El domingo vinieron a comer a casa mi madre y mi hermano.
Mi madre tiene dos trabajos para poder llegar a fin de mes, uno de lunes a viernes, y otro para los fines de semana y festivos (que según el año puede legar a incluir fin de año, año nuevo y todo lo imaginable). Con estos dos sueldos, ingresa la friolera de 1200 euros, descontando los días de baja o las hora que no pueda trabajar. Y con eso tiene que hacer malabares para pagar el alquiler, la comida, luz, agua, gas, teléfono... Sobrevivir, como intentamos hacer todos, vamos.
Mi hermano es un caso de estos de ni estudio ni trabajo. No tengo muy claro de si por vagancia, desmotivación o ambas dos cosas. Este mes tiene que hacer un examen para ver si apreba ESO y puede así plantearse entrar en un módulo. Módulo que por cierto, también saldrá del sueldo de mi madre.
Mientras estábamos en la comida, salió el tema de la educación española.
Antes me exasperaba mucho con mi hermano y tenía tremendas discusiones sobre su futuro. Llegué a un punto en que ya no le abronco, porque a fin de cuentas, no soy progenitor suyo, y quizás lo mejor que puedo hacer es darle una opinión y que haga con ella lo que quiera.
La verdad es que el día a día de la juventud actual se me escapa por completo. No tengo ni idea de qué piensan ni a qué aspiran, solo lo que se entrevé en ocasiones.
Últimamente leo mucho las noticias. La verdad es que hay ocasiones en las que me pregunto para qué, si a fin de cuentas casi todo son desgracias. No hay día que no te indignes por ver cómo está el mundo.
Hace unos meses leí que un filósofo americano recibirá una beca de 4.000.000 de euros para investigar sober la vida eterna, de una fundación privada. Me parece un tanto absurdo que se inviertan (o derrochen, pero prefiero decir "inviertan" y ser políticamente correcta) esas cantidades en temas tan abstractos. El filósofo en cuestión tranquilizó al personal indicando que su trabajo será muy profesional y no se basará en cazafantasmas ni similares. Menos mal. Ahora dormiré mucho más tranquila.
Mientras, en laboratorios más serios, hay muchos investigadores que no tienen recursos prácticamente ni para el material de papelería, cuyos fondos para encontrar nuevos medicamentos o mejoras para la humanidad se recortan cada día.
A veces sale un rayo de esperanza, como el proyecto Mars One y te planteas que quizás hay aun un futuro. hasta que caes en que parte de los participantes en la primera misión espacial que llevará a nuestros congéneres a habitar otro planeta, será elegida por encefaloplanos que miran la tele como un hermano cualquiera en el que nominan a los concursantes. Un poquito fuerte...
O sea, que me estás diciendo que las mismas lumbreras que votan a sus políticos tan acertadamente, son los mismos que quizás vía streaming elegirán a (obviamente) los mejores candidatos a tal fin. Teniendo siempre en mente qué invididuo es más apto, y no porque sea más simpático o la tía que tiene mejores peras, por su puesto.
En fin.
Y en esta tesitura, hoy recojo el La Vanguadia para llevárselo a mi jefe y que así lo lea en la oficina, y cual es mi sorporesa cuando me encuentro la cara de Elrubius en portada. Omfg!
Llegados a este punto no sé decir si no debería avergonzarme el hecho de saber quien es, pero cuando eres gamer... Bueno, algunas cosas son inevitables.
Yo lo conocí por un video de coña sobre el RPG "Skyrim". Que por cierto, no he llegado a jugar porque me marea, cosa que me pasa con todos los juegos en primera persona (sé que puedo alejar la cámara, pero inexplicablemente, me marea igual). También me pasa con juegos muy rápidos como era hace millones de años el Quake Arena o cualquier shooter.
Pues sí, un personaje Elribus este.
Después de su video con las famosas flechipollas, un humor muy simple, absurdo y quizás masculino, del estilo de "caca, culo, pedo pis y tetas!!!! y nabos!!!!!!!", me quedé un poco traspuesta, pero inevitablemente su frase "flechipollas para todos" se incorporó en el vocabulario habitual de pareja. Junto al cuerno de mamut, muy a mi pesar debo decir.
El jovenzuelo este, edita (por así devirlo) videos de un minuto sobre otros videojuegos. Para quien los haya jugado, la verdad es que son la monda. Tiene videos como Pokemon en un minuto, World of Warcraft en un minuto (impagable la reflexión sobre la matanza de jabalíes), Tera en un minuto, League of Legends en un minuto... Y son bastante graciosos.
Lo que me parece insoportable son aquellos cuya duración exceden ese tiempo, los de diez minutos o más con su gameplay de turno, o incordiando al compañero de piso. A veces te preguntas para qué hacer tanto el payaso. Te lo preguntas hasta que tal día como hoy lees en La Vanguardia que el xicotet puede llegar a ingresar entre 100.000 € y 1.000.000 € al año con sus videotonterías. Sin más. Porque un día decidió plantarse delante de una cámara y hacer el tonto. Y a los demás nos hizo gracia en algún momento.
Imagino que aunque los videos más entetenidos son los cortos, porque este hombre acaba haciéndose cansino, debe ser difícil tener una idea periódica bueno, para mantener la audiencia que es la que te da de comer porque necesitas sus visitas y así, se te ocurre vender tu integridad haciendo cortos como el de molestar a tu compañero de piso.
Quizás por 100.000 € yo también lo haría.
Y por un segundo, corre por tu cabeza la alocada idea de inetntar unirte al selecto grupo de bufones virtuales que se nutren en cierta forma de la estupidez y simplicidad ajena. Por el dinero fácil. Y ese pensamiento me parece peligroso, porque, quién va a querer ser un científico y descubrir cosas nuevas, si no podrás ganarte la vida con ello, mientras haciendo el chorra en internet sí, o vendiendo la moto de que pedes descubrir la vida después de la muerte.
Me parece peligroso.
Peligroso, y no deja de ser una reflexión darse cuenta de que mal que nos pese las dos profesiones más viejas del mudno siguen vigentes: bufones y meretrices.
5/07/2013
4/18/2013
Fé de vida
Bueno, no es que importe demasiado pero... Sigo por aquí (a pesar de que el taladro de las obras del piso de abajo de la oficina intente que me dé un ataque de nervios).
Tenía cierta noción de que hacía tiempo que no escribía, y ahora que lo miro, me doy cuenta que hace más de un año que no pasaba por estos lares.
Un año y medio da para mucho, Para mucho, mucho.
Allá por 2011 cuando escribí la última entrada, no tengo ni idea de cuál era mi preocupació máxima. Ahora mismo puedo decir que me preocupa hasta el trabajo.
Quién me lo iba a decir a mí en 2006.
Que me iba a preocupar el trabajo, cuando entré a trabajar en Caja Madrid. Y más, saliendo de donde salía. Porque con mi ojo clínico para los puestos, me escapé de las brasas inmobiliarias para caer en el fuego financiero.
Pero, eh, aquí estamos: resistiendo.
Ha llovido mucho desde 2006. Y qué decir de 2007 y 2008 cuando estalló la crisis, esa que los políticos preveían ver finiquitada en 2012 a más tardar. Pues nada, oigan, que estamos en 2013 y no creo yo que hayamos visto lo peor. Ni de la crisis, ni de la humanidad. Porque confieso que cada día pierdo un poco más la fé en el ser humano.
Algo tenemos que estar haciendo mal. Muy mal.
Antes no leía apenas las noticias. Cuando era pequeña veía el noticiero mientras comía con mis padres, como una rutina del día a día. Ahora leo los periódicos todos los días: La Vanguardia, El Mundo, El País, Cinco Días y Expansión. Y El Confidencial si me apuras.
Y una cosa puedo decir con certeza: se es más feliz en la ignorancia, pero bueno, entiendo que ya solo por mi trabajo es imposible permanecer al margen de la actualidad.
No sé.
Esto me recuerda mi pensamiento aquel de que el humano es malo por naturaleza y bueno por necesidad. El humano es, básicamente, egoista. Si no, no se puede entender todo lo que pasa en el entorno.
Asusta pensar que hace falta que una persona llegue al suicidio para que el representante de la ciudadanía se cuestione si quizás no está algo mal en el tema de los deshaucios.
Yo creo que estamos llegando un poco al límite. Y que nos están tomando el pelo.
No sé cómo es la cosa en otras partes del mundo, aunque a buen seguro todos tenemos nuestros trapos sucios. Pero, cuando haces una lista rápida de los últimos acontecimientos en España, como poco te estremeces.
Locos que asesinan personas indiscriminadamente. Hace un año en Noruega, este año en institutos de USA, esta semana en la maratón de Boston... De verdad, algo estamos haciendo MUY mal. Korea del Norte que amenaza al mundo (especialmente a Korea del Sur, Japón y USA) con misiles nucleares.
Es que la gente se toma la muerte a broma? Es que tan poco valoramos la vida?
Da la sensación de que da igual estar sobre la faz de la Tierra o no.
También somos hipócritas.
En occidente nos afecta más la muerte de 3 personas y 150 heridos en una maratón popular, más que todas las personas que padecen sufrimientos cada día en todo el mundo y de los que no somos conscientes simplemente porque no habitan un pais rico o "primermundista".
Sí, me parece una aberración la muerte del pequeño de 8 años en Boston pero... Qué hay del resto de niños que mueren cada día por guerras que no reciben ese nombre, o de hambre o de malos tratos... Y el resto de adultos que mueren cada hora. De ellos no se habla porque son amarillos o negros o islámicos o están en un país cuyo nombre un norteamericano no es capaz de situar ni pronunciar.
Hipócritas, es lo que somos todos. Porque vivimos gracias al sufrimiento ajeno y cerramos los ojos o miramos hacia otro lado. Y da igual que estemos en el S. XXI. Y lo mismo dará que llegemos al S XXX (aunque a este paso no lo veremos nunca).
El ser humano piensa que el mundo termina con su muerte. Y no. No es así.
A la Tierra le da igual que yo me muera dentro de 45 o 50 años. Y le da igual que muera la Sra. Merkel, o el Sr. Rajoy o el Sr. Rubalcaba o el Sr. Mas. O quien sea. Porque seguirá aquí cuando nos vayamos. Y qué habremos dejado de herencia? Mierda.
Todo el mundo sueña con heredar. Una casa, una cantidad indecente de dinero... Y las familias acaudaladas pretenden seguir siéndolo para que su riqueza se transmita a sus herederos y así hasta el fin de los tiempos, acumulando más capital del que jamás serán capaces de dsifrutar.
Yo no quiero heredar capital. Yo quiero el dinero suficiente como para tener una vida tranquila, sí. Pero no, no necesito una casa de 300 habitaciones que no podré disfrutar o que ni conoceré.
Yo quiero un planeta mejor. Quiero que mis nietos vean la colonización de matrte y sus tataranietos, la de mundos lejanos al calor de estrellas cuyo nombre hoy no conozco. Quiero que queden libres de enfermedades y hereden tecnología y ciencia suficientes como para tener una vida mejor que la mía. Lo quiero para ellos y para el resto del mundo.
Quiero un mundo libre de religiones, y no porque sea atea si no porque la religión, tal y como la esgrimen hoy por hoy, corrompe. Una humanidad libre de religiones, que no de valores.
No soy especialmente fan del fútbol. Ni de un equipo ni de otro, me parecen todos igual de aburridos. Pero sí estoy al tanto a base de leer tantos diarios al día, de quien es el Sr. Mourinho y de quién es el Sr. Del Bosque. Y si alguna cosa ha dicho el Sr. Del Bosque que haya llamado mi atención es: que el fútbol está hecho para unir, no para separar.
Bien.
Pues eso es lo que debería haber sido del tema de las religiones. Algo para unir a las personas, y dejar que cada uno crea en lo que quiera sin pisar al otro. pero claro, muy lejos de esa idea, nos encontramos hoy en que es un motivo para matar al de al lado. Porque la tolerancia requiere de inteligencia, cultura y comprensión, cosa que muy lamentablemente escasea en la media ciudadana. Igual que el Barça contra el Madrid.
Me meo de la risa cuando le preguntas a un niño de tres años de qué equipo es, y a ojos cerrados te dice que es de tal o cual partido. Pero animalico, acaso les has visto jugar como para poder comparar y hacerte una idea propia? No, solo sabes lo que tu entorno te mete en la cocorota. Pregúntale a un niño de tres años sobre su religión, y te dirá lo que haya mamado en su casa sin cuestionarse si le gusta o no, sin pensar, sin valorar.
Y aquí estamos, sin comprensión, porque escasea.
Escasea, pero no porque la gente sea idiota de solemnidad. No. Porque simplemente ya se preocupa muy mucho el Gobierno de no fomentar la cultura, ni la curiosidad ni el libre pensamiento. Porque si una persona piensa por sí misma plantea problemas de control.
Que pueden mucho los políticos hablar de si el aborto esto o el aborto aquello, pero lo que si han hecho muy bien los Gobiernos a lo largo de la historia es castrar mentalmente a sus ciudadanos. Queridos políticos, si tanto les preocupa el aborto sepan: cada día están ustedes abortando cerebros con sus medidas absurdas y egoistas, con sus políticas de educación deficientes...
Quiero una sociedad que sea capaz de pensar por sí misma, de valorar, de disfrutar. Que no pierda la curiosidad y donde no se maten unos a otros por papeles. Ni por ceros y unos.
Pienso en la educación. No sé cómo es en otros lugares, pero en España es terriblemente mediocre. Desde el uso de la lengua pasando por las ciencias. Es horrible. Está claro que el Gobierno quiere mano de obra barata, no cualificada y que no se sientan capaces de discutir.
En este tiempo que no he escrito, he leído bastante, y entre lo que he leído se encuentra la ciencia ficción clásica, como 1984. Treinta años más tarde, vamos camino a ello.
Se ha puesto de moda que no se utilicen palabras malsonantes. Por ejemplo, no se puede utilizar "deshaucio" porque suena feo. Los jóvenes no se exilian al extranjero, tienen movilidad laboral... Es como el trabajo de la creación del nuevo diccionaro de 1984 en el que cada día se borraban palabras o se les cambiaba el significado. En ello estamos.
El problema es, vivimos en sociedad (en el sentido que nuestros hogares están apilados unos junto a otros), pero en algún punto, nos hemos convertido cada vez más en individuos.
Y somos prepotentes.
Oh, si lo somos...
Somos la peste. Porque nosotros, los ciudadanos occidentales del S. XXI nos creemos poseedores de la verdad absoluta, y decretamos a la fuerza que la nuestra es LA forma de vida. LA sociedad. Y que los pobres aborígenes del Amazonas, pobrecitos ellos, tan incultos y desconocedores de la vida, valen menos que nada (y qué decir de los africanos, pobres, que no hacen más que matarse unos a otros y a nadie le importa slvo que haya piedras preciosas, petroleo o metales útiles para los móviles). Y que nuestra forma de cultura y de vida merece que sacrifiquemos la suya y su hábitat, y sus animales y que les exterminemos o les mandemos a vivir en chabolas porque necesitamos petroleo y queremos carreteras.
Porque las grandes empresas nos hacen creer que no hay nada que sustituya al petroleo y al gas. Y por eso, tenemos todo el derecho del mundo de masacrarlos.
Eso es ser humano en el S. XXI.
A este paso, no hay problema. No llegaremos al S. XXX (para tranquilidad del ecosistema -que resista-).
Pero a quién le importa que mañana no hayan árboles, que dentro de sesenta años no queden bosques, y se hayan extinguido los animales autóctonos?
No, desde luego, a los presidentes de las corporaciones que estarán muertos, ni a los presidentes del gobierno de turno. Porque para ellos el mundo termina con su muerte, y a nosotros, los que quedemos, y a nuestros hijos y nuestros nietos, que les den por culo.
A veces miro al cielo, y me pregunto qué será de la vida en el 2026, cuando los primeros colonos marcianos lleguen a Mars One. Y pienso que igual debería leer La Trilogía Marciana.
Como se decía antaño: Sky is the limit.
Mientras, aquí en la Tierra, o por lo menos en España (que es lo que conozco), la gente está demasiado agotada para mirar al cielo, para soñar.
Suben los precios, los impuestos, escasea el trabajo, bajan los sueldos, se pierden las casas, aumenta la pobreza y los suicidios. Y lo único que tenemos es ya fuerzas para poner la otra mejilla.
Sube la gasolina? Vale, sube la gasolina, ya pago pero por Dios, no quiero saber de nada más.
Bajan los sueldos? Bajan los sueldos, comeré menos, viajaré menos, sacrificaré la cultura.
Suben los impuestos? Suben los impuestos, vale...
Y un golpe, y otro golpe... Hasta que te parece que es lo normal. Como el maltrato. Si mi pareja me pega es porque estoy haciendo algo mal. Seguro que lo merezco. Al final, piensas que de verdad lo mereces.
Y no: no lo mereces.
Cada día oímos hablar de igualdad a los políticos, que se llenan la boca de palabras cuyo significado conocen solo en teoría. Que vivan con 300 euros. Que vivan en la calle deshauciados. Que viven en una casa de 30m2. Que practiquen lo que predican... Pero ah... Eso no es para ellos.
Si el ser humano es político, estamos jodidos. Porque hoy en día el político es el animal más egoista que existe sobre la faz del planeta.
La verdad es que debería escribir más a menudo, porque la de cosas que se me juntan dentro para vomitar..
Amanece, que no es poco.
Y aunque no lo parezca, en rasgos generales estoy más que feliz, a pesar de todo.
Tenía cierta noción de que hacía tiempo que no escribía, y ahora que lo miro, me doy cuenta que hace más de un año que no pasaba por estos lares.
Un año y medio da para mucho, Para mucho, mucho.
Allá por 2011 cuando escribí la última entrada, no tengo ni idea de cuál era mi preocupació máxima. Ahora mismo puedo decir que me preocupa hasta el trabajo.
Quién me lo iba a decir a mí en 2006.
Que me iba a preocupar el trabajo, cuando entré a trabajar en Caja Madrid. Y más, saliendo de donde salía. Porque con mi ojo clínico para los puestos, me escapé de las brasas inmobiliarias para caer en el fuego financiero.
Pero, eh, aquí estamos: resistiendo.
Ha llovido mucho desde 2006. Y qué decir de 2007 y 2008 cuando estalló la crisis, esa que los políticos preveían ver finiquitada en 2012 a más tardar. Pues nada, oigan, que estamos en 2013 y no creo yo que hayamos visto lo peor. Ni de la crisis, ni de la humanidad. Porque confieso que cada día pierdo un poco más la fé en el ser humano.
Algo tenemos que estar haciendo mal. Muy mal.
Antes no leía apenas las noticias. Cuando era pequeña veía el noticiero mientras comía con mis padres, como una rutina del día a día. Ahora leo los periódicos todos los días: La Vanguardia, El Mundo, El País, Cinco Días y Expansión. Y El Confidencial si me apuras.
Y una cosa puedo decir con certeza: se es más feliz en la ignorancia, pero bueno, entiendo que ya solo por mi trabajo es imposible permanecer al margen de la actualidad.
No sé.
Esto me recuerda mi pensamiento aquel de que el humano es malo por naturaleza y bueno por necesidad. El humano es, básicamente, egoista. Si no, no se puede entender todo lo que pasa en el entorno.
Asusta pensar que hace falta que una persona llegue al suicidio para que el representante de la ciudadanía se cuestione si quizás no está algo mal en el tema de los deshaucios.
Yo creo que estamos llegando un poco al límite. Y que nos están tomando el pelo.
No sé cómo es la cosa en otras partes del mundo, aunque a buen seguro todos tenemos nuestros trapos sucios. Pero, cuando haces una lista rápida de los últimos acontecimientos en España, como poco te estremeces.
- Suicidios ciudadanos por no poder pagar las propias deudas y ante el temor de verse deshauciados
- Jóvenes que se exilian por falta de puestos de trabajo
- Corrupción política, a un nivel insultante en que no solo se suben el sueldo o cobran en negro, si no que con demagogia menosprecian los problemas de su pueblo
- Pagos en negro que preescriben o se tergiversan
- Periodistas que plasman en sus fotos cómo la clase política se toma a risa los problemas del ciudadanos mientras juegan al apalabrados con sus flamantes iPads pagados con el dinero del contribuidor. Periodistas, que dicho sea de paso, son amonestados porque "desde ahí no se pueden sacar fotos", mientras al representante del pueblo no le pasa nada.
- Monarquía tan corrupta como los políticos, donde la familia real desfalca, o sus allegados y no pasa nada.
Locos que asesinan personas indiscriminadamente. Hace un año en Noruega, este año en institutos de USA, esta semana en la maratón de Boston... De verdad, algo estamos haciendo MUY mal. Korea del Norte que amenaza al mundo (especialmente a Korea del Sur, Japón y USA) con misiles nucleares.
Es que la gente se toma la muerte a broma? Es que tan poco valoramos la vida?
Da la sensación de que da igual estar sobre la faz de la Tierra o no.
También somos hipócritas.
En occidente nos afecta más la muerte de 3 personas y 150 heridos en una maratón popular, más que todas las personas que padecen sufrimientos cada día en todo el mundo y de los que no somos conscientes simplemente porque no habitan un pais rico o "primermundista".
Sí, me parece una aberración la muerte del pequeño de 8 años en Boston pero... Qué hay del resto de niños que mueren cada día por guerras que no reciben ese nombre, o de hambre o de malos tratos... Y el resto de adultos que mueren cada hora. De ellos no se habla porque son amarillos o negros o islámicos o están en un país cuyo nombre un norteamericano no es capaz de situar ni pronunciar.
Hipócritas, es lo que somos todos. Porque vivimos gracias al sufrimiento ajeno y cerramos los ojos o miramos hacia otro lado. Y da igual que estemos en el S. XXI. Y lo mismo dará que llegemos al S XXX (aunque a este paso no lo veremos nunca).
El ser humano piensa que el mundo termina con su muerte. Y no. No es así.
A la Tierra le da igual que yo me muera dentro de 45 o 50 años. Y le da igual que muera la Sra. Merkel, o el Sr. Rajoy o el Sr. Rubalcaba o el Sr. Mas. O quien sea. Porque seguirá aquí cuando nos vayamos. Y qué habremos dejado de herencia? Mierda.
Todo el mundo sueña con heredar. Una casa, una cantidad indecente de dinero... Y las familias acaudaladas pretenden seguir siéndolo para que su riqueza se transmita a sus herederos y así hasta el fin de los tiempos, acumulando más capital del que jamás serán capaces de dsifrutar.
Yo no quiero heredar capital. Yo quiero el dinero suficiente como para tener una vida tranquila, sí. Pero no, no necesito una casa de 300 habitaciones que no podré disfrutar o que ni conoceré.
