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1/14/2010

La cosa va de negros.

Esto es lo que puede pasarle a (casi) cualquiera un buen sábado por la mañana.

Bueno, primero y principal. Esto es una vivencia real y aviso (para las mentes pervertidas que pueda estar trajinando excentricidades varias) que muy probablemente no tiene nada que ver con lo que os podéis estar imaginando a priori.

Además, tengo algunas cuestiones que alegar en mi defensa, a saber:

- Apenas había dormido cinco horas en dos días. La noche del jueves al viernes no había dormido porque me fui de fiesta con una rubia espectacular (probablemente, la mujer de mi vida xD), y acabamos en su casa (cada uno imagine lo que guste xD). La noche del viernes al sábado no dormí demasiado, en parte por culpa de la Xbox.

- Mi metabolismo es lento procesando el alcohol, así que el sábado aun estaba (probablemente) trabajando con el alcohol ingerido en la farra del jueves.

- Era MUY temprano (cualquier hora antes de las dos de la tarde, es demasiado temprano >>siempre<<).

- No distingo bien un negro de otro, me parecen todos iguales, a los hechos me remito. ¿Qué pasa? Los hombres no distinguen el rosa del fucsia, y bien que los diferencio yo.

El tema es que cuando llegan navidades, hay cantidades de cosas que desaparecen de las tiendas por arte de magia, sin saber exactamente cómo. Por ejemplo, te acercas hoy al Fnac, hay quince ejemplares de "El Juego de Ender", y vas mañana y no queda ni uno.

Amazing.

Entonces, tienes varias opciones: a) te resignas, b) persigues al primer tipo que veas con el libro en las manos, para arrancárselo (vivo o muerto, qué más da), c) recurres al móvil y a los teléfonos de emergencia.

Yo opté por recurrir a la opción C. ¿Y qué son los teléfonos de emergencia? Pues los teléfonos de emergencia son una excelente selección de tiendas cualificadas, expertas en primeros auxilios frikis, donde puedes encontrar los remedios más específicos (aunque a veces, extremadamente caros xD ¬¬). Mis teléfonos de urgencia son: Gigamesh, Kaburi, Norma, Game, y Fnac.

Cuando tienes un antojo, y entra dentro de los cánones normales, puedes solucionarlo cruzando la Diagonal, y comprando en Fnac (que es lo que hago yo aproximadamente cinco veces a la semana). Cuando tienes un antojo sibarita -o no sabes dónde encontrar algo-, te vas a Gigamesh, llueva, truene, nieve y caiga el diluvio universal mientras Eolo remueve tifones por la ciudad.

Así que nada, como no quedaban ejemplares de "El juego de Ender" ni "Maestro Cantor", llamé a Gigamesh, donde Ramón salvó mi alma de la condena eterna y conseguí los regalos de navidad de mi padre y un amigo.

Ahora vivo a cuarenta y cinco minutos en tren de Barcelona. Lo llevo muy bien entre semana. Pero bajar un finde, madrugando para comprar... Es duro. Muy duro. Aunque la causa es buena.

Me levanto pues el sábado a las ocho. OMFG ¡a las ocho!, que no están despiertos ni mis gatos. Me voy a la ducha, porque tengo que sacarme las telarañas que cierran mis ojos, despejarme, y ver si me despierto de una vez. Cuando considero que estoy lo suficientemente aseada, me acicalo y me intento arreglar los pelos. Y digo intento, porque ya a estas alturas, que le jodan al secador, el pelo al viento.

Voy a por un café, y en esas suena mi teléfono. ¡Aleluya! ¡Mis colegas bajan de compras a Barcelona también, y me bajan en coche! ¡Yupi!

En realidad también tenía que ir al PC City a devolver un netbook que me compré en un acceso de compra compulsiva, pero bueno, me dicen estos que si solo (única y exclusivamente, palabrita de la buena, y te lo juro por Snoopy) voy a recoger libros y no voy a curiosear por la tienda (bajo ningún concepto), porque me lío el rato padre, me esperan aparcados en doble fila, y me dejan después cerca del PC City.

Y entre charlas, risas y música progresiva (parece mentira que haya diferentes clases de metal o jevi o como carajo se llame), llegamos a Barcelona, y más concretamente, paramos delante de la tienda de Alejo.

Así que, ahí voy yo, saliendo por la puerta de la derecha y exponiendo mi cuerpo a una muerte (casi) segura al atravesar Ronda Sant Pere a la carrera, entro en la tienda y le digo a Antonio que venía a recoger mis libros.

