9/30/2008

Nada

Who waits forever anyway…

Me alegro. Me alegro mucho. En serio.

Me alegro mucho de poder cerrar los ojos y descansar de una vez por todas, por fin.

Aunque esté oscuro, y sea de noche, y ya no se oiga nada a mi alrededor. Aunque ya no haya más voces ni nadie más esté despierto a mi lado. Aunque empiece a hacer frío y me haga consciente poco a poco de la humedad que cala mis jeans viejos dejándolos pegados a mi piel.

Aunque lo único que pueda oír de fondo es música de Queen, que me recuerda levemente a mis padres. Aunque deje atrás un montón de personas que quizás debería echar de menos.

Aunque lo último que llegue a detectar es ese aroma gaseoso ligeramente familiar.

Qué suerte tienen los animales, que no les educan para torturarse mentalmente, ni se sienten ligados a nada, ni guardan resquicios de culpabilidad. Nada dura para siempre.

Estoy cansada de todo. De levantarme cada mañana, de sonreír aunque no quiera, de ser amable, de vivir vacía. No hay una sola noche que me pregunte por qué motivo debería levantarme una mañana más, y que me cuestione qué es lo que hace que la gente tire para adelante.

Lo he hablado mucho, escucho por ahí cuando la gente comenta entre sus amigos. Por la familia, por los amigos, por los hijos, porque es pecado, porque no hay otra oportunidad.

A mí eso de vivir se me hace muy pesado. No le encuentro ningún sentido, a pasar un día tras otro en la miseria, en el trabajo, en la desesperación. Incluso he llegado a pensar porqué al Estado no le gusta que la gente se suicide, y la única respuesta viable que encuentro es: porque son menos impuestos. ¿Te imaginas que hubiera una hecatombe y el cincuenta por ciento de la población activa decidiera suicidarse? Bueno, hazte una idea de dónde acabaría la economía. No me creo todas esas monsergas de la ética, la moral y la Iglesia. A fin de cuentas, es mi vida, es mi cuerpo, y en todo caso, es mi alma. Nadie más que yo tendría derecho a decidir aunque estuvieran a tiempo.

Siempre creí que acabaría en un psiquiátrico. No fue así. Seguramente mi idea de los sanatorios, como otras tantas impresiones en mi vida, es un tanto romántica y no existe.

Me pasé toda la vida buscando una respuesta, pero es difícil siendo atea. Quizás es por eso por lo que la gente cree en algo, para no volverse locos, para no sentirse tan extremadamente vacíos y creer que vivir tiene algún tipo de sentido y al final existe una recompensa.

Mírame, soy la viva imagen de la locura. Si la humanidad por la mañana pensara que lo único por lo que se levanta el país es por pagar la hipoteca… No llegaríamos a ningún sitio.

No entiendo por qué yo pienso así y los demás no, y sé que no es un tema que pueda tratar abiertamente. Aun gracias que de tanto en tanto puedo comentar esto con alguien sin que piensen que estoy loca de remate. Aunque bueno, ya no tiene mucha importancia.

Muchas veces he tenido esa sensación de irrealidad. Como si la vida fuera una película que le pasa a otra persona y que en algún momento alguien la “hará” saltar, y contemplo lo que sucede en tercera persona. Creo que en esos momentos de alienación mi mirada debe ser bastante extraña, cosa que la gente entiende como “pasotismo” pero es que simplemente me parecen de mentira. Como si lo que hablaran no fuera conmigo.

Después, no sé cómo, parece que alguien toca un interruptor y conecto de nuevo con la realidad, aunque no es algo que me guste mucho. Por eso supongo que en el fondo muchas veces me dado lo mismo que me gritaran, porque para mí eso estaba pasando en algún sitio ajeno a mi persona.

Con todo, aunque lo mío me ha costado, he conseguido llegar bastante lejos.

Sé lo que va a pensar todo el mundo mañana, cuando se levanten y no me vean. No es culpa suya, en absoluto. Él simplemente fue la gota que colmó el vaso de mi estupidez.

Qué le voy a hacer si soy así de estúpida, que tanto me fío de los demás, que tanto doy. Quizás tenía tantas ganas de sentirme completa… Pero una patada tras otra, una puñalada tras otra, por más que te levanta llega un día que te hace tanto daño que no lo puedes remediar. Y aquí estamos.

Llegas a creer que no vales una mierda. Para nadie. Llegas al punto que estás cansada de escuchar, “él se lo pierde”. ¿Por qué? ¿Por qué es malo ser como eres? ¿Por qué es malo demostrar afecto? ¿Por qué es malo querer a alguien? ¿Por qué parece que lo único que te hace sentir vivo es el dolor? Qué lástima que nos engañen diciendo que vinimos al mundo a ser felices. Mentira. Vinimos a llorar y a sufrir. ¿Por qué querría nadie ser padre en un infierno así?

He sufrido muchas veces, como todos, me imagino. Si escribiera un libro con la cantidad de absurdidades que me han pasado… No lo compraría nadie por fantástico. Pero esta vez ya no tengo fuerzas para levantarme y continuar, porque no quiero que la historia se repita una vez tras otra. Ahora soy consciente de que no valgo nada para nadie, ni siquiera para mí. Que valgo menos que un recuerdo, que valgo menos que una quimera. ¿Tan horrible soy? ¿Tan poco valgo? Que incluso un fantasma que llega del pasado es capaz de desbancarme con tres palabras burdas…

Me he aburrido de escuchar que no me preocupe, que vendrá otra persona, que es un imbécil, que no me merece, que no vale la pena. En el fondo es que simplemente, nada lo vale, ni siquiera vivir. Que es un idiota, que más vale saberlo ahora que más adelante. Que es un pusilánime, un blando, etc… Bueno, ¿y qué soy yo entonces? Una idiota, una crédula, una desesperada, una indeseable.

No me quiero levantar mañana para ver repetida la misma película con un nuevo protagonista estelar, ni quiero que se levante nadie más.

Y aquí estamos, juntos los tres. ¿No es maravilloso? Él con el tiro en la cabeza con sus ojos cristalinos desgarrados en horror al contemplar la figura de ella, degollada, su sangre empapándonos la ropa; y yo con ese sopor tan acuciante, esas ganas de dormir que no puedo reprimir mientras Queen suena de fondo, como una canción de cuna después de la cual ya no quedará nada más que una sonrisa en mi cara por haber escapado de esta mierda de vida.

There's no time for us
There's no place for us
What is this thing that builds our dreams yet slips away
from us

Who wants to live forever?
Who wants to live forever....?

