claro que si mañana me va mal, me meteré a trabajar en una empresa de recursos humanos, y tío que me guste, tío que automáticamente queda descartado para el puesto. Es gilipollas integral. Garantizado.

Tengo un don para detectarlos, o igual es mi poder mutante xD Joder, macho... No podía tener un super poder chulo como qué sé yo, tejer calceta a súpervelocidad, hacer bolas de mocos de tamaños astronómicos... No... Yo tenía que atraer machos estúpidos.

Ay, Señor, lo que hay que sufrir xD

¡Sentido del humor una vez más!

Bienvenido a casa, buen humor. Te echaba de menos ^^

5/21/2008

Hermano de armas, compañero de batallas (II)

Capítulo Anterior

Capítulo 2.- Ayer, hoy, y mañana

Hoy ha sido la primera en llegar.

Tiene cosas que hacer, tributos que rendir, recuerdos que ordenar, cosas que llorar a solas.

No queda el más remoto rastro de calor entre estas rocas. Ni calor, ni vida, ni alegría: tan sólo fantasmas, y esa sensación de escalofrío que recorre su espina dorsal haciendo que absolutamente todos y cada uno de los pelos que componen el vello de su piel se ericen, produciéndole una acuciante incomodidad.

Se arrebuja en su larga capa, con esa esperanza infantil de que al esconderse, el Mal no la perciba y pase de largo. Tiene miedo de entrar una vez más allí. Miedo de volver al principio del fin. Miedo de lo que va a encontrarse. Miedo de lo que va a echar en falta.

Este lugar está maldito. Ella está maldita… Y aunque hoy vienen a exorcizar a los fantasmas, no hay nadie capaz de exorcizar todo el pesar que carga en sus delicadas espaldas.

Suspira.

Más allá del Pantano de las Penas, más allá del Paso de la Muerte, es triste volver aquí una vez más, a los pies del castillo de Karazhan.

El pesar la invade, sabiendo que tiene que volver una vez más a sus entrañas, a luchar contra los espíritus. Éste es un rito macabro, aunque necesario: excomulgar las almas de los viejos habitantes.

Mientras contempla sus torres desde la piedra de encuentro, y empieza a rodear las ruinas, su mente va más allá de de las rejas, más allá del pesado y mohoso portón de madera, más allá de las rampas, hasta la terraza del Maestro… Su memoria evoca al fantasma de Medivh, la sombra de Nightbane, y a sus compañeros.

- Cooooooooooooooooooooooo… - Chath, su pequeña cría de draco abisal, reclama su atención, colocando su cabeza de bebé bajo la palma de su mano, buscando una caricia que le reconforte.

La menuda bestiezuela también tiene sus recuerdos y siente el frío del lugar.

El tiempo de estar sola se le acaba, en breve empezarán a llegar sus nuevos compañeros.

Para ellos venir a Karazhan es toda una aventura, algo nuevo, tesoros que descubrir, lugares que conocer. Ríen alegres, cargados de emoción y adrenalina, ajenos completamente al precio que hay que pagar por cruzar la reja de metal centenario y oxidado.

Para ella, Karazhan es un estigma. Es una lacra. Es una cicatriz en su corazón grabada a fuego. Es la puerta del adiós. Es su propio cementerio, tanto como el de la corte del gran mago que lo habitó.

Qué vueltas que da la vida, qué humor tan dolorosamente irónico debe tener alguien ahí arriba. Parece increíble que haya vuelto aquí, y de la mano de una hermandad llamada “Los Campeones de Medivh”.

Aun no sabe bien cómo se vio metida en este entuerto, si a fin de cuentas llevaba cinco meses viviendo como una paria en Bajo Arrabal, intentando pasar desapercibida, sin clan, sin rango, sin títulos, esquivando cualquier tipo de oferta amable. Recién hoy se le antojó ir de excursión a las marismas, con un grupo algo disperso que cambió cuatro veces de integrantes.

Y medio día más tarde, aquí está, con una hermandad nueva a los pies de Karazhan.

Se siente torturada porque no sabe lo que quiere, ni si tiene mucho que ofrecerles. Se pregunta si les va a traicionar marchándose tras una escueta despedida. Se pregunta si va a volver a explotar como en sus días de gloria, tras Ad Infinitvm, cuando se unió a Shemsu Hor.

Maldita sea.

Karazhan.

Otra vez.


**********


A lo lejos van llegando uno a uno. Algunos por sus medios, otros invocados en la piedra de encuentro, otros invocados por el brujo.