En estas que me dice: “¿Te gusta Narnia?” Y yo respondo, “Sí, pero no me líes que ya o puedo gastar más por este mes porque…”. Me parece escuchar que dice algo que está bien de precio y atino a oír “…eve noventa y cinco”.

Y pensé, deben ser veintinueve noventa y cinco y tal, y le digo que hombre, está guay pero ya lo tengo en inglés y… Y claro, me dice: “Es que por diez euros, está tirado”. Coño… Diez euros… Ya no me va de ahí…Y me lo llevo junto al resto de la pesca que incluye un libro para mi hermano (“Fundación e Imperio”, que para una vez que el niño sale de la consola y quiere leer algo y lo pide, hay que conseguirlo xD).

Salgo de la tienda más feliz que unas castañuelas, pensando en qué compra más guay que he hecho y en explicárselo a Ibai y Pablo nada más llegue. Vuelvo a mirar en la bolsa (es curioso que siempre miras y remiras la bolsa de la compra, como para asegurarte de que las cosas no se han fugado). Joer, ¡qué buena compra que he hecho!

Por allá diviso el coche de Ibai aparcado en segunda fila (no he tardado tanto, digo yo), y por una vez decido realiza una acción prudente, esto es: entrar por la puerta de la derecha por donde los autobuses y el resto de coches no circulan y no me atropellarán.

Llego, abro la puerta, saludo –porque otra cosa no sé, pero mis padres me inculcaron buena educación- diciendo lo típico: “Nyaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!”, y me pongo a arreglar las bolsas.

A todo esto, no veo la chaqueta de Pablo por ningún lado. Miro al asiento del copiloto, que está vacío. Conclusión lógica: Pablo ha bajado a comprar. Y sigo a lo mío.

No sé porqué, algo me impulsa a mirar por encima de mi hombro izquierdo, y veo que desde el asiento del conductor asoma una cabeza (que por cierto tiene pelo corto, color miel, y de cabellera ciertamente espesa, y que no se parece en nada visto así a la de Ibai). La cabeza sigue asomando y me encuentro con una cara que… Coño… No es Ibai…

Y es justo, justo, justo, en ese precisísimo y concisísimo instante que me doy cuenta que (¡FUCK!) me he equivocado de coche.

El tío que me está mirando (edad aproximada 24 años), lleva una cara de desconcierto. No entiendo porqué, a fin de cuentas no es tan extraordinario que alguien entre en tu coche, arregle sus bolsas, después de decir “NYAAAAAAAAAAAAAA”, y siga a su bola.

Hago lo que cualquier persona haría en una situación así: balbucear “Este no es…”, dejando la frase inacabada, mientras reculo hacia fuera con mis bolsas a rastras y busco con la mirada (disimulando, como si todo estuviera perfecto), el coche de Ibai.

Para más inri, al salir, me topo con una muchacha euroasiática que se dirige a su vez al coche del que he salido, probablemente la acompañante.

El coche de Ibai, un Megane Negro (de los viejos con el culo que es más feo que un pedo); estaba aparcado en batería justo con el Honda Civic (también de color negro, puntualicemos, que es el origen de todo el percal) del que yo salía en algo parecido a una perpendicular.

Ni que decir que los dos cabrones (que podrían haber hecho algo para impedir que me metiera en ese embrollo, pero textualmente cito: “Era muchísimo más divertido no hacer nada y observar, total, tampoco hubiera dado tiempo –risas-”), estaban despollándose a mi costa, mientras yo decía que: ¡A mí que me cuentas, el otro coche también era negro!.

La anécdota será recordada en los anales de nuestro grupo y lo contarán a sus nietos. En caso que no los deje impotentes de una patada y por ello no puedan reproducirse nunca jamás.

Ten amigos para esto…

1/13/2010

Cuando Fin de Año es un día de mierda o crónica de un Fin de Año (en tres actos) - III

Acto tercero: Mierda

Hay pocas verdades indiscutibles en el universo.

Una de estas leyes es:

“Cuando no eres fumador, y no tienes la posibilidad de echar el polvo mañanero para irte al curro con la sonrisa en los labios, la segunda mejor cosa que puedes hacer es tomarte un buen café espresso, hecho por tu cafetera ultrapija, y degustarlo mientras revisas el mail que dejaste ahí hace cuatro horas (no sea que haya pasado alguna hecatombe mientras dormías y no te hayas enterado, o que te haya tocado una lotería vía forward de esas que te mandan los colegas sin CCO)”.

