5/22/2008
Long time no see!
Hace como que muchísimo que no hablo de mí.
Al menos, no en primera persona y sin esgrimir las punzantes metáforas narrativas que tanto adoro escribir. De hecho no es ningún secreto que la inmensa mayoría de mis cuentos no son si no una forma de transcribir mi vida diaria, y hay quien se entretiene en intentar descodificar lo que escribo.
No obstante, hay veces que simplemente escribo por escribir, por entretenerme un rato, como quien va al baño a conversar con Roca, y una vez finiquitado el asunto, a otra cosa mariposa.
Qué puedo decir de nuevo...
Llevo una buena temporada en lo que se podría denominar "eclosión literaria".
No sé, me encuentro bastante más prolífica. Será la primavera, o mi regla permanente, o qué sé yo. El caso es que echando la vista atrás, veo que he cambiado mucho. Tanto en forma de escribir -que imagino que se ha ido puliendo desde hace dos años-, como en temática (que ahora, a parte de las ralladas de costumbre, véase el recurrido tema "problemas de pantalones", incluye Warcraft e historias de inspicariones varias).
Incluso he sido capaz de escribir el que hasta la fecha puede considerarse el post más corto de mi historia (y no por ello con menos contenido), que es "Melancolía".
No aspiro a ser una nueva Neruda, ni un Benedetti del siglo XXI, está claro; y aunque a veces fantasío con poder vivir un poco de escribir, sé de sobras que es un hobby. Quizás por eso me entretiene tanto. Hay quien saca filo a sus armas, yo prefiero pulir mi escritura.
Escribo quizás menos que en 2006, pero con más profundidad. Salvo los días que se me da por mandar el mundo a tomar por culo.
Últimamente lo que más me entretiene es aumentar mi lista de links, cuando incorporo algún ilustrador, el nuevo manga que leo o libro que sigo, etc. De resultas de todo eso, creo que lo mejor que puedo hacer es dedicarme a diseñar una web (que para algo me he pagado mi propio dominio, ¡carajo!), y organizar un poco todo.
Tengo ganas de ponerme a aprender a manejar mi tabla digitalizadora, cortesía cumpleañera de uno de mis escritores terrenales favoritos ^^.
Ahora, dos años y medio más tarde de haber empezado a desvariar online, las cosas están acabando de tomar forma.
Miro la lista de propósito de año nuevo, y algunos ya se han ido cumpliendo, como viajar fuera, la Wii, y tal. Hay otros que son imposibles, como dejar de morderme las uñas y gruñir menos. Debería ampliar la lista con novedades como "No morir en celibato". Qué le vamos a hacer xD.
Dos años y pico más tarde, ya tengo el pisillo de alquiler casi listo. Mañana me traen el armario, la cómoda y dos chorraditas más. Dos años y medio viviendo sola, y huyendo a la que puedo a casa de los demás, porque no es secreto que no me gusta en demasía el silencio de mi propia casa, y a veces echo de menos el contacto con los humanos.
¿Qué he aprendido en este tiempo?
Que no es lo mismo construir una casa que un hogar. La casa te la construyen cuatro pringados con otras tantas maderas, algo de cemento, ladrillos y demás materiales.
El hogar, puedes tirarte años construyéndolo y no conseguir terminarlo nunca, sintiéndote siempre extraño en tu propia casa a pesar de tus teles, tus ordenadores, tua aires acondicionados, y todo lo que quieras comprar -aunque las comodidades ayudan a sentir un cierto confort, claro-.
Así es la vida.
Sé que el secreto está en construirte a ti primero, y si eso está bien, todo lo demás igual. Quizás es que aun no sé exactamente lo que quiero. Pero por otro lado, who really knows?
Desde Semana Santa que no paro el culo quieta: Madrid, París, Lisboa, Madrid... He decidido tirarme las próximas tres semanas en Barcelona, en casa. A ratos, quiero de veras disfrutar de mi casa, llegar y tumbarme en mi cama y mirar la tele.
En el trajín de cambiar todos los muebles de sitio (y orgullosa que estoy de haber cambiado las estanterías de un lado a otro únicamente con la fuerza de mis músculos xD), mi antigua habitación ahora es el salón-biblioteca; el antiguo salón es mi habitación, y la antigua biblioteca mañana será oficialmente el vestidor.
Parece que siempre ha sido así, lo cual es síntoma inequívoco de que todo está donde debiera.
He adquirido varios libros de cocina nuevos y una batidora. Y ahora soy capaz de hacerme la cena algunos días, aunque sea solo para mí. Es un principio para alimentarme mejor. No me quejo.
La cocina está todo lo equipada que puede estar: batidora, licuadora, cafetera, tostadora. No hay microondas. No quiero esa porquería en mi cocina. Todo el mundo tiene el puto microondas para calentar la leche y descongelar. Pues yo descongelo por la mañana y caliento la leche al fuego en cazo. Como la gente normal, de toda la vida. Horno, ¡coño!, horno. Éso sí que es bueno.
He adquirido varios libros no culinarios (brutalísimo mi último mejor amigo: "Muy pronto seré invencible", de Austin Grossman, historia geialmente escrita de superhéroes y supervillanos ^^), y leo mucho más que hace un tiempo. Estoy contenta.
Tengo tiempo para trabajar, para dormir, para leer, para jugar a WoW... Y saco ratitos para la Wii. Por cierto: el Wii Fit es la bomba, pero cansa mucho xD y hay veces que me estreso porque me pierdo xD Pero el "Dance Stage Hottest Party"... Me avergüenzo de mí. Parezco un pato mareado xD O mejor aún: una bandada de patos xD
En Warcraft también estoy contenta, tanto con mi Ali (odio la Alianza, por eso ¬¬ Phil, algún día te exterminaré xD) como con mi Horda (Sara's Power!).
Juego cuando quiero, y a veces prefiero leer a estar jugando. Tengo la fortuna de estar en clanes en ambos servers que me permiten hacer mi vida tan feliz.
A veces tengo morriña de Shemsu. A ratos me gustaría jugar a ese nivel. Otros días, cuando estoy viendo la tele a las once de la noche, o cuando a las doce hace ya un ratillo que estoy durmiendo, sé que hoy por hoy no estoy dispuesta a sacrificar lo que hay que pagar por ello.
Creo que estoy algo menos irascible. Y eso es fantástico. Además, se acerca la temporada de playa, y menos farming y más panching at the sea shore! ^^ Yeah =)
Estoy impaciente porque va a ser un gran verano, con el escopetazo de salida en el Concierto de Bon Jovi, luego Hogueras en Alicante, después Worldwide Invitational de Blizzard en Paris, y el siguiente es fin de semana de paintball. Julio y agosto los pasaré en casa, Madrid, o prostituyéndome en el Camp Nou xD Depende del capital xD :_ (yo nací para ser rica xD).
Desde luego, estoy mucho mejor anímicamente ahora que en enero.
Tema tíos...
Qué os voy a contar. Atajo de subnormales todos. No saben lo que quieren, son débiles, indecisos, promíscuos. Comen una y cuentan veinte... Ese tipo de cosas. No sé, creo que es un fallo intrínseco mío que me fijo siempre en los idiotas. Soy propietaria de un amplio muestreo que así lo corrobora.
Tengo muy claro que si mañana me va mal, me meteré a trabajar en una empresa de recursos humanos, y tío que me guste, tío que automáticamente queda descartado para el puesto. Es gilipollas integral. Garantizado.
Tengo un don para detectarlos, o igual es mi poder mutante xD Joder, macho... No podía tener un super poder chulo como qué sé yo, tejer calceta a súpervelocidad, hacer bolas de mocos de tamaños astronómicos... No... Yo tenía que atraer machos estúpidos.
Ay, Señor, lo que hay que sufrir xD
¡Sentido del humor una vez más!
Bienvenido a casa, buen humor. Te echaba de menos ^^
5/21/2008
Hermano de armas, compañero de batallas (II)
Tiene cosas que hacer, tributos que rendir, recuerdos que ordenar, cosas que llorar a solas.
No queda el más remoto rastro de calor entre estas rocas. Ni calor, ni vida, ni alegría: tan sólo fantasmas, y esa sensación de escalofrío que recorre su espina dorsal haciendo que absolutamente todos y cada uno de los pelos que componen el vello de su piel se ericen, produciéndole una acuciante incomodidad.
Se arrebuja en su larga capa, con esa esperanza infantil de que al esconderse, el Mal no la perciba y pase de largo. Tiene miedo de entrar una vez más allí. Miedo de volver al principio del fin. Miedo de lo que va a encontrarse. Miedo de lo que va a echar en falta.
Este lugar está maldito. Ella está maldita… Y aunque hoy vienen a exorcizar a los fantasmas, no hay nadie capaz de exorcizar todo el pesar que carga en sus delicadas espaldas.
Suspira.
Más allá del Pantano de las Penas, más allá del Paso de la Muerte, es triste volver aquí una vez más, a los pies del castillo de Karazhan.
El pesar la invade, sabiendo que tiene que volver una vez más a sus entrañas, a luchar contra los espíritus. Éste es un rito macabro, aunque necesario: excomulgar las almas de los viejos habitantes.
Mientras contempla sus torres desde la piedra de encuentro, y empieza a rodear las ruinas, su mente va más allá de de las rejas, más allá del pesado y mohoso portón de madera, más allá de las rampas, hasta la terraza del Maestro… Su memoria evoca al fantasma de Medivh, la sombra de Nightbane, y a sus compañeros.
- Cooooooooooooooooooooooo… - Chath, su pequeña cría de draco abisal, reclama su atención, colocando su cabeza de bebé bajo la palma de su mano, buscando una caricia que le reconforte.
La menuda bestiezuela también tiene sus recuerdos y siente el frío del lugar.
El tiempo de estar sola se le acaba, en breve empezarán a llegar sus nuevos compañeros.
Para ellos venir a Karazhan es toda una aventura, algo nuevo, tesoros que descubrir, lugares que conocer. Ríen alegres, cargados de emoción y adrenalina, ajenos completamente al precio que hay que pagar por cruzar la reja de metal centenario y oxidado.
Para ella, Karazhan es un estigma. Es una lacra. Es una cicatriz en su corazón grabada a fuego. Es la puerta del adiós. Es su propio cementerio, tanto como el de la corte del gran mago que lo habitó.
Qué vueltas que da la vida, qué humor tan dolorosamente irónico debe tener alguien ahí arriba. Parece increíble que haya vuelto aquí, y de la mano de una hermandad llamada “Los Campeones de Medivh”.
Aun no sabe bien cómo se vio metida en este entuerto, si a fin de cuentas llevaba cinco meses viviendo como una paria en Bajo Arrabal, intentando pasar desapercibida, sin clan, sin rango, sin títulos, esquivando cualquier tipo de oferta amable. Recién hoy se le antojó ir de excursión a las marismas, con un grupo algo disperso que cambió cuatro veces de integrantes.
Y medio día más tarde, aquí está, con una hermandad nueva a los pies de Karazhan.