Se le contagia su alegría, aunque no quiere, aunque prefiere seguir llorando a sus muertos, cargando con sus fantasmas, pero ellos no se lo permiten… Y la hacen sonreír.

Les mira apartada a una distancia prudencial manteniendo su privacidad, y al hacerlo, se siente vieja. Les envidia por ser capaces de venir aquí sin recuerdos, con una memoria entera que escribir.

Ella les mira, sí. Pero por el contrario no les ve llegar, de hecho a sus ojos, sus cuerpos tienen otras ropas, otras caras. Sus bocas emiten otras voces. Y a aquellos que evoca su memoria, les llama…

- ¿Quen? ¿Pikko? ¿Fumi? ¿Quizzito? ¿Huevos? ¿Estáis ahí? No os veo… No me dejéis sola…

Silencio….

- ¿Dereck? ¿Sargas? ¿Raist? ¿Ariakkas? ¡¡Anaki!! ¿Dónde estáis? ¿Chechu? ¡Lauranna! ¡No tiene gracia! ¡No os escondáis!

Pero nadie responde…

- ¿Kina? ¿Estás ahí, Kina? ¿Zoed? ¿Retry? ¿Helmet? ¿¿¿¿¿Raza????? ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Breez!!!!!!!!!!!!!!!!!

Desespera…

- ¡No me dejéis aquí! No quiero estar sola…


Su voz es la de alguien que ha perdido el juicio, que está desquiciado y fuera de control. Parece que en cualquier momento se va a quebrar de pura angustia y va a romper a llorar, mientras sus ojos empiezan a escocer.

Un coletazo la vuelve en sí de golpe., y ella se queda petrificada en el sitio: sintiéndose fuera de lugar, sin saber qué terreno están pisando sus pies.

Tantea con la mano buscando al dueño de la cola que le acaba de pegar el tremendo latigazo, y le estira de ella para atraerlo hacia sí y abrazarlo.

- Yo no debería estar aquí. Tú lo sabes –le dice mientras esconde la cara entre sus alas-. Deberíamos irnos de aquí antes de que tengamos tiempo de arrepentirnos. No estoy preparada para volver ahí dentro. No quiero volver. No quiero luchar.

Pero ya es tarde. Por allí se acercan las figuras en tropel.

- Hombre, Sara, ¿dónde te metes? –le dice una voz de tauren jovial-. Eres una tardona, ya están todos dentro. Vamos, vamos, hay que empezar con los rituales de preparación.

Y sin darle tiempo a protestar, la coge del brazo y la mete de una vez dentro de ese sarcófago que para ella es Karazhan.

Al final a los miedos, hay que hacerles frente.


**********


Es medianoche. Fin de una dura jornada.

Todos están reunidos a la salida de las ruinas, comentando sus experiencias destrozados y agotados, pero aun así muy animados por todo lo que han visto.

Ella se aparta, y da la vuelta al castillo.

Entre tinieblas, bajo un cielo oscuro tintado de rojizo gangrena del que incluso la luna se esconde entre nubes parduzcas, la pequeña elfa se arrodilla ante las lápidas del cementerio.

No le preocupa llenar sus ropajes de polvo, arenilla y cenizas. Ya están manchados de sangre, y lo que no es el preciado fluido vital. ¿Qué queda cuando un fantasma muere, si no sangra? Queda el frío que se adhiere a los huesos, el llanto que te cala en el alma, el plasma que mancha la ropa junto con lamparones de explosiones etéreas.

Toca una piedra aquí, unos guijarros allá, en silencio, pues no hay Ángel de Resurrección lo suficientemente poderoso para reclamar a quienes añora. Sus amigos están más allá de cualquier alcance divino. Descansan en paz, en felicidad eterna, alejados de los conflictos de Azeroth y Terrallende.

Para ellos ya no significa nada Karazhan, ni la guarida de Magtheridon, ni la Caverna de Serpent Shrine.

Kaelthas, Archimonde, Illidan, Arthas, son nombres que lleva el viento y jamás llegarán a escuchar.

- Os quiero –dice en voz baja para que no lo oiga nadie más-. Os quiero a todos. No importa dónde estéis, no importa contra quien luchéis, no importa lo que hicimos mal. Yo sólo recuerdo lo que hicimos bien y todo lo que aprendimos juntos. Ad Infinitvm nos llamamos, y hasta el infinito voy a llevaros dentro de mi corazón.

Se levanta poco a poco. Dedica unos instantes a rascar a Chath y a esconderlo dentro de su capa para darle algo de calor.