There's no chance for us
It's all decided for us
This world has only one sweet moment set aside for us

Who wants to live forever?
Who wants to live forever?

Who dares to love forever?
When love must die

But touch my tears with your lips
Touch my world with your fingertips
And we can have forever
And we can love forever
Forever is our today
Who wants to live forever?
Who wants to live forever?
Forever is our today

Who waits forever anyway?

Cocinando con Yson - Espaguettis a la carbonara (Estilo Hordeño)

Versión sencilla de los spaguettis a la carbonara de toda la vida, al estilo hordeño (fuera nata líquida, fuera queso). En mi casa se hacen así de toda la vida, desde mi abuela por lo menos.

* Dificultad: Nula (ideal para hombres, amebas, singles, estudiantes y vag@s)

* Tiempo: Veinte minutos (incluídos los doce de cocción de los spaguettis)

* Comensales: 1 o 2

* Utensilios:

- Sartén pequeña
- Una tapa que cubra la sartén
- Espátula de madera
- Olla para pasta

* Ingredientes:

- 200 o 250 gramos de bacon ahumado (un paquete por ejemplo del ahumado de Oscar Mayer)
- 1 o 2 huevos (a huevo por persona, aproximadamente)
- Unos 150 o 200gr de spaguettis por persona
- Sal
- Pimienta
- Un poco de aceite de oliva

* Preparación:

- Dejar preparados a mano los huevos, la sal y la pimienta
- Poner a hervir el agua para la pasta (así vamos ahorrando tiempo)
- Cortar las lonchas de bacon en tiras de un cm aproximadamente. Reservar.
- Poner la sartén al fuego con un poco de aceite, aproximadamente dos o tres cucharas soperas (máximo). Dejar calentar.

* Nota: El bacon es muy traicionero, y salpica bastante. Armarse con la tapa para la sartén nada más echarlo al aceite, porque empezará a salpicar, y el aceite ese joroba un buen pico.

- Echar las tiras de bacon a la sartén. Dejarlas dorar a gusto del consumidor. Una vez estén doradas, apartar del fogón para que no se sigan cocinando, y poner la sartén sobre otro fogón frío. No tirar el aceite ni nada (es pecado).
- Batir el/los huevos. Echarles sal y pimienta al gusto. Reservar hasta que esté la pasta.

* Nota: La pasta, que normalmente tarda entre 12 y 15 minutos en cocinarse, según la marca (una Barilla tarda más que una pasta Gallo), se tiene que colar dos minutos antes de que acabe de cocinarse.

- Colar la pasta dos minutos antes del tiempo indicado en el paquete. Mientras tanto, dejar la olla en el fuego, si acaso la llama al medio o al mínimo mientras nos preparamos.
- Echar a la olla POR ESTE ORDEN: El bacon con su aceite, la pasta ya colada, el batido de huevos que teníamos preparado con su sal y su pimienta. Poner el fuego al medio.
- Remover sin cesar la pasta con el huevo y el bacon, hasta que el huevo esté bien cocinado (se lo verá bien cuajado).
- Servir en el plato. Se puede añadir a posteriori sal o pimienta al gusto. Los herejes también pueden añadir queso.

* Nota: Algunas "personas" también le añaden nata líquida a la vez que el bacon y el huevo. Pero bueno, también hay "quien" parte los spaguettis en cachos antes de echarlos al agua hirviendo.

Cocinando con Yson - Galletitas de Navidad

Bueno, porque no me apetece un cojón escribir nada más, y para no ir a cuestas con mi libreta de recetas todos los días, dejo por aquí la receta de las galletitas de Navidad.

Estoy valorando hacer galletitas con forma de corazones arrancados de los pechos, demás vísceras varias, y hombres castrados, decapitados y/o con cualquier otro tipo de mutilación aceptablemente dolorosa.

No es un sentimiento muy navideño, pero a quien coño le importa.

Anyway... Receta ideal para preparar unas ricas galletitas de Navidad. Ahora solo nos queda encontrar moldes de la Horda o de Destrucción (o troquelarlas con un punzón, para el caso...).

Decoradas de formas diversas, sirven para cualquier ocasión: Cumpleaños, Halloween, Fiesta de la Cerveza, Día de los Niños... Maldiciones vudú y quien sabe cuántas otras utilidades lucrativas adicionales.



Galletitas navideñas de mantequilla.

* Dificultad: Media (ideal para algunos tipos avanzados de besugo).

* Tiempo: Una hora y media (incluídos los 5 o 10 minutos de cocción al horno), más una noche para dejar reposar y secar el glaseado de decoración.

* Comensales: Depende de lo glotones que sean.

* Utensilios:
- Rodillo de amasar
- Moldes varios para cortar galletitas
- Bandeja para el horno

* Ingredientes:

* Para la masa:

- 500 gramos de harina
- 325 gramos de mantequilla
- 225 gramos de azucar
- 2 huevos
- 1 cucharadita de sal
- Raspadura de limón
- 1 cuchara sopera de vainilla azucarada

* Para el glaseado:

- 1 poco de zumo de limon (lo más espesa que se pueda trabajar la pasta)
- 200 gramos de azúcar glas
- Colorante alimenticio (de la tonalidad que se desee)

* NOTA: Otra forma de hacer el glaseado es combinando el azúcar con huevo:

- Una clara de huevo
- 200 gramos de azúcar glas
- Colorante alimenticio

* Alternativa: Si no se quiere decorar las galletas con glaseado, se pueden pintar al estilo tradicional con huevo.

- 1 o 2 huevos, batidos.


* Preparación:

- Se mezclan todos los ingredientes hasta formar una pasta fina y lisa.
- Se amasa con los dedos de las manos, y se deja descansar en la nevera o congelador media hora para que esté más dura y no se tenga que poner tanta harina.
- Ir poniendo a precalentar el horno (200º unos 20 o 30 minutos, que es lo que se tardará entre dar forma).
- Dividir la pasta en 4 trozos, trabajar con una y reservar el resto en la nevera. Repetir hasta acabar con toda la masa.
- Se estira la porción de pasta con el rodillo.
- Se cortan las formas y se meten en el horno.

* NOTA: Si se va a pintar las galletas con huevo, habrá que hacerlo antes de ponerlas a cocer en el horno. En cambio, para el glaseado, habrá que esperar a decorarlas una vez hayan salido y hayan enfriado un poco.

- Las figuras más gruesas se ponen en las puntas de la bandeja, y las que quedaran más finas, al centro.
- Se tienen que separar bien las figuras entre sí.

