5/21/2008

Hermano de armas, compañero de batallas (II)

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Capítulo 2.- Ayer, hoy, y mañana

Hoy ha sido la primera en llegar.

Tiene cosas que hacer, tributos que rendir, recuerdos que ordenar, cosas que llorar a solas.

No queda el más remoto rastro de calor entre estas rocas. Ni calor, ni vida, ni alegría: tan sólo fantasmas, y esa sensación de escalofrío que recorre su espina dorsal haciendo que absolutamente todos y cada uno de los pelos que componen el vello de su piel se ericen, produciéndole una acuciante incomodidad.

Se arrebuja en su larga capa, con esa esperanza infantil de que al esconderse, el Mal no la perciba y pase de largo. Tiene miedo de entrar una vez más allí. Miedo de volver al principio del fin. Miedo de lo que va a encontrarse. Miedo de lo que va a echar en falta.

Este lugar está maldito. Ella está maldita… Y aunque hoy vienen a exorcizar a los fantasmas, no hay nadie capaz de exorcizar todo el pesar que carga en sus delicadas espaldas.

Suspira.

Más allá del Pantano de las Penas, más allá del Paso de la Muerte, es triste volver aquí una vez más, a los pies del castillo de Karazhan.

El pesar la invade, sabiendo que tiene que volver una vez más a sus entrañas, a luchar contra los espíritus. Éste es un rito macabro, aunque necesario: excomulgar las almas de los viejos habitantes.

Mientras contempla sus torres desde la piedra de encuentro, y empieza a rodear las ruinas, su mente va más allá de de las rejas, más allá del pesado y mohoso portón de madera, más allá de las rampas, hasta la terraza del Maestro… Su memoria evoca al fantasma de Medivh, la sombra de Nightbane, y a sus compañeros.

- Cooooooooooooooooooooooo… - Chath, su pequeña cría de draco abisal, reclama su atención, colocando su cabeza de bebé bajo la palma de su mano, buscando una caricia que le reconforte.

La menuda bestiezuela también tiene sus recuerdos y siente el frío del lugar.

El tiempo de estar sola se le acaba, en breve empezarán a llegar sus nuevos compañeros.

Para ellos venir a Karazhan es toda una aventura, algo nuevo, tesoros que descubrir, lugares que conocer. Ríen alegres, cargados de emoción y adrenalina, ajenos completamente al precio que hay que pagar por cruzar la reja de metal centenario y oxidado.

Para ella, Karazhan es un estigma. Es una lacra. Es una cicatriz en su corazón grabada a fuego. Es la puerta del adiós. Es su propio cementerio, tanto como el de la corte del gran mago que lo habitó.

Qué vueltas que da la vida, qué humor tan dolorosamente irónico debe tener alguien ahí arriba. Parece increíble que haya vuelto aquí, y de la mano de una hermandad llamada “Los Campeones de Medivh”.

Aun no sabe bien cómo se vio metida en este entuerto, si a fin de cuentas llevaba cinco meses viviendo como una paria en Bajo Arrabal, intentando pasar desapercibida, sin clan, sin rango, sin títulos, esquivando cualquier tipo de oferta amable. Recién hoy se le antojó ir de excursión a las marismas, con un grupo algo disperso que cambió cuatro veces de integrantes.

Y medio día más tarde, aquí está, con una hermandad nueva a los pies de Karazhan.

Se siente torturada porque no sabe lo que quiere, ni si tiene mucho que ofrecerles. Se pregunta si les va a traicionar marchándose tras una escueta despedida. Se pregunta si va a volver a explotar como en sus días de gloria, tras Ad Infinitvm, cuando se unió a Shemsu Hor.

Maldita sea.

Karazhan.

Otra vez.


**********


A lo lejos van llegando uno a uno. Algunos por sus medios, otros invocados en la piedra de encuentro, otros invocados por el brujo.

Se le contagia su alegría, aunque no quiere, aunque prefiere seguir llorando a sus muertos, cargando con sus fantasmas, pero ellos no se lo permiten… Y la hacen sonreír.

Les mira apartada a una distancia prudencial manteniendo su privacidad, y al hacerlo, se siente vieja. Les envidia por ser capaces de venir aquí sin recuerdos, con una memoria entera que escribir.