Si fuera posible, si su eterna juventud lo permitiera, diría que ahora nuevas arrugas surcan su cara y su pelo tiene toques blanquecinos de prístinas canas. Su caminar es más humilde que ayer, más encorvado. Tal vez más cansado.

Por última vez roza una lápida, y le parece sentir las alas del Ángel alzándose a sus espaldas…



- ¡Sara! ¡Sara! – Una voz le llega a través de la niebla.

- ¿Coooooooooooooooooooooooo? – Se sobresalta Chath.

Ella se gira despacio, intentando percibir la figura que la llama. Le da la sensación que es la voz de Huma.

- ¡Sara! ¡Que nos vamos a casa!

“A casa…” Piensa. “Hace tanto tiempo que no tengo un hogar, que no pertenezco a ningún sitio…”.

- ¡Por amor de una mantícora borracha! ¡Hace frío y nos estamos congelando! ¡Vamos a Shattrath a ponernos de alcohol hasta las cejas! ¡¡¡¡¡¡ESE PORTAL!!!!!!!

“Esta Alejandra que no suelta el vaso ni para curar…” Se ríe.

Es hora de que encuentre su propio camino, pero todos sus recuerdos serán el bastón que la sostendrá en los días aciagos.

Se acerca a su pequeña nueva familia, todos exhaustos después de esta última visita a Karazhan. Para ellos todo son alegrías, todo es nuevo, todo es un juego.

La mayoría no saben lo que hay que sacrificar para grabar su nombre entre los grandes héroes: las horas de entrenamiento, de recolección de componentes, de trabajar duro para pagarse las reparaciones. De hecho no les preocupa tampoco -ni están interesados- en vestir a la ultimísima moda de Sunwell Plateau.

No saben lo que es estar exhausto hasta no poder más y dormirse en un casteo. Escuchar las peleas de los demás, mientras gritande rabia y ofuscación tras una descoordinación en el grupo. Llorar por no dar la talla, por el estrés, porque se te quiebra el alma… Y ojalá que no lo sepan nunca. Ojalá que sigan riéndose con el paso del tiempo.

Ahora que está más cerca, ya no es la niebla lo que le impide verlos con claridad.

Recupera la compostura mientras se dedica a observarlos, cómo se divierten.

Los taurens a topetazo limpio, dándose delicadas palmadas en la espalda que hacen que retumbe el ruido contra las rocas; mientras la druida los mira con cara de circunstancia. El ultra chachi pícaro elfo, contoneándose mientras baila y juega con sus espadas; con el brujo y el mago no muertos coreándole con sus movimientos espasmódicos de los brazos.

A lo lejos, con su botellita de vino, la paladina -al igual que ella- los observa.

Suspira una vez más y recorre el trayecto que la separa de la paladina, hasta quedarse de pie a su izquierda. Le pega un ligero codazo, reflejo poco femenino por su parte. Chath revolotea entre ambas, entretenido persiguiéndose la cola.

- Como niños, ¿eh? -le dice sonriente y en voz baja a la elfa embutida en su traje de placas, mientras coloca una mano sobre el hombro de su compañera.

- Vamos a casa, que me caigo de sueño, Sara.

- A casa… – repite ella, como si no hubiera oído nunca esa palabra y le sonara extraña.

Empieza a formular el último hechizo de la noche, mientras toma nota de comprar mañana provisiones de partículas arcanas, ir un rato de pesca, cazar lagartijas en Terokkar, visitar a los Arúspices y reparar su equipo, y pasarse por la biblioteca a estudiar todo lo que encuentre sobre Karazhan para refrescar conocimientos.

El portal está creado. Shattrath se refleja como una ilusión en el desierto, sus bellos contornos difuminados y ondulados.

Uno a uno todos desfilan, y antes que pasen la paladina y el druida en forma de gato (al que estira de la cola para hacerle quedar atrás unos segundos), les dice: “Gracias”. Y sin esperar respuesta se precipita hacia la ciudad.

Al llegar al otro lado, se estampa bruscamente de narices contra la espalda del chamán tauren que ya ha llegado. En represalia, le tira un par de bolas de nieve y le hace un lazo en la cola. Sigue corriendo y se sube de un brinco a la espalda de la curandera druida mientras le despeina la melena.

- ¡Hola! ¡Hola! – le dice alegremente- ¿Unas copichuelas?

Qué bueno es sentirse en casa una vez más.

5/19/2008

Melancolía

(c) Henning Ludvigsen - Wall

Tristeza y vaga añoranza por cosas de antaño.