* NOTA: Precalentar el horno a 180 grados unos 15 minutos.Vigilar constantemente una vez estén en el horno, ya que cada horno necesita más o menos tiempo de cocción, que puede variar de 3 a 10 minutos.

- Para preparar el glaseado, se coloca en un recipiente el azúcar y se irá añadiendo poco a poco el zumo recién exprimido del limón. Revolver hasta que quede una pasta espesa y cremosa, pero sin grumos.
- En caso de haber escogido la variante con claras, batir la clara a punto de nieve, añadir el azucar hasta que espese sin dejar de batir con la batidora, y colorear al gusto.
- Se puede utilizar la mezcla separándola en porciones para aplicar a cada una un tono distinto y que las galletas sean más originales.
- La consistencia de la pasta debe ser espesa, lo más que se pueda siempre que permita esparcirla por encima de las galletas.
- Dejar secar toda la noche preferentemente.

9/18/2008

Señales

Parecía todo tan obvio, y para mí era todo tan extraño…

No es que jamás hubiera viajado a otros países, de hecho había estado en cinco, y este era mi sexto destino.

Aunque todos eran parecidos cuando visitaba sus capitales, y aunque todos tenían edificios y calles o vías (en mayor o menor medida más austeras o más hermosas en su arquitectura y construcción), todas eran diferentes y en ello -supongo- se encuentra la enormidad de viajar y conocer nuevos lugares.

La primera vez que viajé, era muy joven, y aunque para muchos pudiera parecer precoz, tenía tan solo dieciséis años cuando me establecí por tres años en la capital que elegí como destino. Era mi primer viaje al extranjero, y había oído maravillas en boca de mis amigas, por lo menos tres o cuatro habían empezado ya a deambular fuera de casa a sus anchas, y yo, envidiosa, decidí que también quería probar suerte y dejar atrás la seguridad de mi casa paterna.

Aquel donde me instalé, era un humilde pueblo costero, no demasiado basto en extensión, ni tampoco demasiado refinado. Parecía haber sido construido como una villa que fue creciendo poco a poco.

No había demasiadas comodidades, salvo un gimnasio y una casi exangüe biblioteca. Restaurantes, los justos y necesarios. Pero mi favorito -como siempre-, era un italiano al que cada viernes acudía a cenar, si podía ser cerca de la ventana que daba a las ramblas, desde donde en ocasiones contemplaba el mar.

Siendo como era un emplazamiento tan sencillo, me acostumbré rápido al lugar. Acabé conociéndolo como la palma de mi mano, y era difícil perderse callejeando porque todo estaba (aunque de forma primitiva) bien señalado en cada esquina para que nadie pudiera llegar a extraviarse.

Parecía que la confianza vivía de forma perpetua entre los ladrillos y el asfalto, y en esos tres años no encontré apenas un rincón oscuro que pudiera producirme inquietud haciéndome sentir insegura.

El pueblo me arropaba, y dormí en paz todas las noches hasta prácticamente el final de mi estancia.

Conforme los años iban pasando, no obstante, empecé a notar una cierta sensación de agobio.

Daba la sensación que el pueblo se me había quedado pequeño. Empecé a aburrirme de pasear por las mismas calles, comer en los mismos sitios, me sentía encerrada, encajonada, y cuando hablaba con mis amigas les comentaba que igual hice una elección errónea, pero claro, también hay que entender que era la primera vez que me lanzaba a la aventura.

Poco a poco fue cambiándome el humor, empezaba a estar más irascible, no tenía dónde huir, siempre encontraba las mismas caras conocidas.

Empecé a valorar la posibilidad de realizar actos vandálicos contra los inmuebles que antes tan hermosos me parecían, con la idea de que alguien se dignara a echarme de allí, aunque en realidad quería destrozarlo todo porque simplemente empezaba a odiar ese emplazamiento.

Mi presencia desarmonizaba allí por donde pasaba, dejando cicatrices en forma de grafitis en las paredes, y otros comportamientos poco honrosos.

Fue entonces, al darme cuenta que estaba perdiendo el respeto por aquella villa que tan gratamente me había acogido, donde había pasado tres años increíbles conociendo un montón de sitios nuevos, descubriendo tantas emociones, sensaciones y sentimientos nuevos, que decidí que tenía que marcharme de ahí.

Cuando partí, decidí volver una temporada a la comodidad de mi ciudad natal, a la casa de mis padres, a esas cuatro paredes que tan bien conocía, porque me pareció que no estaba preparada para cambiar a otra ciudad nueva repleta de desconocidos.

La tranquilidad de convivir con ellos aguantó apenas un año, pues como bien era sabido por mis amistades, el trato con mi padre no era del todo amistoso. No sé porqué pero creo que se podría decir que por algún motivo, nos odiábamos mutuamente.

Estaba tan harta de todo, tan hastiada, tan histérica, tan resentida, que me marché de nuevo una vez más, pero esta vez, casi como vendetta personal contra mi progenitor, eligiendo como destino una ciudad que sabía que él detestaba a pesar de que yo jamás habría tenido noticia alguna de su existencia, de no ser por las fotos y vídeos que él me enseñó en su día (hecho del que ahora seguramente -en breve- iba a estar profundamente arrepentido).

Su primera reacción al saber la noticia de mi marcha fue de cierto alivio, porque con ese movimiento yo demostraba que estaba superando mis rabias y recuperando mi entereza. Pero claro, bien me había guardado yo de decirle dónde iba en realidad, pues tenía la certeza que si se enteraba antes de que tuviera todo atado y bien atado, pondría todo de su parte para impedir mi marcha.

Poco más tarde de dos semanas después, lo tenía todo organizado para establecerme de nuevo por mi cuenta.

Creo que a primera vista lo que más me gustó de aquel lugar, fue la cantidad de museos y galerías que había en todas partes. Era como si todo el mundo en aquella ciudad fuera un apasionado del arte, ilustraciones en escaparates de artistas desconocidos, y a mí, eso me fascinaba, me encantaba, me deslumbraba. No había día que no recorriera las salas descubriendo maravillas de artistas cuyo nombre oí mentar jamás.

El centro estaba tan bien comunicado, que podías moverte sin problemas hacía donde quisieras. Había cafeterías abiertas hasta bien entrada la noche donde era posible quedarte conversando en las calles más allá de la hora bruja. En el centro, no había peligro alguno incluso en la oscuridad de la noche, ya que elaboradas farolas iluminaban la zona, mientras los carteles indicativos te dirigían de vuelta si por desgracia llegabas a extraviarte.