Se siente torturada porque no sabe lo que quiere, ni si tiene mucho que ofrecerles. Se pregunta si les va a traicionar marchándose tras una escueta despedida. Se pregunta si va a volver a explotar como en sus días de gloria, tras Ad Infinitvm, cuando se unió a Shemsu Hor.
Maldita sea.
Karazhan.
Otra vez.
**********
A lo lejos van llegando uno a uno. Algunos por sus medios, otros invocados en la piedra de encuentro, otros invocados por el brujo.
Se le contagia su alegría, aunque no quiere, aunque prefiere seguir llorando a sus muertos, cargando con sus fantasmas, pero ellos no se lo permiten… Y la hacen sonreír.
Les mira apartada a una distancia prudencial manteniendo su privacidad, y al hacerlo, se siente vieja. Les envidia por ser capaces de venir aquí sin recuerdos, con una memoria entera que escribir.
Ella les mira, sí. Pero por el contrario no les ve llegar, de hecho a sus ojos, sus cuerpos tienen otras ropas, otras caras. Sus bocas emiten otras voces. Y a aquellos que evoca su memoria, les llama…
- ¿Quen? ¿Pikko? ¿Fumi? ¿Quizzito? ¿Huevos? ¿Estáis ahí? No os veo… No me dejéis sola…
Silencio….
- ¿Dereck? ¿Sargas? ¿Raist? ¿Ariakkas? ¡¡Anaki!! ¿Dónde estáis? ¿Chechu? ¡Lauranna! ¡No tiene gracia! ¡No os escondáis!
Pero nadie responde…
- ¿Kina? ¿Estás ahí, Kina? ¿Zoed? ¿Retry? ¿Helmet? ¿¿¿¿¿Raza????? ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Breez!!!!!!!!!!!!!!!!!
Desespera…
- ¡No me dejéis aquí! No quiero estar sola…
Su voz es la de alguien que ha perdido el juicio, que está desquiciado y fuera de control. Parece que en cualquier momento se va a quebrar de pura angustia y va a romper a llorar, mientras sus ojos empiezan a escocer.
Un coletazo la vuelve en sí de golpe., y ella se queda petrificada en el sitio: sintiéndose fuera de lugar, sin saber qué terreno están pisando sus pies.
Tantea con la mano buscando al dueño de la cola que le acaba de pegar el tremendo latigazo, y le estira de ella para atraerlo hacia sí y abrazarlo.
- Yo no debería estar aquí. Tú lo sabes –le dice mientras esconde la cara entre sus alas-. Deberíamos irnos de aquí antes de que tengamos tiempo de arrepentirnos. No estoy preparada para volver ahí dentro. No quiero volver. No quiero luchar.
Pero ya es tarde. Por allí se acercan las figuras en tropel.
- Hombre, Sara, ¿dónde te metes? –le dice una voz de tauren jovial-. Eres una tardona, ya están todos dentro. Vamos, vamos, hay que empezar con los rituales de preparación.
Y sin darle tiempo a protestar, la coge del brazo y la mete de una vez dentro de ese sarcófago que para ella es Karazhan.
Al final a los miedos, hay que hacerles frente.
**********
Es medianoche. Fin de una dura jornada.
Todos están reunidos a la salida de las ruinas, comentando sus experiencias destrozados y agotados, pero aun así muy animados por todo lo que han visto.
Ella se aparta, y da la vuelta al castillo.
Entre tinieblas, bajo un cielo oscuro tintado de rojizo gangrena del que incluso la luna se esconde entre nubes parduzcas, la pequeña elfa se arrodilla ante las lápidas del cementerio.
No le preocupa llenar sus ropajes de polvo, arenilla y cenizas. Ya están manchados de sangre, y lo que no es el preciado fluido vital. ¿Qué queda cuando un fantasma muere, si no sangra? Queda el frío que se adhiere a los huesos, el llanto que te cala en el alma, el plasma que mancha la ropa junto con lamparones de explosiones etéreas.
Toca una piedra aquí, unos guijarros allá, en silencio, pues no hay Ángel de Resurrección lo suficientemente poderoso para reclamar a quienes añora. Sus amigos están más allá de cualquier alcance divino. Descansan en paz, en felicidad eterna, alejados de los conflictos de Azeroth y Terrallende.
Para ellos ya no significa nada Karazhan, ni la guarida de Magtheridon, ni la Caverna de Serpent Shrine.
Kaelthas, Archimonde, Illidan, Arthas, son nombres que lleva el viento y jamás llegarán a escuchar.
- Os quiero –dice en voz baja para que no lo oiga nadie más-. Os quiero a todos. No importa dónde estéis, no importa contra quien luchéis, no importa lo que hicimos mal. Yo sólo recuerdo lo que hicimos bien y todo lo que aprendimos juntos. Ad Infinitvm nos llamamos, y hasta el infinito voy a llevaros dentro de mi corazón.
Se levanta poco a poco. Dedica unos instantes a rascar a Chath y a esconderlo dentro de su capa para darle algo de calor.
Si fuera posible, si su eterna juventud lo permitiera, diría que ahora nuevas arrugas surcan su cara y su pelo tiene toques blanquecinos de prístinas canas. Su caminar es más humilde que ayer, más encorvado. Tal vez más cansado.
Por última vez roza una lápida, y le parece sentir las alas del Ángel alzándose a sus espaldas…
- ¡Sara! ¡Sara! – Una voz le llega a través de la niebla.
- ¿Coooooooooooooooooooooooo? – Se sobresalta Chath.
Ella se gira despacio, intentando percibir la figura que la llama. Le da la sensación que es la voz de Huma.
- ¡Sara! ¡Que nos vamos a casa!
“A casa…” Piensa. “Hace tanto tiempo que no tengo un hogar, que no pertenezco a ningún sitio…”.
- ¡Por amor de una mantícora borracha! ¡Hace frío y nos estamos congelando! ¡Vamos a Shattrath a ponernos de alcohol hasta las cejas! ¡¡¡¡¡¡ESE PORTAL!!!!!!!
“Esta Alejandra que no suelta el vaso ni para curar…” Se ríe.
Es hora de que encuentre su propio camino, pero todos sus recuerdos serán el bastón que la sostendrá en los días aciagos.
Se acerca a su pequeña nueva familia, todos exhaustos después de esta última visita a Karazhan. Para ellos todo son alegrías, todo es nuevo, todo es un juego.
La mayoría no saben lo que hay que sacrificar para grabar su nombre entre los grandes héroes: las horas de entrenamiento, de recolección de componentes, de trabajar duro para pagarse las reparaciones. De hecho no les preocupa tampoco -ni están interesados- en vestir a la ultimísima moda de Sunwell Plateau.
No saben lo que es estar exhausto hasta no poder más y dormirse en un casteo. Escuchar las peleas de los demás, mientras gritande rabia y ofuscación tras una descoordinación en el grupo. Llorar por no dar la talla, por el estrés, porque se te quiebra el alma… Y ojalá que no lo sepan nunca. Ojalá que sigan riéndose con el paso del tiempo.
Ahora que está más cerca, ya no es la niebla lo que le impide verlos con claridad.
Recupera la compostura mientras se dedica a observarlos, cómo se divierten.
Los taurens a topetazo limpio, dándose delicadas palmadas en la espalda que hacen que retumbe el ruido contra las rocas; mientras la druida los mira con cara de circunstancia. El ultra chachi pícaro elfo, contoneándose mientras baila y juega con sus espadas; con el brujo y el mago no muertos coreándole con sus movimientos espasmódicos de los brazos.
A lo lejos, con su botellita de vino, la paladina -al igual que ella- los observa.
Suspira una vez más y recorre el trayecto que la separa de la paladina, hasta quedarse de pie a su izquierda. Le pega un ligero codazo, reflejo poco femenino por su parte. Chath revolotea entre ambas, entretenido persiguiéndose la cola.
- Como niños, ¿eh? -le dice sonriente y en voz baja a la elfa embutida en su traje de placas, mientras coloca una mano sobre el hombro de su compañera.
- Vamos a casa, que me caigo de sueño, Sara.
- A casa… – repite ella, como si no hubiera oído nunca esa palabra y le sonara extraña.
Empieza a formular el último hechizo de la noche, mientras toma nota de comprar mañana provisiones de partículas arcanas, ir un rato de pesca, cazar lagartijas en Terokkar, visitar a los Arúspices y reparar su equipo, y pasarse por la biblioteca a estudiar todo lo que encuentre sobre Karazhan para refrescar conocimientos.
El portal está creado. Shattrath se refleja como una ilusión en el desierto, sus bellos contornos difuminados y ondulados.
Uno a uno todos desfilan, y antes que pasen la paladina y el druida en forma de gato (al que estira de la cola para hacerle quedar atrás unos segundos), les dice: “Gracias”. Y sin esperar respuesta se precipita hacia la ciudad.
Al llegar al otro lado, se estampa bruscamente de narices contra la espalda del chamán tauren que ya ha llegado. En represalia, le tira un par de bolas de nieve y le hace un lazo en la cola. Sigue corriendo y se sube de un brinco a la espalda de la curandera druida mientras le despeina la melena.
- ¡Hola! ¡Hola! – le dice alegremente- ¿Unas copichuelas?
Qué bueno es sentirse en casa una vez más.
5/19/2008
Melancolía
Añoranza de ti, de mí, de todo lo que quedó a nuestras espaldas.
Recuerdos de ayer, que me ciegan hoy y me perderán mañana.
Cicatrices que dejaste en mi piel, rastros de lágrimas.
Apatía, desesperanza, nostalgia… Y miedo.
5/15/2008
Frágil
Como no me atrevía a mirarle cara a cara, muchas veces tenía que contentarme con atisbarle de reojo, y al hacerlo me sentía como el ladrón que estudia a su víctima camuflado en un traje de calle común, escondido entre la gente corriente.
Otras tantas veces tuve ganas de abrazarle, pero me contuve. Por respeto, por decoro, por miedo… ¿Qué sé yo? Por lo que sea que la gente al final no hace lo que quiere. Aun así, siempre tuve la sensación que de haberlo intentado, se hubiera escurrido entre mis brazos como el agua.
Agua... Cuando lo pienso, me recuerda al mar: Amplio, profundo, desconocido.
Calmado a simple vista, pero más allá, encadenado donde nadie pueda percibirlo, está revuelto con los remolinos de la exasperación, la pena, quizás la rabia, todo contenido bajo la superfície.
Como el mar, también es imposible de abarcar en su totalidad. Puedes recorrerle, sí, pero siempre bordeando la orilla, nunca llegando más allá, porque ese espacio tan vasto está vetado para quienes no poseen la seguridad y estabilidad de los grandes barcos y el mío, no llega a la categoría de cayuco.
Quizás me equivoco, pero cuando me siento y le contemplo, sé que no daré la talla. Que me perderé sin remedio y que si no me atrapa en sus olas para hundirme hasta el fondo y pudrirme allí olvidada, me devolverá a la orilla como otra náufraga más.
A veces, es melancolía.