Añoranza de ti, de mí, de todo lo que quedó a nuestras espaldas.

Recuerdos de ayer, que me ciegan hoy y me perderán mañana.

Cicatrices que dejaste en mi piel, rastros de lágrimas.

Apatía, desesperanza, nostalgia… Y miedo.



5/15/2008

Frágil

(c) Livingrope_JS Rossbach - Little Fish

Como no me atrevía a mirarle cara a cara, muchas veces tenía que contentarme con atisbarle de reojo, y al hacerlo me sentía como el ladrón que estudia a su víctima camuflado en un traje de calle común, escondido entre la gente corriente.

Otras tantas veces tuve ganas de abrazarle, pero me contuve. Por respeto, por decoro, por miedo… ¿Qué sé yo? Por lo que sea que la gente al final no hace lo que quiere. Aun así, siempre tuve la sensación que de haberlo intentado, se hubiera escurrido entre mis brazos como el agua.

Agua... Cuando lo pienso, me recuerda al mar: Amplio, profundo, desconocido.

Calmado a simple vista, pero más allá, encadenado donde nadie pueda percibirlo, está revuelto con los remolinos de la exasperación, la pena, quizás la rabia, todo contenido bajo la superfície.

Como el mar, también es imposible de abarcar en su totalidad. Puedes recorrerle, sí, pero siempre bordeando la orilla, nunca llegando más allá, porque ese espacio tan vasto está vetado para quienes no poseen la seguridad y estabilidad de los grandes barcos y el mío, no llega a la categoría de cayuco.

Quizás me equivoco, pero cuando me siento y le contemplo, sé que no daré la talla. Que me perderé sin remedio y que si no me atrapa en sus olas para hundirme hasta el fondo y pudrirme allí olvidada, me devolverá a la orilla como otra náufraga más.

A veces, es melancolía.

Una marina pintada con azules y grises, el cielo nublado y la brisa salada que te trae su aroma aunque no quieras. “Mírame”, te impele, “Ámame… Pero no intentes acercarte, no intentes abrazarme”. Te conmueve con sus colores pálidos, hace de ti poeta inspirándote a escribir lo que jamás antes habrías imaginado. Te conmueve, te enternece, y a su vez, te arrastra a la locura.

Sabes que no puedes abarcarle, que no puedes poseerle, que no vas a comprenderle. Y aun así, tan sólo te queda amarle. Contemplarle un instante y dejarlo luego todo atrás.

Quieres inmortalizar ese segundo. Grabarlo en la memoria para evocarlo desde hoy hasta el fin de la eternidad. Una foto, una pintura, un dibujo, una historia… Lo que sea con tal de que mañana, cuando su recuerdo se desvanezca entre tantos otros, puedas reclamarlo y revivirlo una vez más.

Frágil y bello como el cristal. Transparente y puro. Musical según lo roces, capaz de atravesarte hasta el fondo del alma con su tonada.

Valioso y deseable.

Me recuerda al mar, y también al diamante en bruto que late allí enterrado en algún lugar inhóspito, profundo, reposando sobre un lecho de roca. Ni siquiera tiene la esperanza de que le descubran, poco le importa.

A veces pienso que, como las rocas, preferiría seguir allí enterrado fuera de la vista de los demás. Desapercibido, resguardado de las manos impuras que le quieran modelar, porque jamás podrá llegar al dedo que tiene que lucirle. Eso le apena y le entristece, le roba su brillo tornándolo opaco, deslucido… Y a mí me mata viendo lo que podría ser y no será nunca, mientras esa imagen me deslumbra.

Su pena es mi dolor porque no puedo ayudarle, porque mis manos son torpes y no han aprendido jamás a tallar, porque mi inexperiencia le rompería en mil pedazos.

Es el retazo de ceniza con forma de cuerpo que queda más allá de la vida. Se desvanece y se pierde con un ínfimo soplo de aire, con el mínimo roce -ni que sea cuidadoso- de un dedo.

Escapa de mí.

La pavesa que desprende la tierra calcinada, herencia de árboles que ya no viven en el bosque, cuya madera prendió en un segundo y ardió rápidamente. Es la ceniza, hija de ese fuego que calentó su cuerpo y no dejó nada tras de sí salvo nostalgia.

Allí quedan los campos, estériles, donde nunca más brotará nada. Despertarán en diez años, en cien años, en mil años o tal vez nunca, cuando yo ya no esté aquí para regarlos, para cuidarlos y verlos resurgir esplendorosos.

Es el agua que me ahoga, el fuego que me quema, la roca que me hiere, el cristal que tengo miedo de romper… Junto conmigo.