Yo quiero un planeta mejor. Quiero que mis nietos vean la colonización de matrte y sus tataranietos, la de mundos lejanos al calor de estrellas cuyo nombre hoy no conozco. Quiero que queden libres de enfermedades y hereden tecnología y ciencia suficientes como para tener una vida mejor que la mía. Lo quiero para ellos y para el resto del mundo.
Quiero un mundo libre de religiones, y no porque sea atea si no porque la religión, tal y como la esgrimen hoy por hoy, corrompe. Una humanidad libre de religiones, que no de valores.
No soy especialmente fan del fútbol. Ni de un equipo ni de otro, me parecen todos igual de aburridos. Pero sí estoy al tanto a base de leer tantos diarios al día, de quien es el Sr. Mourinho y de quién es el Sr. Del Bosque. Y si alguna cosa ha dicho el Sr. Del Bosque que haya llamado mi atención es: que el fútbol está hecho para unir, no para separar.
Bien.
Pues eso es lo que debería haber sido del tema de las religiones. Algo para unir a las personas, y dejar que cada uno crea en lo que quiera sin pisar al otro. pero claro, muy lejos de esa idea, nos encontramos hoy en que es un motivo para matar al de al lado. Porque la tolerancia requiere de inteligencia, cultura y comprensión, cosa que muy lamentablemente escasea en la media ciudadana. Igual que el Barça contra el Madrid.
Me meo de la risa cuando le preguntas a un niño de tres años de qué equipo es, y a ojos cerrados te dice que es de tal o cual partido. Pero animalico, acaso les has visto jugar como para poder comparar y hacerte una idea propia? No, solo sabes lo que tu entorno te mete en la cocorota. Pregúntale a un niño de tres años sobre su religión, y te dirá lo que haya mamado en su casa sin cuestionarse si le gusta o no, sin pensar, sin valorar.
Y aquí estamos, sin comprensión, porque escasea.
Escasea, pero no porque la gente sea idiota de solemnidad. No. Porque simplemente ya se preocupa muy mucho el Gobierno de no fomentar la cultura, ni la curiosidad ni el libre pensamiento. Porque si una persona piensa por sí misma plantea problemas de control.
Que pueden mucho los políticos hablar de si el aborto esto o el aborto aquello, pero lo que si han hecho muy bien los Gobiernos a lo largo de la historia es castrar mentalmente a sus ciudadanos. Queridos políticos, si tanto les preocupa el aborto sepan: cada día están ustedes abortando cerebros con sus medidas absurdas y egoistas, con sus políticas de educación deficientes...
Quiero una sociedad que sea capaz de pensar por sí misma, de valorar, de disfrutar. Que no pierda la curiosidad y donde no se maten unos a otros por papeles. Ni por ceros y unos.
Pienso en la educación. No sé cómo es en otros lugares, pero en España es terriblemente mediocre. Desde el uso de la lengua pasando por las ciencias. Es horrible. Está claro que el Gobierno quiere mano de obra barata, no cualificada y que no se sientan capaces de discutir.
En este tiempo que no he escrito, he leído bastante, y entre lo que he leído se encuentra la ciencia ficción clásica, como 1984. Treinta años más tarde, vamos camino a ello.
Se ha puesto de moda que no se utilicen palabras malsonantes. Por ejemplo, no se puede utilizar "deshaucio" porque suena feo. Los jóvenes no se exilian al extranjero, tienen movilidad laboral... Es como el trabajo de la creación del nuevo diccionaro de 1984 en el que cada día se borraban palabras o se les cambiaba el significado. En ello estamos.
El problema es, vivimos en sociedad (en el sentido que nuestros hogares están apilados unos junto a otros), pero en algún punto, nos hemos convertido cada vez más en individuos.
Y somos prepotentes.
Oh, si lo somos...
Somos la peste. Porque nosotros, los ciudadanos occidentales del S. XXI nos creemos poseedores de la verdad absoluta, y decretamos a la fuerza que la nuestra es LA forma de vida. LA sociedad. Y que los pobres aborígenes del Amazonas, pobrecitos ellos, tan incultos y desconocedores de la vida, valen menos que nada (y qué decir de los africanos, pobres, que no hacen más que matarse unos a otros y a nadie le importa slvo que haya piedras preciosas, petroleo o metales útiles para los móviles). Y que nuestra forma de cultura y de vida merece que sacrifiquemos la suya y su hábitat, y sus animales y que les exterminemos o les mandemos a vivir en chabolas porque necesitamos petroleo y queremos carreteras.
Porque las grandes empresas nos hacen creer que no hay nada que sustituya al petroleo y al gas. Y por eso, tenemos todo el derecho del mundo de masacrarlos.
Eso es ser humano en el S. XXI.
A este paso, no hay problema. No llegaremos al S. XXX (para tranquilidad del ecosistema -que resista-).
Pero a quién le importa que mañana no hayan árboles, que dentro de sesenta años no queden bosques, y se hayan extinguido los animales autóctonos?
No, desde luego, a los presidentes de las corporaciones que estarán muertos, ni a los presidentes del gobierno de turno. Porque para ellos el mundo termina con su muerte, y a nosotros, los que quedemos, y a nuestros hijos y nuestros nietos, que les den por culo.
A veces miro al cielo, y me pregunto qué será de la vida en el 2026, cuando los primeros colonos marcianos lleguen a Mars One. Y pienso que igual debería leer La Trilogía Marciana.
Como se decía antaño: Sky is the limit.
Mientras, aquí en la Tierra, o por lo menos en España (que es lo que conozco), la gente está demasiado agotada para mirar al cielo, para soñar.
Suben los precios, los impuestos, escasea el trabajo, bajan los sueldos, se pierden las casas, aumenta la pobreza y los suicidios. Y lo único que tenemos es ya fuerzas para poner la otra mejilla.
Sube la gasolina? Vale, sube la gasolina, ya pago pero por Dios, no quiero saber de nada más.
Bajan los sueldos? Bajan los sueldos, comeré menos, viajaré menos, sacrificaré la cultura.
Suben los impuestos? Suben los impuestos, vale...
Y un golpe, y otro golpe... Hasta que te parece que es lo normal. Como el maltrato. Si mi pareja me pega es porque estoy haciendo algo mal. Seguro que lo merezco. Al final, piensas que de verdad lo mereces.
Y no: no lo mereces.
Cada día oímos hablar de igualdad a los políticos, que se llenan la boca de palabras cuyo significado conocen solo en teoría. Que vivan con 300 euros. Que vivan en la calle deshauciados. Que viven en una casa de 30m2. Que practiquen lo que predican... Pero ah... Eso no es para ellos.
Si el ser humano es político, estamos jodidos. Porque hoy en día el político es el animal más egoista que existe sobre la faz del planeta.
La verdad es que debería escribir más a menudo, porque la de cosas que se me juntan dentro para vomitar..
Amanece, que no es poco.
Y aunque no lo parezca, en rasgos generales estoy más que feliz, a pesar de todo.
7/19/2011
La ventana
Al más puro estilo de Tío Gilito, guardaba encerrado su mayor tesoro, sin importar ya la legitimidad de su pertenencia.
Por las noches dormía con la llave bajo la almohada. De día, la llevaba colgando del cuello oculta bajo la camisa. Le reconfortaba el tacto del metal sobre la piel de su pecho.
Visitaba la cámara incontables veces al día, siempre que disponía de un lapso de tiempo. Entonces, abría la puerta, lo observaba, y se le olvidaban las penurias de la jornada, el corazón henchido de gozo, tras lo cual, volvía rápidamente a sus quehaceres cotidianos.
En cierta forma, lo que estaba allí encerrado no era tanto su tesoro, como él, el eterno esclavo siempre pendiente. Realmente, vivía con la temor desesperado de que llegara el día en que al entrar en su cámara, no quedara nada. La llave era un talismán para su desazón, pese a no tener conciencia de este hecho (o no querer tenerla).
Desde que lo adquiriera, cada vez dormía menos. Vivía nervioso, los ojos enmarcados en la oscuridad de sus ojeras, y en entre el bermellón de su mirada cansada cada vez era más frecuente toparse con el brillo enloquecido, fruto de su fijación.
Llegó el día en que nada más cerrar la puerta, en cada respiración se preguntaba si seguiría ahí a buen recaudo. Tanto así, que finalmente mudó su oficina, y su vida, a un despacho frente al edificio, de manera que pudiera controlar desde la ventana todo movimiento.
Perdió la noción del tiempo, del sueño, del hambre, la productividad en horas de trabajo. Nada le importaba más. Perdió pelo y peso. La casa-despacho se tornó inhabitable, montañas de desperdicios, platos sin fregar, ropa sin lavar, basura sin tirar.
Su mente, perdida, miraba sin ver a través de sus ojos la reducida ventana que era ahora su mundo, esclavo de su miedo y su obsesión.
Por las noches dormía con la llave bajo la almohada. De día, la llevaba colgando del cuello oculta bajo la camisa. Le reconfortaba el tacto del metal sobre la piel de su pecho.
Visitaba la cámara incontables veces al día, siempre que disponía de un lapso de tiempo. Entonces, abría la puerta, lo observaba, y se le olvidaban las penurias de la jornada, el corazón henchido de gozo, tras lo cual, volvía rápidamente a sus quehaceres cotidianos.
En cierta forma, lo que estaba allí encerrado no era tanto su tesoro, como él, el eterno esclavo siempre pendiente. Realmente, vivía con la temor desesperado de que llegara el día en que al entrar en su cámara, no quedara nada. La llave era un talismán para su desazón, pese a no tener conciencia de este hecho (o no querer tenerla).
Desde que lo adquiriera, cada vez dormía menos. Vivía nervioso, los ojos enmarcados en la oscuridad de sus ojeras, y en entre el bermellón de su mirada cansada cada vez era más frecuente toparse con el brillo enloquecido, fruto de su fijación.
Llegó el día en que nada más cerrar la puerta, en cada respiración se preguntaba si seguiría ahí a buen recaudo. Tanto así, que finalmente mudó su oficina, y su vida, a un despacho frente al edificio, de manera que pudiera controlar desde la ventana todo movimiento.
Perdió la noción del tiempo, del sueño, del hambre, la productividad en horas de trabajo. Nada le importaba más. Perdió pelo y peso. La casa-despacho se tornó inhabitable, montañas de desperdicios, platos sin fregar, ropa sin lavar, basura sin tirar.
Su mente, perdida, miraba sin ver a través de sus ojos la reducida ventana que era ahora su mundo, esclavo de su miedo y su obsesión.
7/18/2011
Las plantas
La verdad es que no le gustaban las plantas. Si las tenía en el patio de su casa fue por un mísero error, o circunstancia el destino. Había encontrado recientemente trabajo, y se había quedado sin vacaciones de verano.
Por el contrario, su madre, jubilada, se iba con las amigas por ahí dos semanas: “Cuídame las plantas un par de semanas, nene, tú que estarás en casa”, “No, no te preocupes, te las llevo a casa así no tienes que venir cada día”.
Ahí estaba él, con sus bóxers, un pitillo, los pelos de recién levantado y la barba del fin de semana, regadera en mano echando agua en las condenadas plantas.
De pronto, ese frío que recorre tu espinazo cuando te sientes observado. Ahí estaba ella: la vecina del segundo, observándole, detenidamente, las manos apoyadas sobre la barandilla, la barbilla sobre el dorso de las manos, cien por cien pura atención divertida.
Era una chica normalita, no muy alta, tal vez un poco baja para una chica. Ni muy gorda, ni muy delgada, con formas femeninas. Sus facciones estaban también en la media. Si acaso destacara algo, seguramente se quedaría con sus labios. Tenía el pelo un poco corto, justo por encima de los hombros, desfilado, y (por lo que había podido observar), lo recogía con unos clips para que no le taparan la cara. No era una belleza, pero tenía un especial atractivo cuyo origen no sabría a ciencia cierta señalar.
Únicamente coinciden al colgar la ropa, en el ascensor a veces, y al recoger la correspondencia. No hablan mucho: “Buenos días, “Buenas tardes”, Buenas noches”, lo típico. Sin embargo ahora está el tema ese de "las miradas", y ahora también el tema de las plantas: “Carai, tienes una jungla en el patio”, le dice ella. “Mi madre que se fue de vacaciones y me ha dejado con el marrón”, responde él.
Así pasan los días.
Poco antes que su madre volviese, fue a su casa a dejarle una nota: “Mamá, que me quedo con las plantas, no me hago al patio vacío ahora”. Al volver, se fue directo al patio. Está contento con la tontería del jardín, y le gusta pescarla in fraganti observándole desde el balcón, aunque no sea muy parlanchina tampoco y pocas veces entable una charla.
Cualquier día, se promete, sube y la invita a un café.
.
Por el contrario, su madre, jubilada, se iba con las amigas por ahí dos semanas: “Cuídame las plantas un par de semanas, nene, tú que estarás en casa”, “No, no te preocupes, te las llevo a casa así no tienes que venir cada día”.
Ahí estaba él, con sus bóxers, un pitillo, los pelos de recién levantado y la barba del fin de semana, regadera en mano echando agua en las condenadas plantas.
De pronto, ese frío que recorre tu espinazo cuando te sientes observado. Ahí estaba ella: la vecina del segundo, observándole, detenidamente, las manos apoyadas sobre la barandilla, la barbilla sobre el dorso de las manos, cien por cien pura atención divertida.
Era una chica normalita, no muy alta, tal vez un poco baja para una chica. Ni muy gorda, ni muy delgada, con formas femeninas. Sus facciones estaban también en la media. Si acaso destacara algo, seguramente se quedaría con sus labios. Tenía el pelo un poco corto, justo por encima de los hombros, desfilado, y (por lo que había podido observar), lo recogía con unos clips para que no le taparan la cara. No era una belleza, pero tenía un especial atractivo cuyo origen no sabría a ciencia cierta señalar.
Únicamente coinciden al colgar la ropa, en el ascensor a veces, y al recoger la correspondencia. No hablan mucho: “Buenos días, “Buenas tardes”, Buenas noches”, lo típico. Sin embargo ahora está el tema ese de "las miradas", y ahora también el tema de las plantas: “Carai, tienes una jungla en el patio”, le dice ella. “Mi madre que se fue de vacaciones y me ha dejado con el marrón”, responde él.
Así pasan los días.
Poco antes que su madre volviese, fue a su casa a dejarle una nota: “Mamá, que me quedo con las plantas, no me hago al patio vacío ahora”. Al volver, se fue directo al patio. Está contento con la tontería del jardín, y le gusta pescarla in fraganti observándole desde el balcón, aunque no sea muy parlanchina tampoco y pocas veces entable una charla.
Cualquier día, se promete, sube y la invita a un café.
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The way back home (I)
A veces es un consuelo levantar la vista para observar ese cielo azul. No tanto por su belleza (aunque es bello sin lugar a dudas), si no por la sensación de contemplar algo conocido, en aquella lejana ciudad.
Uno no siempre se marcha porque quiere. A veces se muda porque le obligan, o porque así sopló el viento, y cabalgando sobre él cual hoja, acaba depositado en un sitio completamente extraño. Hay que buscarse la vida.
Extraño no es lo mismo que malo. Extraño es simplemente, diferente a ti, a lo que conoces y das por sentado que es. Distinto del entorno en el que creciste, donde te formaste, con costumbres diferentes de las tuyas.
A veces, adaptarse -aunque necesario-, es complicado. Sobre todo cuando el cambio implica hasta un lenguaje nuevo. Es curioso, porque no hace falta hablar otro idioma distinto para estar usando un lenguaje diferente, que te haga sentir perdido.
Sin embargo, y a pesar de todo ello, a pesar del paisaje, a pesar de esa arquitectura tan peculiar, a pesar de la forma de vestir de la gente, a pesar de la cordialidad aséptica, puedes sentirte en casa cada vez que miras al cielo y sabes en lo más profundo de ti, que casa también existe bajo ese mismo azul claro.
Esa certeza te alivia como un bálsamo, haciendo que una oleada de calor templado recorra tu cuerpo invadiéndolo todo. Te arropa como la manta aquella que tenías de pequeño, aquella manta mágica que te alejaba los monstruos de la oscuridad. Así que, cuando miras al cielo, te sientes en paz y reconfortado.
Cierras los ojos, para disfrutar lo más posible esa sensación de calma, mientras acuden a ti un tropel de recuerdos cándidos y felices que atesoras como si se trataran de una cápsula del tiempo. En casa todo permanece intacto como entonces, la gente es amable y sincera, quieren decir exactamente lo que dicen y nada más. Sin embargo aquí, en la ciudad todo es más complicado.
Muchas mañanas, mientras te arreglas frente al espejo y te observas, no te reconoces. La pose, el traje, la mirada. Sabes que has hecho un cambio paulatino y que te has ido adaptando a tu nuevo entorno poco a poco.
El mayor reto, con todo, lo representa salir a la calle. No porque haya un elevado índice de criminalidad, ni por una conducción temeraria, si no por la gente.
Aquí la gente es rara, y parece un tanto fría. Son en extremo corteses y educados, siempre sonríen. Con el paso del tiempo has aprendido que detrás de cada frase hay un segundo significado, y que una sonrisa o un silencio pueden ser más peligrosos que una amenaza.
Ahora, tu vida es una partida perpetua de ajedrez dónde estás planificando un movimiento tras otro. Es realmente agotador, y te cuesta acostumbrarte, pero lo haces. Tanto es así que ya no dices lo que piensas realmente. Dices blanco cuando piensas negro, sonríes cuando quieres llorar, dices que no lo quieres cuando lo anhelas con todo tu alma, muestras indiferencia ante lo que realmente te interesa… Y te preguntas si no te estás volviendo loco.
Es la marca de la manada, la insignia de la ciudad.
Cuando miras al cielo, anhelas aquellos días en que las cosas eran como ese azul inmaculado sin tener que ir adivinando lo que se escondía detrás de cada nube, y tienes la esperanza de que tal vez un días vuelvas a casa, donde no tienes que disfrazarte ni resguardarte entre silencios ni palabras.
Uno no siempre se marcha porque quiere. A veces se muda porque le obligan, o porque así sopló el viento, y cabalgando sobre él cual hoja, acaba depositado en un sitio completamente extraño. Hay que buscarse la vida.
Extraño no es lo mismo que malo. Extraño es simplemente, diferente a ti, a lo que conoces y das por sentado que es. Distinto del entorno en el que creciste, donde te formaste, con costumbres diferentes de las tuyas.
A veces, adaptarse -aunque necesario-, es complicado. Sobre todo cuando el cambio implica hasta un lenguaje nuevo. Es curioso, porque no hace falta hablar otro idioma distinto para estar usando un lenguaje diferente, que te haga sentir perdido.
Sin embargo, y a pesar de todo ello, a pesar del paisaje, a pesar de esa arquitectura tan peculiar, a pesar de la forma de vestir de la gente, a pesar de la cordialidad aséptica, puedes sentirte en casa cada vez que miras al cielo y sabes en lo más profundo de ti, que casa también existe bajo ese mismo azul claro.
Esa certeza te alivia como un bálsamo, haciendo que una oleada de calor templado recorra tu cuerpo invadiéndolo todo. Te arropa como la manta aquella que tenías de pequeño, aquella manta mágica que te alejaba los monstruos de la oscuridad. Así que, cuando miras al cielo, te sientes en paz y reconfortado.
Cierras los ojos, para disfrutar lo más posible esa sensación de calma, mientras acuden a ti un tropel de recuerdos cándidos y felices que atesoras como si se trataran de una cápsula del tiempo. En casa todo permanece intacto como entonces, la gente es amable y sincera, quieren decir exactamente lo que dicen y nada más. Sin embargo aquí, en la ciudad todo es más complicado.
Muchas mañanas, mientras te arreglas frente al espejo y te observas, no te reconoces. La pose, el traje, la mirada. Sabes que has hecho un cambio paulatino y que te has ido adaptando a tu nuevo entorno poco a poco.
El mayor reto, con todo, lo representa salir a la calle. No porque haya un elevado índice de criminalidad, ni por una conducción temeraria, si no por la gente.
Aquí la gente es rara, y parece un tanto fría. Son en extremo corteses y educados, siempre sonríen. Con el paso del tiempo has aprendido que detrás de cada frase hay un segundo significado, y que una sonrisa o un silencio pueden ser más peligrosos que una amenaza.
Ahora, tu vida es una partida perpetua de ajedrez dónde estás planificando un movimiento tras otro. Es realmente agotador, y te cuesta acostumbrarte, pero lo haces. Tanto es así que ya no dices lo que piensas realmente. Dices blanco cuando piensas negro, sonríes cuando quieres llorar, dices que no lo quieres cuando lo anhelas con todo tu alma, muestras indiferencia ante lo que realmente te interesa… Y te preguntas si no te estás volviendo loco.
Es la marca de la manada, la insignia de la ciudad.
Cuando miras al cielo, anhelas aquellos días en que las cosas eran como ese azul inmaculado sin tener que ir adivinando lo que se escondía detrás de cada nube, y tienes la esperanza de que tal vez un días vuelvas a casa, donde no tienes que disfrazarte ni resguardarte entre silencios ni palabras.
7/14/2011
El lienzo
Era un personaje muy inquieto, con unas innatas aptitudes artísticas.
Interiormente era como una tormenta de verano. Quizás ahí se hallaba el secreto de su gran creatividad, tintada de la locura característica de lo que tal vez pudiera haberse considerado en algún momento un genio.
Tan pronto cincelaba una escultura, como modelaba arcilla, esgrimía lápices de colores sobre el papel, como se encerraba a estampar bellos dibujos sobre seda pintando primorosamente a pincel sobre el tejido. Colores cálidos y fríos le embriagaban por igual, según el estado de ánimo. Siempre saltando de obra en obra, persiguiendo esa adictiva sensación de plenitud tras el alumbramiento de una belleza nueva sobre la faz de la tierra.
Era tal esa imperiosa necesidad de sacar al exterior cualquier forma de sentimiento, que hasta la cocina de su casa destilaba pasión, y los platos desfilaban a la mesa como intricadas combinaciones de texturas suaves o crujientes, dispuestas al más llamativo estilo, invocando la gula incluso en el más inapetente comensal.
Cualquier cosa surgida de sus manos era desgarradoramente gloriosa, apabullante hasta el sofoco. Contemplarla era ahogarse en un océano de emociones.
La inspiración venía a él con una facilidad tal que incluso las musas le hubieran envidiado, alcanzándole como el calor que irradia el sol en el más brillante día de verano, cargando las baterías artísticas hasta el punto del colapso. He ahí la premura por drenar la deliciosa maldición que abotagaba sus sentidos.
Esa vez sintió en su interior un arrebato pasional que habría de tomar forma de primorosa pintura sobre un blanco lienzo.