Una marina pintada con azules y grises, el cielo nublado y la brisa salada que te trae su aroma aunque no quieras. “Mírame”, te impele, “Ámame… Pero no intentes acercarte, no intentes abrazarme”. Te conmueve con sus colores pálidos, hace de ti poeta inspirándote a escribir lo que jamás antes habrías imaginado. Te conmueve, te enternece, y a su vez, te arrastra a la locura.
Sabes que no puedes abarcarle, que no puedes poseerle, que no vas a comprenderle. Y aun así, tan sólo te queda amarle. Contemplarle un instante y dejarlo luego todo atrás.
Quieres inmortalizar ese segundo. Grabarlo en la memoria para evocarlo desde hoy hasta el fin de la eternidad. Una foto, una pintura, un dibujo, una historia… Lo que sea con tal de que mañana, cuando su recuerdo se desvanezca entre tantos otros, puedas reclamarlo y revivirlo una vez más.
Frágil y bello como el cristal. Transparente y puro. Musical según lo roces, capaz de atravesarte hasta el fondo del alma con su tonada.
Valioso y deseable.
Me recuerda al mar, y también al diamante en bruto que late allí enterrado en algún lugar inhóspito, profundo, reposando sobre un lecho de roca. Ni siquiera tiene la esperanza de que le descubran, poco le importa.
A veces pienso que, como las rocas, preferiría seguir allí enterrado fuera de la vista de los demás. Desapercibido, resguardado de las manos impuras que le quieran modelar, porque jamás podrá llegar al dedo que tiene que lucirle. Eso le apena y le entristece, le roba su brillo tornándolo opaco, deslucido… Y a mí me mata viendo lo que podría ser y no será nunca, mientras esa imagen me deslumbra.
Su pena es mi dolor porque no puedo ayudarle, porque mis manos son torpes y no han aprendido jamás a tallar, porque mi inexperiencia le rompería en mil pedazos.
Es el retazo de ceniza con forma de cuerpo que queda más allá de la vida. Se desvanece y se pierde con un ínfimo soplo de aire, con el mínimo roce -ni que sea cuidadoso- de un dedo.
Escapa de mí.
La pavesa que desprende la tierra calcinada, herencia de árboles que ya no viven en el bosque, cuya madera prendió en un segundo y ardió rápidamente. Es la ceniza, hija de ese fuego que calentó su cuerpo y no dejó nada tras de sí salvo nostalgia.
Allí quedan los campos, estériles, donde nunca más brotará nada. Despertarán en diez años, en cien años, en mil años o tal vez nunca, cuando yo ya no esté aquí para regarlos, para cuidarlos y verlos resurgir esplendorosos.
Es el agua que me ahoga, el fuego que me quema, la roca que me hiere, el cristal que tengo miedo de romper… Junto conmigo.
5/05/2008
Fuego
Quema mi sangre. Hierve en mis venas. Una vez prendido es imposible de apagar.
Nace en mi pecho, se expande en mis dedos, luchando por salir mientras alzo mis manos hacia el techo.
El ritmo de la música me golpea, me envuelve, me atraviesa, me devora, me arrasa, me engulle… Y yo lo regurgito en cada movimiento.
Me recorre con la fuerza de un rayo y su misma velocidad, alcanzando hasta la última célula de mis piernas, mientras cierro los ojos y me dejo llevar.
No me importa nada, y por una noche no necesito nada más.
En mi mano, la copa vibra, el cristal retumba con cada latido y la música va inflamando el espíritu que me acaba de invadir.
El alcohol se evapora, perdiéndose en forma de calor: un vaho más en el ambiente cargado. Mi piel lo llora con lágrimas sudorosas, y con ello las preocupaciones se exorcizan un compás tras otro mientras solo me importa… Bailar.
Yo soy la llama que admiran, el fuego que temen, el calor que anhelan y no se atreven a rozar. El club es mi reino, el escalón es mi trono y la camarera mi consorte.
Bailo por no mirarte, por no sentirte, por no pensar. Quiero sudar hasta reconocerme solo a mí misma, enmascarando tu perfume, mientras me miras disimuladamente, mientras me sientes y te torturas, mientras piensas en mí aunque lo niegues.
Hoy quiero incinerarte para purificar mi alma.
Hoy quiero que te quemes, y que te duela como a mí.
4/28/2008
Al final del arcoiris
Unos planes se cancelan, otros se modifican. Incluso una cena a base de churros y refrescos parece aceptable antes de la sesión golfa del cine.
En algún lugar, ajenos a esta zona de la vida nocturna, los vagabundos dormitan tirados en el suelo, las prostitutas trajinan buscando clientela en sus calles de moda.
En algún lugar, alguien compra tabaco en una expendedora, mientras otro, abstraido, ajeno al ruido de las tragaperras, al olor rancio, a tabaco, al aire viciado que a duras penas se regenera cuando entran o salen del tugurio; embutido en su chaqueta de nylon se abalanza sobre un apático símil de ruleta de casino, automática.
Nadie comparte con él esa partida, que juega solo sentado en esa mesa redonda rodeada de otros cinco asientos vacíos, mientras contempla la bola rodar y girar, esperando que caiga en el sitio adecuado.
Al final del arcoiris, la diminuta esfera blanca cae en una casilla negra, las monedas salta: le toca el gordo. En su mente, deja atrás su vida miserable y mediocre. En su mente, está bebiendo en el bar de mala muerte de siempre, hasta el culo de alcohol. Al borde del coma etílico cae al suelo, redondo, pálido, la mirada perdida, la sonrisa congelada en su rostro, la piel fría como el hielo.
Ajena a él, dándole la espalda, una mujer entrada ya en años, con el cabello descuidado, mal puesto en un pobre recogido a medio deshacer, y atuendo a juego, dilapida moneda tras moneda en las tragaperras mientras el contador sobre su cabeza no para de aumentar enseñando orgulloso su bote.
Fuera de la casa de juegos, la vida sigue, las risas se contagian, la gente se saluda, se besa, se abraza, bromean... Pero ella no es consciente de nada de lo que ocurre más allá de su taburete, de los botones, de los rodillos con las frutas mágicas, a la espera de que los símbolos se alineen. Su mente únicamente registra el ruido de la moneda al caer... Clack... Y como sucedió con centenares de monedas antes que esa, imagina el sonido de la máquina cantando blackpot, y el tintineo de las monedas cayendo al suelo, como una lluvia metálica.
Al final del arcoiris, está ella echada en el suelo, recogiendo todas las monedas que surgen ilimitadamente por la ranura, a dos manos. Se puede ver en su vida nueva, sin su marido alcohólico, sin su hijo drogadicto, sin su anciana madre demenciada, con una chacha que limpie la grasa de su casa, como ella tuvo que hacer cada día para vivir con su patético sueldo que a duras penas llega para las tragaperras.
Más allá de ellos, las puertas del salón se cierran.
Alguien sale con una cajetilla de tabaco entre las manos. Se para. La abre arrancando el plástico, y saca un cigarrillo que lleva a su boca. Inmediatamente lo protege de la brisa con una mano medio huesuda, mientras que con la otra enciende la punta con el mechero.
A su lado, otra figura ha perdido la cabeza hace un rato, dentro de aquel antro. Sin saber por qué algo le viene de repente... "¿Al final del arcoiris?", se pregunta. No tiene ni idea. Pero en el futuro inmediato, cree que al final de la calle esperan unos churros, una buena película, y en el camino hay charlas escuetas y sonrisas breves.
En el camino, también hay silencios, que solo quiebran con el sonido de sus propios pensamientos, volando a toda velocidad entre el ayer, el ahora y el mañana.
Ayer alguien le dijo que pensaba demasiado, hoy se pregunta si no es imbécil sin remedio, y mañana no sabe qué será de su vida.
"Piensas demasiado".
Al final del arcoiris, hay un brick de vino barato, hay un chulo esperando, hay una bola blanca, una moneda de plata, un muñeco de juguete, unos guantes de boxeo, una casa de plástico.
Al final del arcoiris, no hay nada.
4/26/2008
El cigarrillo
Una vez oyó decir a alguien, que si quieres dejar de fumar, lo mejor era tener un paquete delante, y que la fuerza de voluntad necesaria para no coger un cigarrillo fuera mayor que la ansiedad imperativa de llevárselo a los labios, coger el mechero más cercano, prender la llama y encenderlo
Nunca se cuestionó si aquel "alguien" tenía la más remota idea de lo que estaba hablando. Siempre hay decenas de personas diligentes prestas a regalarte sus consejos, pero la mayoría nunca se molestaron en seguirlos por sí mismas.
Empezó a fumar no hace mucho, tal vez un año. Al principio ni siquiera le gustaba.
La boca era para otras cosas, la lengua estaba hecha para paladear otros sabores, los dientes, deberían haber permanecido blancos, sus pulmones deberían haber seguido siendo rosados, y su cuerpo no necesitaba la nicotina.
Pero, eh... Nadie es perfecto... Y era tan "cool"... Y coño... Todo el mundo fuma... ¿O no?
Sus amigos siempre tenían el cigarrillo a mano, siempre la misma marca, esa que ahora también es su favorita. Ha intentado probar otros tabacos, porque en la variedad está el gusto... Más sofisticados, más caros, con un "packaging" más original, nacionales, de importación... Incluso llegó a plantearse probar el tabaco de pipa.
Sin embargo, siempre volvía a los mismos cigarrillos, a ese aroma hoy ya familiar, al sabor del filtro...
Le gustaba comprar esas cajetillas que no todo el mundo conocía, de hecho, solo podía encontrarlas en una ciudad, y dentro de ella, se distribuía en contados estancos, y se podría decir incluso que sólo conocía uno que con certeza absoluta tendría un paquete allí para su disposición.
Podía haber pasado el día más perro de su vida, podía haber sido el más triste, el más apático, el más cansado, el más largo, el más gris, el más solitario. Podía haber sido uno de esos días de mierda en los que hubiera decidido que ya nada valía la pena, y hubiera llegado a la conclusión de que lo mejor, era acabar de una vez por todas con la apatía, la monotonía... En definitiva: su asco de vida.
Pero al llegar a casa, ahí estaba esperando como siempre, en el mismo sitio inmóvil a su regreso.
Entonces, se recostaba en su sofá tan cómodo y mullido, con el hueco perfecto en el que su cuerpo se acoplaba y al reclinarse le acogía y envolvía como un guante a medida, como esos tejanos viejos y desgastados que te gusta ponerte cuando sales del trabajo y quieres quitarte la mierda de traje.
Y al recostarse en su sofá a medida, estiraba la mano... Y lo encendía.
El humo, nacía tímidamente del tabaco abrasado que cambiaba su color marrón por un rojo vivo y crepitante. Subía, y subía, y subía, serpenteando en el aire de su habitación, y se enroscaba.
A veces le entraban paranoias al mirarlo, y creía ver seres fantásticos y mitológicos: duendes, hadas, tal vez algún dragón. Esos eran instantes gratos, pero en ocasiones, la realidad se colaba e invadía ese humo blanquecino, y le veía, su rostro desfigurándose, desvaneciéndose en el ambiente... Y le invadía la ansiedad por seguir fumando hasta acabar con el paquete, y la contrariedad por querer dejar las cerillas quietas y lanzar el paquete contra la pared o tirarlo a la basura.