Por aquel entonces empecé a dibujar con mayor frecuencia, animada e inspirada en gran medida por todas las obras que me rodeaban día y noche. Parecía que mis manos estaban poseídas por las musas, mientras daba forma una ilustración tras otra a los seres que habitaban por aquel entonces en mi imaginación, mejorando con cada trazo.

Fue la época más prolífica de mi vida, y desde entonces, tomar un lápiz entre mis manos es una costumbre que se ha ido espaciando poco a poco cada vez más, hasta el punto que tengo que sentir algo tremendamente fuerte para que la imagen irrumpa en la hoja a través de mis manos.

En mi euforia, y sintiéndome segura de mí misma, decidí escribirle a mi padre una misiva explicándole que me había mudado a esa ciudad tan esplendorosa que él me había descubierto (y que ahora seguramente detestaba por dos). La respuesta no se hizo esperar, presa a medias de la rabia y la desesperación, instándome a volver en el acto.

Pero yo, desafiante, ignoraba su cháchara y me regocijaba en cierta medida con su creciente impotencia, con el sabor dulce de estar haciendo algo que le molestaba profundamente, pero que no podría remediar.

Con la osadía que otorga la confianza, un día decidí aventurarme por la periferia de los barrios que rodeaban al centro, donde todo era tan hermosamente idílico.

Conforme iba avanzando, los carteles empezaban a desaparecer, y por las noches me percaté de que la iluminación escaseaba en las aceras. No es que no hubiera farolas, que en realidad ahí estaban, de pie, inmutables, pero rotas o con sus luces parpadeando de forma agónica.

Con todo, jamás me amilané y siempre seguía aventurándome un poco más, explorando los nuevos terrenos.

A los seis meses empezaba a conocer el extrarradio tan bien como los barrios con sus galerías.

Cuando llevas tanto tiempo recorriendo las mismas calles, empiezas a fijarte en los detalles. Me percaté de algunas anomalías aquí y allá. Era como si nadie se hiciera cargo del mundo que existía más allá de los museos y las cafeterías. Aquí, había boquetes en las calles, algunas baldosas estaban rotas, incluso excrementos resecos de animales estropeaban el paisaje.

Existía la miseria, hasta el punto que muchas veces me ofrecí a entregar limosnas, o a pagar incluso algún almuerzo. No alcanzaba a comprender el contraste tan acusado entre esas dos partes de un todo que coexistían como si fueran el día y la noche de la misma ciudad.

Aquí las miradas vibraban entre reparos y mentiras, con el brillo de la desconfianza que tan raro se me hacía al compararlo con la multitud de sonrisas del centro. Aquí, la gente incluso intentaba que me extraviara del camino cuando intentaba volver a mi apartamento.

Aunque me doliera en lo más profundo de mi ser (porque una de las cosas que más ocupa mi corazón es el orgullo), las dudas estaban echando raíces en mí, y comenzaba a creer que tal vez –y sólo tal vez- mi padre hubiera estado acertado en sus juicios sobre este sitio.

Quizás tenía razón. Quizás no era todo tan maravilloso. Quizás estaba plagado de gente malvada, de mentirosos, de vándalos que iban a acabar por arrastrarme sin remedio hacia una vida de oscuridad y pesar. Pero entonces, recordaba las delicadas filigranas de los edificios que había visto el primer día, el esplendor del cielo, y no podía creer que algo aparentemente tan bello y perfecto no fuera realidad… Y con todo, la duda había arraigado y empezaba a crecer mientras yo intentaba hacer caso omiso.

Dejé de visitar la periferia, prefiriendo quedarme dando largos paseos entre los cuadros hermosos y las amplias avenidas, como un niño pequeño que niega la existencia de aquello que no ve. Mientras, mis ojos ahora suspicaces detectaban detalles en los que no habían reparado antes, como el movimiento por el rabillo del ojo de una sombra furtiva que te acecha, la caja que ejercía de hogar a medio recoger de un indigente, las sonrisas de la gente que me cruzaba que ahora se me antojaban falsas.

La paranoia se acentuaba día a día. Ya no me sentía cómoda caminando sola, ya no me entretenía asomarme a las galerías ni pararme en las terrazas de los cafés, mientras todas las imperfecciones que había visto en los barrios exteriores parecían aflorar cual setas tras una copiosa lluvia en el bosque.

Probablemente la explicación es que yo tergiversé la realidad. Veía lo que quería ver, los ojos ciegos a lo malo que no quería percibir. O quizás es esa reacción tan humana a estar extasiado ante la novedad, durante ese tiempo en el que todo es tan perfecto y maravilloso que vives como hechizada.

Lo que tienen los hechizos, es que cuando se rompen te das de bruces con la cruda realidad, de sopetón. Es como caer con un paracaídas sin que éste se abra, por lo que te desintegras contra el suelo. No recuerdo exactamente cuándo ni cómo pasó. Quizás fue el cansancio.

Vivir de y entre mentiras es muy agotador, básicamente porque matas el tiempo generando excusas para modificar todo aquello discordante que ves, y así llegó el día en que realmente ya no daba más… Pero tampoco quería volver a mi país, a mi ciudad, con el rabo entre las piernas y reconociendo que me había equivocado.

Aguanté y aguanté, pero llegó la mañana en que irrevocablemente, tuve que volver. Y lo hice feliz y liberada, sin pensar siquiera en la ciudad que dejaba a mis espaldas, en el desencanto que sufrí, si no más bien volví intentando engañarme haciéndome creer que jamás había viajado allí.

Periódicamente fui alternando la vida donde nací, con otros paisajes. Después de aquel periplo que me recordó (más que enseñarme) que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y en el que aprendí a marchas forzadas lo mala que puede llegar a ser la gente y lo poco de fiar que son; viajé tres veces más.

Mi tercer viaje acabó en una gran ciudad, mayor aun que la que había visto antes, y el mejor recuerdo me lo llevé creo que las panaderías y pastelerías en las que pasaba algunos fines de semana leyendo. En ocasiones llegué a trabajar de panadera, para ayudar a quienes me habían acogido en su casa. Acabé aburrida del lugar también.

La apatía del gentío, las pocas ansias de lucha, el conformismo que se respiraba allí no cuajaba mucho con mi forma de vivir ni mis aspiraciones.