Y esto, como diría un amigo mío, es así (para darle más énfasis se puede añadir “¡Copón!”).

Junto con la calefacción, que te permite salir de la cama con los mínimos exigibles de ropa (esto es: la interior), otra de las fantásticas comodidades del siglo XXI, es la cafetera automática con cápsulas. Puestos a elegir, escojamos esa delicia de café italiano que se ha puesto de moda ahora, por encima de la de toda la vida que anuncian actores en televisión.

Y bueno, ya que de mañana no se folla, pues qué menos que un buen café, digo yo. Así que vamos a ello.

Fíjate qué grande es el cerebro, que él solito empieza a introducir la ilusión del aroma del café recién hecho en tu nariz. Mientras caminas hacia la cocina, lo vas notando, ese aroma tostado, con un ligero dejo margo, lo justo, y eso te recuerda la textura sedosa y su cuerpo, con un toquecito de azúcar. Ah… Esto es vida.

El caso es que como en otras tantas cosas, encender la luz es la vuelta a la cruda realidad, donde la imaginación da paso a las más catastróficas siatuaciones: cuando te das cuenta que efectivamente ayer estabas borracho y vomitaste en medio del pasillo, cuando descubres que tienes un bulto estorbando al otro lado de la cama y no recordabas que (joder, ¿en serio?) era tan feo, etc.

Sí, amigo mío, sí. Porque al encender la luz de la cocina viste… ¡EL CHARCO!

Pero vamos a ver. Recapitulemos. Hoy no es veintiocho de diciembre, ni es martes trece, ni es viernes trece, ni ninguna otra fecha satánica que valga la pena mencionar. Entonces… ¿Qué coño hace ahí en medio ese puto charco OTRA vez?

Miras con odio hacia la lavadora. Mentalmente la amenazas con aporrearla con un martillo hasta la saciedad. En eso, un pensamiento tenebroso asalta tu mente: no me jodas que también se está lloviendo el baño de nuevo.

Corres hacia el baño, pero todo está en orden. Por prudencia, vas al recibidor y compruebas todos las palanquitas del cuadro de mandos, y todo está en su sitio. Respiras tranquilo y vuelves a por el puñetero café. Te viene a la cabeza una analogía: la del café a medias y un polvo a medias. Las dos te dejan un jodido sabor amargo en la boca y provocan un pequeño cúmulo de mala ostia.

Después de recoger otra vez el agua te vas a tu queridísimo sofá con el café en la mano, medio frío, que por cierto, ya no es para nada espumoso. Ni tele, ni pollas. Que le den al mundo, que le den a las noticias, que se joda el Año Nuevo, el fin de año, la noche vieja y su puta madre.

Quien coño te mandaría a ti invitar a los amigos a cenar en tu casa, en un alarde de buen anfitrión. Ahora tienes que ir a la oficina, llegar a casa a las tres (por gracia divina hoy la jornada es reducida), y preparar las cosas.

Entonces, de sopetón, un ruido te saca de tu ensimismamiento. Pero no es un estruendo, ni algo subido de tono. Es algo más sutil, más difícil de percibir. Incluso es rítmico, y no cesa. Es un curioso *ploc, ploc, ploc*.

¡Ay, la leche! ¿Ploc, ploc, ploc?

Eso te suena a algo conocido, y desde luego, no es un ruido que pueda hacer la lavadora. Es más bien algo como las goteras, y las fugas de agua, y cortocircuitos.

Te acercas de nuevo a la cocina, y te paras a escuchar por las paredes, con muchísima atención, aunque sin ver nada llamativo.

Hombre, desde luego no son imaginaciones tuyas, pero es obvio que por ahí pasa algo. Aunque claro, como no entiendes de fontanería, es posible que simplemente sea agua cayendo poco a poco por la tubería. Que vamos, igual es normal, solo que –por norma general- tienes cosas más interesantes que hacer en el día cuando estás en casa que comprobar cómo suena una tubería por la que pasa el agua con normalidad.

Ya estás a punto de pagar la luz cuando el *ploc, ploc, ploc* deja de escucharse. Pero en su lugar aparece un *fsssssssssssssssssssssssssss*, y te das cuenta de una cosa. *Fsssssssssssssssssssssssssss* suena como que bastante más continuo, y si quieres mi opinión, suena a más amenazante.