En su cabeza podía evocarlo hasta el más ínfimo detalle: la trama, los colores, la densidad. Su sangre era oleo bullendo efervescente, encandilándose al más puro rojo blanco. Y, con la misma presteza que alguien abrasándose recurre a extinguir un fuego, se dirigió paleta en mano a plasmar su obra, anheloso, sobre la impoluta tela.
Resueltamente se dedicó en cuerpo y alma entregando hasta el postrer aliento día tras día, noche tras noche, sintiéndose a la par libre y realizado con cada trazo. Mas, ¡ay!, aproximándose al clímax hallaría con terror las imperfecciones en su resolución de doblegar el lienzo con su decidido tatuaje.
Tan absorto se encontraba deslizando los pinceles y mezclando tonalidades para transmitir lo que portaba encadenado en su interior, que no había reparado en alejarse a comprobar el resultado, fiándose tan sólo y por completo de la imagen grabada en algún recóndito lugar de su íntimo ser.
Oh, el inconmensurable desamparo de saberse el culpable del destrozo de aquel que pudo ser su mayor logro, del triste lienzo por él condenado a exhibir su obra magna, sin haberse parado a valorar si aquel eran el tamaño o el medio apropiados para transmitir al mundo su ilusión.
Esfumose en un segundo, tal cual vino, la emoción que cual mandato impuso su creativo empeño. Liberado de ella yació vacío y roto, los pinceles abocados a permanecer en algún rincón de ese suelo, manchados por los restos de pintura oleosa que jamás llegarían a presentar toda su esplendorosa hermosura sobre el malogrado lienzo.
Interiormente era como una tormenta de verano. Quizás ahí se hallaba el secreto de su gran creatividad, tintada de la locura característica de lo que tal vez pudiera haberse considerado en algún momento un genio.
Tan pronto cincelaba una escultura, como modelaba arcilla, esgrimía lápices de colores sobre el papel, como se encerraba a estampar bellos dibujos sobre seda pintando primorosamente a pincel sobre el tejido. Colores cálidos y fríos le embriagaban por igual, según el estado de ánimo. Siempre saltando de obra en obra, persiguiendo esa adictiva sensación de plenitud tras el alumbramiento de una belleza nueva sobre la faz de la tierra.
Era tal esa imperiosa necesidad de sacar al exterior cualquier forma de sentimiento, que hasta la cocina de su casa destilaba pasión, y los platos desfilaban a la mesa como intricadas combinaciones de texturas suaves o crujientes, dispuestas al más llamativo estilo, invocando la gula incluso en el más inapetente comensal.
Cualquier cosa surgida de sus manos era desgarradoramente gloriosa, apabullante hasta el sofoco. Contemplarla era ahogarse en un océano de emociones.
La inspiración venía a él con una facilidad tal que incluso las musas le hubieran envidiado, alcanzándole como el calor que irradia el sol en el más brillante día de verano, cargando las baterías artísticas hasta el punto del colapso. He ahí la premura por drenar la deliciosa maldición que abotagaba sus sentidos.
Esa vez sintió en su interior un arrebato pasional que habría de tomar forma de primorosa pintura sobre un blanco lienzo.
En su cabeza podía evocarlo hasta el más ínfimo detalle: la trama, los colores, la densidad. Su sangre era oleo bullendo efervescente, encandilándose al más puro rojo blanco. Y, con la misma presteza que alguien abrasándose recurre a extinguir un fuego, se dirigió paleta en mano a plasmar su obra, anheloso, sobre la impoluta tela.
Resueltamente se dedicó en cuerpo y alma entregando hasta el postrer aliento día tras día, noche tras noche, sintiéndose a la par libre y realizado con cada trazo. Mas, ¡ay!, aproximándose al clímax hallaría con terror las imperfecciones en su resolución de doblegar el lienzo con su decidido tatuaje.
Tan absorto se encontraba deslizando los pinceles y mezclando tonalidades para transmitir lo que portaba encadenado en su interior, que no había reparado en alejarse a comprobar el resultado, fiándose tan sólo y por completo de la imagen grabada en algún recóndito lugar de su íntimo ser.
Oh, el inconmensurable desamparo de saberse el culpable del destrozo de aquel que pudo ser su mayor logro, del triste lienzo por él condenado a exhibir su obra magna, sin haberse parado a valorar si aquel eran el tamaño o el medio apropiados para transmitir al mundo su ilusión.
Esfumose en un segundo, tal cual vino, la emoción que cual mandato impuso su creativo empeño. Liberado de ella yació vacío y roto, los pinceles abocados a permanecer en algún rincón de ese suelo, manchados por los restos de pintura oleosa que jamás llegarían a presentar toda su esplendorosa hermosura sobre el malogrado lienzo.
7/06/2011
El canto
Era un bonito canto rodado de piedra. Bonito y gris. Pulido. Equilibrado.
Acabó sin saber bien cómo, en lo alto de la cima. Le pareció buena idea tirarse para abajo y disfrutar del paisaje.
Desde arriba no se distinguía a ciencia cierta lo que aguardaba en la ladera. Sin duda, alguna nueva tierra prometida.
Le costó mucho decidirse, la altura era considerable.
Antes de que tuviera tiempo de recapacitarlo, un golpe de aire le empujó hacia abajo.
Envalentonado ante la perspectiva de la emocionante aventura que suponía el nuevo viaje, resueltamente se mantuvo en equilibrio mientras rodaba por la pendiente, cuesta abajo.
No había considerado que conforme avanzaba, su velocidad iba en aumento, y era más difícil mantener una postura apropiada sin volcar sobre un lado, con el riesgo de hacerse muescas en el cuerpo. En u entusiasmo, tampoco había previsto que el suelo estaba lleno de pequeños baches, casi imperceptibles desde la cima, tan cegado estaba con llegar al valle en la ladera.
En algún punto del camino, comenzó a flaquear su fuerza de voluntad, y empezó a valorar si lo que habría allá abajo valía bien todo ese esfuerzo, el empeño, las marcas y su cordura. Pero no tenía tiempo de frenar, porque eso supondría llegados a este punto, destrozarse entre las rocas.
Se sintió desorientado y furioso. Tal vez asustado, pero sin duda alguna: estúpido. Se maldijo en silencio.
A medio camino, podía empezar a distinguir la ladera. Lo que desde arriba parecía tan atractivo, ahora se le antojaban matojos de verde. Decidió que no valía la pena.
Tan absorto estaba valorando lo que se perfilaba abajo que, sin darse cuenta, tropezó con los guijarros precipitándose sin control hasta el suelo, donde se quebró en pedazos.
Sus pedazos se mezclaron con otro trozos de piedras, tal vez antiguamente cantos que se sintieron como él, atraídos por el atractivo valle.
Irónicamente, le dio tiempo de un último pensamiento antes de perderse para siempre.
No valía la pena tanto golpe, por estar sobre la arenilla, al amparo de unos tristes y resecos matorrales.
Acabó sin saber bien cómo, en lo alto de la cima. Le pareció buena idea tirarse para abajo y disfrutar del paisaje.
Desde arriba no se distinguía a ciencia cierta lo que aguardaba en la ladera. Sin duda, alguna nueva tierra prometida.
Le costó mucho decidirse, la altura era considerable.
Antes de que tuviera tiempo de recapacitarlo, un golpe de aire le empujó hacia abajo.
Envalentonado ante la perspectiva de la emocionante aventura que suponía el nuevo viaje, resueltamente se mantuvo en equilibrio mientras rodaba por la pendiente, cuesta abajo.
No había considerado que conforme avanzaba, su velocidad iba en aumento, y era más difícil mantener una postura apropiada sin volcar sobre un lado, con el riesgo de hacerse muescas en el cuerpo. En u entusiasmo, tampoco había previsto que el suelo estaba lleno de pequeños baches, casi imperceptibles desde la cima, tan cegado estaba con llegar al valle en la ladera.
En algún punto del camino, comenzó a flaquear su fuerza de voluntad, y empezó a valorar si lo que habría allá abajo valía bien todo ese esfuerzo, el empeño, las marcas y su cordura. Pero no tenía tiempo de frenar, porque eso supondría llegados a este punto, destrozarse entre las rocas.
Se sintió desorientado y furioso. Tal vez asustado, pero sin duda alguna: estúpido. Se maldijo en silencio.
A medio camino, podía empezar a distinguir la ladera. Lo que desde arriba parecía tan atractivo, ahora se le antojaban matojos de verde. Decidió que no valía la pena.
Tan absorto estaba valorando lo que se perfilaba abajo que, sin darse cuenta, tropezó con los guijarros precipitándose sin control hasta el suelo, donde se quebró en pedazos.
Sus pedazos se mezclaron con otro trozos de piedras, tal vez antiguamente cantos que se sintieron como él, atraídos por el atractivo valle.
Irónicamente, le dio tiempo de un último pensamiento antes de perderse para siempre.
No valía la pena tanto golpe, por estar sobre la arenilla, al amparo de unos tristes y resecos matorrales.
Where is your mind?
La mayoría de cosas importantes, pasan por casualidad. O quizás las recuerdas más por el simple hecho de haber sido fortuitas.
Cuando lo pienso, me doy cuenta de que hace año y medio que entré en la era de los teléfonos con internet incorporada y los treinta millones de aplicaciones, de las cuales –siendo sincera- uso una micronésima parte, si acaso llega.
Mirando atrás recuerdo que mi mayor preocupación antes de adquirirlo era si afectaría a mi tiempo de lectura diario. Hoy por hoy puedo decir que no, y que además, curiosamente, ha hecho de mi experiencia de lectura una experiencia de “lectura aumentada” (es que está muy de moda esto de “lo que sea” aumentado). Digo esto porque por lo menos en tres ocasiones, que yo recuerde claramente, disponer de internet al alcance de mi mano me ha hecho disfrutar más del libro que estuviera leyendo en el momento.
La primera vez, y con ello me di cuenta, fue con “De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami. Recuerdo que estaba leyendo cómo él explicaba que cuando salía a correr por las mañanas, escuchaba un grupo de música concreto, y me quedé pensando cómo sonarían… Hasta que me di cuenta que tenía el iPhone en la mano y el Spotify instalado, y me pregunté… Tal vez haya alguna canción de ellos. No sólo había “alguna” si no que estaba “la” canción. Entonces, sorprendentemente, me di cuenta de que estaba escuchando la misma música que hace años escuchaba él mientras corría, en el preciso momento que sentía la curiosidad.
La segunda vez, fue leyendo “Sinuhé el egipcio”, de Mika Waltari. Tener internet a mano mientras leía, me ayudó a comprender mejor muchos conceptos, y rellenar boquetes en mis conocimientos históricos, que me ayudaron a disfrutar más.
La tercera vez fue el momento en que, yendo en el tren a primera hora, me di cuenta que si veía a alguien leer algo muy interesado, viendo solo el nombre del autor, o el título del libro, podía googlearlo y saber de qué iba, y valorar si me iba a parecer a mí tan interesante o no.
Ayer por la mañana iba intentando meterme de nuevo en los libros de Steven Eriksson, cuando justo frente a mí había un hombre leyendo un ejemplar formato bolsillo, de tapas color completamente negro, en la que se leía: “No logo”. No leí bien el nombre del autor, pero bueno, el subconsciente es maravilloso, porque captó “Klein” sin que yo recordara haber leído el nombre del escritor. Lo sé porque pensé en la marca de moda.
“No logo” es un libro que trata de cómo las marcas nos influyen hoy en día, y después de leer la sinopsis, me pareció lo suficientemente interesante como para ir a Fnac a buscarlo. Sin embargo, cuando llegué, sólo quedaba un ejemplar de bolsillo, hecho polvo. Mientras me disponía a encargar uno, me dice Josep Maria: “¿Por qué no coges este? Es el más famoso de esta autora”. Y así acabé con “La doctrina del shock”, de Naomi Klein en la mano.
Un poco de realidad nunca está de más. Sin embargo en ese libro hay un “mucho” de realidad. Trata sobre cómo tras un acontecimiento imprevisto, que se puede calificar de shock para la sociedad, los gobiernos aprovechan para hacerse con el control de la situación y aplicar medidas de “apoyo”, “contención” y “resolución”; imponiendo medidas que en otro momento la sociedad habría puesto en el cielo, con el simple hecho de mencionarlas.
Viene a decir: una crisis es un comodín para que un gobierno haga todo lo que quiera, en pro de salir de las dificultades, sacando el máximo beneficio posible de la situación. Habla en concreto de todas las políticas y el cambio a nivel mundial tras momentos como el 11S o el 11M. Pero no hay que ir tan atrás en el tiempo, basta con plantarse en 2008 con esta última crisis económica y ver lo que ha venido aconteciendo desde entonces. Me sorprendió mucho la forma de empezar, con una entrevista a una víctima de experimentos son electroshock en el Canadá de los años 50, para intentar doblegar la personalidad del “paciente” y modificar toda su conducta y personalidad. Parece un punto curioso de partida, pero tiene mucho sentido.
Con todo, pienso, no hace falta caer en algo tan elaborado como esos experimentos para darse cuenta de la manipulación diaria, y recordar cuán cierta es la frase “Pienso, luego estorbo”. Por cierto, que cuando leí esa frase en la foto del 15M, recordé el logo de las Galerías Vinçon: “Compro, luego existo”. Representan muy bien a la sociedad: la minoría, y la mayoría.
Ayer, mientras leía las primeras páginas de “La doctrina del shock”, no salía de mi asombro, porque en cierta manera es curioso que un libro así se publique, y sea un best-seller. Digo que no salgo de mi asombro porque es tan crítico que uno se plantea cómo ha llegado a nacer un libro así (cómo tantos otros). Supongo que aún gozamos de una cierta libertad de expresión, aunque mi temor sea que en el futuro las cosas no vayan por esos derroteros.
Es triste que en un momento de máximo esplendor a nivel de comunicaciones, con pleno auge de internet, los gobiernos estén más preocupados por controlar los flujos de información y poner trabanquetas a sus ciudadanos, sobre qué dicen, cómo y dónde, y la información que comparten, en vez de valorar el boom educativo y social que ello supone. Dónde muchos vemos oportunidades, ellos solo ven amenazas. Me pongo a pensar “V de Vendetta”, con su mítica frase “El pueblo no debería temer a sus gobernantes, son los gobernantes los que deberían de temer al pueblo”. Tal vez es un miedo recíproco: el del pueblo a la opresión, y el del Gobierno a perder el control.
Imagino que en el fondo, un estado no se siente muy amenazado por un libro como este, ni por las filtraciones de Wikileaks, por dos cosas bien sencillas: el ser humano tiene más memoria flash que RAM, y hay (lamentablemente) mucho analfabetismo en pleno siglo XXI.
Que el ser humano tiene memoria flash, es una realidad. Y mal comparando, un disco duro bastante amplio, lleno de spam y troyanos.
Intentaría retroceder de memoria varios años para buscar ejemplos, pero yo tengo una pésima memoria también, así que me voy a conformar con algunas cosas sueltas. Por ejemplo, después de la quiebra de Lehman Brothers, y el estallido de la actual crisis económica, estas son algunos de los hechos remarcables que bombardearon las noticias.
En 2009, apareció esa cepa de gripe tan virulenta que se suponía iba a exterminar a la raza humana, la famosa “Gripe A”.
Para combatirla, se gastaron incontables millones de euros en medicinas, vacunas, jabones especiales, soluciones desinfectantes… de las cuales yo todavía tengo stock aun en a oficina, a julio de 2011. No conozco a nadie que haya padecido la tan pavorosa Gripe A. Mis amigos no conocen a nadie que la haya padecido. Y no será porque todos teníamos productos desinfectantes en casa y en el bolso.
Lo más gracioso del tema, es que en la oficina pegaron un cartel que ponía: “Si cree que ha estado en contacto con el virus, desinféctese siguiendo las instrucciones”. Y todos nos preguntamos… ¿Cómo vamos a saberlo? Uno no se pone azul si tiene la gripe. Yo solo usé una vez el jabón especial, para probar cómo era. No me vacunaron contra la gripe, y no me he muerto.
Pero la gente ya no recuerda todo ese tema, y Fue hace un año y medio escaso, ni el gasto que representó. Ni se acordarán hasta la próxima.
Este año, lamentablemente, tuvo lugar una de las catástrofes más importantes de lo que llevamos de siglo, con las centrales nucleares de Fukushima como actores principales. Habrá que esperar muchos años para conocer las verdaderas consecuencias, porque es de ilusos pensar que no va a afectar en casi nada. La primera consecuencia que se le viene a uno a la cabeza, es en cuanto al terreno, las plantaciones, el aire, el ganado… Sin embargo, no olvido que aparte de las toneladas de ruinas, viaja por mar toda el agua contaminada con radiación, afectando al ecosistema marino. No estoy muy segura si debe ser la mejor idea del mundo comer pescado sacado con las redes por allí.
Lamentablemente, también, la radioactividad no tiene hoy por hoy, antídoto. Así que los estragos que se produzcan a raíz de toda esa fuga, estarán en los genes de no pocas generaciones.
Hace como aquel que dice, cuatro días, saltaba a los medios de comunicación la temible crisis del pepino contaminado por la E Coli. La verdad, me parece absurdo todo el bombo y platillo del tema. No digo que no haya que darle importancia, pero, ¿tanta? Porque a fin de cuentas, hablamos de un organismo que una vez conocido el caso, al cocinar el vegetal o lavarlo en una solución con un poco de lejía, muere. Se trata de tener precaución durante un tiempo.
A ojos de los medios, durante unos cuantos días, bombardearon la sociedad con pepinos, como si fuera el fin del mundo; mientras que algo mucho más relevante como las consecuencias de Fukushima permanecen en stand by, como rezando para que nadie se acuerde. Después de meses de aparecer en los medios, ¿Quién recuerda Wikileaks? ¿Quién se pregunta qué le pasará a Assange?
Mi conclusión lógica es, bombardea al prójimo de noticias estúpidas, y quítales de en medio preocupaciones verdaderamente trascendentes (es la de cualquier persona que tenga dos dedos de frente). Llénales la cabeza de fútbol y telenovelas y programas basura. Quita las grandes cadenas de información como CNN+, por un nuevo “canal Cosmo a la española”.
La mente, en general, está contaminada. Es penoso darse cuenta en qué forma inventos como la televisión sirven únicamente para promover los lavados cerebrales. No hace falta irse a un extremo como un electroshock. Es más paulatino e inocuo, pero ataca desde niños.
Me gustaría hablar de los dibujos animados. Cuando yo era pequeña, los dibujos animados, contaban historias congruentes. Los personajes eran agradables, el dibujo era elaborado y los colores agradables. Como dijo Inés hace unos días, los dibujos animados presentaban modelos a seguir, eran los héroes que emulábamos de pequeños. Jugábamos a ser Superman, o Batman, o Wonder Woman, a ser Spiderman. A ser Son Goku, si me apuras. No me imagino a ningún niño jugando a ser Bob Esponja.
Los dibujos animados siguen presentando “modelos”, pero erróneos. De personajes que son fracasados sociales, histriónicos, histéricos, que no se valen por sí mismos. Son más dados a esto los dibujos animados americanos, que los japoneses, yo creo. Por ejemplo, pensemos en “Bob Esponja”, “Vaca y Pollo”, ese tipo de cosas. Los programas como “Los Teletubbies”, que trataban a los niños de subnormales profundos, a años luz del educativo “Barrio Sésamo”. Si tuviera un hijo, y me dieran a elegir, no sé qué preferiría. Si que viera “Bob Esponja” o “Pokemon”. Al los personajes de “Pokemon” son más racionales.
Los nuevos héroes son los concursantes del reality show de turno. En un mundo así, dónde los niños aprenden de sus padres que eso es lo normal, y que todos saben quién es Belen Esteban, pero no tienen ni idea de quién es Stephen Hawkins, ¿qué puede esperarse? Llevando el pasotismo en lo más profundo del alma, sin curiosidad, sin inquietudes culturales, sin un respeto siquiera por lo más básico de la comunicación: el lenguaje, ¿a quien le importa que se escriban libros como los de Naomi Klein, si a fin de cuentas, casi nadie los va a leer?
¿Si la mayoría es incapaz de pensar, por qué va a estar un Gobierno preocupado?
Cuando lo pienso, me doy cuenta de que hace año y medio que entré en la era de los teléfonos con internet incorporada y los treinta millones de aplicaciones, de las cuales –siendo sincera- uso una micronésima parte, si acaso llega.
Mirando atrás recuerdo que mi mayor preocupación antes de adquirirlo era si afectaría a mi tiempo de lectura diario. Hoy por hoy puedo decir que no, y que además, curiosamente, ha hecho de mi experiencia de lectura una experiencia de “lectura aumentada” (es que está muy de moda esto de “lo que sea” aumentado). Digo esto porque por lo menos en tres ocasiones, que yo recuerde claramente, disponer de internet al alcance de mi mano me ha hecho disfrutar más del libro que estuviera leyendo en el momento.
La primera vez, y con ello me di cuenta, fue con “De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami. Recuerdo que estaba leyendo cómo él explicaba que cuando salía a correr por las mañanas, escuchaba un grupo de música concreto, y me quedé pensando cómo sonarían… Hasta que me di cuenta que tenía el iPhone en la mano y el Spotify instalado, y me pregunté… Tal vez haya alguna canción de ellos. No sólo había “alguna” si no que estaba “la” canción. Entonces, sorprendentemente, me di cuenta de que estaba escuchando la misma música que hace años escuchaba él mientras corría, en el preciso momento que sentía la curiosidad.
La segunda vez, fue leyendo “Sinuhé el egipcio”, de Mika Waltari. Tener internet a mano mientras leía, me ayudó a comprender mejor muchos conceptos, y rellenar boquetes en mis conocimientos históricos, que me ayudaron a disfrutar más.
La tercera vez fue el momento en que, yendo en el tren a primera hora, me di cuenta que si veía a alguien leer algo muy interesado, viendo solo el nombre del autor, o el título del libro, podía googlearlo y saber de qué iba, y valorar si me iba a parecer a mí tan interesante o no.
Ayer por la mañana iba intentando meterme de nuevo en los libros de Steven Eriksson, cuando justo frente a mí había un hombre leyendo un ejemplar formato bolsillo, de tapas color completamente negro, en la que se leía: “No logo”. No leí bien el nombre del autor, pero bueno, el subconsciente es maravilloso, porque captó “Klein” sin que yo recordara haber leído el nombre del escritor. Lo sé porque pensé en la marca de moda.
“No logo” es un libro que trata de cómo las marcas nos influyen hoy en día, y después de leer la sinopsis, me pareció lo suficientemente interesante como para ir a Fnac a buscarlo. Sin embargo, cuando llegué, sólo quedaba un ejemplar de bolsillo, hecho polvo. Mientras me disponía a encargar uno, me dice Josep Maria: “¿Por qué no coges este? Es el más famoso de esta autora”. Y así acabé con “La doctrina del shock”, de Naomi Klein en la mano.