Si de algo me ha servido viajar “tanto” es que en cada visita he aprendido algo de mí misma, aquella ocasión, por ejemplo, fue darme cuenta de que no podría estar jamás en un lugar donde la gente no tuviera ambiciones, donde fueran grises, apáticos y derrotistas, como si estuvieran esperando siempre a que yo, la viajera emprendedora, arreglara sus vidas, cuando en realidad ni yo misma era capaz de sostener la mía.

Después de esto, tras volver a casa, tardé cuatro años aproximadamente en sentir esa necesidad de marcharme dejando nuevamente la patria a mis espaldas. De hecho, debido a las experiencias anteriores, me sentí muy reticente a viajar de nuevo (de ahí mi poca iniciativa).

La vida no es como la pintan en las películas, ni los países tan increíbles como los documentales de la tele. Pero un buen día se cruzó delante de mí un panfleto publicitario muy bien maquetado, con unas fotos tan atractivas que decidí probar suerte. Además, era un sitio bastante diferente y tras mucho debatirlo conmigo misma pensé… ¿Por qué no?

Así que en la siguiente ocasión, hice mis maletas y acabé en algún rincón muy avanzado tecnológicamente. Aun hoy me sorprendo de que no tuviera que insertar un password para tirar de la cadena del water.

Allí absolutamente todo funcionaba con ordenadores. Era impensable un hogar sin tres o cuatro, e incluso llegados a un punto satirizaba con la idea de que cualquier día me despertaría y me habrían cambiado mi lavadora por una con un sistema operativo más novedoso.

Fue una experiencia interesante, y quizás la más vívida porque me aventuré no sólo a viajar, si no a hacer el recorrido en compañía.

Hacer un recorrido en compañía es una experiencia siempre única, dependiendo de quien tengas por compañero de travesías. Aprendes muchísimo sobre ti, sobre los demás y sobretodo lo que es la convivencia en un espacio reducido. Aprendes a querer a alguien o a odiarle a muerte. A mediar, a ceder, a amoldarte… Aprendes los límites de las cosas que estás dispuesta a tolerar y aquello en lo que no vas a ceder un pelo.

Curiosamente te sorprendes con una nueva escala de valores. Muchas cosas que parecían vitales acaban pareciendo tonterías por las que no vale la pena discutir.

Con todo, tanta tecnología creo que terminó por desquiciarme. La gente se comunicaba durante hors y horas ordenador mediante, todos concentrados en sus pantallas y parecía que la vida exterior no existía. Acabé muy estresada de que mi compañero en vez de hacerme caso a mí se abstrajera tantas horas con sus pantallas, prácticamente ignorándome.

Aprendí que muchas veces es mejor dejar a las personas en la intimidad y que lo peor que puedes hacer es mirar ni que fuera por error, a qué dedican otras personas su tiempo, porque muchas veces descubres cosas que hubieras preferido no saber nunca.

De ahí yo creo el que empezara a valorar cada vez más mi intimidad y la intimidad ajena. Era algo parecido a “si sabes que no te va a gustar la respuesta, no hagas la pregunta”.

Pasé otra temporada sabática, recuperándome del viaje anterior, aproximadamente un año hasta que creí que podría estar medianamente preparada para salir al mundo de nuevo.

Aunque me encantaba viajar, y no tenía reparos en seguir viendo mundo, sentía que ya no era aquella niña de 16 años que había pisado el extranjero por primera vez, con los ojos abiertos como platos y el corazón cándido.

Cuando volví a mi “hogar”, decidí que era momento ya de deshacerme de todos los lazos que me unían a mi familia, y que necesitaba vivir aunque fuera allí, por mi propia cuenta, porque con tanta historia a mis espaldas, necesitaba estar a mi aire.

Me estaba volviendo curtida, cada vez más recelosa, en cada nuevo sitio descubrí que la gente dejaba mucho que desear. Debe ser acción y reacción, probablemente yo también me volví peor persona, y la impresión que haya ido dejando como extranjera haya sido en consonancia.

Pero siento que conforme el tiempo pasa me vuelvo más egoísta, más fría, más temerosa, menos efusiva. Creo que todo ello es debido al miedo por no saber qué me voy a encontrar la próxima vez que me embarque en un viaje a no sé dónde, y mi tendencia natural es esperar siempre lo peor aunque desee que pasen cosas buenas.

Pero está en mi naturaleza, o en la naturaleza humana descubrir nuevos espacios, nuevos lugares, nuevas costumbres, quizás a la espera de llegar a un lugar que aunque muy diferente del sitio donde naciste, puedas llamar hogar, porque te sientas como en tal allí.

Un año más tarde estaba probando suerte de nuevo, otra vez lo más cerca del mar que se me ocurrió. Me declaré prácticamente apátrida y me enrolé en un naviero, a surcar los mares allá donde nos llevara el destino.

De todas las maravillas de la tierra, curiosamente el mar es lo más bello. Lo da y lo quita todo. Tiene reacciones inesperadas. Te da de comer o te mata de hambre. Pero la gente que vive en la costa, con sus frágiles navíos, que conocen de la crueldad y la belleza de esas aguas salvajes y saladas, tiene un espíritu especial. Tiene un espíritu libre, parecido al mío pero a la vez distinto.

Aquella ocasión descubrí que por más que me gustaba bañarme en esa humedad salada, soy una mujer de tierra, y no tengo la mentalidad necesaria para establecerme en un sitio así. Y aunque en el proceso siga visitando las playas por donde caminé, e incluso a veces viaje hasta aquellos puertos en los que escalamos, sé que estoy mejor donde vivo ahora.

Después de cada viaje, incluso en el más corto que ha durado un año, esperaba volver tranquila, pero generalmente me fuera por voluntad propia o porque me echaran ya que se me acabó la visa, tan sólo en una ocasión me sentí feliz. El resto, por lo general apenada.

Ahora que soy más objetiva, creo que lo que más me apenaba era no haber descubierto un sitio para mí. Creo que en el fondo -y aunque sé que es muy improbable- creía que no lo encontraría jamás.

Desde aquel último viaje por el mar, pasó otro par de años hasta que me moviera. La verdad no tenía ganas ningunas de recorrer otras tierras, quería simplemente estar tranquila, decidir qué hacer con mi vida, si estaba dispuesta a seguir invirtiendo o despilfarrando mi tiempo y dinero en esa búsqueda estéril que parecía no llevar a ningún sitio.

Ya no quería viajar a la aventura. Estaba aburrida de los pop ups que saltaban por Internet, de los papelotes que repartían al tun-tun por la calle, de los anuncios en los periódicos que leía en los bares. Llegué a la conclusión que todo era la misma basura.