Vuelves a la pared que estabas observando, y claramente ahí está, por fin se deja ver esa fuga de agua viperina y traicionera que te ha estado jodiendo la existencia sin tu saberlo durante tres putos días.

Pero la amenazas zarandeando en la mano derecha el libreto del Seguro del Hogar, porque ahora vas a volver a llamar el Técnico y La Fuga se va a cagar en las bragas. Vaya que sí.

Ahora que ya te lo digo, mientras ha pasado todo esto has perdido la noción del tiempo y por si no lo recordabas, tenías que ir a la oficina. Pero no puedes irte hasta que arreglen, así que te quedas esperando al fontanero y ya llamarás a avisar que llegas tarde.

Por cierto, que en un Banco el 31 de diciembre es uno de los peores días para faltar, porque es el que se celebra anualmente como día del Apocrilipsis Mundial, en el que los duendes de las transferencias trabajan a destajo y los clientes se dan cuenta de sus más acuciantes necesidades de efectivo. Así que ármate de valor para decirle al Jefe que no vas a llegar en hora, en una jornada con 5 horas laborables y prepárate para que piense que te estás escaqueando.

El *fsssssssssssss* cada vez más insistente te saca de tus pájaras mentales, y llamas de nuevo al seguro a ver si el Técnico tardará mucho. Éste llega aproximadamente cuatro pasadas de mocho más tarde. Comprueba el baño, que está seco, y va a la cocina.

Bueno, qué decir de tu cocina.

Verás, en tu cocina se puede grabar ahora un documental. Por las junturas entre el suelo y la pared está saliendo una cantidad considerable de agua, y un geiser se ha abierto sitio en una de las paredes.

Evacuas prudentemente la caseta de arena de los gatos, su agua y su comida. De paso, los pones en cuarentena en otra zona de la casa.

En esas oyes una voz que dice: vamos a tener que empezara a romper.

¡Oh my fucking God! ¿A romper? ¿A romper qué?, te preguntas.

La pared, obviamente.

Y el fontanero empieza a picar sin piedad en la pared de tu cocina recién reformada, como un médico abriendo se paso entre carne gangrenada con la única ayuda de su fuerza de voluntad, armado de su bisturí, echando a un lado la materia inservible y purulenta que impide alcanzar una sección limpia donde poder atajar la infección.

Bueno, vale. No es lo mismo, es más peliculero, pero si lo miras comparándolo con un problema médico, en el que entras en la consulta y dices: Doctor me duele aquí, (señalando un costado del vientre) y te meten al quirófano porque es apendicitis, se parece, digo yo. A mí me vale la analogía. A tomar pro culo.

Y llegamos a la parte del diagnóstico, cuando el Técnico dice: es una obstrucción del bajante de la Comunidad.

Y digo yo, ¿qué pasa? ¿Qué Frodo ha tirado el Anillo Único por el bajante? ¿Tengo vecinos hobbit que lanzan pelos por el bajante? ¿Se atascó con panes Lenva? ¿O qué mierda?

Total, que le miras con cara de “A mí que me explicas, me has roto la pared, ahora lo arreglas, y lo dejas como nuevo”. Pasa que no sabes cómo, el fontanero ahora se parece a una especie de balrog llameante y no hay huevos de decírselo. Se ha fortificado detrás de un escudo de fuerza que dice “Problema de la comunidad” y parece que todas tus miradas malignas, tus palabras amenazadoras y hasta tus lloriqueos resbalan y no producen efecto.

Pues ahí te quedas.

Con tu agua, que ahora ya sabes que es fecal. Eso quiere decir que el mal olor que había no era de la piedra de los gatos no, es de las meadas y cagadas de los vecinos. Por cierto, que te cuestionas cómo es que sale medio claro y no es de color marrón, aunque tampoco te quejas del detalle.

Vuelves a llamar al trabajo, a comunicar que definitivamente no podrás ir hoy. Llamas al presidente de la comunidad, al vicepresidente, a los vecinos. Los dos primeros no están, y los demás no saben nada del seguro comunitario ni teléfono de emergencias.