Pero lo cierto, es que nunca lo tiró... O al menos, no en serio... Porque fue a rescatarlo de inmediato, como la pelea esa tonta y sin importancia que tienes con la pareja, que hace que te vayas de la habitación, y al rato decidas volver pensando... "Bah, no es para tanto".
No obstante, también estaba allí en sus mejores momentos: en los días buenos, en los cumpleaños, en las cenas con los amigos, en los viajes, en las vacaciones, en su bar favorito, en sus noches delante de la televisión, o delante del ordenador.
Aquel aroma, hoy ya familiar, le acompañaba siempre, y estaba trenzado, ligado, es más: fundido -me atrevería a decir-, con absolutamente todos los recuerdos de su último año. No podía recordar un solo instante en el que no tuviera constancia de su cigarro.
Incluso cuando no lo fumaba, su mano instintivamente le hacía hueco entre sus dedos, su olor se impregnaba en su piel, en su ropa. Olía a él en casa tanto como en la oficina.
Era un romance, era un idilio. En su cabeza, todo era perfecto.
Era incapaz de imaginarse su vida sin él...
Hasta que se dio cuenta de que era insano.
Pasó de ser la delicia que esperaba en casa, a ser la esclavitud, a ser la obsesión, a ser una crisis de ansiedad, una urgente necesidad que requería ser atendida de inmediato.
Qué malo era cuando se quedaba sin cigarros, cómo le temblaba el cuerpo, cómo tenía ganas de chillar, cómo a veces le atacaba la tristeza, y las ganas de salir corriendo en mitad de la noche al estanco aquel que siempre tenía una caja a su disposición.
Empezó a notarlo su cuerpo, su salud ya no era lo que había sido una vez meses atrás. Tosía, tenía dolores de cabeza, padecía insomnio.
Intentó dejarlo, tirando los paquetes a la basura, esta vez sin posibilidad de rescate. Apartarlo de sus ojos... Pero sus amigos seguían fumando. Le ofrecían una caladita, le ofrecían otro cigarrito. Y rehusaba, y rehusaba, pero al final, un mes más tarde, una semana más tarde, un día más tarde, volvía a caer.
Era un placer doloroso, saber que silenciosamente el cigarro iba a terminar con su vida, con su cordura... Pero no podía, no sabía... ¿¿No quería?? Decir que no. Porque era débil.
Y continúo, con su cajetilla a cuestas, sus cerillas en el bolsillo, sus recuerdos, y sus problemas de salud.
Un día, tuvo un acceso grave de tos. Le atacaron los espasmos, y tenía ojeras que hubieran espantado al más feo de los monstruos, la desesperación corría por sus venas. Era una tortura inaguantable, que no podía paliar. No esa noche. Esa noche tendría que afrontar sus miserias en soledad.
Estuvo meditando un rato... Y llegó a una conclusión. Si tenía que dejarlo, no podía darle la espalda, no podía esconder el tabaco, no debía lanzarlo. Porque siempre iba a haber alguien cercano tan amable de ofrecerle un nuevo cigarrillo, de esa marca que todos compartían.
Lo que tenía que hacer era ponerlo delante, y admirar su forma, el envoltorio abierto, con uno sobresaliendo de forma tentadora.
Tenía que aprender a ser fuerte y decidir no estirar la mano; hasta que llegara el día que aun teniéndolo delante, a la altura de sus labios, fuera capaz de decir: "No, gracias. Lo he dejado".
Una vez oyó decir a alguien, que si quieres dejar de fumar, lo mejor era tener un paquete delante. Quizás esa persona nunca siguió su propio consejo...
Pero aun así, le pareció el más acertado.
4/24/2008
La danza
Se mueven dando círculos, espada en mano. Tanteando el terreno, probándose, midiéndose, estudiándose.
Se observan a los ojos, escrutando sus miradas recíprocas, intentando descubrir la finta por venir. El ataque imprevisto. El error del otro, la guardia baja.
Recolocan sus cuerpos grácilmente, se balancean, se contonean mientras sus pies describen un baile complejo.
Se retan, removiendo el espacio que les separa con estocadas breves, mientras se oye una melodía simple, suave y delicada, compuesta tan sólo del silbido del filo al cortar ese aire sus espadas.
El verdadero reto está en sus mentes: intentan anticiparse, uno al otro; buscar el punto débil, el flanco descubierto, el ínfimo y mortal hueco en el pecho al que atacar y asestar ese golpe definitivo que traiga consigo la victoria.
Centellea el acero en el aire, presto, con movimientos casi volátiles, casuales, y a simple vista la lucha parece sencilla.
Se acercan, invadiendo mutuamente lo que les queda de espacio.
El uno se anticipa, la otra ataja. Ella recupera el equilibrio y contraataca. Toma la delantera, y asesta un golpe contundente. Internamente, se congratula.
Pero la puntería la traiciona, en el postrer momento: no consigue herirle en el pecho. No atraviesa con su espada ese corazón.
Él se aparta. Se repone. Herido, aunque no de gravedad. Bruscamente la golpea en la muñeca sin miramiento alguno, haciendo que deba soltar su espada. Con una segunda estocada le deja una fea raja en el pecho…
Y brotan...
Brota la sangre. Brota la rabia. Brota orgullo. Brota venganza.
Desarmada, recula: en guardia, dando vueltas. Furiosa y temerosa. Sí. Pero aun desafiante.
Se lame la muñeca, mientras sigue estudiándole. Estudiándose.
Se aleja, como el relámpago.
Que el aire corra entre sus cuerpos. Que su herida cure, que la sangre empiece a coagular. Su piel ya no es perfecta, y lucirá en adelante una fea cicatriz.
Él la infravalora, ella aprovecha la ocasión para recuperar su arma.
Pero la derrota trajo consigo el aprendizaje.
En esta danza, prima la sutileza, la gracia, lo inesperado. En esta guerra, tantea, lanza golpes rápidos y contundentes. Aléjate, deja espacio, espera, recupérate, y sigue bailando
4/17/2008
Cilindros y cubos
Mientras las niñas normales tenían su colección de muñecas, yo, tenía mi colección de coches, con mis favoritos que eran un deportivo y el coche de bomberos. Tenía tractores y hasta modelos que imitaban vehículos que se utilizaban en la construcción. Recuerdo que tenía dos muñecas, una rubia y una morena, pero de lo que más me acuerdo es de mis coches.
Tenía un Scalextric, de esos que ahora valen una pasta de puro viejos que son, al que jugué poco porque la verdad, jugaba más mi padre. E incluso tenía un tren eléctrico.
Tenía infinitud de libros de cuentos, y tenía tebeos. Me gustaba dibujar, pintar con acuarelas y lapiceros y ponerlo todo perdido, yo incluida.
Tenía mi tortuga, Pimpina Condona (pobre, tuvo que cargar con ese nombre mucho tiempo), con la que jugaba mientras no estaba con lo demás, ni experimentaba con las pinturas ni correteaba detrás de los gatos…
También tenía juegos de construcción, al estilo Lego, pero también de aquellos típicos de madera.
Me gustaba montar casitas y castillos con los juegos de construcción, aunque nunca fui demasiado imaginativa y me cansaba rápido de ellos, no como mi hermano que le pones un Lego delante y el tío te construye la base espacial, con sus naves, edificios y a la que te descuidas un diorama con maderas y plastilinas.
A veces, me ponía a jugar con los puzzles, y era entretenido colocar las formas en su sitio. Ya sabes, aquellos puzzles clásicos con pirámides y cubos y cilindros y esferas y los sitios para colocar todas las piezas.
Donde cada cosa, te guste o no, tiene su espacio definido. Donde todo encaja a la perfección en el sitio indicado. Donde te acostumbrabas a poner cada figura como correspondía.
A veces, en un acto de rebelión, ponías las cosas donde no tocaban. Pero no porque fueras tonta, si no porque no te venía en gana. Y te corregían. Te decían que ese no era el sitio correcto y tu replicabas: “Pero si cabe”. Cabe, sí… Pero no “encaja”.
Puedes poner la esfera en el sitio de la pirámide, incluso puedes poner el cilindro en el hueco del cubo… Pero le sobra espacio. Baila, porque no está hecha para ser colocada allí. Podías incluso hacer un “apaño” provisional con plastilina y rellenar los espacios vacíos. Todo menos dar la razón.
Si la cabezonería llegaba al extremo, podías “modelar” el cubo y meterlo en el hueco del cilindro. Y enseñar el puzzle con orgullo.
Pero la realidad es que cada pieza va en su sitio o no funciona, no queda estético, no dura. El cilindro puede caerse de su sitio y el cubo queda horrible porque para conseguir meterlo a presión lo tuviste que romper, desfigurarlo, amoldarlo a algo para lo que no sirve, no estaba hecho ni diseñado y no tiene pinta de adaptarse demasiado bien.
Es curioso como a veces, todavía hoy, intentas colocar las piezas donde no toca.
4/16/2008
A ras de suelo
(c) Steven Stahlberg - Countess Dracula" Está loca por mí. ¡Qué mujer no lo está! Yo sé que va usted a preguntarme cuál es mi secreto... ¡Voto al diablo que sois osado! El secreto es no darles a entender que se las quiere. No ir nunca de trás de ellas. Que ellas vayan detrás de ti. Hay que avivar el cariño del amor con el abanico de la indiferencia..."- Los Hermanos Marx en el Oeste
No obstante, a ras de suelo, también viven los gusanos. Esos seres pequeñitos, repugnantes cuyos días trascienden simplemente reptando entre la tierra, entre la porquería, entre el moho, y pasan la mayor parte de su vida inadvertidos, condenados a morir víctimas del pájaro tan digno que vuela prestamente a ras de tierra.
Y a ras de suelo -como el gusano- viven anímicamente su patética existencia algunas personas. Arrastrándose, dejándose pisotear, humillándose, intentando trepar por el tallo flexible de esa bella planta que al capricho se dobla a un lado u otro. Y sí, son especiales: especialmente idiotas.
Hasta los huevos –hablando en plata-.
Tengo amigas que son capaces de enviar a la gente a la quinta mierda, cuando los demás se muestran inseguros sobre si empezar o no una relación, mantenerla o no, mandarla a la mierda o no.
En blanco, sin respuesta, con sudor frío, preguntándote dónde está el baño más cercano, porque tienes ganas de ir a miccionar. Con esa cara de poker, pensando si ya agotaste el comodín del público, o si puedes utilizar el de la llamada para hacer un comité telefónico de urgencia, comentar la jugada con los amigos y dar la respuesta definitiva.
Inexplicablemente, luego, con la cabeza funcionando a todo trapo, cavilando mil argumentos que sean capaces de convencer al otro. Vamos a ver, tú sabes hacerlo, lo has hecho mil veces, hacer que la gente cambie de opinión, llevarlos por tu camino, ponerlos a tu favor… Y sin embargo… Él permanece impertérrito.
Y más diría: gélido, quieto, como una piedra, observando –o no-, como estás al borde de la súplica, cómo te humillas pidiéndole que te devuelva la palabra, mientras te vuelves loca, mientras vuelves locos a los demás.