5/05/2008

Fuego




Quema mi sangre. Hierve en mis venas. Una vez prendido es imposible de apagar.

Nace en mi pecho, se expande en mis dedos, luchando por salir mientras alzo mis manos hacia el techo.

El ritmo de la música me golpea, me envuelve, me atraviesa, me devora, me arrasa, me engulle… Y yo lo regurgito en cada movimiento.

Me recorre con la fuerza de un rayo y su misma velocidad, alcanzando hasta la última célula de mis piernas, mientras cierro los ojos y me dejo llevar.

No me importa nada, y por una noche no necesito nada más.

En mi mano, la copa vibra, el cristal retumba con cada latido y la música va inflamando el espíritu que me acaba de invadir.

El alcohol se evapora, perdiéndose en forma de calor: un vaho más en el ambiente cargado. Mi piel lo llora con lágrimas sudorosas, y con ello las preocupaciones se exorcizan un compás tras otro mientras solo me importa… Bailar.

Yo soy la llama que admiran, el fuego que temen, el calor que anhelan y no se atreven a rozar. El club es mi reino, el escalón es mi trono y la camarera mi consorte.

Bailo por no mirarte, por no sentirte, por no pensar. Quiero sudar hasta reconocerme solo a mí misma, enmascarando tu perfume, mientras me miras disimuladamente, mientras me sientes y te torturas, mientras piensas en mí aunque lo niegues.

Hoy quiero incinerarte para purificar mi alma.

Hoy quiero que te quemes, y que te duela como a mí.

4/28/2008

Al final del arcoiris

Es noche de sábado, a mediados de primavera. El calor empieza a aflorar, la gente pasea a pesar de ser las diez de la noche.

Unos planes se cancelan, otros se modifican. Incluso una cena a base de churros y refrescos parece aceptable antes de la sesión golfa del cine.

En algún lugar, ajenos a esta zona de la vida nocturna, los vagabundos dormitan tirados en el suelo, las prostitutas trajinan buscando clientela en sus calles de moda.

En algún lugar, alguien compra tabaco en una expendedora, mientras otro, abstraido, ajeno al ruido de las tragaperras, al olor rancio, a tabaco, al aire viciado que a duras penas se regenera cuando entran o salen del tugurio; embutido en su chaqueta de nylon se abalanza sobre un apático símil de ruleta de casino, automática.

Nadie comparte con él esa partida, que juega solo sentado en esa mesa redonda rodeada de otros cinco asientos vacíos, mientras contempla la bola rodar y girar, esperando que caiga en el sitio adecuado.

Al final del arcoiris, la diminuta esfera blanca cae en una casilla negra, las monedas salta: le toca el gordo. En su mente, deja atrás su vida miserable y mediocre. En su mente, está bebiendo en el bar de mala muerte de siempre, hasta el culo de alcohol. Al borde del coma etílico cae al suelo, redondo, pálido, la mirada perdida, la sonrisa congelada en su rostro, la piel fría como el hielo.

Ajena a él, dándole la espalda, una mujer entrada ya en años, con el cabello descuidado, mal puesto en un pobre recogido a medio deshacer, y atuendo a juego, dilapida moneda tras moneda en las tragaperras mientras el contador sobre su cabeza no para de aumentar enseñando orgulloso su bote.

Fuera de la casa de juegos, la vida sigue, las risas se contagian, la gente se saluda, se besa, se abraza, bromean... Pero ella no es consciente de nada de lo que ocurre más allá de su taburete, de los botones, de los rodillos con las frutas mágicas, a la espera de que los símbolos se alineen. Su mente únicamente registra el ruido de la moneda al caer... Clack... Y como sucedió con centenares de monedas antes que esa, imagina el sonido de la máquina cantando blackpot, y el tintineo de las monedas cayendo al suelo, como una lluvia metálica.

Al final del arcoiris, está ella echada en el suelo, recogiendo todas las monedas que surgen ilimitadamente por la ranura, a dos manos. Se puede ver en su vida nueva, sin su marido alcohólico, sin su hijo drogadicto, sin su anciana madre demenciada, con una chacha que limpie la grasa de su casa, como ella tuvo que hacer cada día para vivir con su patético sueldo que a duras penas llega para las tragaperras.

Más allá de ellos, las puertas del salón se cierran.

Alguien sale con una cajetilla de tabaco entre las manos. Se para. La abre arrancando el plástico, y saca un cigarrillo que lleva a su boca. Inmediatamente lo protege de la brisa con una mano medio huesuda, mientras que con la otra enciende la punta con el mechero.