Hasta que un buen día me llegó un amigo moviendo vivamente una hoja en la mano, y me la entregó. Yo la miré y nada más verla me quedé extasiada. Aquel folleto de viajes tenía una pinta tan atractiva. No era como los demás, resaltaba más las maravillas culturales dentro de sus fronteras, aunque no puedo negar que no me atrajeran las fotos de su exhuberante paisaje. Inmediatamente me sentí atraída por ese nuevo destino y me negaba en rotundo a soltar el papel.

Venía tan bien recomendado… Mi amigo me dijo que había estado viajando a aquellos parajes desde su infancia, quizás hacía quince años. Prometía que no me arrepentiría, que era un sitio bastante seguro, con ciudadanos amables e inteligentes, personas muy divertidas y buenas. Era tan tentador. Decidí rehacer las maletas porque algo dentro de mí ardía en deseos de ver esos horizontes, de contemplar como era amanecer bajo su cielo, de descubrir como sabría la comida sobre sus mesas.

Y tenía (y tengo a ratos) tanto miedo de volver a descubrir la mezquindad de los humanos que habiten allí, tanto miedo de que me guste demasiado y expire mi visa, o me echen como persona non grata, tanto miedo de que decidan acoger una nueva delegación de visitantes que sustituya mi presencia en esta nueva casa; que a veces creo que me cuesta respirar.

Disfruto muchísimo de todo lo que estoy viendo, degusto cada día con una voracidad tal que parece que vaya a ser el último amanecer en estas fronteras, pruebo un plato tras otro y la gastronomía es tan exquisita que jamás sacio mi hambre si no que la veo incrementar junto a mi deseo de permanecer donde estoy.

Descubro un barrio tras otro y aunque muchas veces el gentío es más callado de lo que yo desearía, más reservado, aunque no por ello me atreviera a llamrlo insensible, si no simplemente menos demostrativo de sus sentimientos, me gusta pasar mi tiempo con mis nuevos vecinos.

A veces, debido a tantos sitios en donde he estado, y a tantas reacciones que he podido observar en la gente, tengo miedo de que sean falsos conmigo, de que me acojan por compasión o quien sabe porqué. Aquí la gente es tan reservada que tienes que intuir si te aprecian o no.

En este breve tiempo de estancia, he llegado a la conclusión de que aquí se les conoce por lo que no hacen. Es decir, intento dar por sentado que soy bien recibida mientras no se diga lo contrario. Me paso los días buscando señales que demuestren qué piensan sobre mí los demás, esfuerzo fútil y vano.

Siempre he pensado que soy una persona bastante cristalina, que dejo a entrever lo que siento y pienso en todo momento. Tal vez no sea así. Tal vez aquí la gente crea que es obvio lo que sienten, y por eso no hace falta demostrarlo, como yo tampoco lo demuestro en demasía (principalmente por decoro, aunque sé que en realidad la descripción que estoy buscando es "miedo al rechazo").

Seguramente es que soy nueva y llevo poco tiempo recorriendo estos parajes, y conforme el tiempo pase iré cobrando confianza en mí misma sin esperar que salte el Coco detrás de una farola, o que venga inmigración a echarme a patadas para fuera. Supongo que no puedes conocer una nación en una semana, ni esperar que te conozcan.

Estoy intentando aprender a confiar en esa gente, a mentalizarme de que no todo el mundo es malo, falso o viperino, aunque me cuesta y a veces temo encontrar el rechazo escondido en la sonrisa. Pero supongo que siempre llega un momento en el que tienes que confiar y a fin de cuentas, cada país es un mundo completamente distinto. Seguramente el problema está en mí, ya que hasta el momento no he descubierto nada que me haga pensar que soy mal recibida, si no creo que es más bien al contrario.

Es solo que tengo que acostumbrarme a las costumbres de los lugareños, a sus modos de hacer, que son muy diferentes de los míos, persona bastante más efusiva (por norma general aunque ahora sé que no lo parece) y pasional.

Cada día me levanto con un hambre voraz de descubrir sitios nuevos, sabores nuevos, historias nuevas, paisajes nuevos, y degustar hasta empacharme todos los que ya conocí y descubrí que me encantan.

Cada mañana me levanto con tanta, tanta, tanta, pero tanta hambre, que pienso que por más que me abalanzara a devorar todo lo que aquí se ofrece, al llegar la noche moriría de inanición antes que amanezca el nuevo día.

9/10/2008

Zoom in, zoom out

La tierra es un sitio mucho más pequeño de lo que parece. Y tiene demasiada mierda por metro cuadrado para ser lo que es (tanto orgánica como inorgánica, y en la primera categoría está adscrita una considerable cantidad de “human beings”).

La mayoría de la gente vive anclada a un sitio. Nacen, crecen, se reproducen y mueren allí. Por tradición, por pasotismo, por miedo.

Algunos de los que estamos locos, cuando estamos aburridos, realizamos sanos ejercicios mentales, como por ejemplo mientras estás sentado en un parque, empiezas a estirar la imagen hacia fuera, y cada vez eres más y más pequeño hasta que al contemplar la Tierra desde fuera o intentar imaginarte la Vía Lactea engullendo el planeta, todo pierde significado.

Entonces, en un segundo la cámara te devuelve de golpe a la imagen inicial donde estás ahí en el banco.

Bueno, también hay que decir que a los que estamos locos, la vida muchas veces nos parece irreal, como una película que están proyectando en el cine, y cuesta un tanto readaptarse y concentrarse en que es la "realidad". la cantidad de filósofos que no habrán debatido y debatirán al respecto con esots y otros símiles hasta el final de los tiempos.

Después de eso, la mayoría de cosas parecen gilipolleces.

El mundo es cada vez más pequeño, porque viajar es mucho más rápido, y la gente está conectada unas a otras de formas que la mayoría de veces ni imaginan.

Un día se te da por viajar, y a más viajas, y por más diferente que parezca todo, la verdad es que siempre es más de lo mismo. Claro que hay diferentes arquitecturas, y filosofías, y religiones, y puntos de vista. Pero, ¿sabes qué pasa? Todo está contaminado por la misma basura: los humanos.

Hoy me han dicho que vaya mierda que el dinero cohíbe la movilidad de las personas. Bueno, yo creo que no es el dinero, somos nosotros simplemente, al menos en el mundo capitalista.

Hace tiempo que me di cuenta que soy compradora compulsiva, rasgo que llevo unos meses intentando paliar. Considero que la cosa es grave cuando echando la vista atrás no recuerdo la mayor parte de las cosas en las que he gastado el dinero, lo cual me lleva a pensar que todo lo que compré era bastante inútil.