No se te pasa por la cabeza pensar que no vale la pena.
Por otro lado, tú, persona acostumbrada a manipular la mentalidad ajena, no te planteas que si consigues algo con argucias, no vale nada. Cero. Lo que consigues es una ilusión, una efímera quimera que se desmoronará como el castillo de naipes construido en una mesa sobre cuatro cartas mal colocadas.
Pero no quieres renunciar, no quieres acabar con eso. No todavía. "No se me caerá el castillo", piensas… Cuando lo cierto es que hace tiempo que ya se derrumbó, y lo único que estás haciendo es degradándote. Degradándole. Degradándoles…
Suplicando a sus pies, a ras de suelo, como el gusano que en cualquier momento aplastará con su zapato, y dejará atrás un paso más tarde mientras sigue su camino.
Yo no soy un gusano.
4/14/2008
Retomar la ola
Todos los frikis acaban en el mismo sitio.
Siempre lo dije: “El mundo es un pañuelo…” (“Y tú eres mi moquito preferido”, añadiría Montse), y los frikis, pequeña comunidad de personas afines, gustos similares y complementarios, que pululamos por la red, por las librerías, por las comictecas y ludotecas, que frecuentamos y alimentamos la industria del ocio en general y videojuegos en particular, somos esa extensa familia que se deja de ver y reaparece en el rincón más insospechado.
Esa familia, cuyo primo tercero lejano, por parte de la tía de tu madre que acabó perdida en la jungla del Amazonas porque su avioneta con el pedido del Action Cómics número uno, aytografiado, se extravió entre la arboleda y tuvo que ir a rescatarlo; apareció en la tienda de debajo de tu casa a explicar la hazaña y dedicar no pocas ovaciones al logro.
Hacía como un año que no veía a la gente de Asshai, éramos un grupo más o menos compacto que el año pasado íbamos al cine, a cenar, a frikear, de compras, a casa de uno u otro a celebrar Reyes, a jugar a la Wii… Pero la vida da muchas vueltas, y a veces te separas.
Dejas de habla con una persona, sin saber exactamente porqué, pues no ha pasado nada grave, ni te has peleado…. Simplemente, un día dejaste de llamar.
A más días pasan entre la última llamada y “hoy”, más incapaz te sientes para retomar el contacto. Te invade –sin saber tampoco el motivo- la vergüenza.
Una mañana te despiertas, y te das cuenta que hace un año que ya no hablas con tu grupo de amigos frikis. ¿Dónde estamos todos? Uno estudiando en Escac, otro currando en Madrid y preparando el viaje a Japón con la novia… Ya no le ves a pesar de que le animaste a jugar a WoW en tu Server… Otra es arquitecto, otro está embarcado viajando por el mundo rodeado de tíos en un pedazo de metal que flota en no sabes nunca qué mar en concreto…
Y los días pasan, sin pena ni gloria y te das cuenta que ya no vais ni al cine.
Para ti, los días transcurren entre raid y raid, entre libro y libro, entre viaje y viaje; pero uno de ellos, al abrir el mail, ves un mensaje… ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos? ¿Por qué no quedamos? ¿Nos hemos enfadado? Y si no estamos enfadados… ¿Qué nos impide juntarnos?
Y la respuesta es… La inercia, esa fuerza tan poderosa, que te mantiene unido a alguien por motivos que ya no recuerdas, o también te separa cada vez más. Afortunadamente, alguien tuvo la moral suficiente para acabar con esa estupidez… Así que volvimos a empezar a quedar. Me alegro mucho, en realidad.
Los frikis, acabamos siempre cruzándonos unos con otros, en los mismos círculos.
Hace unos meses fui a la cena tercer aniversario de Asshai, porque a fin de cuentas, aunque ya no soy forera activa, qué demonios… Tenía ganas de salir de casa y relacionarme, charlar y ponerme al día y pasarlo bien con personas que tienen cosas en común.
Y de golpe y porrazo, me topé de bruces con un chico, dependiente de una tienda de cómics que frecuento.
El mundo, es increíblemente pequeño.
Además, a menudo paso por delante de su tienda, que está estratégicamente situada a los pies de la casa de Rosa, lo cual –todo hay que decirlo- es una jodida tortura.
Por lo general, cada vez que quedamos con Rosa para tomar un café justo debajo de su casa (su edifico tiene la tienda friki a un lado, y al otro nuestro café “fashion” de barrio), acabo gastando pasta en mangas (y para colmo me quedan otros tantos títulos cuya adquisición no puedo sufragar). El mundo es un sitio cruel.
Una de esas tarde-noches a la salida del trabajo, en que pasé a cotillear si hay novedades, a pesar de que ella no está para tomar un café; mientras yo oteaba la mesa a la caza de un manga nuevo que leer (probablemente, el mahwa Cynical Orange), escuché de fondo una conversación…
- … Y han puesto a la venta en la web la espada…
Paro la oreja…
- Sí, la del juego, la espada de Arthas.
Paro las dos orejas y no puedo evitar decir…
- Frostmourne, ¿no?
El tipo me mira, mira al dueño de la tienda, me mira una vez más y vuelve a su conversación, pasando de mí como de la mierda.
“Eh tío, ¿qué coño haces?”, pienso, “Pero que no me ignores, coño… ¡¡¡Que yo también sé de qué hablas!!!”
Pero no me incluyen en la conversación, y sin mangas ni charla me voy con las orejas bajas a casa, cual perro apaleado. Mira que es borde la gente /cry.
Unos días más tarde, estaba esperando a Rosa en el portal, cuando el dueño de la tienda asoma a la puerta y me da un papel. ¿Será mi entrada para el Salón del Cómic? Pero no, era un papel con un mail apuntado… El mail de El Friki de la Espada de Arthas. Me comenta que el chaval está pensando comprársela pero que es muy cara si cuentas los gastos de envío, y que hacían un pequeño descuento en los portes si pedía una yo también, así que de estar interesada en la compra, que contactara y que habláramos.
Al llegar a casa le añado al msn, y me pongo a jugar un rato, pero no le veo conectar ni al final de la noche. Bueno, ya hablaremos otro día.
En esas, llegamos al pasado fin de semana.
El viernes ha sido apoteósico, me fui de compras para acabar de arreglar el piso. Total, solo me ha llevado dos años poner en orden el piso de un alquiler de cinco. No está mal…
Estuve comiendo con Derekh, Meri y compañía. Sargas y los otros no pudieron venir, y se me ocurrió que podíamos quedar el finde para ir al Mercado San Antonio.
Después, llamé a mi madre por si quería ir a mirar muebles conmigo.
Me gusta ir a comprar a Ikea, pero odio las aglomeraciones de gente, así que nada como ir entre semana. Aun no consigo explicarme cómo en el tiempo que tardé en bajar las escaleras, ya no quedaban estanterías de las que yo quería y de las que había varias… Pero bueno. Puto Murphy. Tuve que volver el sábado a primera hora para recoger las estanterías que me faltaban.
Al llegar a casa, estaba rota. Rota y medio zombie. No tengo mucha constancia de la hora que era cuando me fui a dormir, pero no creo que fuera antes de las dos de la mañana, que sumados a esos días que dormí cinco horas entre semana, hacía que me durmiera por las esquinas.
¿Para eso dejo la raid? ¿Para seguir yéndome a dormir a las mil? Bueno, al menos me voy a dormir a las mil, pero sin estrés (o casi).
Ikea queda muy cerca de la casa de Montse, una vieja amiga de la infancia, a quien –debería caérseme la cara de vergüenza-, veo una vez al año o dos…
Por el mismo motivo que ya no veo a la gente de Asshai: porque un día dejas de llamar sin saber porqué, y entras en esa espiral decadente. ¿Qué mejor excusa para llamar que un desayuno, si estoy al lado de su casa?
Y nos tiramos toda la mañana de charlas, de risas, desayunamos, comimos, y hasta escribimos un cuento a medias para la uni.
Ella está por graduarse, lo cual indica que hace 3 años que está en la carrera… Tres años que han pasado volando y no me lo puedo creer. Se quiere volver a USA, y yo pienso… ¿Cuántas veces la vi en este tiempo? ¿Cuatro? Y ahora se vuelve a marchar y quien sabe cuando la veré de nuevo. Debería haber aprovechado mejor el tiempo. Debería haber cogido más veces el teléfono para llamarla.
Y más contenta, después de haber pasado un rato juntas, volví a casa.
Hacía un sol del carajo, el cielo azul brillante, y no tenía ganas de coger el bus, quería caminar. Pasear y respirar el fantástico aire contaminado de Barcelona. Ese que a buen seguro contribuye a generar mierda en los poros de mi piel.
Llego a casa, ya comida, y dejo por ahí en medio tiradas mis cosas. Total, el finde que viene es finde de arreglo febril, y poner cada cosa en su sitio en la nueva distribución de casa.
Conecto el ordenador, enciendo el WoW, el msn… Y aparece mensajito de que El Friki de la Espada de Arthas me ha añadido.
Empezamos a hablar.
“Hola”, “¿Qué tal?”, y le comento que no me voy a comprar la espada, que vengo del Ikea, y que estoy en plan “redecora tu vida”. Me dice que él tampoco la va a comprar de momento y que estamos en contacto por si acaso, para futuras compras frikis conjuntas.
La conversación se va por otros derroteros.
Recuerdo que es de la UPC, y no sé cómo acabamos hablando de nuestras historias gamers… Y como parece que es tan friki como yo… Le pregunto… “Oye, tú conocías pusa? ¿RL?” y me dice… “Sí, yo jugaba en Reinos, de hecho”.
Y me apisona la emoción, seguida de corto por la mañana de recuerdos y sensaciones que me dejan más plana contra el suelo que un dibujito 2D estampado en la acera. Empiezo a avasallarle… A preguntarle, si conoció a esta o a aquella persona…
Y les conocía… A Bane, a Dreamhealer, al Elho… Y no se me cayeron las bragas al suelo del susto, porque llevaba los tejanos puestos.
Qué fuerte…
Recordar tantas cosas de golpe, y compartirlas, con un tío que acabas de "conocer" de rebote en una tienda de manga, porque el dueño te ha dado su mail en un papel, y fue la pura casualidad de que ese jueves pasaste a pesar que no está en tu ruta habitual… Pensando que de haber ido otro día cualquier ni te hubieras cruzado.
Se despertó la morriña en mí, recordando los viejos tiempos muderos, las viejas risas. Los viejos amigos…
Cuando la conversación acabó, me volví a Warcraft, a raidear un rato con la maga de un amigo, y a pensar, en lo que es la vida, minada de casualidades.
Mi madre me arrancó de la ensoñación y me trajo a tierra de una patada. Se habían llevado a mi padre al médico, de urgencias, porque no se podía mover bien y le dolía mucho el pecho. Me dijo que me llamaría por si tenía que ir a cuidar a mi hermano. “Vale”, respondí yo, mientras seguía raideando en Mount Hyjal.