A su lado, otra figura ha perdido la cabeza hace un rato, dentro de aquel antro. Sin saber por qué algo le viene de repente... "¿Al final del arcoiris?", se pregunta. No tiene ni idea. Pero en el futuro inmediato, cree que al final de la calle esperan unos churros, una buena película, y en el camino hay charlas escuetas y sonrisas breves.

En el camino, también hay silencios, que solo quiebran con el sonido de sus propios pensamientos, volando a toda velocidad entre el ayer, el ahora y el mañana.

Ayer alguien le dijo que pensaba demasiado, hoy se pregunta si no es imbécil sin remedio, y mañana no sabe qué será de su vida.

"Piensas demasiado".

Al final del arcoiris, hay un brick de vino barato, hay un chulo esperando, hay una bola blanca, una moneda de plata, un muñeco de juguete, unos guantes de boxeo, una casa de plástico.

Al final del arcoiris, no hay nada.

4/26/2008

El cigarrillo

(c) Ai Yazawa - Nana_Shinichi Okazaki


Una vez oyó decir a alguien, que si quieres dejar de fumar, lo mejor era tener un paquete delante, y que la fuerza de voluntad necesaria para no coger un cigarrillo fuera mayor que la ansiedad imperativa de llevárselo a los labios, coger el mechero más cercano, prender la llama y encenderlo

Nunca se cuestionó si aquel "alguien" tenía la más remota idea de lo que estaba hablando. Siempre hay decenas de personas diligentes prestas a regalarte sus consejos, pero la mayoría nunca se molestaron en seguirlos por sí mismas.

Empezó a fumar no hace mucho, tal vez un año. Al principio ni siquiera le gustaba.

La boca era para otras cosas, la lengua estaba hecha para paladear otros sabores, los dientes, deberían haber permanecido blancos, sus pulmones deberían haber seguido siendo rosados, y su cuerpo no necesitaba la nicotina.

Pero, eh... Nadie es perfecto... Y era tan "cool"... Y coño... Todo el mundo fuma... ¿O no?

Sus amigos siempre tenían el cigarrillo a mano, siempre la misma marca, esa que ahora también es su favorita. Ha intentado probar otros tabacos, porque en la variedad está el gusto... Más sofisticados, más caros, con un "packaging" más original, nacionales, de importación... Incluso llegó a plantearse probar el tabaco de pipa.

Sin embargo, siempre volvía a los mismos cigarrillos, a ese aroma hoy ya familiar, al sabor del filtro...

Le gustaba comprar esas cajetillas que no todo el mundo conocía, de hecho, solo podía encontrarlas en una ciudad, y dentro de ella, se distribuía en contados estancos, y se podría decir incluso que sólo conocía uno que con certeza absoluta tendría un paquete allí para su disposición.

Podía haber pasado el día más perro de su vida, podía haber sido el más triste, el más apático, el más cansado, el más largo, el más gris, el más solitario. Podía haber sido uno de esos días de mierda en los que hubiera decidido que ya nada valía la pena, y hubiera llegado a la conclusión de que lo mejor, era acabar de una vez por todas con la apatía, la monotonía... En definitiva: su asco de vida.

Pero al llegar a casa, ahí estaba esperando como siempre, en el mismo sitio inmóvil a su regreso.

Entonces, se recostaba en su sofá tan cómodo y mullido, con el hueco perfecto en el que su cuerpo se acoplaba y al reclinarse le acogía y envolvía como un guante a medida, como esos tejanos viejos y desgastados que te gusta ponerte cuando sales del trabajo y quieres quitarte la mierda de traje.

Y al recostarse en su sofá a medida, estiraba la mano... Y lo encendía.

El humo, nacía tímidamente del tabaco abrasado que cambiaba su color marrón por un rojo vivo y crepitante. Subía, y subía, y subía, serpenteando en el aire de su habitación, y se enroscaba.

A veces le entraban paranoias al mirarlo, y creía ver seres fantásticos y mitológicos: duendes, hadas, tal vez algún dragón. Esos eran instantes gratos, pero en ocasiones, la realidad se colaba e invadía ese humo blanquecino, y le veía, su rostro desfigurándose, desvaneciéndose en el ambiente... Y le invadía la ansiedad por seguir fumando hasta acabar con el paquete, y la contrariedad por querer dejar las cerillas quietas y lanzar el paquete contra la pared o tirarlo a la basura.