Ella les mira, sí. Pero por el contrario no les ve llegar, de hecho a sus ojos, sus cuerpos tienen otras ropas, otras caras. Sus bocas emiten otras voces. Y a aquellos que evoca su memoria, les llama…

- ¿Quen? ¿Pikko? ¿Fumi? ¿Quizzito? ¿Huevos? ¿Estáis ahí? No os veo… No me dejéis sola…

Silencio….

- ¿Dereck? ¿Sargas? ¿Raist? ¿Ariakkas? ¡¡Anaki!! ¿Dónde estáis? ¿Chechu? ¡Lauranna! ¡No tiene gracia! ¡No os escondáis!

Pero nadie responde…

- ¿Kina? ¿Estás ahí, Kina? ¿Zoed? ¿Retry? ¿Helmet? ¿¿¿¿¿Raza????? ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Breez!!!!!!!!!!!!!!!!!

Desespera…

- ¡No me dejéis aquí! No quiero estar sola…


Su voz es la de alguien que ha perdido el juicio, que está desquiciado y fuera de control. Parece que en cualquier momento se va a quebrar de pura angustia y va a romper a llorar, mientras sus ojos empiezan a escocer.

Un coletazo la vuelve en sí de golpe., y ella se queda petrificada en el sitio: sintiéndose fuera de lugar, sin saber qué terreno están pisando sus pies.

Tantea con la mano buscando al dueño de la cola que le acaba de pegar el tremendo latigazo, y le estira de ella para atraerlo hacia sí y abrazarlo.

- Yo no debería estar aquí. Tú lo sabes –le dice mientras esconde la cara entre sus alas-. Deberíamos irnos de aquí antes de que tengamos tiempo de arrepentirnos. No estoy preparada para volver ahí dentro. No quiero volver. No quiero luchar.

Pero ya es tarde. Por allí se acercan las figuras en tropel.

- Hombre, Sara, ¿dónde te metes? –le dice una voz de tauren jovial-. Eres una tardona, ya están todos dentro. Vamos, vamos, hay que empezar con los rituales de preparación.

Y sin darle tiempo a protestar, la coge del brazo y la mete de una vez dentro de ese sarcófago que para ella es Karazhan.

Al final a los miedos, hay que hacerles frente.


**********


Es medianoche. Fin de una dura jornada.

Todos están reunidos a la salida de las ruinas, comentando sus experiencias destrozados y agotados, pero aun así muy animados por todo lo que han visto.

Ella se aparta, y da la vuelta al castillo.

Entre tinieblas, bajo un cielo oscuro tintado de rojizo gangrena del que incluso la luna se esconde entre nubes parduzcas, la pequeña elfa se arrodilla ante las lápidas del cementerio.

No le preocupa llenar sus ropajes de polvo, arenilla y cenizas. Ya están manchados de sangre, y lo que no es el preciado fluido vital. ¿Qué queda cuando un fantasma muere, si no sangra? Queda el frío que se adhiere a los huesos, el llanto que te cala en el alma, el plasma que mancha la ropa junto con lamparones de explosiones etéreas.

Toca una piedra aquí, unos guijarros allá, en silencio, pues no hay Ángel de Resurrección lo suficientemente poderoso para reclamar a quienes añora. Sus amigos están más allá de cualquier alcance divino. Descansan en paz, en felicidad eterna, alejados de los conflictos de Azeroth y Terrallende.

Para ellos ya no significa nada Karazhan, ni la guarida de Magtheridon, ni la Caverna de Serpent Shrine.

Kaelthas, Archimonde, Illidan, Arthas, son nombres que lleva el viento y jamás llegarán a escuchar.

- Os quiero –dice en voz baja para que no lo oiga nadie más-. Os quiero a todos. No importa dónde estéis, no importa contra quien luchéis, no importa lo que hicimos mal. Yo sólo recuerdo lo que hicimos bien y todo lo que aprendimos juntos. Ad Infinitvm nos llamamos, y hasta el infinito voy a llevaros dentro de mi corazón.

Se levanta poco a poco. Dedica unos instantes a rascar a Chath y a esconderlo dentro de su capa para darle algo de calor.

Si fuera posible, si su eterna juventud lo permitiera, diría que ahora nuevas arrugas surcan su cara y su pelo tiene toques blanquecinos de prístinas canas. Su caminar es más humilde que ayer, más encorvado. Tal vez más cansado.

Por última vez roza una lápida, y le parece sentir las alas del Ángel alzándose a sus espaldas…



- ¡Sara! ¡Sara! – Una voz le llega a través de la niebla.