Y pensé… Que le den a Mount Hyjal. Lo de mi padre no es grave, pero, aun así… Tenía ganas de verle, porque en estos últimos días me estaba dando cuenta de verdad de que las cosas hay que hacerlas en el momento. Igual mañana quiero ver a mi padre y está muerto y ya no puedo.
A mi padre no le gusta que le visiten si está enfermo, pero, ¿qué carajo? Y me vestí y me fui, aunque solo fuera para decirle que con la mascarilla, solo le faltaba el X-Wing y podría ser un perfecto piloto de la Alianza. Mi padre, claro, me llamó japuta porque no se podía reír, y yo no podía parar de hacer bromas chorras.
No es que siempre hayamos tenido una relación especial, pero bueno, ahora la relación mola más, porque hablamos de tú a tú.
No hay que perder el contacto con la familia. A veces, se me olvida.
A la noche, cuando volví a casa, quería dormir, pero me crucé a Nacho, y estuvimos hablando… De muchas cosas y me entré de nuevo la morriña… Así que al final, le enseñé el Devel: una ruta turística por un MUD medio muerto, medio vivo… Le expliqué lo poco que yo recordaba de cómo funcionaba… Y miraba mis chars creados en 2004. Parece tan lejano todo.
Y me preguntaba, mientras le enseñaba mi antiguo hogar, dónde están mis amigos, dónde está la gente con la que me hablaba… Cuándo dejé de llamarlos, porqué perdí el contacto… Y les eché de menos, ellos, que me enseñaron el Laberinto, con quienes pasé tardes de verano riéndome en la Charli, jugando a la consola, al MUD, gritando entre las cuatro paredes de aquella ínfima asociación “Iñigo Montoya”…
Aquellos, a quienes en navidad les mandaba algún regalito.
Dejé de pasear con Nacho a las cinco de la mañana, y me fui a dormir, que al día siguiente era ya domingo y yo había quedado para ir al Mercado.
El domingo fue uno de esos días a los que le faltan varias horas: mercado de mañana, comprar la comida a las 13.30h, comida con la familia a las 15h, posterior vuelta a casa de Derekh a jugar a la wii, y al final, sesión de cine.
Me lo pasé genial, y sobretodo, me ha hecho mucha gracia, ese encuentro en una tienda friki, porque pienso que aunque los años pasan y quizás perdí el contacto con algunas personas, es posible que por azar las vuelva a encontrar por el camino, visto lo visto de que acabamos todos en los mismos sitios.
Y para los que aun conservo cerca, me sirve para recordar que los fines de semana, son para eso: para descansar, para divertirse, para estar con los amigos, para ver a la familia, para ir al cine…
Para retomar las cosas donde las dejaste, y ver a las personas que no puedes tener cerca entre semana… Para no perder esa ola, y que la inercia te empuje a estar un poco más solo cada día, y que mañana, en vez de divertirte , te preguntes porqué ya no hablas con la gente que te quería y con quien tan bien lo pasabas… Y te encuentres respondiéndote que no lo sabes, mientras matas un bicho más, mientras subes de nivel.
4/10/2008
¿Sabes?
A veces tengo mis días malos, esos en que todo parece una mierda. Son grises, y fríos. Son depresivos. Esos en los que no tengo ganas de reír y a veces no tengo fuerzas para llorar. Me siento apática, y ni siquiera me arreglo.
Cuando muchos de esos días se acumulan, el piso se resiente. La cocina puede pasarse tranquilamente de dos semanas a un mes acumulando platos. Acumulando vasos. Acumulando moho.
Lo único que tengo constancia de hacer, es cambiar el agua a los gatos, ponerles la comida y limpiarles la arena. A veces, me acuerdo de poner la lavadora, pero doblar la ropa es un hastío. Así que simplemente, la saco, la pongo por encima de la cocina, o la llevo a mi cuarto donde acabo tirándola en el suelo.
Tú no conoces mi habitación, pero el cabezal de la cama hace unos ochenta centímetros de altura.
Bien, la pila de ropa que se amontona desde el suelo, ahora mismo le supera considerablemente.
Como me quedé sin sitio, últimamente me dedico a tirar los abrigos y el resto de la ropa que me saco encima del escritorio de la biblioteca, donde tengo el sobremesa. En consecuencia, hace meses que no lo uso, y ni siquiera puedo practicar con la tabla digitalizadora porque no hay espacio.
Me fastidia barrer, así que tengo una aspiradora. Pero también pasarla por la casa me fastidia.
La única habitación que se libra de esta existencia entrópica y el abandono (y por los pelos), es el salón, donde he acabado haciendo vida delante de la tele y el portátil. Es el único sitio que permanece levemente adecentado, más que nada porque si no, no tengo dónde meterme.
He empezado a odiar mi cuarto, donde duermo. Está medio vacío y carece de alma. ¿Sabes a lo que me refiero? Solo hay una cama y un armario. No hay nada más, ni libros ya siquiera. Y eso, contribuye un poco a la melancolía.
Es curioso, porque está pintado de azul -que es mi color favorito-, pero ni siquiera con ello me siento más cómoda. Así que he decidido mudarme al salón.
Ya sé que mudarse dentro de la propia casa de uno, no es muy frecuente. Pero necesito ese “cambio de aires”. Más que nada porque el salón es muy acogedor, tiene más espíritu, y está repleto de las cosas que me gustan: mis libros, mis cómics, mis muñecos, mis dvds, la tele… Es cálido.
He pensado cambiar la biblioteca a mi actual dormitorio, porque ya no tengo más espacio para libros, y transformarla en vestidor. Cuando lo pienso, si Montse me oyera, se reiría porque fue la primera idea que tuvo ella para ese cuarto. Y si se entera mi casera, la Sra. Montse, me mata… Porque le hice tirar una puerta nueva que no me servía para nada en el salón. Qué cosas…
Pero todos esos cambios, harán que me sienta mejor conmigo misma, así que valen la pena.
Sí, todos sabemos –y yo la primera- que tiendo a ser fatalista. Ahora lo único que quiero es encontrar la forma de sentirme bien conmigo misma, pero a veces es muy difícil. Sobretodo porque no es un secreto que me siento incompleta. “Lo tengo todo…”, pero yo siento que me falta lo más importante para mí.
Esa persecución del fantasma que puedo ver por el rabillo del ojo, de esa sombra escurridiza que jamás consigo definir, me lleva siempre por el camino de la amargura y a tientas la persigo aunque se que es difícil porque nunca tengo idea detrás de quien estoy corriendo.
Es como perseguir a alguien, mientras solo ves la espalda de la gente. Por un segundo, crees percibir una espalda conocida, te acercas, estirando la mano y asiendo con ella un hombro, para obligar a voltearse a esa figura… Pero cuando se dan la vuelta, solo puedes vocalizar “Perdón, me he confundido”. A veces, la mirada que te devuelve el dueño de esa espalda, es comprensiva, o compasiva, e incluso se permiten lanzarte una cálida sonrisa… Pero otras, cuando se giran están irascibles, te contemplan como si estuvieras loco, te acribillan con su mirada y te dejan en el sitio con total desconcierto… Y el vacío expandiéndose en tu corazón.
Sin embargo, porque somos humanos, volvemos a perseguir esas espaldas con el deseo de que mañana, cuando se gire, encontraremos la sombra que andamos persiguiendo.
Hay gente que inexplicablemente, vive feliz sin esa persecución… Y yo lo admiro.
Pero es cansado, es cansado correr tanto trecho… Por eso quiero llegar a casa y estar a gusto, para reposar y retomar las fuerzas. Para divertirme, y estar en paz.
No obstante, también hay días buenos. No sé si es que son pocos, o quizás como siempre, recuerdas más los malos, pero bueno lo cierto es que también hay días maravillosos.
Como hoy.
En los días buenos, el sol brilla, y el cielo es azul, con nubecitas blancas. A lo lejos, si te esfuerzas, escuchas incluso la banda sonora de Evax dando por culo. Es lo único que estropea ese tipo de días.
Pero, con pequeñas salvedades, en días como hoy pienso que el mundo lo diseñaron para que yo fuera feliz. Porque parece que todo sale redondo, y está bordado con pequeñas puntadas, bien elaboradas y perfectas, donde todos los dibujos encajan unos con otros en un diseño pulcro y deslumbrante.
Mal que bien, avanzo. Realmente, más “bien” que “mal”.
Voy conociendo gente que me aprecia, que valoran más o menos quien soy y como soy. Algunos se han dado cuenta de que vivo en mi montaña rusa personal, que paso de la risa al llanto y viceversa con una facilidad pasmosa que incluso les exaspera... Pero como me aprecian, me comprenden y me perdonan... Y si algo hacen, es regalarme un mimo y ayudarme a que amaine la tormenta.
Ayer me decían que admiran la forma rápida que tengo de olvidar y de pasar de un tema a otro con facilidad.
Bueno, así es la vida, ¿no? Te caes, te levantas, un poco de mercromina y sigues caminando.
Y aunque soy consciente de que llegará mañana y quizás esté otra vez compadeciéndome de mi misma y mis “desgracias” (que ya querría todo el mundo decir que su única preocupación en la vida es la media naranja), lo cierto es que todo va siguiendo un curso fluido que no tengo ni idea de hacia dónde me lleva, pero es a algún sitio interesante (aunque claro está, acabe en el mismo sitio que acaba el curso de todo el mundo).
Para muestra, un botón.
Llevo muchos meses berreando con que me quiero ir a Madrid, que no me mandan a ningún curso de formación desde el trabajo… Y hoy me llega uno de un año con fecha de finalización en abril del año que viene, en el que un miércoles o dos al mes estaré por la capital, gastos pagados. Además, a parte de formándome, conociendo gente y reafirmando lazos con otras personas que ya conozco.
Me hacía ilusión ir a la Worlwid Invitational de Blizzard… Y resulta que acabaré yendo por todo lo alto.
Quería viajar, me fui a París y me voy a Lisboa… En París pasé unos días geniales caminando y con Asha. Lisboa… Los hados dirán. Pero pase lo que pase, lo cierto es que aprenderé algo nuevo, seguro, y también estoy segura de que me divertiré.
Mucha gente habla del destino, de si estamos o no marcados por él. A veces, pienso que son tonterías, y otras dudo de que sea así.
Si existe o no el destino, no lo sé.
Pero sí estoy convencida de que cada uno recorre su camino y perseverando puedes llegar hasta donde querías.
Tal vez no exista el destino, pero a veces pienso que por lo menos la buena suerte pasa por mi lado y me tira un ligero soplo de aire fresco de tanto en tanto, para que me despierte, recupere el aliento, mire adelante y siga caminando hacia donde tenga que llegar.
Cualquier mañana de estas, me despierto en Madrid, voy a Maestro Churrero, me siento en la terraza a leer… Y sé que estoy en casa.
Y entonces, me acuerdo de las palabras de Raza… “A veces conseguir lo que quieres es lo peor que te puede pasar” y simplemente espero que por una vez, no tenga razón… Y si acaso, no demasiada.
Sé que habrá cosas que echaré de menos el día que me vaya de Barcelona, a donde sea… Pero también sé que quiero cambiar un poco de aires.
¿Sabes?