Pero lo cierto, es que nunca lo tiró... O al menos, no en serio... Porque fue a rescatarlo de inmediato, como la pelea esa tonta y sin importancia que tienes con la pareja, que hace que te vayas de la habitación, y al rato decidas volver pensando... "Bah, no es para tanto".

No obstante, también estaba allí en sus mejores momentos: en los días buenos, en los cumpleaños, en las cenas con los amigos, en los viajes, en las vacaciones, en su bar favorito, en sus noches delante de la televisión, o delante del ordenador.

Aquel aroma, hoy ya familiar, le acompañaba siempre, y estaba trenzado, ligado, es más: fundido -me atrevería a decir-, con absolutamente todos los recuerdos de su último año. No podía recordar un solo instante en el que no tuviera constancia de su cigarro.

Incluso cuando no lo fumaba, su mano instintivamente le hacía hueco entre sus dedos, su olor se impregnaba en su piel, en su ropa. Olía a él en casa tanto como en la oficina.

Era un romance, era un idilio. En su cabeza, todo era perfecto.

Era incapaz de imaginarse su vida sin él...

Hasta que se dio cuenta de que era insano.

Pasó de ser la delicia que esperaba en casa, a ser la esclavitud, a ser la obsesión, a ser una crisis de ansiedad, una urgente necesidad que requería ser atendida de inmediato.

Qué malo era cuando se quedaba sin cigarros, cómo le temblaba el cuerpo, cómo tenía ganas de chillar, cómo a veces le atacaba la tristeza, y las ganas de salir corriendo en mitad de la noche al estanco aquel que siempre tenía una caja a su disposición.

Empezó a notarlo su cuerpo, su salud ya no era lo que había sido una vez meses atrás. Tosía, tenía dolores de cabeza, padecía insomnio.

Intentó dejarlo, tirando los paquetes a la basura, esta vez sin posibilidad de rescate. Apartarlo de sus ojos... Pero sus amigos seguían fumando. Le ofrecían una caladita, le ofrecían otro cigarrito. Y rehusaba, y rehusaba, pero al final, un mes más tarde, una semana más tarde, un día más tarde, volvía a caer.

Era un placer doloroso, saber que silenciosamente el cigarro iba a terminar con su vida, con su cordura... Pero no podía, no sabía... ¿¿No quería?? Decir que no. Porque era débil.

Y continúo, con su cajetilla a cuestas, sus cerillas en el bolsillo, sus recuerdos, y sus problemas de salud.

Un día, tuvo un acceso grave de tos. Le atacaron los espasmos, y tenía ojeras que hubieran espantado al más feo de los monstruos, la desesperación corría por sus venas. Era una tortura inaguantable, que no podía paliar. No esa noche. Esa noche tendría que afrontar sus miserias en soledad.

Estuvo meditando un rato... Y llegó a una conclusión. Si tenía que dejarlo, no podía darle la espalda, no podía esconder el tabaco, no debía lanzarlo. Porque siempre iba a haber alguien cercano tan amable de ofrecerle un nuevo cigarrillo, de esa marca que todos compartían.

Lo que tenía que hacer era ponerlo delante, y admirar su forma, el envoltorio abierto, con uno sobresaliendo de forma tentadora.

Tenía que aprender a ser fuerte y decidir no estirar la mano; hasta que llegara el día que aun teniéndolo delante, a la altura de sus labios, fuera capaz de decir: "No, gracias. Lo he dejado".

Una vez oyó decir a alguien, que si quieres dejar de fumar, lo mejor era tener un paquete delante. Quizás esa persona nunca siguió su propio consejo...

Pero aun así, le pareció el más acertado.

4/24/2008

La danza

(c) Jason Chan - Dance of Blades

Se mueven dando círculos, espada en mano. Tanteando el terreno, probándose, midiéndose, estudiándose.

Se observan a los ojos, escrutando sus miradas recíprocas, intentando descubrir la finta por venir. El ataque imprevisto. El error del otro, la guardia baja.

Recolocan sus cuerpos grácilmente, se balancean, se contonean mientras sus pies describen un baile complejo.

Se retan, removiendo el espacio que les separa con estocadas breves, mientras se oye una melodía simple, suave y delicada, compuesta tan sólo del silbido del filo al cortar ese aire sus espadas.

El verdadero reto está en sus mentes: intentan anticiparse, uno al otro; buscar el punto débil, el flanco descubierto, el ínfimo y mortal hueco en el pecho al que atacar y asestar ese golpe definitivo que traiga consigo la victoria.

Centellea el acero en el aire, presto, con movimientos casi volátiles, casuales, y a simple vista la lucha parece sencilla.