Un poco de realidad nunca está de más. Sin embargo en ese libro hay un “mucho” de realidad. Trata sobre cómo tras un acontecimiento imprevisto, que se puede calificar de shock para la sociedad, los gobiernos aprovechan para hacerse con el control de la situación y aplicar medidas de “apoyo”, “contención” y “resolución”; imponiendo medidas que en otro momento la sociedad habría puesto en el cielo, con el simple hecho de mencionarlas.
Viene a decir: una crisis es un comodín para que un gobierno haga todo lo que quiera, en pro de salir de las dificultades, sacando el máximo beneficio posible de la situación. Habla en concreto de todas las políticas y el cambio a nivel mundial tras momentos como el 11S o el 11M. Pero no hay que ir tan atrás en el tiempo, basta con plantarse en 2008 con esta última crisis económica y ver lo que ha venido aconteciendo desde entonces. Me sorprendió mucho la forma de empezar, con una entrevista a una víctima de experimentos son electroshock en el Canadá de los años 50, para intentar doblegar la personalidad del “paciente” y modificar toda su conducta y personalidad. Parece un punto curioso de partida, pero tiene mucho sentido.
Con todo, pienso, no hace falta caer en algo tan elaborado como esos experimentos para darse cuenta de la manipulación diaria, y recordar cuán cierta es la frase “Pienso, luego estorbo”. Por cierto, que cuando leí esa frase en la foto del 15M, recordé el logo de las Galerías Vinçon: “Compro, luego existo”. Representan muy bien a la sociedad: la minoría, y la mayoría.
Ayer, mientras leía las primeras páginas de “La doctrina del shock”, no salía de mi asombro, porque en cierta manera es curioso que un libro así se publique, y sea un best-seller. Digo que no salgo de mi asombro porque es tan crítico que uno se plantea cómo ha llegado a nacer un libro así (cómo tantos otros). Supongo que aún gozamos de una cierta libertad de expresión, aunque mi temor sea que en el futuro las cosas no vayan por esos derroteros.
Es triste que en un momento de máximo esplendor a nivel de comunicaciones, con pleno auge de internet, los gobiernos estén más preocupados por controlar los flujos de información y poner trabanquetas a sus ciudadanos, sobre qué dicen, cómo y dónde, y la información que comparten, en vez de valorar el boom educativo y social que ello supone. Dónde muchos vemos oportunidades, ellos solo ven amenazas. Me pongo a pensar “V de Vendetta”, con su mítica frase “El pueblo no debería temer a sus gobernantes, son los gobernantes los que deberían de temer al pueblo”. Tal vez es un miedo recíproco: el del pueblo a la opresión, y el del Gobierno a perder el control.
Imagino que en el fondo, un estado no se siente muy amenazado por un libro como este, ni por las filtraciones de Wikileaks, por dos cosas bien sencillas: el ser humano tiene más memoria flash que RAM, y hay (lamentablemente) mucho analfabetismo en pleno siglo XXI.
Que el ser humano tiene memoria flash, es una realidad. Y mal comparando, un disco duro bastante amplio, lleno de spam y troyanos.
Intentaría retroceder de memoria varios años para buscar ejemplos, pero yo tengo una pésima memoria también, así que me voy a conformar con algunas cosas sueltas. Por ejemplo, después de la quiebra de Lehman Brothers, y el estallido de la actual crisis económica, estas son algunos de los hechos remarcables que bombardearon las noticias.
En 2009, apareció esa cepa de gripe tan virulenta que se suponía iba a exterminar a la raza humana, la famosa “Gripe A”.
Para combatirla, se gastaron incontables millones de euros en medicinas, vacunas, jabones especiales, soluciones desinfectantes… de las cuales yo todavía tengo stock aun en a oficina, a julio de 2011. No conozco a nadie que haya padecido la tan pavorosa Gripe A. Mis amigos no conocen a nadie que la haya padecido. Y no será porque todos teníamos productos desinfectantes en casa y en el bolso.
Lo más gracioso del tema, es que en la oficina pegaron un cartel que ponía: “Si cree que ha estado en contacto con el virus, desinféctese siguiendo las instrucciones”. Y todos nos preguntamos… ¿Cómo vamos a saberlo? Uno no se pone azul si tiene la gripe. Yo solo usé una vez el jabón especial, para probar cómo era. No me vacunaron contra la gripe, y no me he muerto.
Pero la gente ya no recuerda todo ese tema, y Fue hace un año y medio escaso, ni el gasto que representó. Ni se acordarán hasta la próxima.
Este año, lamentablemente, tuvo lugar una de las catástrofes más importantes de lo que llevamos de siglo, con las centrales nucleares de Fukushima como actores principales. Habrá que esperar muchos años para conocer las verdaderas consecuencias, porque es de ilusos pensar que no va a afectar en casi nada. La primera consecuencia que se le viene a uno a la cabeza, es en cuanto al terreno, las plantaciones, el aire, el ganado… Sin embargo, no olvido que aparte de las toneladas de ruinas, viaja por mar toda el agua contaminada con radiación, afectando al ecosistema marino. No estoy muy segura si debe ser la mejor idea del mundo comer pescado sacado con las redes por allí.
Lamentablemente, también, la radioactividad no tiene hoy por hoy, antídoto. Así que los estragos que se produzcan a raíz de toda esa fuga, estarán en los genes de no pocas generaciones.
Hace como aquel que dice, cuatro días, saltaba a los medios de comunicación la temible crisis del pepino contaminado por la E Coli. La verdad, me parece absurdo todo el bombo y platillo del tema. No digo que no haya que darle importancia, pero, ¿tanta? Porque a fin de cuentas, hablamos de un organismo que una vez conocido el caso, al cocinar el vegetal o lavarlo en una solución con un poco de lejía, muere. Se trata de tener precaución durante un tiempo.
A ojos de los medios, durante unos cuantos días, bombardearon la sociedad con pepinos, como si fuera el fin del mundo; mientras que algo mucho más relevante como las consecuencias de Fukushima permanecen en stand by, como rezando para que nadie se acuerde. Después de meses de aparecer en los medios, ¿Quién recuerda Wikileaks? ¿Quién se pregunta qué le pasará a Assange?
Mi conclusión lógica es, bombardea al prójimo de noticias estúpidas, y quítales de en medio preocupaciones verdaderamente trascendentes (es la de cualquier persona que tenga dos dedos de frente). Llénales la cabeza de fútbol y telenovelas y programas basura. Quita las grandes cadenas de información como CNN+, por un nuevo “canal Cosmo a la española”.
La mente, en general, está contaminada. Es penoso darse cuenta en qué forma inventos como la televisión sirven únicamente para promover los lavados cerebrales. No hace falta irse a un extremo como un electroshock. Es más paulatino e inocuo, pero ataca desde niños.
Me gustaría hablar de los dibujos animados. Cuando yo era pequeña, los dibujos animados, contaban historias congruentes. Los personajes eran agradables, el dibujo era elaborado y los colores agradables. Como dijo Inés hace unos días, los dibujos animados presentaban modelos a seguir, eran los héroes que emulábamos de pequeños. Jugábamos a ser Superman, o Batman, o Wonder Woman, a ser Spiderman. A ser Son Goku, si me apuras. No me imagino a ningún niño jugando a ser Bob Esponja.
Los dibujos animados siguen presentando “modelos”, pero erróneos. De personajes que son fracasados sociales, histriónicos, histéricos, que no se valen por sí mismos. Son más dados a esto los dibujos animados americanos, que los japoneses, yo creo. Por ejemplo, pensemos en “Bob Esponja”, “Vaca y Pollo”, ese tipo de cosas. Los programas como “Los Teletubbies”, que trataban a los niños de subnormales profundos, a años luz del educativo “Barrio Sésamo”. Si tuviera un hijo, y me dieran a elegir, no sé qué preferiría. Si que viera “Bob Esponja” o “Pokemon”. Al los personajes de “Pokemon” son más racionales.
Los nuevos héroes son los concursantes del reality show de turno. En un mundo así, dónde los niños aprenden de sus padres que eso es lo normal, y que todos saben quién es Belen Esteban, pero no tienen ni idea de quién es Stephen Hawkins, ¿qué puede esperarse? Llevando el pasotismo en lo más profundo del alma, sin curiosidad, sin inquietudes culturales, sin un respeto siquiera por lo más básico de la comunicación: el lenguaje, ¿a quien le importa que se escriban libros como los de Naomi Klein, si a fin de cuentas, casi nadie los va a leer?
¿Si la mayoría es incapaz de pensar, por qué va a estar un Gobierno preocupado?
11/24/2010
"Necesito..."
Y el sonido de la palabra regurgitó hacia fuera, más allá del pensamiento que creí había plasmado simplemente en mi interior.
“Necesito… Verte.”
“Necesito…. Tocarte.”
“Necesito… Hablarte.”
“Te necesito.”
Y al soltarlo al aire y escucharlo me di cuenta del error, tardío.
No es amor, si no miedo, lo que siento.
Miedo al vacío, lo que me aferra a ti.
“Necesito… Verte.”
“Necesito…. Tocarte.”
“Necesito… Hablarte.”
“Te necesito.”
Y al soltarlo al aire y escucharlo me di cuenta del error, tardío.
No es amor, si no miedo, lo que siento.
Miedo al vacío, lo que me aferra a ti.
10/28/2010
Primera división
Han sido tiempos duros esos que has vivido hasta volver aquí: una nueva oportunidad de lucha, de jugar entre los grandes, de batir todos los récords. Meses de rehabilitación mentalizándote, antes de encontrar un buen equipo en primera dónde encajar y degustar la gloria. Victoria, la de dulces trazos, más potente que cualquier droga que hayan podido sintetizar jamás en un laboratorio. Tus propias endorfinas invadiendo el torrente sanguíneo para matarte de placer.
Incluso antes de ponerte la camiseta, puedes sentirlo en tu interior: el rugido, el poder, la fuerza, el ansia por salir al campo a darlo todo hasta el final. Noventa minutos infinitos, ni una prórroga, pero da igual, tú ya lo sabes: saldrás victorioso una vez más. Como siempre.
Ese conocimiento te confiere una seguridad exultante que se esparce por todas los invisibles átomos de tu cuerpo, cual carburante a punto de empujar pistones. Seiscientos músculos que vibran, anhelando pisar el campo una vez más, sentir el manto de euforia ajena, saberte el amo y señor del mundo por un rato.
Tu cerebro emite señales invisibles y te prepara… El cuerpo está rayando una orgásmica sensación, sabiéndote a las puertas de una hora y media del tan ansiado coito, con su eclosión final. Por un instante, el vello de tu cuerpo se eriza ante la idea, y dirías que incluso puedes notar la turgencia en tus pezones.
Te giras, para contemplar al resto del equipo, las imprescindibles piezas de este ser curioso e inorgánico donde hasta los suplentes son absolutamente necesarios… Sí… Los sustitutos, los del banquillo, los... Matarías por no volver a sentarte en ese apestoso banquillo entre ellos nunca más.
De un vistazo los valoras, contemplas también a los otros delanteros fijamente, para recordar sus fortalezas y debilidades, tomando buena nota. Una chirriante vocecilla resuena en tu cabeza: equipo, compañerismo, lealtad, equipo… Pones tu mejor y tan ensayadísima (casi desgastada) sonrisa “profident” en la cara, levantas el pulgar y asientes. Todo está preparado, y solo quieres salir fuera y… Marcar.
Incluso antes de ponerte la camiseta, puedes sentirlo en tu interior: el rugido, el poder, la fuerza, el ansia por salir al campo a darlo todo hasta el final. Noventa minutos infinitos, ni una prórroga, pero da igual, tú ya lo sabes: saldrás victorioso una vez más. Como siempre.
Ese conocimiento te confiere una seguridad exultante que se esparce por todas los invisibles átomos de tu cuerpo, cual carburante a punto de empujar pistones. Seiscientos músculos que vibran, anhelando pisar el campo una vez más, sentir el manto de euforia ajena, saberte el amo y señor del mundo por un rato.
Tu cerebro emite señales invisibles y te prepara… El cuerpo está rayando una orgásmica sensación, sabiéndote a las puertas de una hora y media del tan ansiado coito, con su eclosión final. Por un instante, el vello de tu cuerpo se eriza ante la idea, y dirías que incluso puedes notar la turgencia en tus pezones.
Te giras, para contemplar al resto del equipo, las imprescindibles piezas de este ser curioso e inorgánico donde hasta los suplentes son absolutamente necesarios… Sí… Los sustitutos, los del banquillo, los... Matarías por no volver a sentarte en ese apestoso banquillo entre ellos nunca más.
De un vistazo los valoras, contemplas también a los otros delanteros fijamente, para recordar sus fortalezas y debilidades, tomando buena nota. Una chirriante vocecilla resuena en tu cabeza: equipo, compañerismo, lealtad, equipo… Pones tu mejor y tan ensayadísima (casi desgastada) sonrisa “profident” en la cara, levantas el pulgar y asientes. Todo está preparado, y solo quieres salir fuera y… Marcar.
7/20/2010
Ansiedad
*Click*
*Click click*
*Tecleo rápido*
(Silencio profundo)
*Rrrrrrrrrrr* (la rueda del ratón a moverse hacia abajo)
*Crackkkkkkk* (las patatas fritas al desmenuzarse entre tus dientes)
*Rrrrrrrrrrr* (la rueda del ratón a moverse hacia arriba)
*Tack* (F5)
*Click*
*Click click*
*Crack crack crackkkkk* (más patatas)
(Silencio profundo)
*Crecrecrec crrrrrssssh crrrrrshhhhh* (arrugando el cadáver de la bolsa)
Shooting all the systems down.
*Click click*
*Tecleo rápido*
(Silencio profundo)
*Rrrrrrrrrrr* (la rueda del ratón a moverse hacia abajo)
*Crackkkkkkk* (las patatas fritas al desmenuzarse entre tus dientes)
*Rrrrrrrrrrr* (la rueda del ratón a moverse hacia arriba)
*Tack* (F5)
*Click*
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(Silencio profundo)
*Crecrecrec crrrrrssssh crrrrrshhhhh* (arrugando el cadáver de la bolsa)
Shooting all the systems down.
7/19/2010
Usar y tirar
Durante un segundo, tan sólo eso, perdió la cobertura, y ese instante fue lo suficiente como para cambiarlo todo.
Atribuyó el fallo al desgaste ocasionado por el tiempo, qué tristeza, seis meses apenas de servicio. No obstante, a qué arriesgarse a una reparación cuando todo es tan sencillo como acercarse a una de las franquicias del proveedor para escoger entre los más exuberantes modelos.
La sola idea de la novedad hace que reverbere algo en su interior, desatando su ansiedad ante la imagen casi erótica de recorrer con sus manos los cantos de una caja nueva que sabe contiene en su interior un modelo intacto, virgen, desafiante, de teléfono. Un modelo desconocido e intrigante que le proporcionará un reto de quince minutos hasta su puesta a punto.
Quizás tenga una cámara de fotos con mayor definición, un reproductor de mp4, una pantalla táctil. No tiene claro para qué la quiere. Simplemente, sabe que quiere esa sensación de poseer esa novedad, más atractiva, más a la moda, más deseable. Como el capricho de un infante que deslumbrado corre tras el último juguete.
Así que entra impetuosamente en la tienda, paga el nuevo teléfono al contado, y vuelve a casa a toda velocidad. Allí, en el silencio que atenaza el salón, arranca sin ningún tipo de decoro la SIM del obsoleto teléfono. Han compartido existencia seis meses. Demasiado tiempo. Demasiado uso. Demasiadas horas. Demasiada monotonía.
Como un Frankenstein cualquiera inserta el pequeño chip, un grotesco corazón, en la ranura. El nuevo terminal vibra, y se estremece bajo la palma de su mano, respirando al nuevo día bajo la mirada atenta y amorosa de su nuevo compañero.
Bienvenido al SXXI. Consumir preferentemente antes del próximo semestre.
Atribuyó el fallo al desgaste ocasionado por el tiempo, qué tristeza, seis meses apenas de servicio. No obstante, a qué arriesgarse a una reparación cuando todo es tan sencillo como acercarse a una de las franquicias del proveedor para escoger entre los más exuberantes modelos.
La sola idea de la novedad hace que reverbere algo en su interior, desatando su ansiedad ante la imagen casi erótica de recorrer con sus manos los cantos de una caja nueva que sabe contiene en su interior un modelo intacto, virgen, desafiante, de teléfono. Un modelo desconocido e intrigante que le proporcionará un reto de quince minutos hasta su puesta a punto.
Quizás tenga una cámara de fotos con mayor definición, un reproductor de mp4, una pantalla táctil. No tiene claro para qué la quiere. Simplemente, sabe que quiere esa sensación de poseer esa novedad, más atractiva, más a la moda, más deseable. Como el capricho de un infante que deslumbrado corre tras el último juguete.
Así que entra impetuosamente en la tienda, paga el nuevo teléfono al contado, y vuelve a casa a toda velocidad. Allí, en el silencio que atenaza el salón, arranca sin ningún tipo de decoro la SIM del obsoleto teléfono. Han compartido existencia seis meses. Demasiado tiempo. Demasiado uso. Demasiadas horas. Demasiada monotonía.
Como un Frankenstein cualquiera inserta el pequeño chip, un grotesco corazón, en la ranura. El nuevo terminal vibra, y se estremece bajo la palma de su mano, respirando al nuevo día bajo la mirada atenta y amorosa de su nuevo compañero.
Bienvenido al SXXI. Consumir preferentemente antes del próximo semestre.
6/30/2010
Exorcismo
Diría que, si cierro los ojos, puedo sentir al demonio dentro de mí. Pero no es cierto: es una metáfora.
No hay demonios allí dentro. Estoy sólo yo. Y hoy no hay nada más aterrador que imaginar mi figura con los ojos cerrados. Me atenaza la idea del miedo ante esa oscuridad devoradora.
No necesito privarme de la visión para percibirlo: el filo cortante de esos dientes insidiosos que despedazan poco a poco cada fibra de mi ser, clavándose en mi corazón, anclándose con fuerza en el más ínfimo resquicio, congelándome en su frío. Emponzoñando poco a poco mi torrente sanguíneo, donde tras cada latido, contagia mis células con su veneno. Inundándome de rabia, miedo, inseguridad, envidia, celos, odio.
Siento el corazón que se desboca, perdiendo el control. Y, la conciencia, se debilita relegándose cada vez más atrás: cada vez más lejos, cada vez más inalcanzable. Intento vanamente retenerla estirando las yemas de los dedos, recuperar así lo que con tanto esfuerzo conseguí crear, lo que con tanto tiempo sembré y vi crecer para ahora pisotearlo sin piedad bajo mis pies, sacando a relucir lo peor de mí que creía ya enterrado y olvidado.
Sin fuerzas que me hallo y claudico. “Oh, Señor, perdona mis faltas”, pienso, mientras mis dedos se arquean, mi piel es ahora pelaje y mis colmillos, esos que antes eran humanos, solo quieren desgarrar la carne ajena, la carne propia.
A mis emociones me rindo, con la adrenalina bombeando agitadamente alimentando mi furia. Y lo huelo. Puedo sentirlo: el dulce, inocente, amoroso, frágil y embriagador perfume que tanto me atormenta y me enloquece.
Recorro veloz cada travesía, esquina y recoveco, escogiendo los atajos mientras aúllo con una fuerza tal, que me provoca –incluso a mí- un escalofrío erizando cada fibra de mi ser. Pero no aúllo, no, a la luna, ahora que me hallo a instantes del destino. Aúllo ésta, la demostración más primitiva de impotencia al claudicar a los instintos, sabiendo lo irremisible de mis inminentes actos, preconizando el pegajoso calor, el metálico olor de esa tan amada y preciada sangre que ya no puedo reprimir derramar.
“Oh, Señor, perdona mis faltas, y por favor, que alguien exorcice mi alma”.
No hay demonios allí dentro. Estoy sólo yo. Y hoy no hay nada más aterrador que imaginar mi figura con los ojos cerrados. Me atenaza la idea del miedo ante esa oscuridad devoradora.
No necesito privarme de la visión para percibirlo: el filo cortante de esos dientes insidiosos que despedazan poco a poco cada fibra de mi ser, clavándose en mi corazón, anclándose con fuerza en el más ínfimo resquicio, congelándome en su frío. Emponzoñando poco a poco mi torrente sanguíneo, donde tras cada latido, contagia mis células con su veneno. Inundándome de rabia, miedo, inseguridad, envidia, celos, odio.
Siento el corazón que se desboca, perdiendo el control. Y, la conciencia, se debilita relegándose cada vez más atrás: cada vez más lejos, cada vez más inalcanzable. Intento vanamente retenerla estirando las yemas de los dedos, recuperar así lo que con tanto esfuerzo conseguí crear, lo que con tanto tiempo sembré y vi crecer para ahora pisotearlo sin piedad bajo mis pies, sacando a relucir lo peor de mí que creía ya enterrado y olvidado.
Sin fuerzas que me hallo y claudico. “Oh, Señor, perdona mis faltas”, pienso, mientras mis dedos se arquean, mi piel es ahora pelaje y mis colmillos, esos que antes eran humanos, solo quieren desgarrar la carne ajena, la carne propia.
A mis emociones me rindo, con la adrenalina bombeando agitadamente alimentando mi furia. Y lo huelo. Puedo sentirlo: el dulce, inocente, amoroso, frágil y embriagador perfume que tanto me atormenta y me enloquece.
Recorro veloz cada travesía, esquina y recoveco, escogiendo los atajos mientras aúllo con una fuerza tal, que me provoca –incluso a mí- un escalofrío erizando cada fibra de mi ser. Pero no aúllo, no, a la luna, ahora que me hallo a instantes del destino. Aúllo ésta, la demostración más primitiva de impotencia al claudicar a los instintos, sabiendo lo irremisible de mis inminentes actos, preconizando el pegajoso calor, el metálico olor de esa tan amada y preciada sangre que ya no puedo reprimir derramar.
“Oh, Señor, perdona mis faltas, y por favor, que alguien exorcice mi alma”.
6/16/2010
Poniéndome al día
Parece que últimamente tengo cero ganas de escribir, hace como tres meses que no me paso ni a visitar el blog. Vaya moral. Sigo con mis ideas ahí en el tintero, pero estoy demasiado cansada mentalmente en estos días que corren, como para ponerme a escribir nada. Y no es por falta de ideas, pero creo que me ha abandonado la musa de la inspiración.