- ¿Coooooooooooooooooooooooo? – Se sobresalta Chath.

Ella se gira despacio, intentando percibir la figura que la llama. Le da la sensación que es la voz de Huma.

- ¡Sara! ¡Que nos vamos a casa!

“A casa…” Piensa. “Hace tanto tiempo que no tengo un hogar, que no pertenezco a ningún sitio…”.

- ¡Por amor de una mantícora borracha! ¡Hace frío y nos estamos congelando! ¡Vamos a Shattrath a ponernos de alcohol hasta las cejas! ¡¡¡¡¡¡ESE PORTAL!!!!!!!

“Esta Alejandra que no suelta el vaso ni para curar…” Se ríe.

Es hora de que encuentre su propio camino, pero todos sus recuerdos serán el bastón que la sostendrá en los días aciagos.

Se acerca a su pequeña nueva familia, todos exhaustos después de esta última visita a Karazhan. Para ellos todo son alegrías, todo es nuevo, todo es un juego.

La mayoría no saben lo que hay que sacrificar para grabar su nombre entre los grandes héroes: las horas de entrenamiento, de recolección de componentes, de trabajar duro para pagarse las reparaciones. De hecho no les preocupa tampoco -ni están interesados- en vestir a la ultimísima moda de Sunwell Plateau.

No saben lo que es estar exhausto hasta no poder más y dormirse en un casteo. Escuchar las peleas de los demás, mientras gritande rabia y ofuscación tras una descoordinación en el grupo. Llorar por no dar la talla, por el estrés, porque se te quiebra el alma… Y ojalá que no lo sepan nunca. Ojalá que sigan riéndose con el paso del tiempo.

Ahora que está más cerca, ya no es la niebla lo que le impide verlos con claridad.

Recupera la compostura mientras se dedica a observarlos, cómo se divierten.

Los taurens a topetazo limpio, dándose delicadas palmadas en la espalda que hacen que retumbe el ruido contra las rocas; mientras la druida los mira con cara de circunstancia. El ultra chachi pícaro elfo, contoneándose mientras baila y juega con sus espadas; con el brujo y el mago no muertos coreándole con sus movimientos espasmódicos de los brazos.

A lo lejos, con su botellita de vino, la paladina -al igual que ella- los observa.

Suspira una vez más y recorre el trayecto que la separa de la paladina, hasta quedarse de pie a su izquierda. Le pega un ligero codazo, reflejo poco femenino por su parte. Chath revolotea entre ambas, entretenido persiguiéndose la cola.

- Como niños, ¿eh? -le dice sonriente y en voz baja a la elfa embutida en su traje de placas, mientras coloca una mano sobre el hombro de su compañera.

- Vamos a casa, que me caigo de sueño, Sara.

- A casa… – repite ella, como si no hubiera oído nunca esa palabra y le sonara extraña.

Empieza a formular el último hechizo de la noche, mientras toma nota de comprar mañana provisiones de partículas arcanas, ir un rato de pesca, cazar lagartijas en Terokkar, visitar a los Arúspices y reparar su equipo, y pasarse por la biblioteca a estudiar todo lo que encuentre sobre Karazhan para refrescar conocimientos.

El portal está creado. Shattrath se refleja como una ilusión en el desierto, sus bellos contornos difuminados y ondulados.

Uno a uno todos desfilan, y antes que pasen la paladina y el druida en forma de gato (al que estira de la cola para hacerle quedar atrás unos segundos), les dice: “Gracias”. Y sin esperar respuesta se precipita hacia la ciudad.

Al llegar al otro lado, se estampa bruscamente de narices contra la espalda del chamán tauren que ya ha llegado. En represalia, le tira un par de bolas de nieve y le hace un lazo en la cola. Sigue corriendo y se sube de un brinco a la espalda de la curandera druida mientras le despeina la melena.

- ¡Hola! ¡Hola! – le dice alegremente- ¿Unas copichuelas?

Qué bueno es sentirse en casa una vez más.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy chulo... pero tiene que ver con la primera parte?? Me perdí

Ysondra dijo...

Ahora mismo son historias cortas de Warcraft, todas de tiempos distintos, pero que me recuerdan a mis compañeros.

Algún día ya las refundiré o les pondré un hilo conductor.

=)

Pezadilla dijo...

Me gustó mucho, lástima que no forme parte de tu recuerdo ;-)

Pezadilla-Asechui
GL de Ad Infinitvm