Se acercan, invadiendo mutuamente lo que les queda de espacio.

El uno se anticipa, la otra ataja. Ella recupera el equilibrio y contraataca. Toma la delantera, y asesta un golpe contundente. Internamente, se congratula.

Pero la puntería la traiciona, en el postrer momento: no consigue herirle en el pecho. No atraviesa con su espada ese corazón.

Él se aparta. Se repone. Herido, aunque no de gravedad. Bruscamente la golpea en la muñeca sin miramiento alguno, haciendo que deba soltar su espada. Con una segunda estocada le deja una fea raja en el pecho…

Y brotan...

Brota la sangre. Brota la rabia. Brota orgullo. Brota venganza.

Desarmada, recula: en guardia, dando vueltas. Furiosa y temerosa. Sí. Pero aun desafiante.

Se lame la muñeca, mientras sigue estudiándole. Estudiándose.

Se aleja, como el relámpago.

Que el aire corra entre sus cuerpos. Que su herida cure, que la sangre empiece a coagular. Su piel ya no es perfecta, y lucirá en adelante una fea cicatriz.

Él la infravalora, ella aprovecha la ocasión para recuperar su arma.

Pero la derrota trajo consigo el aprendizaje.

En esta danza, prima la sutileza, la gracia, lo inesperado. En esta guerra, tantea, lanza golpes rápidos y contundentes. Aléjate, deja espacio, espera, recupérate, y sigue bailando

4/17/2008

Cilindros y cubos

Cuando era pequeña, me gustaba jugar con cochecitos.

Mientras las niñas normales tenían su colección de muñecas, yo, tenía mi colección de coches, con mis favoritos que eran un deportivo y el coche de bomberos. Tenía tractores y hasta modelos que imitaban vehículos que se utilizaban en la construcción. Recuerdo que tenía dos muñecas, una rubia y una morena, pero de lo que más me acuerdo es de mis coches.

Tenía un Scalextric, de esos que ahora valen una pasta de puro viejos que son, al que jugué poco porque la verdad, jugaba más mi padre. E incluso tenía un tren eléctrico.

Tenía infinitud de libros de cuentos, y tenía tebeos. Me gustaba dibujar, pintar con acuarelas y lapiceros y ponerlo todo perdido, yo incluida.

Tenía mi tortuga, Pimpina Condona (pobre, tuvo que cargar con ese nombre mucho tiempo), con la que jugaba mientras no estaba con lo demás, ni experimentaba con las pinturas ni correteaba detrás de los gatos…

También tenía juegos de construcción, al estilo Lego, pero también de aquellos típicos de madera.

Me gustaba montar casitas y castillos con los juegos de construcción, aunque nunca fui demasiado imaginativa y me cansaba rápido de ellos, no como mi hermano que le pones un Lego delante y el tío te construye la base espacial, con sus naves, edificios y a la que te descuidas un diorama con maderas y plastilinas.

A veces, me ponía a jugar con los puzzles, y era entretenido colocar las formas en su sitio. Ya sabes, aquellos puzzles clásicos con pirámides y cubos y cilindros y esferas y los sitios para colocar todas las piezas.

Donde cada cosa, te guste o no, tiene su espacio definido. Donde todo encaja a la perfección en el sitio indicado. Donde te acostumbrabas a poner cada figura como correspondía.

A veces, en un acto de rebelión, ponías las cosas donde no tocaban. Pero no porque fueras tonta, si no porque no te venía en gana. Y te corregían. Te decían que ese no era el sitio correcto y tu replicabas: “Pero si cabe”. Cabe, sí… Pero no “encaja”.

Puedes poner la esfera en el sitio de la pirámide, incluso puedes poner el cilindro en el hueco del cubo… Pero le sobra espacio. Baila, porque no está hecha para ser colocada allí. Podías incluso hacer un “apaño” provisional con plastilina y rellenar los espacios vacíos. Todo menos dar la razón.

Si la cabezonería llegaba al extremo, podías “modelar” el cubo y meterlo en el hueco del cilindro. Y enseñar el puzzle con orgullo.

Pero la realidad es que cada pieza va en su sitio o no funciona, no queda estético, no dura. El cilindro puede caerse de su sitio y el cubo queda horrible porque para conseguir meterlo a presión lo tuviste que romper, desfigurarlo, amoldarlo a algo para lo que no sirve, no estaba hecho ni diseñado y no tiene pinta de adaptarse demasiado bien.

Es curioso como a veces, todavía hoy, intentas colocar las piezas donde no toca.