Por otro lado, estoy cogiendo unos buenos hábitos estupendos ^^
He conseguido volver al gimnasio (¡yupi!). Estoy encantada de la vida, dejándome la piel de 15:15 a 16:30 cada día corriendo y en la bici. También he descubierto el Pilates. Bueno, vaya un invento infernal ese… Creo que uno no es consciente de su mierda de cuerpo hasta que entra en una clase de pilates. Es una tortura cruel, pero efectiva. Ahora que eso de respirar a la vez que se mantiene el equilibrio y tal… No lo tengo muy por la mano aun xD
Año nuevo vida nueva.
En 2010, aunque no hice la lista de buenos propósitos, la tengo presente. Incluía bajar de peso y volver al gim.
Bueno… Bajar de peso… Madre de dios señor, qué tortura.
Resulta que un buen día salí de la ducha, me miré al espejo y pensé… “Joder, ¿eso soy yo?”. Y desde ese día evité reflejarme demasiado en su superficie (ojos que no ven…). Pero lo cierto es que desde hacía un tiempo notaba una sensación completamente nueva y tremendamente incómoda cada vez que me sentaba.
Resulta que cuando me sentaba, mi barriga hacía dos pliegues, de manera que la carne se tocaba entre sí. Molesto y asqueroso a la par. Dios, no había tenido nunca esa sensación.
La cosa no mejoró mucho cuando vi las fotos de la cena de navidad de la oficina, y me di cuenta de cómo estaba la cosa. Resumiendo: en cuatro años en mi trabajo, engordé la friolera de trece quilos. Madre mía… Y eso que cuando entré ya pensaba que me sobraban dos o tres.
Es curioso cómo se deja estar uno y cae en esa dinámica de “ya lo arreglaré”, “por unas patatas no pasa nada”… Etc. Cuado empiezas a caer por ese camino, no hay mucha marcha atrás salvo que pongas todo tu empeño.
Pero la gota que colmó el vaso, fue el día que sentí esa necesidad imperiosa que comienza hormigueando en las tripas, te hace salivar y provoca un estado de ansiedad hasta que te comes cien gramos de conguitos. Normalmente, siempre tenía algo para picar en el cajón, y generalmente era dulce. Porque total, por un puñado de chucherías no pasa nada (vaya falacia). Y justo llegó el día que no me quedaba nada que zampar en el cajón (no sé si aleluya o no…), salvo dos sobres de azúcar moreno de Starbucks de abajo.
Sabes que no vas por el buen camino cuando en pleno ataque, coges los sobres y te los zampas a palo seco. Eso creo que se puede tachar de adicción al azúcar. Sin más. Y fue ahí cuando dije… Hasta aquí hemos llegado.
Me apunté a una dieta súper estricta (ahora estoy descansando de ella hasta pasado San Juan, por dos semanitas), de esas que vives con 485 calorías al día, pero puedo asegurar que no pasas hambre ni te encuentras mal físicamente. Pero requiere de bastante fuerza de voluntad. Renuncié a absolutamente todo lo que me gustaba: patatas fritas, chocolate, dulces, pan, pasta, pizza, la poca fruta que me gusta. Y lo cambié todo por sobres de proteínas, complementos de calcio, potasio, magnesio, sal, vitaminas… Y para comer, una breve lista de verduras.
Yo creo que cuando le dije a mi madre que estaba comiendo brócoli, coliflor, calabacines… Se tuvo que morir de la impresión.
Pero había llegado a un punto que (aunque detesto los lácteos), ya le dije a la doctora: si me tengo que comer un yogur, me lo como; si me tengo que comer un pedazo de queso fresco, me lo como; si tengo que comer pescado, me lo como. Y punto pelota. Pero no quería seguir mirándome al espejo sin gustarme. Y el resultado ha sido bastante bueno. Unos trece quilos en dos meses.
Ahora mismo me tiene comiendo yogures y queso fresco en el desayuno hasta el 24 de junio. Una de las cosas que odio más sobre la faz del planeta xD Pero bueno, ya me estoy habituando.
Eso sí, mientras estás con tus cuatrocientas ochenta y cinco calorías al día, deporte cero. Ahora estoy más feliz porque al comer más normal puedo hacer bici y correr. Me gusta ver que mi cuerpo aun recuerda sus hábitos. En la primera semana ya aguantaba treinta minutos de bici y cuarenta corriendo. Es un gustazo.
La verdad es que aunque sé que eso se acaba en ocho días, me apunté al gimnasio porque me di cuenta que la dieta es mucho más difícil de llevar cuando me quedo en casa sin nada que hacer. Tengo más tentaciones de zampar. Así que prefiero mantenerme ocupada fuera, y a la que se me acabe el hacer deporte aeróbico, iré a tomar el sol a la piscina del gimnasio, y a hacer la cosa esa de pilates, yoga y similares. Me pregunto si podré correr ligerito aunque sea.
Me quedan ocho quilitos que bajar y ya estaré estupenda y divina de la muerte ^^ Me muero por verme entonces. Lo que sí es cierto es que una vez te ves mejor, ya no quieres perder ese cuerpo. Así que me cuesta menos esfuerzo. También me va genial el gimnasio para despejar la cabeza, porque hay días que querría aniquilar a la humanidad.
Aunque suene contradictorio, me he apuntado este año a un curso de ciento veinte horas de repostería profesional. Sé que parece una locura, teniendo en cuenta que estoy a dieta, pero bueno… Me sigue gustando mucho cocinar xD Y adopté una Thermomix para casa. Por cierto, uno de los mejores inventos del mundo. Primero pensé en pagarla al contado y después lo repensé y la dejé a plazos. Es cosa de invitar a los amigos a comer, para cocinar y engordar poco, jajajaja. A ver si también puedo hacer algún cursito de panadería después. A este paso me veo poniendo una boulangerie en Barcelona xD
También estoy contenta de que vi a Sara poco después de su cumple, y salimos de fiesta por Zaragoza (donde descubrí el whisky caramelo, que por cierto, está riquísimo). Me lo pasé genial ^^ A ver si puedo subir a finales de agosto a Cork unos días =) Buah, nos zampamos una lasaña que hice, tremenda ^^
Tema libros, últimamente leo menos, estoy más aplatanada por las mañanas. Es posible que sea el efecto de salir de la dieta dura (que contrariamente a lo que puede parecer, me hace sentir muy despierta). Ni idea. Y mis compras de libros están bastante enfocadas a temas de gastronomía. Rosa se ríe porque dice que todo las energías destinadas a comer las estoy canalizando a través de los libros de cocina. Tremendo como se ha multiplicado la estantería.
Entre las cosas asombrosas que he descubierto están los siguientes libros:
- The Joy of cooking. Es el libro que se menta en la película “Julie & Julia”, que por cierto, me encantó. Es uno de los manuales clásicos de la cocina norteamericana, y conseguí al edición setenta y cinco aniversario. Es un libro muy curioso, porque te das cuenta como han ido evolucionando por allí las cosas desde mil novecientos treinta. Por ejemplo, incluye gran variedad de recetas asiáticas, mexicanas, sudamericanas en general, italianas… Refleja muy bien la evolución de su sociedad y la integración de los diferentes grupos étnicos en la cultura general. Es un manual completísimo, muy bien explicado todo (con listados de comida y propiedades, frutas, etc, en cada apartado), con un apartado de unas ochenta páginas sobre consejos y técnicas. Aunque creo que lo más gracioso para mí fue el apartado de menús “ejemplo”, en el que había uno específico para los días de la superbowl. Tremendo xD. Quizás lo único que se echa en falta son fotos, pero cuatro mil quinientas recetas con sus fotos respectivas… Ese libro no bajaba de los ciento cincuenta dólares. La pena es que queda fuera del alcance si uno no lee inglés, pero va a ser de mis favoritos ^^
- Rose’s Hevenly Cakes. Un libro maravilloso sobre tartas. También en inglés, pero no hay una sola foto que no te haga salivar, y las explicaciones están muy logradas. Además las medidas se indican en cuatro formatos distintos, lo cual se agradece.
- El Larousse de los postres, de Pierre Hermé. No tenía ni guarra de quien era Pierre Hermé y ahora soy fan suya. Este libro es genial para hacer postres caseros, y si se siguen las explicaciones al pie de la letra, salen unas cosas deliciosas. Probé un par de ellos y… Me muero por hacer un brioche. Ahora estoy a la caza y captura de todos los libros que encuentre de Pierre.
Bueno, y a parte de eso, un montón de cosas más. En fin, tengo ganas tremendas de que llegue septiembre para empezar las clases, aunque será curioso ir a clase hasta la una y media y después al gimnasio xD
Y viajes, este año me parece que será escaso. Lo único que tengo pendiente es Noruega la semana antes de empezar el curso de repostería.
Por lo demás, las cosas siguen igual en casa y con los gatos, y algunas mejorías en la vida personal xD Pero bueno, eso ya otro día. Y a ver si me pongo a escribir de nuevo ^^
Por otro lado, estoy cogiendo unos buenos hábitos estupendos ^^
He conseguido volver al gimnasio (¡yupi!). Estoy encantada de la vida, dejándome la piel de 15:15 a 16:30 cada día corriendo y en la bici. También he descubierto el Pilates. Bueno, vaya un invento infernal ese… Creo que uno no es consciente de su mierda de cuerpo hasta que entra en una clase de pilates. Es una tortura cruel, pero efectiva. Ahora que eso de respirar a la vez que se mantiene el equilibrio y tal… No lo tengo muy por la mano aun xD
Año nuevo vida nueva.
En 2010, aunque no hice la lista de buenos propósitos, la tengo presente. Incluía bajar de peso y volver al gim.
Bueno… Bajar de peso… Madre de dios señor, qué tortura.
Resulta que un buen día salí de la ducha, me miré al espejo y pensé… “Joder, ¿eso soy yo?”. Y desde ese día evité reflejarme demasiado en su superficie (ojos que no ven…). Pero lo cierto es que desde hacía un tiempo notaba una sensación completamente nueva y tremendamente incómoda cada vez que me sentaba.
Resulta que cuando me sentaba, mi barriga hacía dos pliegues, de manera que la carne se tocaba entre sí. Molesto y asqueroso a la par. Dios, no había tenido nunca esa sensación.
La cosa no mejoró mucho cuando vi las fotos de la cena de navidad de la oficina, y me di cuenta de cómo estaba la cosa. Resumiendo: en cuatro años en mi trabajo, engordé la friolera de trece quilos. Madre mía… Y eso que cuando entré ya pensaba que me sobraban dos o tres.
Es curioso cómo se deja estar uno y cae en esa dinámica de “ya lo arreglaré”, “por unas patatas no pasa nada”… Etc. Cuado empiezas a caer por ese camino, no hay mucha marcha atrás salvo que pongas todo tu empeño.
Pero la gota que colmó el vaso, fue el día que sentí esa necesidad imperiosa que comienza hormigueando en las tripas, te hace salivar y provoca un estado de ansiedad hasta que te comes cien gramos de conguitos. Normalmente, siempre tenía algo para picar en el cajón, y generalmente era dulce. Porque total, por un puñado de chucherías no pasa nada (vaya falacia). Y justo llegó el día que no me quedaba nada que zampar en el cajón (no sé si aleluya o no…), salvo dos sobres de azúcar moreno de Starbucks de abajo.
Sabes que no vas por el buen camino cuando en pleno ataque, coges los sobres y te los zampas a palo seco. Eso creo que se puede tachar de adicción al azúcar. Sin más. Y fue ahí cuando dije… Hasta aquí hemos llegado.
Me apunté a una dieta súper estricta (ahora estoy descansando de ella hasta pasado San Juan, por dos semanitas), de esas que vives con 485 calorías al día, pero puedo asegurar que no pasas hambre ni te encuentras mal físicamente. Pero requiere de bastante fuerza de voluntad. Renuncié a absolutamente todo lo que me gustaba: patatas fritas, chocolate, dulces, pan, pasta, pizza, la poca fruta que me gusta. Y lo cambié todo por sobres de proteínas, complementos de calcio, potasio, magnesio, sal, vitaminas… Y para comer, una breve lista de verduras.
Yo creo que cuando le dije a mi madre que estaba comiendo brócoli, coliflor, calabacines… Se tuvo que morir de la impresión.
Pero había llegado a un punto que (aunque detesto los lácteos), ya le dije a la doctora: si me tengo que comer un yogur, me lo como; si me tengo que comer un pedazo de queso fresco, me lo como; si tengo que comer pescado, me lo como. Y punto pelota. Pero no quería seguir mirándome al espejo sin gustarme. Y el resultado ha sido bastante bueno. Unos trece quilos en dos meses.
Ahora mismo me tiene comiendo yogures y queso fresco en el desayuno hasta el 24 de junio. Una de las cosas que odio más sobre la faz del planeta xD Pero bueno, ya me estoy habituando.
Eso sí, mientras estás con tus cuatrocientas ochenta y cinco calorías al día, deporte cero. Ahora estoy más feliz porque al comer más normal puedo hacer bici y correr. Me gusta ver que mi cuerpo aun recuerda sus hábitos. En la primera semana ya aguantaba treinta minutos de bici y cuarenta corriendo. Es un gustazo.
La verdad es que aunque sé que eso se acaba en ocho días, me apunté al gimnasio porque me di cuenta que la dieta es mucho más difícil de llevar cuando me quedo en casa sin nada que hacer. Tengo más tentaciones de zampar. Así que prefiero mantenerme ocupada fuera, y a la que se me acabe el hacer deporte aeróbico, iré a tomar el sol a la piscina del gimnasio, y a hacer la cosa esa de pilates, yoga y similares. Me pregunto si podré correr ligerito aunque sea.
Me quedan ocho quilitos que bajar y ya estaré estupenda y divina de la muerte ^^ Me muero por verme entonces. Lo que sí es cierto es que una vez te ves mejor, ya no quieres perder ese cuerpo. Así que me cuesta menos esfuerzo. También me va genial el gimnasio para despejar la cabeza, porque hay días que querría aniquilar a la humanidad.
Aunque suene contradictorio, me he apuntado este año a un curso de ciento veinte horas de repostería profesional. Sé que parece una locura, teniendo en cuenta que estoy a dieta, pero bueno… Me sigue gustando mucho cocinar xD Y adopté una Thermomix para casa. Por cierto, uno de los mejores inventos del mundo. Primero pensé en pagarla al contado y después lo repensé y la dejé a plazos. Es cosa de invitar a los amigos a comer, para cocinar y engordar poco, jajajaja. A ver si también puedo hacer algún cursito de panadería después. A este paso me veo poniendo una boulangerie en Barcelona xD
También estoy contenta de que vi a Sara poco después de su cumple, y salimos de fiesta por Zaragoza (donde descubrí el whisky caramelo, que por cierto, está riquísimo). Me lo pasé genial ^^ A ver si puedo subir a finales de agosto a Cork unos días =) Buah, nos zampamos una lasaña que hice, tremenda ^^
Tema libros, últimamente leo menos, estoy más aplatanada por las mañanas. Es posible que sea el efecto de salir de la dieta dura (que contrariamente a lo que puede parecer, me hace sentir muy despierta). Ni idea. Y mis compras de libros están bastante enfocadas a temas de gastronomía. Rosa se ríe porque dice que todo las energías destinadas a comer las estoy canalizando a través de los libros de cocina. Tremendo como se ha multiplicado la estantería.
Entre las cosas asombrosas que he descubierto están los siguientes libros:
- The Joy of cooking. Es el libro que se menta en la película “Julie & Julia”, que por cierto, me encantó. Es uno de los manuales clásicos de la cocina norteamericana, y conseguí al edición setenta y cinco aniversario. Es un libro muy curioso, porque te das cuenta como han ido evolucionando por allí las cosas desde mil novecientos treinta. Por ejemplo, incluye gran variedad de recetas asiáticas, mexicanas, sudamericanas en general, italianas… Refleja muy bien la evolución de su sociedad y la integración de los diferentes grupos étnicos en la cultura general. Es un manual completísimo, muy bien explicado todo (con listados de comida y propiedades, frutas, etc, en cada apartado), con un apartado de unas ochenta páginas sobre consejos y técnicas. Aunque creo que lo más gracioso para mí fue el apartado de menús “ejemplo”, en el que había uno específico para los días de la superbowl. Tremendo xD. Quizás lo único que se echa en falta son fotos, pero cuatro mil quinientas recetas con sus fotos respectivas… Ese libro no bajaba de los ciento cincuenta dólares. La pena es que queda fuera del alcance si uno no lee inglés, pero va a ser de mis favoritos ^^
- Rose’s Hevenly Cakes. Un libro maravilloso sobre tartas. También en inglés, pero no hay una sola foto que no te haga salivar, y las explicaciones están muy logradas. Además las medidas se indican en cuatro formatos distintos, lo cual se agradece.
- El Larousse de los postres, de Pierre Hermé. No tenía ni guarra de quien era Pierre Hermé y ahora soy fan suya. Este libro es genial para hacer postres caseros, y si se siguen las explicaciones al pie de la letra, salen unas cosas deliciosas. Probé un par de ellos y… Me muero por hacer un brioche. Ahora estoy a la caza y captura de todos los libros que encuentre de Pierre.
Bueno, y a parte de eso, un montón de cosas más. En fin, tengo ganas tremendas de que llegue septiembre para empezar las clases, aunque será curioso ir a clase hasta la una y media y después al gimnasio xD
Y viajes, este año me parece que será escaso. Lo único que tengo pendiente es Noruega la semana antes de empezar el curso de repostería.
Por lo demás, las cosas siguen igual en casa y con los gatos, y algunas mejorías en la vida personal xD Pero bueno, eso ya otro día. Y a ver si me pongo a escribir de nuevo ^^
3/02/2010
2.0.
Dicen que no hay peor dolor que el de las muelas. Dicho esto, incluso por mujeres que han parido a sus propios hijos, sin cesárea.
Dicen, también, que si nos acordáramos de cuando nos salieron los dientes, cuando críos, ese dolor habría sido insoportable. No hay más que ver a los pobres infantes mordisqueándolo todo, royendo lo que pillan y llorando a pleno pulmón.
Imagino que debe ser así.
Pero aun sin saber cuánto duele un parto, me atrevo a decir que por lo menos a fecha de hoy, hay algo que duele más al nacer que los dientes, y este algo es la conciencia.
La conciencia…. Vaya un invento.
Desde luego que se vive mucho mejor sin ella que con ella. Se vive de una forma despreocupada, y por ello, feliz. Pero cuando nace la conciencia, la cagaste, porque entonces empiezas a mirar alrededor. Y no a “mirar con ojos nuevos”. A mirar, y punto, porque hasta entonces mirabas al suelo, al cielo o al frente, enfocando en las cosas que te gustaban. Pero no mirabas jamás al entorno.
La conciencia nace, aproximadamente, con la misma exactitud que caracteriza la aparición de la muela del juicio. Es decir: cuando le sale de los huevos. Porque igual aparece a los 18 que a los 30.
Ciertamente que prefiero los 18, porque así tienes un poco más de tiempo para el rodaje, y además estás contagiado con esa explosión de energía adolescente, y una visión idealista de la vida, que no se ha contaminado con la amargura de la madurez y la incorporación a la monótona rueda de la vida, así que la vitalidad de la juventud hace más llevadero el descubrimiento.
Aunque claro, dicho así, es más posible que nazca a los treinta, cuando el hastío te hace levantar la vista de la rueda. Y créeme si te digo, ante la duda, no se te ocurra alzar los ojos, que no te va a gustar nada lo que vas a contemplar.
Quien sabe lo que hace que eclosione. En cada uno es un detonante distinto, así que yo puedo hablar del mío y no del de los demás. Y mi detonante fue mi padre.
Podría decir que fue mi padre, en tanto que modelo a seguir –que es lo que todos solemos decir de nuestros progenitores-. Pero no, fue mi padre, aquel gran desconocido (con el beneplácito de robarle la frase a Star Trek). Y no es que es que me enorgullezca especialmente de ello, porque no fueron precisamente bellos sentimientos los que me sacudieron en las aguas turbulentas de la conciencia.
Veamos…
Padre no es aquel individuo que un día plantó su semillita en mamá y de ahí nace uno a los nueve meses. Puede que sí, y puede que no. Padre es la persona (masculino singular, que hoy en día podemos encontrar en su versión masculino y plural en la familia) que vela por ti desde que sales del útero materno (o desde que le dejan), se deja los cuernos para criarte, saca fuerzas de quien sabe dónde, y lucha cada día para ayudarte a crecer y a hacerte persona, lo mejor que puede.
Padre no es, desde luego, el que te pega las soberanas palizas cuando llegas a casa, el que te amenaza, maltrata a tu madre y a tu familia, el que te insulta y te llama maricón o merma tu autoestima, ya que el tiene tan poca que debe rebajar la de los hijos más allá de la suela del zapato de la autoestima para sentirse alguien, y se entretiene haciéndote la vida imposible esperando –contra natura- que seas un perdedor desgraciado como él. Ese es un hijo de puta. Que bueno, tal vez tuvo padre, o salió de otro hijo de puta. Nunca se sabe.
Quizás un padre también tenga componentes de hijo de puta en pequeños porcentajes, pero quien puede criticar eso, cuando yo misma también tengo alguna porción de ello.
Pero bueno, mi padre, es –eminentemente- padre. Solo que yo me he pasado mucho tiempo mirándole tras la pared de hija, y reconozco que esa pared enturbia bastante la visión.
Sé que me repito cuando digo que no dejo de asombrarme a mí misma a pesar de llevar treinta y un años conmigo, pero así es.
En esta vida hay muchos misterios inexplicables, a veces te topas con la explicación de alguno, y otras no.
Uno de esos misterios –quizás no tan inexplicable, vale- es: ¿por qué me llevo mejor con mis amigos que con mis padres? Porque cierto es que en ocasiones, hago más o de mejor humor algo por mis amigos que no hago de la misma forma por mis progenitores.
Me imagino que hay quien echaría las manos a la cabeza con este comentario, pero después de charlar con los amigos, me doy cuenta de que no soy la única.
Con el paso del tiempo, desarrollas una cierta aversión-incompatibilidad-intolerancia con la familia. Sí, esa que se ha pasado veinte años diciéndote lo que podías hacer y lo que no tenías que hacer. La que te jodía recordándote que tenías que hacer los deberes y estudiar antes de ver la tele, la que te decía que llegaras pronto a casa y no te entretuvieras jugando, la que te prohibía comer golosinas y te obligaba a morir por ingesta de verdura-pescado-casquería-yogures y quien sabe cuántas animaladas más.
Claro, dónde vas a comparar… Porque, que yo recuerde, mis amigos no me han prohibido comer lo que me gusta, hacer lo que me place e ir con quien yo guste. Dónde vas a comparar eso con el historial negro peste de la aversión familiar.
A los dieciocho, obviamente, no te das cuenta de nada de esto por lo general, y eres un inconsciente. Pero con el paso del tiempo, a los treinta, no sabes cómo un día empiezas a pensar en lo ridículo de la situación.