Cuando ya estás hasta los cojones de recoger agua que no cesa de verter en la cocina, por quien sabe dónde que se está filtrando, llama el Seguro de la Comunidad, que horas más tarde (aproximadamente cinco), manda otro fontanero. Cuando oyes el tiempo que van a tardar, obviamente chillas, amenazas, entras enrage y todo el repertorio. Te advierto que no sirve de nada, porque están más acostumbrados a tratar gente estresada como tú, que tú a tratar gilipollas como ellos.

Entonces llega la fase de resignación y aprovechamiento del tiempo, que consiste en mirar el reloj, ver que son la una de la tarde, sacar cuentas del tiempo perdido, de todo lo que te queda por hacer, ir a por la compra, y empezar a preparar la cena de fin de año.

A partir de ahí todo es como una película muda absurda que pasa a cámara rápida, porque cuando llegan los operarios tú estás en la cocina, haciendo hojaldritos mientras un sutil aroma a mierda invade tus fosas nasales y se te cuela hasta lo más hondo del cerebro. Como pasa con el olor a lejía, sabes, pero más desagradable.

Mientras tanto, que sepas que tienes una catarata de agua cayendo por el baño en suitte de tu habitación, pero tranquilo achicando con una toalla aproximadamente quince minutos, lo arreglas. eso sí el parqué empapado, se lo reclamas a la comunidad, junto con tu ataque de nervios. Suerte que aprovechaste a hacer un video (que podrías colgar en Youtube) de tu visita a las nuevas cataratas de la vecindad.

Te mandan a casa un camión para que acaben con la obstrucción de la cañería, y los técnicos parecen una especie de astronautas con sus botas enormes de plástico, sus guantes que evitan calambrazos eléctricos y una manguera que ya la querría el Rocco Sifredi ese.

Pero esta parte, hay que imaginarla a cámara lenta.

Ahí tenemos a los sufridos muchachos, con su gran manguera a los pies y sujetando un enorme taladro que va a agujerear el bajante que pasa por tu pared.

Entonces, nada más practicar el agujero, empiezan a saltar en todas direcciones por la cocina cantidades industriales de tropezones con diferentes tonalidades –y hasta diferentes texturas, me atrevería a decir yo- de marrón. Grandes, y medianos y pequeños, acompañados de un líquido de tono ocre y asqueroso. Que sí, a qué engañarnos: es mierda.

Y entre todo ese mejunje que nada tenía que envidiar al café con tropezones de Austin Powers 2, saltaron cúmulos de compresas usadas y toallitas del culo y quien sabe qué mierdas (en sentido figurado, nos referimos ahora) más.

Vamos, que surgió tal cantidad de heces que podrías haber abierto tu propia sucursal de Shitbucks.

Pero, tranquilidad. No desesperes. Después de mirar el reloj compruebas que son las siete y media. Aun tienes dos horas y media para limpiarlo todo, acabar de cocinar, preparar el salón, ducharte y arreglarte.

¡Eh! ¡Ánimo! Usa tus habilidades de Flash, fijo que de esta te salvan.

Y la moraleja de todo esto es: señoras, las compresas no se tiran por el water, ni las toallitas de los bebés; señores, los condones a la papelera. Que para cuatro veces al año que follan, no hace falta que lo notemos porque nos embozan el bajante.

Moraleja dos: pórtate bien o los Reyes Magos te harán llegar mierda de verdad, y no de esa dulce y comestible.

Vaya fin de año de mierda…

Cuando Fin de Año es un día de mierda o crónica de un Fin de Año (en tres actos) - II

Acto segundo: ¿Puede haber algo más terrorífico que ver Zombieland?

¡Sí señor! Ya puedes notar la alegría del nuevo año, la emoción, los buenos deseos para todo el mundo (o lo que mierda se supone que deberías de sentir a estas alturas del año, a poco más de veinticuatro horas de Noche Vieja).

Ha sido un día de infarto en la oficina, parece que cada vez que se acaba el año llega con ello el fin del mundo. Como cuando ibas al colegio y te ponías a estudiar y a hacer los deberes en el último momento, y te abrumaba todo lo que había que hacer. De pequeño piensas que los mayores son más organizados, eficaces y eficientes que tú. Cuando creces te das cuenta que eso no cambia, pero que tienes más canas.

Afortunadamente, tu jefe te ha dejado salir un rato antes y has podido quedar con los amigos para ir al cine, a ver una película de humor: Zombieland. Claro que a ti no te gustan las películas de zombies, pero bueno, esta es de humor (o algo así, dicen). De todas formas, por dos euros con cincuenta céntimos, no se puede pedir mucho.