Hoy estoy feliz.
El apasionante mundo de los addons, ¡con links incluídos!
Un addon es un programita chiripitifláutico, cuya última finalidad es permitirte jugar con una mano y dedicar la derecha o la izquierda según los vicios de cada cual -y si eres diestro o zurdo-, a realizar otras tareas más interesantes.
Se crean basándose en las herramientas que Blizzard nos presta para ello, en su sistema o lo que carajo sea de programación. El resultado final de un addon es que te simplifica (muchas veces) lo duro que es ser un raider yonki del infierno.
También sirve para niubis que serán próximamente potenciales yonkis.
2.- ¿Dónde puedo encontrar un addon?
Páginas hay muchas. Pero principalmente yo miro estas tres:
3.- ¿Qué addons necesito?
Desde el jugador super-casual al buen proyecto de yonki del infierno, todos pueden usar addons.
Los más básicos son:
- I.- Los que miden el daño
- II.- Los que miden el aggro
- III.- Los que te ayudan a tener tu interfaz más decente
- IV.- Los que te facilitan la vida de por sí
I.- Los que miden el daño
La única finalidad de este tipo de addons es saciar la necesidad masculina de fardar, vulgarmente conocida como “yo la tengo más grande”.
Las malas lenguas, y algunos profanos, sostienen que es también el mecanismo por el cual un oficial o líder de raid (yonki supremo del infierno) determina si estás o no al día, en relación a tus compañeros de raid o clase, tanto a nivel de daño como de healing.
Básicamente se habla de dos:
Ambos son igual de útiles, si bien el SW Stats está más valorado, creo que debido a tema de sincronización y posiblemente a que sea más configurable. Personalmente, aun me estoy peleando con los addons post parche 2.4, lo cual no hace si no reafirmarme en que a pesar de haberlos actualizado igual debería reinstalar mi WoW.
Este tipo de addons, cuando los tiene toda la raid instalada, cuentan el daño de todo el mundo, y su healing. Es importante que estén sincronizados, si no, los datos que emiten no "sirven para nada" (en el hipotético caso de que hagan algo más que distraer a todo el mundo).
II.- Los que miden el aggro
Aggro: concepto que define lo condenadamente mal que le caes a un bicho, de forma que cuando le "fostias" más que los demás, se te viene directo a darte en los morros, pasando del tanque (personaje cuya única finalidad es recibir todos los panes, probablemente de tendencias sadomasoquistas).
Es interesante saber cuándo vas a atraer al bicho, para echarte cubito y que se muera el siguiente en aggro a ti, tirar de invis si eres mago y te da tiempo, vanish si eres rogue, feign death si eres hunter; y que el resto se coman tus marrones (véase por lo general, compañeros con habilidades en cd, y healers con telitas).
Aprovéchate de esto para cargarte a ese tío que te cae mal en la raid, y quítate el aggro cuando esté justo por debajo de ti.
Como pasa con los medidores de daño, solo funcionan cuando todo el mundo lo tiene instalado.
III.- Los que te ayudan a tener tu interfaz más decente
Interfaz: Lapabro culto que se utiliza para definir la cosa esa a través de la que juegas, que está compuesta por su cúmulo de botoncitos, y espacios destinados a que pongas ahí tus bolsas, tus hechizos, tus habilidades, tus macros, y cualquier otra guarrería del estilo.
En él también se incluye tu retratito, el chachimapa con su chachireloj y toda la pesca.
Interesantes al respecto son las barras modulares que permiten recoger información que de otra manera, no serías capaz de apreciar a menos que estuvieras viendo a cada rato tu personaje, para comprobar el estado de tu armadura o arma; tus bolsas para contar los slots libres y la pasta que te queda, etc.
Los más utilizados son:
- Titan Panel
- Lista de complementos varios para Titan Panel
- Fu Bar
- Lista de complementos varios para Fu Bar
Personalmente, yo utilizo Fu Bar, así que para quien lo utilice puedo recomendar de base:
- Money Fu: Te indica el dinero que tienes disponible, tanto en tu personaje actual, como entre todos los personajes que tienes en tu reino, así como dinero ganado/gastado durante el rato que estás jugando hasta que desconectas.
- Durability Fu: Evalúa constantemente el estado de tu equipo, diciéndote en qué porcentaje se encuentra. Cuando estés full epic, también servirá para que te estreses pensando en lo caros que van a ser tus wipes.
- Bag Fu:Controla cuántos espacios libres te quedan en el inventario, sin tener que ir abriendo bolsa a bolsa y contando los slots.
Hay mil módulos más. Cotillea los que más te interesen. Se encuentra fácil tanto en la página de WoW Curse como en el enlace a WoW Ace.
- X Perl Unit Frames: Permite toquetear y poner a tu gusto tu retrato, la party, la raid, el focus, target, focus de focus. Modificar el tamaño de todos esos frames, recolocarlos en la pantalla como mejor te parezca, y algunas tonterías más. Bastante útil en raid, ya que la forma que tiene Warcraft por defecto de colocar los frames, ocupa demasiado espacio en la pantalla.
IV.- Los que te facilitan la vida de por sí
Aquí entran toda clase de pijotadas: desde los addons de chateo a casi cualquier mariconada que te puedas imaginar.
Para mi gusto, imprescindibles, los siguientes:
- Deadly Boss Mods: Si quieres raidear, esto es imprescindible para saber qué hacer y a qué atenerte en todo momento. Si no lo tienes y tu RL te llama manco, tienes perdón de Dios. Si lo tienes, y la cagas... Bueno, siempre puedes irte a jugar a la petanca. Este addon te indica en todo momento las fases en las que se encuentra el boss, los ataques importantes que va a hacer a continuación, el tiempo que le queda para entrar en enrage, y cuando es importante estar a distancia de tus compañeros, a quien tienes cerca para alejarte de él (entre otras muchas cosas).
- Autobar: Este addon es una barra adicional a las que ya tienes en el interfaz, que te deja mucho espacio disponible para utilizar en las barras “de serie”.Con él y un simple clic, puedes utilizar todas las pociones de tu inventario, los elixires, las gemas, comidas y bebidas, venenos, ítems de quest, castear teletrans, portales y la piedra del hogar; pets, vendas, utilizar tus profesiones. La bomba. Imprescindible descargar también: Autobar Config
- Quest Helper: Por descubrirme la existencia de este y los dos que le siguen, Muri se merecería una estatua. Es el addon imprescindible para cualquier novato que entra en WoW y no tiene ni folla de dónde están las quests, lo que tiene que hacer y dónde entregar. Es el addon rey para quien se ha cambiado de facción y no tiene ni idea de donde están las quests tampoco (aquí me incluyo yo), y el addon de referencia de cualquier persona con memoria pez (también me incluyo).
- Recipe Radar: Porque la mitad de veces estás buscando una receta y no tenías ni guarra de que estaba justo, justo, en el poblacho que visitaste antes de coger el grifo o la mantícora de turno. Te indica con un icono de “receta” en el minimapa, que tienes una cerca.
- Minimap Button Bag: Bien, y ahora que tengo tres millones de addons en mi interfaz, y no sólo he conseguido que Warcraft vaya lento del carajo, si no que además ya no veo mi jodido minimapa, ¿cómo coño saco toda esa manada de botoncitos que le campean? Pues bajando este fantabuloso addon que es una “mochila” para botones de otros addons. Cuando necesites utilizar uno, clica el Botón Único, y busca el que necesitas.
Ales, fin del tutorial para principiantes sobre el apasionante mundo de los addons, qué son y dónde conseguirlos.
¡Hazte con todos! ¡Hay más que Pokemons!
Mantén tus addons siempre actualizados después de cada parche o expansión, si no lo haces, te serán de tanta utilidad como un condón del siglo pasado.
Acepto aplausos, abrazos, chocolatinas, golds, epics, patterns, razón: aquí.
4/08/2008
Turmalina
Desde el primer momento que la vio, quedó prendado de ella. Era brillante. Era bella. Tan llamativa que no pudo quitarle sus ojos de encima.
Siempre tan radiante, atrayendo a todos con su magnetismo, tan valorada… No pudo más que fijarse en ella, anhelarla, desear poseerla y tenerla únicamente para sí.
Para ella, él no existía. No era nadie, ni tan sólo le veía. No se había fijado jamás en su presencia. Era inocuo, pasaba desapercibido entre los demás.
Para él, era tan alegre, tan carismática, tan luminosa, tan divertida… Siempre con su sonrisa presta a resplandecer, con sus palabras siempre amables con todos y sus comentarios ocurrentes.
Le producía curiosidad, le parecía simpática. Quiso conocerla, y poco a poco se acercó a ella.
Le pareció interesante, era entretenido hablar con ella. Saber que atraía a todo el mundo la convirtió en algo exótico. Escuchar sobre ella alabanzas y sólo palabras de reconocimiento o admiración.
Parecía el tipo de chica que cualquier persona con dos dedos de frente querría tener a su lado.
Pensó que era fría, dura, inalcanzable. Inexplicablemente, era parte de su encanto, le otorgaba un morbo añadido. Intocable, esquiva. Nadie la tenía. Libre como el viento, pensó. A más distante la veía, más reto suponía demostrar que él estaba ahí, más interés ponía.
Consiguió hacerse notar, prácticamente sin esfuerzo, porque él también era alguien carismático e inteligente. Poco a poco, la fue capturando, atrayendo como la flor llama a una abeja.
Empezó a dedicarle cada vez un poco más de su tiempo.
Puedo conseguirla, se decía. Le cegaba como un diamante tallado, con la luz cantando iridiscente en cada una de sus caras.
Hasta que una mañana el milagro sucedió.
Primero fue la sensación de gozo, la exultancia del reconocimiento, de saberse reflejado en su mirada. De ser consciente que pasó de ser un ente incorpóreo y fantasmal, a tener cuerpo de hombre a sus ojos.
Era tan agradable, tan reconfortante, sentir que ella sabía que él estaba allí. Que existía, que era de carne y hueso, que era real, que no era un desconocido. Había pasado a estar en su círculo de amigos. Y ahora, ella le hablaba, le tenía en consideración, le tenía estima. Le valoraba.
Por un instante se sintió feliz, sabedor de que poseía una joya única, que le devolvía la mirada solo a él.
Estaba fascinado.
Siguió conversando con ella, cada vez más. Cada vez la conocía mejor. Conocía los matices de su voz, sus alegrías, algunas penas. Degustaba sus palabras, algunas de ellas dedicadas en exclusiva para él y solo para él.
Empezaba a entender a sus propios amigos, a paladear lo que ellos simplemente entreveían desde la lejanía que marca esa frontera que separa la amistad de algo mayor y más profundo.
Y era suya. Sí. Era suya.
Al final, era una existencia en la que ella ocupaba gran parte de su tiempo. Se sentía dichoso de sentir que estaba encantada y saber que a su lado, ella brillaba todavía más.
Empezaron los regalos.
Entonces percibió alborozado lo que era ser el centro de alguien, estar colmado de halagos. Descubrió que no era tan fría, ni tan dura, ni tan inalcanzable. Y se volvió humana. No puedes querer a una piedra, se dijo, por más bella que sea; pero puedes querer a una mujer.