Y eso es lo que me pasó.
A fecha de hoy, estoy completamente convencida de que la existencia de mis padres en Uruguay no era del todo complaciente, porque si no, me vas a explicar cómo es que una pareja con una cría de cuatro años deja atrás todo lo que conoce, abandonando a su familia y la protección que otorga un entorno conocido, en pro de los misterios de España. Nadie deja atrás algo tan importante como eso, salvo que vea que no tiene el futuro que espera.
Mis padres, a lo largo de su vida, han trabajado de muchas cosas para criarme, lo mismo que cuando llegó mi hermano, mucho más tarde, tuvieron que duplicar el esfuerzo, y yo no lo valoré en la medida que tocaba. Se me metieron en la cabeza las cosas de marca que no tenía, que no tenía las consolas del momento ni íbamos de vacaciones a otros países. Poco a poco todo aquello contribuyó a enturbiar mi visión, sin detenerme a considerar que me habían dado algo bastante más interesante y escaso, que es una cabeza pensante, la curiosidad, pasión por la lectura, la escritura y la capacidad de razonar por mí misma, tan necesaria para hacer frente al futuro.
Minucias. ¿Dónde estaba mi Game Boy? ¿Y las vacaciones en la playa? ¿Y las clases de esquí?
El que se ha llevado siempre la peor parte de todo siempre fue mi padre.
Cuando empecé a ganar mi dinero, lo que se puede considerar dinero en serio, allá por mis dieciocho, comencé a hacer regalos de navidad, cumpleaños y días señalados más dignos. Fue entonces cuando me atravesó al idea, por primera vez, de que no conocía a mis padres.
Veamos…
No sabía su color favorito, ni sus esperanzas o sueños, lo que soñaban que serían de mayores en su infancia, dónde querrían ir de vacaciones, qué tipo de ropa les gustaba. Sabía muy pocas cosas de ellos. Y por primera vez me di cuenta… Sé más de mis amigos que de mis padres. Quizás por esa relación vertical que tenía con ellos, mientras con mis amigos hablaba de igual a igual. Y me di cuenta que a veces pensaba en ellos como en el enemigo. Pero bueno, debía ser una ocurrencia ridícula, y la guardé con mis demás ridiculeces en algún rincón de mi cabeza, que obviamente cayó en el olvido.
Unos meses antes de la última vez que marché de casa de mis padres (había estado temporalmente un mes), se me dio por escribir, como forma de purga. En ocasiones echaba la vista atrás releyendo lo que había pensado tanto tiempo ha. Siempre me ha parecido un terapia maravillosa. Y una vez me descubrí pensando… Ojalá mis padres hubieran escrito a su vez, para conocerles mejor a través de sus palabras. Me hubiera encantado.
Siguieron pasando los años, me fui de casa unas tres veces. Otro día ya contaré porqué (o no). Así llegamos a dos mil ocho.
En dos mil ocho, sucedieron una serie de cosas que hicieron que le recomendara a mi padre que escribiera, para purgarse. Ni que decir, que mi padre tiene mucho más tiempo libre que yo, así que al final le ha dado duro y parejo a su nueva afición. Tanto es así, que se apuntó a un par de comunidades de escritores, y parece que lo que concibe gusta.
Ahí empezó todo, y surgió el gusano insano de la envidia, que venía gestando en algún rincón de mi interior con el rencor de los años. Ese rencor que yo llevaba acumulado, del cual era consciente, pero desconocía hasta qué punto me tenía envenenada.
Entonces, mi padre recibió una invitación para ir a mejorar su estilo literario, en Sudamérica. Y el gusano que habitaba en mi corazón murió, presa de las llamas que le incineraron de inmediato, a la par que me abrasaban por dentro, tan podrida estaba. Me duró la amargura más de un año, en el que cada vez que lo veía me enfadaba. ¿Hasta qué punto conmigo misma, o con el mundo? Lo desconozco. Y algo me dolía.
No se puede vivir en la amargura, presa de la envidia insana y un rencor asqueroso. No se puede vivir siendo egoísta completo. O quizás se puede vivir, pero es difícil conciliar el sueño por la noche.
No quiero decir con esto que no se pueda sentir envidia, ni que el desearle el mal al prójimo desaparezca de inmediato. Pero hay un grupo de personas que no deberían ser el destinatario, ni la causa, de esas emociones. Hasta que una mañana me pregunté: ¿Cómo puedo tener envidia de mi padre y sentir tanto rencor? Y comencé a desenmarañar la emoción hasta su origen.
Desenmarañar esa emoción hasta su origen, no fue ni fácil, ni dulce. De hecho fue un asco. Un montón de noches durmiendo mal, un montón de noches de no dormir, y días flagelándome con la idea de mala persona –y lo que es peor, mala hija- que soy.
Poco a poco fui tomando conciencia de mi misma. De las cosas que hacía mal, y las que tenían un pésimo efecto por omitirlas. De lo egoísta que he llegado a ser, el poco tiempo que le he dedicado a mi familia, tanto a mis padres como a mi hermano, que iba camino a ser otro desconocido como ellos. De lo poco detallista que he sido.
La verdad es que con mi hermano me llevo diecisiete años y sólo sabe hablar con propiedad de las consolas y los videojuegos. También de Robotech, pasión heredada. Entonces un día vi la luz. ¿Le gusta a mi hermano Robotech por sí mismo, o es su forma de intentar acercarse a mí, porque sabe que es mi serie favorita, y en el camino se transformó en su favorita también? Como con mis padres, no sabía gran cosa de él, sus gustos ni sus esperanzas.
Creo que no hay cosa más dolorosa que irse a dormir enfadado con uno mismo. Es muy difícil perdonarse los errores. Y no hay cosa más triste que darte cuenta de que estás obrando mal y sin embargo darte cuenta de que no eres capaz de actuar de otra manera para que lo intentes.
Entonces, un día, sucede lo impensable, y sin tener muy claro cómo, el fuego rabioso remite y tus ojos empiezan a mirar con claridad descubriendo el exterior.
Empecé a darme cuenta en Navidad. Curioso, como si fuera el Mr. Scrooge de Dickens. Mi madre estaba preocupada por qué querría de regalo, pero, ¿qué le regalas a quien ya lo tiene todo? Porque yo vivo de puta madre dentro de mis posibilidades, y mi calidad de vida supera la de mis padres con creces. Mi sueldo para mí sola es mayor que el de mi madre para tres. Y me di cuenta… ¿No es hora ya de devolverles las atenciones que he recibido desde pequeña? Así que el pasado año, yo fui Papá Noel, y compré regalos para todos menos para mí.
Así llegamos a este mes pasado, hará cosa de dos semanas, y con algo tan estúpido como leer “Sinuhé el egipcio”, y ver “Gran Torino”. Me di cuenta que quería disfrutar de los míos, antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que me levante una mañana y no pueda ver a mi padre porque se ha muerto. Todavía tengo tiempo de conocerlos, veinte años o más… Y no quiero desperdiciar un minuto.
Enfrentarse a todas esas partes oscuras de uno mismo, y solo, ahuyentarlas e iluminarlas para ser algo mejor que antes no es fácil, porque siempre pensamos que somos mejores de lo que es la realidad. Duele darse cuenta de cómo son las cosas. A mí, por lo menos, me ha dolido más que cualquier otra cosa.
Tampoco es fácil dejar de ser el centro del universo y aceptar que, si bien no tenemos porqué dejar de estar en el centro, tampoco tenemos porqué estar solos en esa posición privilegiada. En vez de rabiar y competir con mi padre, ¿por qué no crear algo conjunto, que pueda recordar en el futuro? ¿Por qué no compartir? Compartir no es algo que se me dé bien a priori pero todo es cuestión de práctica, para abolir esa necesidad de protagonismo.
Y en todo este proceso, aun hubo una cosa que me sorprendió si acaso más que todo lo anterior.
Son tantos años los que dedican los padres a cuidarnos, que a veces uno olvida que ellos también son humanos. Mi madre me asombra a veces todavía, con sus facetas de niña, con ese espíritu joven que la acompaña todos los días. Yo creo que por eso, parece mucho más joven de lo que es, y está llena de vitalidad, aunque sé que muchos días sonríe pese a que su interior esté nublado. Mi madre es una mujer muy fuerte, y también merece que la trate mejor de lo que lo hago.
Cuando hay un problema, muchas veces nos giramos y buscamos el consejo paterno, porque siempre pensamos que lo saben todo, y lo tienen todo claro. Que tienen todas las respuestas y son inmutables porque jamás se inquietan. Son esa fuente de consejo –tantas veces inoportuno y gratuito, que no se ha pedido siquiera-, que un día te descolocas porque les ves a ellos pidiéndote consejo a ti, y les descubres esperando tu apoyo y ayuda, a veces incluso el cobijo.
Ese cambio de roles, me dejó descentrada, cuando me di cuenta que mi padre, de igual a igual, hablaba conmigo de sus problemas, sus inquietudes y sus anhelos.
Porque cuando el hijo crece, si tiene suerte, sucede lo impensable y es que te encuentras elevado a la posición de adulto y aunque no te lo esperaras, tus padres, que ya no tienen necesidad de criarte porque eres un ser humano hecho y derecho, se refieren a ti como a otro igual. Y es en esa igualdad de condiciones, en las que descubres que además de un padre, tienes un amigo.
En fin. Llegar a todas estas conclusiones, deshacerme del egoísmo y la envidia me ha costado bastante, pero estoy orgullosa de haber alcanzado un pequeño progreso y haber evolucionado a un versión 2.0 de mí misma, mientras seguiré puliéndome en el camino. Esta vez será un poco más sencillo, tal vez, porque tengo tres nuevos amigos.
Realmente no imaginé que vería el día en que dijera que mi padre es todo un modelo a seguir, y que estoy muy orgullosa de él, a pesar de los líos en los que a veces nos ha metido. Con sus cosas buenas, y sus cosas malas.
Así que ahora, a disfrutar de este descubrimiento, y a destinar muchas más horas a la familia, y menos a las cosas tales como el ordenador. Mañana siempre habrá un ordenador, una tele, un juego… Pero hay otras cosas que al girarse uno, no estarán allí ya.
Dicen, también, que si nos acordáramos de cuando nos salieron los dientes, cuando críos, ese dolor habría sido insoportable. No hay más que ver a los pobres infantes mordisqueándolo todo, royendo lo que pillan y llorando a pleno pulmón.
Imagino que debe ser así.
Pero aun sin saber cuánto duele un parto, me atrevo a decir que por lo menos a fecha de hoy, hay algo que duele más al nacer que los dientes, y este algo es la conciencia.
La conciencia…. Vaya un invento.
Desde luego que se vive mucho mejor sin ella que con ella. Se vive de una forma despreocupada, y por ello, feliz. Pero cuando nace la conciencia, la cagaste, porque entonces empiezas a mirar alrededor. Y no a “mirar con ojos nuevos”. A mirar, y punto, porque hasta entonces mirabas al suelo, al cielo o al frente, enfocando en las cosas que te gustaban. Pero no mirabas jamás al entorno.
La conciencia nace, aproximadamente, con la misma exactitud que caracteriza la aparición de la muela del juicio. Es decir: cuando le sale de los huevos. Porque igual aparece a los 18 que a los 30.
Ciertamente que prefiero los 18, porque así tienes un poco más de tiempo para el rodaje, y además estás contagiado con esa explosión de energía adolescente, y una visión idealista de la vida, que no se ha contaminado con la amargura de la madurez y la incorporación a la monótona rueda de la vida, así que la vitalidad de la juventud hace más llevadero el descubrimiento.
Aunque claro, dicho así, es más posible que nazca a los treinta, cuando el hastío te hace levantar la vista de la rueda. Y créeme si te digo, ante la duda, no se te ocurra alzar los ojos, que no te va a gustar nada lo que vas a contemplar.
Quien sabe lo que hace que eclosione. En cada uno es un detonante distinto, así que yo puedo hablar del mío y no del de los demás. Y mi detonante fue mi padre.
Podría decir que fue mi padre, en tanto que modelo a seguir –que es lo que todos solemos decir de nuestros progenitores-. Pero no, fue mi padre, aquel gran desconocido (con el beneplácito de robarle la frase a Star Trek). Y no es que es que me enorgullezca especialmente de ello, porque no fueron precisamente bellos sentimientos los que me sacudieron en las aguas turbulentas de la conciencia.
Veamos…
Padre no es aquel individuo que un día plantó su semillita en mamá y de ahí nace uno a los nueve meses. Puede que sí, y puede que no. Padre es la persona (masculino singular, que hoy en día podemos encontrar en su versión masculino y plural en la familia) que vela por ti desde que sales del útero materno (o desde que le dejan), se deja los cuernos para criarte, saca fuerzas de quien sabe dónde, y lucha cada día para ayudarte a crecer y a hacerte persona, lo mejor que puede.
Padre no es, desde luego, el que te pega las soberanas palizas cuando llegas a casa, el que te amenaza, maltrata a tu madre y a tu familia, el que te insulta y te llama maricón o merma tu autoestima, ya que el tiene tan poca que debe rebajar la de los hijos más allá de la suela del zapato de la autoestima para sentirse alguien, y se entretiene haciéndote la vida imposible esperando –contra natura- que seas un perdedor desgraciado como él. Ese es un hijo de puta. Que bueno, tal vez tuvo padre, o salió de otro hijo de puta. Nunca se sabe.
Quizás un padre también tenga componentes de hijo de puta en pequeños porcentajes, pero quien puede criticar eso, cuando yo misma también tengo alguna porción de ello.
Pero bueno, mi padre, es –eminentemente- padre. Solo que yo me he pasado mucho tiempo mirándole tras la pared de hija, y reconozco que esa pared enturbia bastante la visión.
Sé que me repito cuando digo que no dejo de asombrarme a mí misma a pesar de llevar treinta y un años conmigo, pero así es.
En esta vida hay muchos misterios inexplicables, a veces te topas con la explicación de alguno, y otras no.
Uno de esos misterios –quizás no tan inexplicable, vale- es: ¿por qué me llevo mejor con mis amigos que con mis padres? Porque cierto es que en ocasiones, hago más o de mejor humor algo por mis amigos que no hago de la misma forma por mis progenitores.
Me imagino que hay quien echaría las manos a la cabeza con este comentario, pero después de charlar con los amigos, me doy cuenta de que no soy la única.
Con el paso del tiempo, desarrollas una cierta aversión-incompatibilidad-intolerancia con la familia. Sí, esa que se ha pasado veinte años diciéndote lo que podías hacer y lo que no tenías que hacer. La que te jodía recordándote que tenías que hacer los deberes y estudiar antes de ver la tele, la que te decía que llegaras pronto a casa y no te entretuvieras jugando, la que te prohibía comer golosinas y te obligaba a morir por ingesta de verdura-pescado-casquería-yogures y quien sabe cuántas animaladas más.
Claro, dónde vas a comparar… Porque, que yo recuerde, mis amigos no me han prohibido comer lo que me gusta, hacer lo que me place e ir con quien yo guste. Dónde vas a comparar eso con el historial negro peste de la aversión familiar.
A los dieciocho, obviamente, no te das cuenta de nada de esto por lo general, y eres un inconsciente. Pero con el paso del tiempo, a los treinta, no sabes cómo un día empiezas a pensar en lo ridículo de la situación.
Y eso es lo que me pasó.
A fecha de hoy, estoy completamente convencida de que la existencia de mis padres en Uruguay no era del todo complaciente, porque si no, me vas a explicar cómo es que una pareja con una cría de cuatro años deja atrás todo lo que conoce, abandonando a su familia y la protección que otorga un entorno conocido, en pro de los misterios de España. Nadie deja atrás algo tan importante como eso, salvo que vea que no tiene el futuro que espera.
Mis padres, a lo largo de su vida, han trabajado de muchas cosas para criarme, lo mismo que cuando llegó mi hermano, mucho más tarde, tuvieron que duplicar el esfuerzo, y yo no lo valoré en la medida que tocaba. Se me metieron en la cabeza las cosas de marca que no tenía, que no tenía las consolas del momento ni íbamos de vacaciones a otros países. Poco a poco todo aquello contribuyó a enturbiar mi visión, sin detenerme a considerar que me habían dado algo bastante más interesante y escaso, que es una cabeza pensante, la curiosidad, pasión por la lectura, la escritura y la capacidad de razonar por mí misma, tan necesaria para hacer frente al futuro.
Minucias. ¿Dónde estaba mi Game Boy? ¿Y las vacaciones en la playa? ¿Y las clases de esquí?
El que se ha llevado siempre la peor parte de todo siempre fue mi padre.
Cuando empecé a ganar mi dinero, lo que se puede considerar dinero en serio, allá por mis dieciocho, comencé a hacer regalos de navidad, cumpleaños y días señalados más dignos. Fue entonces cuando me atravesó al idea, por primera vez, de que no conocía a mis padres.
Veamos…
No sabía su color favorito, ni sus esperanzas o sueños, lo que soñaban que serían de mayores en su infancia, dónde querrían ir de vacaciones, qué tipo de ropa les gustaba. Sabía muy pocas cosas de ellos. Y por primera vez me di cuenta… Sé más de mis amigos que de mis padres. Quizás por esa relación vertical que tenía con ellos, mientras con mis amigos hablaba de igual a igual. Y me di cuenta que a veces pensaba en ellos como en el enemigo. Pero bueno, debía ser una ocurrencia ridícula, y la guardé con mis demás ridiculeces en algún rincón de mi cabeza, que obviamente cayó en el olvido.
Unos meses antes de la última vez que marché de casa de mis padres (había estado temporalmente un mes), se me dio por escribir, como forma de purga. En ocasiones echaba la vista atrás releyendo lo que había pensado tanto tiempo ha. Siempre me ha parecido un terapia maravillosa. Y una vez me descubrí pensando… Ojalá mis padres hubieran escrito a su vez, para conocerles mejor a través de sus palabras. Me hubiera encantado.
Siguieron pasando los años, me fui de casa unas tres veces. Otro día ya contaré porqué (o no). Así llegamos a dos mil ocho.
En dos mil ocho, sucedieron una serie de cosas que hicieron que le recomendara a mi padre que escribiera, para purgarse. Ni que decir, que mi padre tiene mucho más tiempo libre que yo, así que al final le ha dado duro y parejo a su nueva afición. Tanto es así, que se apuntó a un par de comunidades de escritores, y parece que lo que concibe gusta.
Ahí empezó todo, y surgió el gusano insano de la envidia, que venía gestando en algún rincón de mi interior con el rencor de los años. Ese rencor que yo llevaba acumulado, del cual era consciente, pero desconocía hasta qué punto me tenía envenenada.
Entonces, mi padre recibió una invitación para ir a mejorar su estilo literario, en Sudamérica. Y el gusano que habitaba en mi corazón murió, presa de las llamas que le incineraron de inmediato, a la par que me abrasaban por dentro, tan podrida estaba. Me duró la amargura más de un año, en el que cada vez que lo veía me enfadaba. ¿Hasta qué punto conmigo misma, o con el mundo? Lo desconozco. Y algo me dolía.
No se puede vivir en la amargura, presa de la envidia insana y un rencor asqueroso. No se puede vivir siendo egoísta completo. O quizás se puede vivir, pero es difícil conciliar el sueño por la noche.
No quiero decir con esto que no se pueda sentir envidia, ni que el desearle el mal al prójimo desaparezca de inmediato. Pero hay un grupo de personas que no deberían ser el destinatario, ni la causa, de esas emociones. Hasta que una mañana me pregunté: ¿Cómo puedo tener envidia de mi padre y sentir tanto rencor? Y comencé a desenmarañar la emoción hasta su origen.
Desenmarañar esa emoción hasta su origen, no fue ni fácil, ni dulce. De hecho fue un asco. Un montón de noches durmiendo mal, un montón de noches de no dormir, y días flagelándome con la idea de mala persona –y lo que es peor, mala hija- que soy.
Poco a poco fui tomando conciencia de mi misma. De las cosas que hacía mal, y las que tenían un pésimo efecto por omitirlas. De lo egoísta que he llegado a ser, el poco tiempo que le he dedicado a mi familia, tanto a mis padres como a mi hermano, que iba camino a ser otro desconocido como ellos. De lo poco detallista que he sido.
La verdad es que con mi hermano me llevo diecisiete años y sólo sabe hablar con propiedad de las consolas y los videojuegos. También de Robotech, pasión heredada. Entonces un día vi la luz. ¿Le gusta a mi hermano Robotech por sí mismo, o es su forma de intentar acercarse a mí, porque sabe que es mi serie favorita, y en el camino se transformó en su favorita también? Como con mis padres, no sabía gran cosa de él, sus gustos ni sus esperanzas.
Creo que no hay cosa más dolorosa que irse a dormir enfadado con uno mismo. Es muy difícil perdonarse los errores. Y no hay cosa más triste que darte cuenta de que estás obrando mal y sin embargo darte cuenta de que no eres capaz de actuar de otra manera para que lo intentes.
Entonces, un día, sucede lo impensable, y sin tener muy claro cómo, el fuego rabioso remite y tus ojos empiezan a mirar con claridad descubriendo el exterior.
Empecé a darme cuenta en Navidad. Curioso, como si fuera el Mr. Scrooge de Dickens. Mi madre estaba preocupada por qué querría de regalo, pero, ¿qué le regalas a quien ya lo tiene todo? Porque yo vivo de puta madre dentro de mis posibilidades, y mi calidad de vida supera la de mis padres con creces. Mi sueldo para mí sola es mayor que el de mi madre para tres. Y me di cuenta… ¿No es hora ya de devolverles las atenciones que he recibido desde pequeña? Así que el pasado año, yo fui Papá Noel, y compré regalos para todos menos para mí.
Así llegamos a este mes pasado, hará cosa de dos semanas, y con algo tan estúpido como leer “Sinuhé el egipcio”, y ver “Gran Torino”. Me di cuenta que quería disfrutar de los míos, antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que me levante una mañana y no pueda ver a mi padre porque se ha muerto. Todavía tengo tiempo de conocerlos, veinte años o más… Y no quiero desperdiciar un minuto.
Enfrentarse a todas esas partes oscuras de uno mismo, y solo, ahuyentarlas e iluminarlas para ser algo mejor que antes no es fácil, porque siempre pensamos que somos mejores de lo que es la realidad. Duele darse cuenta de cómo son las cosas. A mí, por lo menos, me ha dolido más que cualquier otra cosa.
Tampoco es fácil dejar de ser el centro del universo y aceptar que, si bien no tenemos porqué dejar de estar en el centro, tampoco tenemos porqué estar solos en esa posición privilegiada. En vez de rabiar y competir con mi padre, ¿por qué no crear algo conjunto, que pueda recordar en el futuro? ¿Por qué no compartir? Compartir no es algo que se me dé bien a priori pero todo es cuestión de práctica, para abolir esa necesidad de protagonismo.