Que sí, que vale. Que ya sabes que deberías estar en casa precocinando y todo eso, pero, ¿Quién se puede resistir a una sesión de colegueo? ¡Te lo mereces, hombre! Y más después de tu nochecita de ayer. ¡Claro que sí! ¡Hay que procrastinar! Es lo que se lleva en la vida moderna. Total, al salir del cine, una horita en la cocina, y en esa hora habrás hecho un bizcocho, preparado la carne para el horno, un par de empanadillas y alguna torta. ¡Sesenta minutos dan para un montón!

Con una fantástica provisión de palomitas dulces y una bebida refrescante, te adentras con los amigos en la oscura garganta que es la sala de proyección. Parece que después de una tirada de agilidad y carisma, pierdes contra uno que ha llegado antes que tú y se ha apropiado del mejor asiento de toda la fila (maldito bastardo), pero te queda la tranquilidad de escoger el segundo mejor asiento.

Después de hora y media, sales con un litro más de líquido en el cuerpo, que curiosamente está buscando la forma de salir al exterior, de manera que te mueres por ir al baño, aunque ya a estas alturas prefieres que sea el tuyo. Total, estás cerca de casa.

Ah, el hogar. El descanso del guerrero. El sancta sanctorum de los grandes pensadores. El altar de exaltación de todo friki.

Sacas como puedes las llaves de su escondite. Parece mentira cómo pueden llegar a esconderse las muy cabronas dentro de un bolso, camuflándose a posta con el resto de inquilinos de la oquedad. Las metes a presión por el agujero de la cerradura. Está claro que no a la primera, porque aproximadamente el 99’95 por ciento de tus facultades están concentradas en no mearte encima. Y cuando traspasas la puerta, le das al interruptor para encender la luz…

…

He dicho: le das al interruptor para encender la luz…

…

¡Que le das el interruptor para encender la jodida luz!

…

Y nada. Que no hay luz.

Te asalta un pensamiento histérico: Pero, vamos a ver. ¿Cómo que no hay luz? ¡Había puta luz esta jodida mañana cuando me fui a la oficina! ¿¿¿¿ Cómo que no hay luz????

Obviamente, no hay linterna en casa. Nunca se te ocurrió pensar en comprarla. Y en todo caso, si alguna vez tuviste esa brillante (que ironía) idea, está claro que se te olvidó. A los hechos nos podemos remitir.

Aunque, no todo está perdido: Todo humano de clase media que se preste y que viva en el mundo occidentalizado tiene un artefacto en su poder. Que es casi como la navaja suiza del siglo veintiuno, porque hace de madre, de memoria, de calendario, de reloj, de alarma, de reproductor de música, vídeo, cámara de fotos y hasta consola de videojuegos (y no quiero saber qué más cosas hace). Y ahora, vas a descubrir su nuevo poder: la luz.

Ya querría Pyros (de la Hermandad de Mutantes Diabólicos) hacer luz con esta facilidad (todo el mundo sabe que necesita llevar esos ridículos tanques a la espalda).

Tu mente hace un chequeo rápido de motivos principales por los que te quedarías sin luz en casa. A saber: a) factura impagada (no es posible, estás al día), b) corte de luz en la escalera (los demás parecen tener luz), c) cortocircuito o efecto gato a la brasa (esperas que no sea esto).

Te parece recordar que existe algo a la entrada que se llama cuadro de luces, con muchos botoncitos. Porque sí, tenía MUCHOS botoncitos con sus consiguientes etiquetitas para todo. Si tuvieras un consolador eléctrico en casa que se enchufara a la corriente, no te extrañaría que en el cuadro de luces hubiera una etiqueta que pusiera “Consolador”.

Le das al que parece ser el culpable de todo y rezas por no tener gato al carbón en el piso.

Abres impaciente la puerta del pasillo, porque a todo esto se te había olvidado que tenías ganas de mear, pero después de tanta tensión, te has acordado de golpe. Compruebas que los gatos están bien, ya que los has apartado espantándolos en tu rauda travesía al lavabo (a ritmo de “fusssssssssss”, “fussssssssssssss”), y cuando llegas al baño y enciendes la luz ves que tienes… Un lago.

La verdad es que se te van las ganas de mear del susto.