Y a su vez, se dejó querer, embriagado, extasiado por sus detalles, por sus cálidas palabras, por sus atenciones.
Cada día, con la confianza que había nacido entre ambos, arrancaba de ella una capa de austeridad, de dolor, de temor; y por ello cada día, ella más resplandecía, bella, pero cercana, tangible, real.
Una mañana, se dio cuenta de lo que había conseguido: ya no era tan esquiva, ya no era intocable, ni tan "libre"; y sus ojos, que antes miraban al infinito a través de él, sin verle, se volvían y devolvían su reflejo de hombre real, una y otra vez.
Pasaron los meses, estaba siempre consigo. La enseñaba a los amigos, a la familia. Todo eran alabanzas. Ellos, que la descubrían por vez primera, la percibían como el día aquel tan lejano en que la conoció.
Brillante. Bella. Radiante. Alegre. Luminosa. Divertida.
Y él les respondió que no, que era una persona normal con quien se podía conversar. Que no era una diosa. Que era real.
Y al pensarlo, al darse cuenta, él se quebró: ella era normal.
¿Dónde estaba el misterio? ¿Dónde estaba el reto?
Como ya la tenía, y podía contemplarla de cerca, veía que era una joven corriente, que ya no llamaba la atención.
Poco a poco, empezó a distanciarse. Ella, sin darse cuenta, sin entenderlo, sin aventurarlo, continuaba entregándose al completo. A más se entregaba, más tierra empezaba a poner él de por medio.
Hablaba más con sus amigos, le hacía menos caso, ponía excusas sin sentido, aplazaba los encuentros. Empezó a ignorarla, a darle largas. Y ella comenzó a apagarse, a entristecerse, a desesperar. A llorar por las noches.
A culpabilizarse, a preguntarse por qué, a preguntarse qué hizo mal. Intentaba buscar respuestas: si ella no cambió, ¿qué había pasado?
Por contra, él empezó a verse perseguido, acosado, asediado. A sentirse culpable por cómo estaba actuando. No era consciente aun del daño que estaba causando.
Ella empezó a estar irascible, triste, enajenada, celosa, rencorosa, siempre rabiando. Le atacaba, le miraba a la vez con pasión, con ternura, con deseo, con odio, todo atravesado con una daga de dolor y de traición.
Él, no pudo superarlo, no tenía fuerzas par soportar la carga de su gema que ya no brillaba.
Y la tiró.
Ella, se hundió poco a poco en la miseria, desesperada, cada vez un poco más en su pesar, en el barro.
Sucedáneo de piedra preciosa, él la llamó. Y como tal, la desechó…
Porque desengañado, una vez en su poder, pensó que ya no valía nada.
3/25/2008
Conformismo
El roce de tu mano… Con eso me conformo.
No me importa caminar por las mañanas, ni el frío, ni el calor. Ni siquiera distingo los días soleados de los grises. Poco importa la ciudad donde me encuentre, porque en mi mente, en mi corazón, estoy siempre a kilómetros de distancia.
Se me hace muy difícil conciliar el sueño por las noches, la oscuridad está llena de fantasmas, de silencio, de soledad…
Susurro tu nombre como un mantra. Lo repito una y otra vez, con los ojos cerrados, como el conjuro que me traerá la paz y el sueño… Con la esperanza de dormir arrebujada entre mantas en un sofá prestado.
No soy débil. Soy lo bastante fuerte como para afrontar infinidad de adversidades. Sobreviví al cambio de trabajo, a la búsqueda de piso, a las compras semanales. Enterré un montón de exnovios y defenestré varios fantasmas. Animé a las pocas amigas que me quedan en sus momentos de debilidad, porque parece que cuando estoy triste lo que me anima es ayudar a los demás.
Es una distracción como cualquier otra. Y sin embargo, por más que las leyendas urbanas prediquen lo contrario, no soy la reina de hielo, ni desciendo de Juan sin Miedo. Soy una chica normal, de carne y hueso, y como tal, soy frágil, aunque cada día me toca hacerme la dura, y la indiferente y tenga que tragarme la mitad de las cosas que pienso o siento.
El otro día me decían que hay algo en mí que está cambiando, no sabemos porqué ni en qué sentido, ni hacia dónde me llevará, pero dijeron que se alegraban de que me esté sucediendo.
He dejado de darle importancia a cosas que sinceramente, vistas hoy, no son más que tonterías.
He aprendido mucho últimamente. He aprendido que puedo viajar sola, y me ha gustado la experiencia. Y en algún recodo de ese camino que me llevó a escaparme a mi aire por ahí, me di cuenta que también lo que le pido a la vida es algo muy distinto de lo que hace dos años le pedía.
Siempre he tenido pensamientos estúpidos. Alegaba que yo no tenía prototipo de chico ideal, y sin embargo, me atropellaba una retahíla de adjetivos que entretejían de una maraña de estereotipo masculino. Que no fume, que no beba, que haga deporte, que sea culto, que tenga un buen trabajo, que blablabla… Y tal vez me olvidaba de algunas cosas importantes.
Hace varios meses me empezaron a asaltar las dudas, porque mi esquemático universo fue dinamitado sin que se diera cuenta, hasta pasado un buen tiempo. Yo le pedía a la vida un estatus y siempre he luchado con esa dicotomía en mi interior: el estatus social contra la felicidad de estar con alguien que me quiera, y a quien yo pueda querer.
Apareció un alguien, un poco raro, que no era en absoluto lo que yo creía que tenía que se un príncipe azul. Un alguien que fuma, y que bebe, que de tanto en tanto se lía un porro… Que está loco y es friki como yo, aunque cada uno a su manera y con aficiones parecidas a las mías. Físicamente no es el tipo de persona en el que me habría fijado en la vida y sin embargo, le miré… Y lo que es más asombroso, le vi. Lamentablemente, una vez visto, se quedó grabado en mis ojos como la sombra del sol cuando lo contemplas fijamente.
Fue objeto –y mal que le pese, lo sigue siendo-, de tribulaciones mentales o de disección delante de una cocacola o tres pares de cortados. Quizás debería empezar a pensar en incluir la tila en mi dieta y tal vez algún que otro valium (dado que el prozac es 90% placebo, también me vale).
Me fui de viaje, y caminé como hacía años que no había andado a la deriva sola, conmigo misma. Con las bambas, con los tejanos, con la música en las orejas y una cámara de fotos entre mis manos. Ni siquiera tuve tiempo de escribir. Pasé tres días bombardeada con tanta información, con tantas imágenes nuevas, con tantos sonidos diferentes, que no tuve tiempo apenas de pensar conscientemente.
Y a ratitos, te olvidé.
Pero cuando cae la tarde, y cuando el sol se pone, mientras se escondía en algún rincón más allá del Sena, me acordaba… Y pensaba que no te había comprado ni un detalle de cumpleaños. Porque no me gustan, los regalos a pachas. Me gustan porque soy avariciosa y quiero compartir eso "también", pero lo que de verdad quería era llevarte algo propio, que te recordara a mí.
Me acordaba de los chistes privados, y de las risas tontas. Recorrí calles cuyos nombres soy incapaz de recordar, hasta que –como pasa siempre- di con el regalo por casualidad. Tu regalo, y el libro sin el que no pensaba marcharme de París, y al tener todo eso en mis bolsas, me supe libre de pasear tranquila nuevamente.
Una vez con eso en mi poder, apenas volví a pensar en ti… Hasta que volví a casa, a mi casa, a mi cuarto, a mi cama. Acechabas en las sombras. En la ropa, en las sábanas, en mi cabeza. No te pude exorcizar. Me tapé hasta perderme entre las mantas por completo, intentando conciliar el sueño. Increpé a los gatos, y no pude dormir una mísera siesta de dos horas sin un condenado sobresalto. Me rendí a la evidencia, y me propuse hacer mi mochila una vez más.
Me martirizaba la certeza de que no iba a verte en esta ocasión, pero a la par me hacía sentir libre para disfrutar tranquilamente mis paseos, la misma precisa certeza de que no íbamos a estar en la misma ciudad. Fue una sensación contradictoria y a la par reconfortante. No sabría explicar muy bien porqué. Tiene algo que ver con la ansiedad, yo creo.
Es la impresión de estar buscando algo que sabes que alguien se ha llevado muy lejos y no puedes alcanzar. Por un momento, te resignas y en esa resignación existe un lapso de paz. Pero, cuando te das cuenta de repente que alguien ha puesto lo que buscas, nuevamente cerca, al alcance de tu mano… Desesperas.
Me recuerda a aquellos días de pequeño, en que querías sacar el reflejo de la luna del agua, con las manos. Por más que lo intentabas se te escapaba una y otra vez, y se escurría entre tus dedos. Erróneamente creíste que lo tenías al alcance. Y nunca jamás llegaste a cazarla.
Saber que habías vuelto, me produjo desazón. Me trajo la ansiedad. Saberte en la misma ciudad, sumado a la imposibilidad de verte, hizo que mi corazón latiera con fuerza, desesperado.
Hay, ni siquiera en tu presencia, si no en el mero conocimiento de su posibilidad, algo que me llama, algo que hace que mi pulso se acelere, y me explote la cabeza, notando como late hasta la vena más pequeña. Siento, hasta en la más pequeña célula, que a pesar de conocer las calles que camino, estoy perdida y el único sitio que reconozco como destino es esa casa, a la que llegaría aun con los ojos cerrados.
Es difícil luchar contra uno mismo. Es como intentar contener con las manos una presa que se derrumba para evitar que arrase los terrenos fértiles que hay a sus pies en los que tal vez puedan nacer un día los frutos.
Es jodido darse cuenta que incluso el agua destinada a regar un campo puede ser mortal, si cae en proporciones poco adecuadas ahogando el terreno, o si lo lava hasta la esterilidad… Y carecer de la experiencia que te indique cual es el goteo perfecto, relegándote a aprender por ti mismo las cosas.
Constantemente yo siento agitarse el agua que contiene la presa en mi interior. Saberte cerca, cuando cerca es una distancia inferior a cien kilómetros, produce un efecto en mí como la luna en las mareas. Me inquieta, me agita, y no lo puedo remediar. Y no puedo dormir… Y no puedo evitar que mis pies quieran salir corriendo en la única dirección posible.
Curiosamente, tú, que causas estos destrozos en mi alma, pareces ser la única persona que pueda curarme esta locura, y por las noches, aunque no eras como yo te imaginaba, la única nana que escucho, es el sonido de mi voz repitiendo tu nombre una y otra y otra y otra vez… Hasta que me duermo.
A veces, cuando lo consigo, sueño que estiro mi mano, que alcanza la tuya asiéndola fuerte, mientras los dedos se entrelazan, y ya no necesito nada más. Me conformo con algo tan sencillo como eso, y en ocasiones pienso que despertar, es el más cruel de los castigos.
Mientras no pueda tenerte, mientras no pueda tocarte, mientras no pueda estar contigo… Me conformo con eso… Aunque parezca algo tan nímio.