Suelo comprar cosas cuando estoy triste o ansiosa, cruzo la calle, me meto en frac y arramblo con libros y películas. Si tengo menos suerte y no controlo tanto, bueno podría arramblar con una tele. Consigues un instante de felicidad momentánea a “precios populares”. Pero es efímera.

Así estamos educados en “el mundo civilizado”.

Me pongo a pensar en la frase esa de “cohíbe la movilidad”. ¿Es culpa del dinero que yo no me pueda mover con libertad? Sí y no. Hasta cierto punto. Estamos educados para comprar la casa, el coche, la tele de plasma, las tetas de plástico, el viaje a las Bahamas. Y lo que es peor, estamos educados para comprar todo eso incluso con el dinero que no tenemos.

Yo sinceramente pienso si quiero comprarme un piso. Desde el punto de vista egoísta exclusivamente, ¿para qué quiero un piso? ¿Para qué quiero vivir hipotecada? La vivienda es un gasto fijo que vas a tener que soportar hasta que te mueras (y después pagarás la bonita urna o ataúd que ocuparás “n” años más). Para mí comprar un piso era útil si ese gasto fijo se reducía a una cuota durante 15 o 20 años., y después a vivir la vida. Desde mi prisma egoísta no tiene sentido pagar una cuota de algo que acabarán pagando mis nietos.

Un taxista me dijo, ya pero si vives de alquiler estás tirando el dinero. Bueno, teniendo en cuenta que cuando me muera el dinero me va a sudar los bajos… Pero si compras un piso, dijo, se lo puedes dejar a tus hijos.

Quizás el día que los tenga pienso de otra manera. Pero ahora mismo pienso… ¿Para qué quiero un piso? Cuando me muera se quedará aquí, ¿y qué voy a hacer con él? ¿Pido que me hagan un mausoleo con los ladrillos? (y encima paga la parcela para el mausoleo).

La gente también está todo el día cambiando las cosas. El coche, el móvil, la tele… ¿Qué pasa? ¿Es que tu coche de hace 8 años no funciona? Si no funciona, vale, cómprate otro. ¿O es que no vas a la moda? Ah, claro. Ya no es bonito, ya no brilla, ya no tiene el mismo estatus. Lo mismo con el móvil, y otras tantas cosas.

Sí que es cierto que ahora parece todo fabricado con el culo. Pensemos en la ropa, que si Mango, que si Inditex, que si H&M. basura de ropa que te la pones dos veces y a la mierda. No está pensado para durar, si no para que te compres otra cosa luego. No esperarás que por lo que cuesta encima sea de buena calidad.

Es más, te contaré una cosa.

Mis padres de pequeña, tenían una tienda de moda. Ellos llevaban a cabo todo el proceso desde la elección de los tejidos, el patronaje, la confección y la venta. Una vez pusieron un stand en la feria de Valencia. Me mandaron para que me encargara de todo, y mi padre me dijo que quería que vendiera los productos más baratos. Yo le dije que no quería, porque la gente tiene esa estúpida idea de que si no es caro no es bueno.

Así somos de gilipollas.

Me gustaría saber, si te levantaras y te fueras al armario, ¿cuántas de las prendas que tienes ahí crees que sobrevivirán 2 inviernos?

Las cosas no están hechas para que duren, porque en ese caso la gente podría llegar a comprar menos.

La gente está pilladísima con todos sus créditos, empezando por la hipoteca y acabando con los del Cofidis.

Ahora no tengo tiempo de ver la televisión, pero bueno para la mierda que dan en la tele, ni falta que hace. Por cierto: la programación televisiva actual, está planificada para subnormales profundos (que son la mayor parte de la población).

Todo en la vida es un negocio, y los medios mueven mucha, pero que mucha pasta. Tampoco es ningún secreto que la televisión oferta lo que los televidentes buscan. Bueno, es una ecuación sencilla.

Si la televisión oferta lo que los televidentes quieren, y está llena de programas basura estilo corazón, gran hermano, operación triunfo, y demás concursos gilipollescos, no hay que ser muy listo para llegar a algunas divertidas conclusiones.

Entonces escarbamos un poco más. La publicidad. Qué asco. Esa basura que contamina tus programas favoritos. Por dios. Ya podían metérsela por el c**o.

¿Pero es que tú te piensas que el publicista es tonto? Ellos se encargan de contratar las mejores franjas horarias para anunciar cada producto. Así que según la hora es más probable que veas anuncios de una u otra cosa, según la época del año, etc.

Recuerdo que antes cuando podía ver la televisión por las mañanas, algunas veces mientras atendía remotamente el noticiero, en medio emitían anuncios de “financieras” que te prometían darte hasta seis mil euros al momento.

Fíjate tú qué cosas.

Hay mucha gente que se despierta y toma el desayuno delante de la televisión.

Muchas veces cuando te despiertas lo haces con las preocupaciones con las que te fuiste a la cama, por ejemplo, el dinero que debes. Entonces, estás mirando las noticias y salta un anuncio de esos y a ti se te ilumina la chispa de la “sabiduría” y piensas, vaya con eso podría tapar el agujero que dejó la visa que usé para comprar la tele nueva.

Podría ser peor, podría ser: así me pago las vacaciones. Fantástico. Engánchate a un crédito que vas a estar pagando tres años para pagar las fabulosas vacaciones esas de una semana en el Caribe. Eso sí, espero que saques muchas fotos, y que sean preciosas y las disfrutes, porque vas a cagarte en ellas las próximas navidades o cuando se te rompa la lavadora.

Me pregunto cuántas personas de forma impulsiva cogen el teléfono y llaman para solicitar un crédito.

Seamos serios. Seis mil euros son una mierda. No dan para nada. Como mucho para una urgencia puntual, porque hoy en día, ¿qué haces con seis mil euros? Solo dan para urgencias breves o caprichos.

Miramos entonces la franja nocturna, de madrugada. Sí, sí, esa que está llena de anuncios calientes y la Teletienda. ¿Quién carajo mira la tele a las 4am? Algún aburrido que no tiene nada que hacer. Es un target perfecto para comprar compulsivamente en Teletienda, todos esos artilugios que no vas a usar en la puñetera vida, para llamar a la línea erótica o consultar su futuro con Madame Ventura. Si ya te digo yo cual es tu futuro y gratis: estás jodid@.