Entonces pasa lo siguiente por este orden:

- Tu vejiga se tapona milagrosamente, y aguanta, aunque parecía que no daba más de sí.
- Te das la vuelta, te quedas de espaldas al baño, y vuelves a girarte, esperando que esta vez cuando mires no esté inundado (efecto “si no te miro no estás”). Está claro que al volver a mirar sigue estando empapado. No sé qué coño estabas imaginando que pasaría.
- Te cagas en todo lo que se menea.
- Y te quedas fijándote en el ruido que hace el extractor del baño (a todo esto un eco en tu cabeza dice ¿y yo me dejé encendido el extractor? ¿cuándo mierda?).

Acto seguido sucede algo increíble, y por primera vez te das cuenta de una cosa: no eres mutante. Y en todo caso, si lo fueras, está claro que tu poder no es “Aguantar el pis hasta reventar”, porque estás que no puedes más y buscando una alternativa viable (que es justo el baño que tiene al lado, aquel al que aun no has arreglado el tema de la cisterna, después de siete meses de vivir en el piso). No obstante te congratula que quizás puedes tener hiper velocidad como Flash, debido a lo raudo que has llegado al siguiente water.

No, si… Vaya fin de año estás teniendo.

Total que te acercas a la cocina a recoger el mocho. Anda, que entre la lavadora de ayer y esto de hoy….

Enciendes la luz de la cocina y te encuentras con… ¡Otro charco! Y ya estás a punto de tirarte de los pelos.

¿Pero por qué? ¿Por qué a ti? ¿Pero qué has hecho tú?

Te quedas pensando qué inundación atacas primero, ésta o el baño. Está claro que esta que es la más cercana. Recoges todo, y te vas al baño. Aproximadamente en quince minutos queda todo arreglado, pero ya no das más.

Recuerdas que sigues con la nevera y las cervezas, cava, sin aguas ni zumos y quizás solo queda un poco de Coke de la de ayer. Necesitas un chute de burbujas por las venas (si es que le queda algo de gas a eso).

Te tiras en el sofá y decides darle al vicio, encendiendo la Xbox. Un poco de realidad alternativa, por favor, gracias.

Debe ser que el sofá es la versión primitiva de lo que en siglos venideros se descubra como la máquina pensante. Acojona reconocer la cantidad de ideas brillantes te asaltan entre las mullidas profundidades de los cojines, y al calor de la manta. Así que recapacitas: ¿Cuándo dejé encendido el extractor?

Tu mente procesa en ese instante la siguiente ecuación, muy sencilla:

Agua en el baño = Humedad

Extractor encendido = Electricidad

Humedad + Electricidad = Cortocircuito Diferencial Bajado

Y en consecuencia, decides llamar al seguro del hogar.

A todo esto… ¿Pero tu has visto la hora? Son las once de la noche. Hace tres mil seiscientos segundos que deberías estar durmiendo. O mejor aun: deberías estar preparando la cena de Fin de Año para mañana, a estas alturas.

Qué grande es tu seguro. Otra cosa no (porque barato, no es) pero que responde… Responde. Viene un técnico, revisa el baño, mira la cocina (ya que está, de paso, que le eche un ojo al tema ese del agua por allí). Arregla el baño y, nada, lo de la cocina alguna tontería. No hay problema, ya está todo arreglado. Alguna pequeña fuga ocasional del vecino de arriba.

¡Qué suerte! Al menos ha sido puntual y no se te sigue inundando la casa.

Son la una de la mañana. Te quedan cinco horas de sueño, y mañana arreglar la casa, hacer la cena y todo, en seis horas.

Pero bueno, te invade la tranquilidad, porque total, hoy has descubierto que eres Flash: llegas al baño en nanosegundos. Puedes apostar a que tu recién descubierto poder mutante funciona también para limpiar y cocinar mañana.

Pero seguro, ¿eh?


Acto III

Cuando Fin de Año es un día de mierda o crónica de un Fin de Año (en tres actos) - I

Pues sí.

Cuando vas por ahí por la calle y escuchas a la gente, suele repetirse lo siguiente:

- Es un día de mierda.
- He tenido una mierda de día.
- Vaya mierda de día.
- Qué día más mierda.

Y cualquiera de sus variantes. Porque, claro, te refieres a que has tenido un día como el culo, donde todo ha salido mal, y todo huele fatal. Pero en el fondo, no deja de ser una metáfora. ¿O no?



Acto Primero: Por un día no es Santos Inocentes.