Y en todo este proceso, aun hubo una cosa que me sorprendió si acaso más que todo lo anterior.
Son tantos años los que dedican los padres a cuidarnos, que a veces uno olvida que ellos también son humanos. Mi madre me asombra a veces todavía, con sus facetas de niña, con ese espíritu joven que la acompaña todos los días. Yo creo que por eso, parece mucho más joven de lo que es, y está llena de vitalidad, aunque sé que muchos días sonríe pese a que su interior esté nublado. Mi madre es una mujer muy fuerte, y también merece que la trate mejor de lo que lo hago.
Cuando hay un problema, muchas veces nos giramos y buscamos el consejo paterno, porque siempre pensamos que lo saben todo, y lo tienen todo claro. Que tienen todas las respuestas y son inmutables porque jamás se inquietan. Son esa fuente de consejo –tantas veces inoportuno y gratuito, que no se ha pedido siquiera-, que un día te descolocas porque les ves a ellos pidiéndote consejo a ti, y les descubres esperando tu apoyo y ayuda, a veces incluso el cobijo.
Ese cambio de roles, me dejó descentrada, cuando me di cuenta que mi padre, de igual a igual, hablaba conmigo de sus problemas, sus inquietudes y sus anhelos.
Porque cuando el hijo crece, si tiene suerte, sucede lo impensable y es que te encuentras elevado a la posición de adulto y aunque no te lo esperaras, tus padres, que ya no tienen necesidad de criarte porque eres un ser humano hecho y derecho, se refieren a ti como a otro igual. Y es en esa igualdad de condiciones, en las que descubres que además de un padre, tienes un amigo.
En fin. Llegar a todas estas conclusiones, deshacerme del egoísmo y la envidia me ha costado bastante, pero estoy orgullosa de haber alcanzado un pequeño progreso y haber evolucionado a un versión 2.0 de mí misma, mientras seguiré puliéndome en el camino. Esta vez será un poco más sencillo, tal vez, porque tengo tres nuevos amigos.
Realmente no imaginé que vería el día en que dijera que mi padre es todo un modelo a seguir, y que estoy muy orgullosa de él, a pesar de los líos en los que a veces nos ha metido. Con sus cosas buenas, y sus cosas malas.
Así que ahora, a disfrutar de este descubrimiento, y a destinar muchas más horas a la familia, y menos a las cosas tales como el ordenador. Mañana siempre habrá un ordenador, una tele, un juego… Pero hay otras cosas que al girarse uno, no estarán allí ya.
3/01/2010
LIBRO - "Sinuhé, el egipcio", Mika Waltari
Aquí estoy, retomando el viejo ritmo de lectura. La verdad es que no tengo la sensación de haber dejado de leer, y sin embargo, mientras echo un vistazo a mi bilioteca, he acabado con pocas novelas. Me parece que es porque he ido saltando de una a otra hasta que alguna consiguió seducirme.
Así la cosa, me he dado cuenta que han quedado olvidadas a medio leer:
- Los jardines de la luna, Steven Erikson
- Desde Dos Ríos (La Rueda del Tiempo I), Robert Jordan
- El imperio del sol, J.G. Ballard
- Guía del Autoestopista galáctico, Douglas Adams
- Los propios dioses, Asimov
En fin, es lo de siempre: para cada libro hay un momento, y a veces aparece algo de sopetón que varía tus prioridades.
El otro día estaba paseando por el Fnac, y uno de los chavales que estaba por allí me comentó que estaba leyendo "Sinuhé el egipcio", de Mika Waltari (lo cual me recuerda pasar a interrogar a Rafa sobre su viaje a Japón >_< ¡Qué mala es la envidia! /cry).
Qué quieres que te diga. Es uno de esos libros que por mí misma dudo muchísimo que hubiera cogido, como pasó con "La Catedral del Mar". Pero buen, estaba algo hastiada después de terminara "Papá Puerco" y me llamó la curiosidad.
Creo que es por una cuestión de prejuicios, que tiendo a pensar que la novela "normal" es sumamente aburrida y no me va a gustar nada, así que a veces esta autosugestion hace que me pierda muchas cosas. La verdad es que la sección de scifi y comics me la sé casi de memoria, y algo de la de bolsillo, pero la de literatura extranjera y poesía es una gran desconocida (de hecho el otro día perdí a mi padre en la sección de poesía xD -es que es algo bajito y no lo vi detrás de la estantería...- ¬_¬'). Bueno, y la nacional, a qué engañarnos.
Me pasa con las novelas un poco como con la música. no sé por qué extraño motivo tiendo a pensar que si es en inglés, será mejor. Un prejuicio estúpido como cualquier otro.
Pero bueno, el caso es que me estaba preguntando qué misterio habría encerrado Waltari ahí entre cientos de miles de letras apretujadas en las páginas, y la edición de bolsillo era la mar de asequible. La primera idea que me vino a la cabeza cuando lo cogí entre las manos fue un recuerdo de mi abuela, que es una apasionada de Egipto, y que creo que me mencionó esa historia alguna vez.
Para mi sorpresa, el libro no solo no era aburrido en absoluto, si no que me atrapó desde el primer momento. Está escrito en primera persona, de forma muy viva, y enseguida te sientes partícipe de todo lo que pasa en la vida de Sinuhé y de sus allegados. Y bueno, aunque me avergüenza reconocerlo -porque no dice gran cosa en favor de mi cultura general-, aprendí muchas cosas leyendo y ese hecho me asombró. Claro que mis amigos me dijeron que eso es lo que pasa cuando dejas de leer sobre dragones y te adentras en la novela histórica.
Bueno, esa semana de lectura intensiva me di cuenta que llevar un Iphone no va a echar a perder jamás mis ratos de lecturas en pro de los videojuegos de teléfono: estuve anotando como una posesa las cosas que quería mirar con más detalle, personajes históricos, mapas... Y en el Iphone podía ir mirando todo lo que había anotado, gracias a internet ^^ E inclusopodría haberlo consultado en el momento :_) Ah... Qué maravilla tab complementaria *^-^*
Hablando de mapa, es la única cosa que eché de menos en el libro. Desconozco si la edición de tapa dura lleva uno, pero es inconcebible -al menos para mí-, poder seguir con tranquilidad la historia sin poder situar los hechos en un sitio del mundo. Y mira que es curioso, puesto que siempre he detestado la geografía. Hasta que te das cuenta que no te puede gustar la historia sin mirar los mapas. Absurdo haber tardado tanto. Pero bueno, el ser humano es absurdo, y yo me temo que me tengo que incluir.
En fin, he disfrutado mucho de la experiencia, y la verdad es que recomiendo a cualquier curioso que camine por las arenas junto a Sinuhé, tiene muchas cosas que aprender de su mano, y otras tantas ideas para meditar.
Y ahora, para descansar un poco, me voy a tomar unos días de relax en un Londres de ficción, con viajes en el tiempo, de la mano de Félix J. Palma. Sigo en mi cruzada contra mis propios prejuicios. Si es que esto de que le nazca a uno la conciencia no puede ser bueno...
Así la cosa, me he dado cuenta que han quedado olvidadas a medio leer:
- Los jardines de la luna, Steven Erikson
- Desde Dos Ríos (La Rueda del Tiempo I), Robert Jordan
- El imperio del sol, J.G. Ballard
- Guía del Autoestopista galáctico, Douglas Adams
- Los propios dioses, Asimov
En fin, es lo de siempre: para cada libro hay un momento, y a veces aparece algo de sopetón que varía tus prioridades.
El otro día estaba paseando por el Fnac, y uno de los chavales que estaba por allí me comentó que estaba leyendo "Sinuhé el egipcio", de Mika Waltari (lo cual me recuerda pasar a interrogar a Rafa sobre su viaje a Japón >_< ¡Qué mala es la envidia! /cry).
Qué quieres que te diga. Es uno de esos libros que por mí misma dudo muchísimo que hubiera cogido, como pasó con "La Catedral del Mar". Pero buen, estaba algo hastiada después de terminara "Papá Puerco" y me llamó la curiosidad.
Creo que es por una cuestión de prejuicios, que tiendo a pensar que la novela "normal" es sumamente aburrida y no me va a gustar nada, así que a veces esta autosugestion hace que me pierda muchas cosas. La verdad es que la sección de scifi y comics me la sé casi de memoria, y algo de la de bolsillo, pero la de literatura extranjera y poesía es una gran desconocida (de hecho el otro día perdí a mi padre en la sección de poesía xD -es que es algo bajito y no lo vi detrás de la estantería...- ¬_¬'). Bueno, y la nacional, a qué engañarnos.
Me pasa con las novelas un poco como con la música. no sé por qué extraño motivo tiendo a pensar que si es en inglés, será mejor. Un prejuicio estúpido como cualquier otro.
Pero bueno, el caso es que me estaba preguntando qué misterio habría encerrado Waltari ahí entre cientos de miles de letras apretujadas en las páginas, y la edición de bolsillo era la mar de asequible. La primera idea que me vino a la cabeza cuando lo cogí entre las manos fue un recuerdo de mi abuela, que es una apasionada de Egipto, y que creo que me mencionó esa historia alguna vez.
Para mi sorpresa, el libro no solo no era aburrido en absoluto, si no que me atrapó desde el primer momento. Está escrito en primera persona, de forma muy viva, y enseguida te sientes partícipe de todo lo que pasa en la vida de Sinuhé y de sus allegados. Y bueno, aunque me avergüenza reconocerlo -porque no dice gran cosa en favor de mi cultura general-, aprendí muchas cosas leyendo y ese hecho me asombró. Claro que mis amigos me dijeron que eso es lo que pasa cuando dejas de leer sobre dragones y te adentras en la novela histórica.
Bueno, esa semana de lectura intensiva me di cuenta que llevar un Iphone no va a echar a perder jamás mis ratos de lecturas en pro de los videojuegos de teléfono: estuve anotando como una posesa las cosas que quería mirar con más detalle, personajes históricos, mapas... Y en el Iphone podía ir mirando todo lo que había anotado, gracias a internet ^^ E inclusopodría haberlo consultado en el momento :_) Ah... Qué maravilla tab complementaria *^-^*
Hablando de mapa, es la única cosa que eché de menos en el libro. Desconozco si la edición de tapa dura lleva uno, pero es inconcebible -al menos para mí-, poder seguir con tranquilidad la historia sin poder situar los hechos en un sitio del mundo. Y mira que es curioso, puesto que siempre he detestado la geografía. Hasta que te das cuenta que no te puede gustar la historia sin mirar los mapas. Absurdo haber tardado tanto. Pero bueno, el ser humano es absurdo, y yo me temo que me tengo que incluir.
En fin, he disfrutado mucho de la experiencia, y la verdad es que recomiendo a cualquier curioso que camine por las arenas junto a Sinuhé, tiene muchas cosas que aprender de su mano, y otras tantas ideas para meditar.
Y ahora, para descansar un poco, me voy a tomar unos días de relax en un Londres de ficción, con viajes en el tiempo, de la mano de Félix J. Palma. Sigo en mi cruzada contra mis propios prejuicios. Si es que esto de que le nazca a uno la conciencia no puede ser bueno...
2/25/2010
LIBRO - "Papá Puerco", Terry Pratchett (y mi relación con este buen hombre)
Qué puedo yo decir de este buen hombre… A Terry Pratchett o le amas o le odias. Es complicado quedarse a medias tintas. Ocasionalmente también sucede que empiezas detestándole y acabas queriéndole, y hasta echándole de menos.
Personalmente, mi primera toma de contacto con Pratchett fue con “El color de la magia”, en su edición Fantasy, de Martínez Roca. Tengo que decir que igual por aquel entonces tenía yo trece años y como que no cuajó nuestra amistad, cayendo en el olvido.
Todavía hoy me sorprendo que siempre se pueden sacar cosas buenas de algo malo, como por ejemplo, con mi tercer ex aprendí un montón de cosas a pesar de que acabara detestándole. Con él descubrí: Milo Manara, Hugo Prat, Miquelanxelo Prado, Rubén Pellejero, Frezatto; y redescubrí a Terry Pratchett y Tim Burton.
Todo el mundo tiene algo que enseñarte, segurísimo. Pasa que yo soy muy obtusa y la mitad del tiempo me lo paso cerrando las orejas, y despotricando, así que no me entero de todo lo que debiera.
Ahora que miro atrás desde la seguridad de la distancia, tengo que reconocer que cuando aquella relación terminó, el chico tuvo algunos detalles, como regalarme libros que pensó que me gustarían, como todas sus ediciones Gran Fantasy de Pratchett. Entre ellas estaba Mort (sin sobrecubierta, por eso, una pena). Tardé muchísimo en darle una oportunidad al libro porque eso de que pusiera Pratchett en el lomo me provocaba urticaria.
Pasa que hay veces que te quedas sin cosas que leer, o estás aburrido de lo de siempre, miras un libro y dices… ¿Por qué no? Así cogí yo “Mort”. Y lo disfrute. Joder, de qué manera. Vaya que si lo disfruté… Y acabé claudicando. Coñe… Igual Pratchett mola.
Como resultado, conocí a Rincewind, Tata Ogg, la Muerte, Mort, al gran dios Om, y un sin fin de personajes entrañables i –porqué no reconocerlo- inolvidables. Mis sagas favoritas son las de la Muerte, las brujas y Rincewind. El tema de los guardias no me ha acabado de cuajar, pero voy a darle otra oportunidad.
Otra de mis pasiones son los gatos. Una vez vi un libro en el Fnac del Triangle que ponía: The Amazing Maurice… Y pensé… ¡Coño! Un libro de gatos… Una especie de cargada a El Flautista de Hamelin… Y lo compré sin darme cuenta que el autor era… Terry Pratchett xD Así que ya al final, una termina por reconocer lo obvio: vale, me gustan sus novelas, al menos unas cuantas.
Así llegó el libro de cocina de Mundodisco a mi sección de gastronomía en la biblioteca, y así llegó a mis manos Papa Puerco. Que si bien –según los entendidos- no es la mejor obra de este autor y está considerada de las más flojillas, para mí que soy una de esas enamorada de las tradiciones navideñas ha sido una lectura súper divertida. Monstruos, festejos, institutrices, la Muerte y algunas reflexiones para la posteridad –aunque
Y si hay algo que quiero remarcar de este buen hombre antes de cerrar el post, es que lejos de escribir soplapolleces, es un escritor muy crítico, que lanza no pocas puyas a la sociedad entre sus escritos. Muchas verdades desagradables se dicen a la cara enmascaradas en bromas.
Ahí queda eso. Bueno vale, sí… Eh Pratchett… I <3 U!
Poca gente ha conseguido cambiar una primera impresión en mí xD Será que maduro…
Personalmente, mi primera toma de contacto con Pratchett fue con “El color de la magia”, en su edición Fantasy, de Martínez Roca. Tengo que decir que igual por aquel entonces tenía yo trece años y como que no cuajó nuestra amistad, cayendo en el olvido.
Todavía hoy me sorprendo que siempre se pueden sacar cosas buenas de algo malo, como por ejemplo, con mi tercer ex aprendí un montón de cosas a pesar de que acabara detestándole. Con él descubrí: Milo Manara, Hugo Prat, Miquelanxelo Prado, Rubén Pellejero, Frezatto; y redescubrí a Terry Pratchett y Tim Burton.
Todo el mundo tiene algo que enseñarte, segurísimo. Pasa que yo soy muy obtusa y la mitad del tiempo me lo paso cerrando las orejas, y despotricando, así que no me entero de todo lo que debiera.
Ahora que miro atrás desde la seguridad de la distancia, tengo que reconocer que cuando aquella relación terminó, el chico tuvo algunos detalles, como regalarme libros que pensó que me gustarían, como todas sus ediciones Gran Fantasy de Pratchett. Entre ellas estaba Mort (sin sobrecubierta, por eso, una pena). Tardé muchísimo en darle una oportunidad al libro porque eso de que pusiera Pratchett en el lomo me provocaba urticaria.
Pasa que hay veces que te quedas sin cosas que leer, o estás aburrido de lo de siempre, miras un libro y dices… ¿Por qué no? Así cogí yo “Mort”. Y lo disfrute. Joder, de qué manera. Vaya que si lo disfruté… Y acabé claudicando. Coñe… Igual Pratchett mola.
Como resultado, conocí a Rincewind, Tata Ogg, la Muerte, Mort, al gran dios Om, y un sin fin de personajes entrañables i –porqué no reconocerlo- inolvidables. Mis sagas favoritas son las de la Muerte, las brujas y Rincewind. El tema de los guardias no me ha acabado de cuajar, pero voy a darle otra oportunidad.
Otra de mis pasiones son los gatos. Una vez vi un libro en el Fnac del Triangle que ponía: The Amazing Maurice… Y pensé… ¡Coño! Un libro de gatos… Una especie de cargada a El Flautista de Hamelin… Y lo compré sin darme cuenta que el autor era… Terry Pratchett xD Así que ya al final, una termina por reconocer lo obvio: vale, me gustan sus novelas, al menos unas cuantas.
Así llegó el libro de cocina de Mundodisco a mi sección de gastronomía en la biblioteca, y así llegó a mis manos Papa Puerco. Que si bien –según los entendidos- no es la mejor obra de este autor y está considerada de las más flojillas, para mí que soy una de esas enamorada de las tradiciones navideñas ha sido una lectura súper divertida. Monstruos, festejos, institutrices, la Muerte y algunas reflexiones para la posteridad –aunque
Y si hay algo que quiero remarcar de este buen hombre antes de cerrar el post, es que lejos de escribir soplapolleces, es un escritor muy crítico, que lanza no pocas puyas a la sociedad entre sus escritos. Muchas verdades desagradables se dicen a la cara enmascaradas en bromas.
Ahí queda eso. Bueno vale, sí… Eh Pratchett… I <3 U!
Poca gente ha conseguido cambiar una primera impresión en mí xD Será que maduro…
1/25/2010
Me arrepiento
De haberte dejado escapar aquella noche invernal, de no haberte dicho, de no haber mirado, y de salir corriendo sin valor… ¿Dónde quedó? El arrojo de los quince… Se dividió a vez por año hasta desaparecer acaso en la lejanía de los treinta.
De sonreír restándole importancia, de pensar en las negativas que tal vez ahogaran los “quizá” poco a poco perdiéndose en una maraña de “y si”.
Y aunque me duele, no cejo en esconderme entre las sombras, entre los libros y sonidos, huyendo esquiva entre las horas que sé jamás compartiremos.
De sonreír restándole importancia, de pensar en las negativas que tal vez ahogaran los “quizá” poco a poco perdiéndose en una maraña de “y si”.
Y aunque me duele, no cejo en esconderme entre las sombras, entre los libros y sonidos, huyendo esquiva entre las horas que sé jamás compartiremos.
1/20/2010
Far from the distance
Es curioso como alejarse, siempre da una perspectiva de las situaciones que nunca pensaste que ibas a poder contemplar. Uno se puede alejar de algo o de alguien espacial o temporalmente. A veces ambas.
Yo me encuentro últimamente con esto.
Allá por noviembre se me dio por comprarme la Xbox, por el sencillo motivo que estaba hasta los cojones del WoW. Es muy curioso, porque de hecho el juego me sigue gustando, pero ya… No sé, ya no tiene magia. Me parece todo lo mismo, y si lo pienso… Va para cinco añitos la cosa.
Estos cinco años me han servido de mucho. Como todos, han tenido sus cosas buenas, y sus cosas malas. Empecé a jugar cuando no existían los servidores españoles, y ni siquiera jugaba en los reinos autoproclamados españoles.
Cuando compré el Warcraft, vivía en pareja. Mi compañero era un forensic de seguridad informática, uno de esos frikis de los ordenadores que adoran los cacharros y que le encantaba Linux. Él me acompañó de expedición por Barcelona, en busca de una tienda que tuviera un ejemplar de ese juego que se había agotado tan rápidamente.
Jugaba a ratitos, mientras él estaba a sus cosas en el ordenador, no sabía la mitad de cosas del juego que sé ahora, ni conocía remotamente el concepto de raid ni las exigencias.
Yo vivía feliz en Moonglade, un servidor de Role Playing. Mi primera encarnación fue como priest elfa nocturna. Se me ocurrió que era el mejor rol que podía desarrollar en un sitio nuevo, donde no conocía nada, porque es un hecho indiscutible: todo el mundo adora a los sanadores.
Allí hice amigos, que no he podido ver en persona jamás, mayoritariamente eran chavales de Turquía. Me lo pasaba bomba. El mundo era impresionante, todo era nuevo e inexplorado. Terrallende no existía y muchísimo menos Northrend.
Yo recuerdo los nombres de las ciudades y del mundo en general en inglés. De hecho, nunca he podido jugar en castellano, me supera y odio las traducciones.
Mi primera mazmorra fue Stockades, me llevó uno de mis amigos, y me pareció fabulosa, toda llena de peligros: él, con su paladín abriéndome camino y enseñándome los entresijos de Silvermoon. Morí no sé cuántas veces, de puro imprudente, pero no me importaba. Era divertido: me reía todos los días.
Conforme conocía a más gente y estaba bien con ellos, ya no conectaba únicamente por el juego: quería ver a mis “amigos”, comentar qué tal el día, ir de excursión, hacer safari fotográfico (porque sí, yo hacía safaris fotográficos).
Por aquel entonces no estaba en ninguna guild importante ni de raideo. Me entretenía con mis cositas para un lado y para el otro. Nunca pude entrar en Zul Farrak porque no tenía nivel suficiente, estaba orgullosísima de mi primer vestido rare, que era de color blanco, y me maravillaba cuando veía alguien con dos o tres piezas épicas. Era rarísimo ver a alguien con un tier, y más cuando los tiers eran de ocho piezas.
El centro del mundo era Ironforge, y para mí, lo mejor del año era el festival de invierno con Father Winter. Las primeras navidades en Azeroth fueron las mejores. Me pareció un detalle increíble por parte de los programadores. Abría todos los paquetes con una ilusión tremenda, y tenía el banco petadísimo de tonterías y vestidos que no quería vender ni tirar.
Iba pocas veces a la Auction House, porque no tenía dinero apenas. Me había hecho enchanter / tailor; pero no había descubierto como funcionaba bien el tema de encantar. Me desesperé porque me parecía carísimo subir la profesión (y lo era).
A veces me paraba a contemplar simplemente a la gente que paseaba en sus monturas, y me quedaba alucinada. Yo nunca conseguí ir en tigre.