Pongamos que un día llegas a tu casa, vas a la cocina, pisas el suelo despistado, porque claro, llevas algo así como quince horas fuera de casa, has trabajado casi trece de ellas, y cuando llegas a tu hogar lo primero que quieres hacer es abrir la despensa para ver si por alguna de aquellas casualidades de la vida, los armarios han aprendido a reproducir materia comestible por sí solos (que no sea moho, gusanos o cosas del estilo, se sobreentiende, obviamente). Te invade la esperanza de que abrirás la puerta y aparecerá un jugoso solomillo a la pimienta con ricas patatas al horno recién hechas. Que para el caso, sería más lógico encontrar eso al abrir el horno, pero no hay por qué ser puntillosos.

Pongamos que, en el trayecto de unos tres metros de largo que recorres de una punta a otra de la cocina, la suela de tu calzado produce un ligero *splash* al contacto con la superficie de la cerámica y tu cerebro procesa que ese *splash* sugiere que, más que rozar la superficie lustrosa, has rozado una superficie acuosa.

Entonces blasfemas algo parecido a "mierda", "me cago en todo", "ostia puta", o cualquier improperio del estilo. Y te quedas mirando anonadado el charco de agua (¿qué coño hace eso ahí, si cuando me fui esta mañana no estaba?) que decora el suelo de la cocina, con el rastro de cal y quien sabe qué más porquerías diluidas que se han evaporado con el calor de la calefacción, dejando un deleznable y abstracto cuadro en tonos blancos.

Curiosamente, te quedas mirando un buen rato, lo suficiente como para seguir con la vista el rastro y determinar que (maldita sea), ya se te ha jodido la lavadora que pierde agua. Y (me cago en la puta) tenía que pasar en invierno, claro. Afortunadamente, no en fin de semana, pero sí de noche.

Tomas una seria determinación: a tomar por culo, que le den a todo, que tengo hambre. Coges el mocho, recoges el agua y abres el armario que –obviamente- no ha generado el entrecot. Aun así, sobreviven algunas galletas, y recuerdas que quedan aceitunas gazpacha en la nevera y algo de Cocacola (que empieza a perder el gas).

Recuerdas con nostalgia aquellos maravillosos tiempos en los que eras exigente, cuando -¿qué carajo?- la Cocacola SIEMPRE tenía gas, porque tenías tiempo para hacer la compra, y antes caliente fuera de la nevera, que con hielo y sin gas. ¿Dónde se quedó esa determinación? Aproximadamente la olvidaste hará un par de horas, que es el tiempo que llevas muerto de sed, y te has dado cuenta que tampoco te acordaste de comprar agua.

Lo único que te queda en la nevera son litros de cava y champagne que llevan ahí amontonándose desde 2004, empezando por aquel Moet aquel que te regaló tu jefe para su boda; y una docena de cervezas okupas que tus colegas dejaron hace como un mes en la nevera. La vida sería más sencilla si te gustara la cerveza, pero dios… Es un asco.

Así que miras el despojo que es tu aparentemente escuálida botella de Cocacola semifría, desbravada… Vamos: hecha una mierda. Pero la miras… Con qué ojos la miras… Como si fuera la última mujer sobre la faz de la Tierra, y tu última oportunidad de pasar un buen rato.

Qué coño. Seguro que hay cosas peores que beber, a lo largo del mundo.

Te sientas en el sofá, con las tostadas de quien sabe cuándo, las olivas que abriste hace dos días y tu Cocacola sin gas. Enciendes la tele y pones las noticias. A ver: pones las noticias porque eres una persona de mundo y te gusta estar a la última, y no, no pones el fútbol (pues porque no, y punto).

No obstante, tu mente sigue dándole vueltas al misterio de la lavadora.

A todo esto, alguna parte de tu inconsciente cerebral (que no cerebro inconsciente, que puede dar lugar a malas interpretaciones), evoca la imagen de rastros de agua por debajo del armario más cercano a la entrada de la cocina -que está como a dos metros de la lavadora-, y que ha pasado por debajo del cacharro de la arena de los gatos. Vaya percal. Tomas nota de revisar urgentemente la lavadora (esto es: antes del mes que viene, o la semana próxima, quien sabe), y sigues viendo la tele antes de irte a dormir.

Ha sido el veintinueve de diciembre más duro de dos mil nueve. Estás seguro de ello. Básicamente porque es el único veintinueve de diciembre de dos mil nueve que has vivido este año (al que, afortunadamente, le quedan dos días).


Acto II

Acto III