Después de más o menos un año, dejé de jugar. Mi alter ego online llegó a nivel 36 y ahí dije… Quiero un parón. Y ahí acabó todo por un tiempo, porque en realidad vivía bastante feliz con mi compañero y se me pasó pronto la curiosidad por el Warcraft. Curiosamente, seguí jugando en los MUDs, a tiempo parcial.
Entonces empezaron a cambiar un poco las cosas en mi vida. Al año, mi relación con mi pareja terminó y tuve que vivir el traslado a casa de mis padres mientras me buscaba un sitio propio. También estaba muy hastiada con mi trabajo en la promotora inmobiliaria, acabé harta de mis jefes, y tan estresada que me dieron cuarenta y cinco días de baja por estrés. Se me había quedado completamente paralizada la mitad derecha de a cara, y aunque no me lo dijeron, no sabían si la volvería a mover bien.
Cortar con mi pareja, desde luego, mucho no ayudó. Me apoyé más en los amigos, pasaba muchísimas horas con ellos, en el cine, en el cyber, de paseo, de vacaciones… Y con el tiempo conocí a otra persona especial, que si bien no tuvimos un final de comer perdices, sigue siendo un gran amigo y me alegro muchísimo por ello.
A finales de esta segunda relación, el mundo empezó a abrirse bajo mis pies. Es curioso como cuando una parte de tu vida va bien, otra parece ir condenadamente mal. Había conseguido cambiarme de trabajo, entré en una entidad financiera, conseguí mi propio piso de alquiler para vivir a mi aire, y adopté dos gatos. Superé la última ruptura con mi última pareja, y fue entonces cuando volví al WoW, porque la vida real empezó a caer en picado.
Caer en picado quiere decir que el mundo tal y como yo lo conocía, y con los pilares que lo mantenían, fueron dinamitados por completo y se volatilizaron, perdiéndose en el tiempo. Mi mejor amigo, al que conocí durante ocho años y que para mí era como un hermano, resultó ser el mentiroso más grande de la historia, y se había inventado su vida entera, superando con creces al personaje de “Vida de nadie” que interpretaba José Coronado. Me sentí tremendamente estúpida, y creo que entré en una espiral depresiva.
Descubrí que ya que había perdido a mi mejor amigo y a su tropa (tan mentirosos como él, porque le encubrieron ocho años, y no me podía fiar ya de ellos), y en vistas de que Joan tenía que embarcarse, me vi completamente sola, y mi vía de escape fue aquella caja con CDs que instalaban un videojuego, al que una vez dediqué brevemente mi tiempo.
Empecé a dedicarle horas y horas y horas. Todas las que salían de los demás sitios, incluso del sueño. A jugar más y más y más. Pero, eh… Me divertía. Encontré un grupo de gente de Barcelona y alrededores, y acabé en un clan con ellos. Todos eran conocidos de Vulcana. De aquello hace ya tres años, y estoy encantada de haberlos conocido.
Con ellos aprendí a raidear, y salí muchas veces al cine, y a comer, y a cenar. Volví a tener un grupo estable de amigos (de hecho a día de hoy, vivo en la misma ciudad que ellos y me fui a esa ciudad porque estaban allí). Nos reíamos muchísimo cuando jugábamos, nos estresábamos cuando nos equivocábamos. Contábamos qué tal el día. Nos fuimos de viaje a Madrid a conocer a los que estaban por allí, y nos hemos ido juntos de vacaciones.
No me quejo para nada. Vi muchísimas cosas nuevas que no había visitado en la vida, y tenía siempre encima mío la amenaza de que me iban a poner en silencio el micrófono cuando hablábamos por el TS, porque a veces me venía la risa tonta y me carcajeaba sola de las cosas.
Contábamos chistes, y nos metíamos unos con otros, siempre desde el cariño. Más que un clan, era un grupo de amigos.
En aquel entonces, Warcraft ocupaba un sitio muy importante de mi vida, llenaba el vacío en mi vida real que no conseguía llenar de otras maneras. Salió bien, conocí gente genial, y poco a poco, pasando por todas las etapas, la ilusión por el juego se fue apagando como una bengala, entre otras cosas porque mi vida actual es muchísimo más estable.
Además, por el camino, aprendí a vivir sola. A veces es una puta mierda no tener a nadie en casa con quien conversar, pero bueno, uno enciende el PC y habla con los colegas con un simple doble clic. Aprender a vivir sola, llevó a aprender a estar bien conmigo misma la mayor parte de las veces, sin necesitar tanto a los demás.
Cuanto menos necesitaba de la compañía aunque fuera virtual, más me ponía a hacer cosas en casa que no requerían estar con nadie, como cocinar, o ver la tele, o leer. Así que cuando conectaba a Warcraft era realmente porque quería hacerlo, y no porque era una necesidad o una obligación.
En su día, Warcraft lo fue prácticamente todo. Dedicaba muchísimas horas. Ahora es una nota a pie de página, y los problemas que se derivaron de todo ello, los líos por los rolls, los ítems, los dkps de la raid, la raid en sí, y los enfados con otros jugadores, opr chorradas, empezaron a diluirse, y a transformarse en simplemente eso, tonterías.
Después de dejar la raid, y conectar solo de tanto en tanto, me dí cuenta que cada vez que entraba, había un tomate distinto en el guild chat, un marrón nuevo, una pelea nueva, una discusión… Y no sé cómo me quedé pensando.
Cuando llego del trabajo, y conecto, es con ánimo de saludar y pasármelo bien con la gente. Quiero disfrutar de mi tiempo. Porque ya tengo muchísimos marrones en el día a día y preocupaciones en el trabajo. Lo que quiero es divertirme y evadirme.
Me entristece ver que el ambiente ya no es el que era, y cada vez conecto menos y me siento más como una extraña. Me pregunto donde están los tiempos aquellos en los que nos reíamos y hacíamos el tonto.
Desde la distancia de mi exilio todo ese mundo empieza a perder consistencia, y sus problemas se vuelven cada vez más banales. A la par, las risas que nos pegábamos adquieren nitidez en mis oídos y me apena ver que cada vez son más escasas.
Me gustaría poder compartir mi punto de vista, y decir… Oye, ¿os acordáis cuando nos divertíamos? Yo lo pasé en grande con todos. No deja de ser un juego, y los problemas que ocasiona deberían perder importancia.
Pero sé perfectamente que cuanto más pendiente estás de ese mundo, más importancia le das a esos problemas, y a veces perdemos el norte.
Solo cuando te alejes lo suficiente, te acordarás de los malos momentos y tal vez te rías. Me gustaría que cuando te alejes, puedas escuchar bien nítidas las carcajadas que compartiste con el resto del clan, y olvides los malos rollos.
Yo, desde esta distancia en la que me encuentro ahora, y a pesar de todo, solo recuerdo los buenos momentos. Cuando vuelva, me gustaría poder seguir diciendo "me lo estoy pasando de puta madre", y no tirarme rallada las horas cuando desconecte el ordenador.
Ojalá que los puntos de fricción desaparezcan, y que todo lo que haya para recordar sea un cúmulo de sonrisas legendarias.
Yo me encuentro últimamente con esto.
Allá por noviembre se me dio por comprarme la Xbox, por el sencillo motivo que estaba hasta los cojones del WoW. Es muy curioso, porque de hecho el juego me sigue gustando, pero ya… No sé, ya no tiene magia. Me parece todo lo mismo, y si lo pienso… Va para cinco añitos la cosa.
Estos cinco años me han servido de mucho. Como todos, han tenido sus cosas buenas, y sus cosas malas. Empecé a jugar cuando no existían los servidores españoles, y ni siquiera jugaba en los reinos autoproclamados españoles.
Cuando compré el Warcraft, vivía en pareja. Mi compañero era un forensic de seguridad informática, uno de esos frikis de los ordenadores que adoran los cacharros y que le encantaba Linux. Él me acompañó de expedición por Barcelona, en busca de una tienda que tuviera un ejemplar de ese juego que se había agotado tan rápidamente.
Jugaba a ratitos, mientras él estaba a sus cosas en el ordenador, no sabía la mitad de cosas del juego que sé ahora, ni conocía remotamente el concepto de raid ni las exigencias.
Yo vivía feliz en Moonglade, un servidor de Role Playing. Mi primera encarnación fue como priest elfa nocturna. Se me ocurrió que era el mejor rol que podía desarrollar en un sitio nuevo, donde no conocía nada, porque es un hecho indiscutible: todo el mundo adora a los sanadores.
Allí hice amigos, que no he podido ver en persona jamás, mayoritariamente eran chavales de Turquía. Me lo pasaba bomba. El mundo era impresionante, todo era nuevo e inexplorado. Terrallende no existía y muchísimo menos Northrend.
Yo recuerdo los nombres de las ciudades y del mundo en general en inglés. De hecho, nunca he podido jugar en castellano, me supera y odio las traducciones.
Mi primera mazmorra fue Stockades, me llevó uno de mis amigos, y me pareció fabulosa, toda llena de peligros: él, con su paladín abriéndome camino y enseñándome los entresijos de Silvermoon. Morí no sé cuántas veces, de puro imprudente, pero no me importaba. Era divertido: me reía todos los días.
Conforme conocía a más gente y estaba bien con ellos, ya no conectaba únicamente por el juego: quería ver a mis “amigos”, comentar qué tal el día, ir de excursión, hacer safari fotográfico (porque sí, yo hacía safaris fotográficos).
Por aquel entonces no estaba en ninguna guild importante ni de raideo. Me entretenía con mis cositas para un lado y para el otro. Nunca pude entrar en Zul Farrak porque no tenía nivel suficiente, estaba orgullosísima de mi primer vestido rare, que era de color blanco, y me maravillaba cuando veía alguien con dos o tres piezas épicas. Era rarísimo ver a alguien con un tier, y más cuando los tiers eran de ocho piezas.
El centro del mundo era Ironforge, y para mí, lo mejor del año era el festival de invierno con Father Winter. Las primeras navidades en Azeroth fueron las mejores. Me pareció un detalle increíble por parte de los programadores. Abría todos los paquetes con una ilusión tremenda, y tenía el banco petadísimo de tonterías y vestidos que no quería vender ni tirar.
Iba pocas veces a la Auction House, porque no tenía dinero apenas. Me había hecho enchanter / tailor; pero no había descubierto como funcionaba bien el tema de encantar. Me desesperé porque me parecía carísimo subir la profesión (y lo era).
A veces me paraba a contemplar simplemente a la gente que paseaba en sus monturas, y me quedaba alucinada. Yo nunca conseguí ir en tigre.
Después de más o menos un año, dejé de jugar. Mi alter ego online llegó a nivel 36 y ahí dije… Quiero un parón. Y ahí acabó todo por un tiempo, porque en realidad vivía bastante feliz con mi compañero y se me pasó pronto la curiosidad por el Warcraft. Curiosamente, seguí jugando en los MUDs, a tiempo parcial.
Entonces empezaron a cambiar un poco las cosas en mi vida. Al año, mi relación con mi pareja terminó y tuve que vivir el traslado a casa de mis padres mientras me buscaba un sitio propio. También estaba muy hastiada con mi trabajo en la promotora inmobiliaria, acabé harta de mis jefes, y tan estresada que me dieron cuarenta y cinco días de baja por estrés. Se me había quedado completamente paralizada la mitad derecha de a cara, y aunque no me lo dijeron, no sabían si la volvería a mover bien.
Cortar con mi pareja, desde luego, mucho no ayudó. Me apoyé más en los amigos, pasaba muchísimas horas con ellos, en el cine, en el cyber, de paseo, de vacaciones… Y con el tiempo conocí a otra persona especial, que si bien no tuvimos un final de comer perdices, sigue siendo un gran amigo y me alegro muchísimo por ello.
A finales de esta segunda relación, el mundo empezó a abrirse bajo mis pies. Es curioso como cuando una parte de tu vida va bien, otra parece ir condenadamente mal. Había conseguido cambiarme de trabajo, entré en una entidad financiera, conseguí mi propio piso de alquiler para vivir a mi aire, y adopté dos gatos. Superé la última ruptura con mi última pareja, y fue entonces cuando volví al WoW, porque la vida real empezó a caer en picado.
Caer en picado quiere decir que el mundo tal y como yo lo conocía, y con los pilares que lo mantenían, fueron dinamitados por completo y se volatilizaron, perdiéndose en el tiempo. Mi mejor amigo, al que conocí durante ocho años y que para mí era como un hermano, resultó ser el mentiroso más grande de la historia, y se había inventado su vida entera, superando con creces al personaje de “Vida de nadie” que interpretaba José Coronado. Me sentí tremendamente estúpida, y creo que entré en una espiral depresiva.
Descubrí que ya que había perdido a mi mejor amigo y a su tropa (tan mentirosos como él, porque le encubrieron ocho años, y no me podía fiar ya de ellos), y en vistas de que Joan tenía que embarcarse, me vi completamente sola, y mi vía de escape fue aquella caja con CDs que instalaban un videojuego, al que una vez dediqué brevemente mi tiempo.
Empecé a dedicarle horas y horas y horas. Todas las que salían de los demás sitios, incluso del sueño. A jugar más y más y más. Pero, eh… Me divertía. Encontré un grupo de gente de Barcelona y alrededores, y acabé en un clan con ellos. Todos eran conocidos de Vulcana. De aquello hace ya tres años, y estoy encantada de haberlos conocido.
Con ellos aprendí a raidear, y salí muchas veces al cine, y a comer, y a cenar. Volví a tener un grupo estable de amigos (de hecho a día de hoy, vivo en la misma ciudad que ellos y me fui a esa ciudad porque estaban allí). Nos reíamos muchísimo cuando jugábamos, nos estresábamos cuando nos equivocábamos. Contábamos qué tal el día. Nos fuimos de viaje a Madrid a conocer a los que estaban por allí, y nos hemos ido juntos de vacaciones.
No me quejo para nada. Vi muchísimas cosas nuevas que no había visitado en la vida, y tenía siempre encima mío la amenaza de que me iban a poner en silencio el micrófono cuando hablábamos por el TS, porque a veces me venía la risa tonta y me carcajeaba sola de las cosas.
Contábamos chistes, y nos metíamos unos con otros, siempre desde el cariño. Más que un clan, era un grupo de amigos.
En aquel entonces, Warcraft ocupaba un sitio muy importante de mi vida, llenaba el vacío en mi vida real que no conseguía llenar de otras maneras. Salió bien, conocí gente genial, y poco a poco, pasando por todas las etapas, la ilusión por el juego se fue apagando como una bengala, entre otras cosas porque mi vida actual es muchísimo más estable.
Además, por el camino, aprendí a vivir sola. A veces es una puta mierda no tener a nadie en casa con quien conversar, pero bueno, uno enciende el PC y habla con los colegas con un simple doble clic. Aprender a vivir sola, llevó a aprender a estar bien conmigo misma la mayor parte de las veces, sin necesitar tanto a los demás.
Cuanto menos necesitaba de la compañía aunque fuera virtual, más me ponía a hacer cosas en casa que no requerían estar con nadie, como cocinar, o ver la tele, o leer. Así que cuando conectaba a Warcraft era realmente porque quería hacerlo, y no porque era una necesidad o una obligación.
En su día, Warcraft lo fue prácticamente todo. Dedicaba muchísimas horas. Ahora es una nota a pie de página, y los problemas que se derivaron de todo ello, los líos por los rolls, los ítems, los dkps de la raid, la raid en sí, y los enfados con otros jugadores, opr chorradas, empezaron a diluirse, y a transformarse en simplemente eso, tonterías.
Después de dejar la raid, y conectar solo de tanto en tanto, me dí cuenta que cada vez que entraba, había un tomate distinto en el guild chat, un marrón nuevo, una pelea nueva, una discusión… Y no sé cómo me quedé pensando.
Cuando llego del trabajo, y conecto, es con ánimo de saludar y pasármelo bien con la gente. Quiero disfrutar de mi tiempo. Porque ya tengo muchísimos marrones en el día a día y preocupaciones en el trabajo. Lo que quiero es divertirme y evadirme.
Me entristece ver que el ambiente ya no es el que era, y cada vez conecto menos y me siento más como una extraña. Me pregunto donde están los tiempos aquellos en los que nos reíamos y hacíamos el tonto.
Desde la distancia de mi exilio todo ese mundo empieza a perder consistencia, y sus problemas se vuelven cada vez más banales. A la par, las risas que nos pegábamos adquieren nitidez en mis oídos y me apena ver que cada vez son más escasas.
Me gustaría poder compartir mi punto de vista, y decir… Oye, ¿os acordáis cuando nos divertíamos? Yo lo pasé en grande con todos. No deja de ser un juego, y los problemas que ocasiona deberían perder importancia.
Pero sé perfectamente que cuanto más pendiente estás de ese mundo, más importancia le das a esos problemas, y a veces perdemos el norte.
Solo cuando te alejes lo suficiente, te acordarás de los malos momentos y tal vez te rías. Me gustaría que cuando te alejes, puedas escuchar bien nítidas las carcajadas que compartiste con el resto del clan, y olvides los malos rollos.
Yo, desde esta distancia en la que me encuentro ahora, y a pesar de todo, solo recuerdo los buenos momentos. Cuando vuelva, me gustaría poder seguir diciendo "me lo estoy pasando de puta madre", y no tirarme rallada las horas cuando desconecte el ordenador.
Ojalá que los puntos de fricción desaparezcan, y que todo lo que haya para recordar sea un cúmulo de sonrisas legendarias.
Pensamiento raro del día: café y especia
Me gusta mucho el café de Lavazza (de hecho, mil veces más rico que el Nespresso).
Ya no recuerdo cuándo fue, antes de vacaciones de verano, eso seguro. Cerraron la cafetería del Fnac de la Illa, donde desayuno muchas veces, y en su lugar apareció una pared de pladur y maderas.
Primero la pared era blanca impoluta, y tenía una puerta provisional. Siempre que pasaba por allí me quedaba la curiosidad de qué estarían haciendo.
Un buen día, decoraron toda la superficie con un cartel rojo que decía que iban a abrir pronto una cafetería Lavazza. Lavazza a mí, no me decía nada por aquel entonces.
Tenían que inaugurar el espacio en septiembre, creo. Llegamos a principios de octubre sin novedades, pero un buen día la pared desapareció, dejando ver una preciosa cafetería pseudo-fashion, decorada en blancos y rojos, con sillas que tenían un aire de diseño.
La superficie de la barra era muy curiosa, un cierto empedrado con una amalgama plástica que lo recubría. Peculiar. Desde luego, tenía un aire de "prohibitivo". Pero claro, yo tenía que probar la cafetería, no era posible que me hubieran desposeído del placer de salir de caza literaria sin poder degustar un café, o repostar buenas energías para volver a la oficina.
Lo cierto es que el sitio me encantó. El café me encantó, y el combinado de desayuno de café y croisant, está muy bien.
Hoy he aprovechado un segundo para adentrarme y comentar con Rafa mis impresiones de "El mundo sumergido", y me apoderé de un ejemplar de "El imperio del sol". Es divertido hablar con alguien de libros, y poder comentar las cosas.
Estuvimos comentando por encima sobre canción de Hielo y Fuego, sobre el escritor este, el tal Ballard, y Dune y Ender y compañía; y después recogí mi cortado.
La verdad es que el cortado estaba bastante caliente, y era muy espumoso (siempre tiene mucha espumita). Como no quería quemarme, se me dio por soplar un poco. Entonces, la espuma se desplazó y por una de esas se hizo un túnel, con una obertura detrás por la que salía el aire. En el momento me pareció divertido.
Volví a soplar a ver si se repetía el fenómeno, cosa que no fue así. Sin embargo, la forma en la que se separaba la espuma me recordó -no sé porqué- a la boca de un navegante cuando inhala dentro de su tanque de especia. Me di cuenta de lo absurdo de la idea, y me propuse pagar con tarjeta (cosas del directo, cuando estás acostumbrado a no llevar efectivo encima: me había quedado sin cambio).
Salí de las fauces de la Illa leyendo las primeras páginas de "El imperio del sol", como hago tantas veces que leo mientras camino para aprovechar mi tiempo "libre", preguntándome qué será la próxima cosa que imagine entre las miríadas de burbujas que flotan en la superficie de mi dosis diaria de cafeína.
Ya no recuerdo cuándo fue, antes de vacaciones de verano, eso seguro. Cerraron la cafetería del Fnac de la Illa, donde desayuno muchas veces, y en su lugar apareció una pared de pladur y maderas.
Primero la pared era blanca impoluta, y tenía una puerta provisional. Siempre que pasaba por allí me quedaba la curiosidad de qué estarían haciendo.
Un buen día, decoraron toda la superficie con un cartel rojo que decía que iban a abrir pronto una cafetería Lavazza. Lavazza a mí, no me decía nada por aquel entonces.
Tenían que inaugurar el espacio en septiembre, creo. Llegamos a principios de octubre sin novedades, pero un buen día la pared desapareció, dejando ver una preciosa cafetería pseudo-fashion, decorada en blancos y rojos, con sillas que tenían un aire de diseño.
La superficie de la barra era muy curiosa, un cierto empedrado con una amalgama plástica que lo recubría. Peculiar. Desde luego, tenía un aire de "prohibitivo". Pero claro, yo tenía que probar la cafetería, no era posible que me hubieran desposeído del placer de salir de caza literaria sin poder degustar un café, o repostar buenas energías para volver a la oficina.
Lo cierto es que el sitio me encantó. El café me encantó, y el combinado de desayuno de café y croisant, está muy bien.
Hoy he aprovechado un segundo para adentrarme y comentar con Rafa mis impresiones de "El mundo sumergido", y me apoderé de un ejemplar de "El imperio del sol". Es divertido hablar con alguien de libros, y poder comentar las cosas.
Estuvimos comentando por encima sobre canción de Hielo y Fuego, sobre el escritor este, el tal Ballard, y Dune y Ender y compañía; y después recogí mi cortado.
La verdad es que el cortado estaba bastante caliente, y era muy espumoso (siempre tiene mucha espumita). Como no quería quemarme, se me dio por soplar un poco. Entonces, la espuma se desplazó y por una de esas se hizo un túnel, con una obertura detrás por la que salía el aire. En el momento me pareció divertido.
Volví a soplar a ver si se repetía el fenómeno, cosa que no fue así. Sin embargo, la forma en la que se separaba la espuma me recordó -no sé porqué- a la boca de un navegante cuando inhala dentro de su tanque de especia. Me di cuenta de lo absurdo de la idea, y me propuse pagar con tarjeta (cosas del directo, cuando estás acostumbrado a no llevar efectivo encima: me había quedado sin cambio).
Salí de las fauces de la Illa leyendo las primeras páginas de "El imperio del sol", como hago tantas veces que leo mientras camino para aprovechar mi tiempo "libre", preguntándome qué será la próxima cosa que imagine entre las miríadas de burbujas que flotan en la superficie de mi dosis diaria de cafeína.
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