Por cierto, otra cosa que detesto de la publicidad: los anuncios de tratamientos de belleza, y estética. ¿Quieres que me compre tu fantástica crema adelgazante? Coño. No me pongas una anoréxica a anunciarla, si no tiene nada que perder de peso. ¿Quieres que me compre tu crema anti arrugas? No me pongas una modelo quinceañera que acaba de utilizar una crema anti acné.

Pero lo preocupante, lo de veras preocupante, es que la gente se lo cree, y va y se las compra esperando parecerse a eso que tienen en patalla.

No te digo yo que la humanidad es eminentemente estúpida. Los humanos merecen morir, como dice Bender en Futurama.

Aun no entiendo porqué se lo creen, pero vamos, es así.

Entonces, ¿es culpa del dinero que estés pillado por los huevos? Estoy intentando visualizarlo, veamos. Sí, ya puedo enfocarlo: un trozo de papel ahí intentando castrarte apretando fuerte. Vaya, no es verde. Es blanco. Jum… No es un billete. Es papel higiénico.

Bueno, intenté imaginármelo y no funcionó.

La culpa es tuya. Por comprar gilipolleces que no necesitas.

¿Te acuerdas cuando ibas al colegio y suspendías? ¿Cuándo después decías “me han suspendido”? Tú y yo sabemos que es mentira, que por lo general nadie “te suspende”. Tú no diste la talla. Esto es lo mismo.

Nadie te puso una pistola en la cabeza, y te obligo a comprarte el coche, la casa, la tele de plasma, las tetas de plástico, el abrigo de visón, el Breil. Nah, lo hiciste porque quisiste.

Pero si la mayoría de gente pensara así, teniendo en cuenta que esas cosas son en mayoría chuminadas, el sistema actual no funcionaría. Yo, claro, no tendría trabajo. Los humanos volverían al trueque, y a estar rallados porque les faltan comodidades en la vida. Tampoco habría industria, ni nada parecido.

Y yo probablemente no tendría WoW ni comics.

Sinceramente, tenemos lo que nos merecemos.

Psssssssssssse… Es ahora cuando creo que volveré a mi ejercicio de visualización universal.

9/09/2008

Querido blog:

Te tengo estos días y semanas más que abandonado.

Me he dado cuenta de que te necesito menos, y que, como humana (y por consiguiente, ente egoísta) que soy, te dedico menos tiempo del que a pesar de todo lo que hemos compartido sé que te mereces.

En cierta forma deberías estar contento por mí, del hecho que ya no necesite tanto de nuestra conjunta terapia. No es que no siga estando profunda e irremediablemente desequilibrada, ni que haya conseguido volverme una persona racional de la noche a la mañana. Es más, creo que probablemente, me he vuelto más loca y estoy haciendo lo que mucha gente considera estupideces.

Pero bueno, tú que ya me conoces de sobras, sabes nunca hago caso a la gente. Así me va a veces. Pero bueno, también sabes que odio los deportes de equipo porque si alguna vez pierdo en algo, quiero que sea por mi propia culpa y no la de algún gilipollas, y también quiero los éxitos solo para mí.

No tengo ni idea de qué has andado haciendo este mes. Me figuro que aburrirte sin nadie que viniera de visita por la red. Yo por mi parte, he tenido unas vacaciones –contra todo pronóstico- de lo más entretenidas.

Mientras tú vegetabas por aquí sin nada interesante que hacer, yo estuve de barbacoas, saliendo, yendo al cine, conociendo a gente... Y correteando por Zaragoza e Inglaterra. Cuando hago memoria, me da un vuelco el corazón. Han sido unos días muy raros,pero también muy agradables. Tengo la sensación de que se fue una persona y volvió una y media, y para colmo, distinta.

No me siento tan ligada a ti estos días, ni te tengo tanta confianza. Me pregunto si no habrás estado flirteando por ahí y a quien habrás estado contando mis secretos, pero bueno sé que te encanta estar haciendo nuevas amistades y en ocasiones son un tanto verduleras.

Estoy muy contenta estos días, aunque a ratos tenga ligeros accesos de pánico. Tampoco es nada nuevo que suelo ser bastante catastrofista. Nada grave, lo típico mío, ya me conoces. Me he dado cuenta de que me he acostumbrado tanto a nuestros ratos de charla en la intimidad, que me cuesta mucho hablar a veces con otras personas y decir sinceramente lo que siento o pienso, como si fuera un error, un pecado, o una debilidad. Imagino que la gente "normal" suele ser más abierta. Pero bueno, supongo que eso también se pasa. O algo así.

En fin, cuando tenga un rato me paso y te explico más cosas, ahora mismo solo quería dejarte una nota para que supieras que sigo viva.

7/24/2008

Fuera de onda

(c) Peggyly - My Baby 2


Últimamente estoy ampliando mi biblioteca gastronómica, para el hipotético día en que tenga tiempo de cocinar, porque me haya jubilado, esté en el paro o tenga la baja. Nunca se sabe.

Una de mis ilusiones más grandes es aprender a hacer un pan decente para comérmelo tranquilamente con un buen menú, y en compañía. En fin, es muy frustrante. Creo que nací unas cuantas décadas tarde, porque no es algo que se estile mucho ya.

A parte de una gran piscina y un buen jacuzzi, la otra cosa que me haría muy feliz es tener mi pequeña plantación de tomateras. No sé cuándo carajo el tomate dejó de ser tomate para ser una bola redonda roja por fuera y verde por dentro, insípida. Yo me acuerdo que cuando iba al colegio, allá por 1990, los tomates sabían a tomate, hasta que un buen día Julieta (la dueña del colmado de al lado de casa de mis padres) me dijo que habían llegado unos tomates "nuevos" que iban madurando por el camino.

Qué chuli pensé yo. Qué curioso.

Los cojones, "curioso". Los cojones, "qué chuli".

Puta mierda de tomates que hoy no saben a nada. Hoy en día se podría hacer un chiste estilo “Lepe” sobre cuántos tomates se necesitan para hacer un buen pan con tomate.

Cuando tuve mi primer novio, un chico que conocí en una discoteca de Badalona (Gran Velvet, ya ves tú qué sitio para sacar pareja…), un día caminando por la Rambla nos encontramos una pareja de jubilados amigos suyos, que nos regalaron un par de tomates recién recogidos. Joder… ESO era un tomate: Enorme, maduro, tierno por dentro, con pulpa, jugoso, que se deshacía en la boca con una explosión de sabor y ese regusto dulzón que se sobrepone al ácido. Eso era un tomate, no la porquería que me venden en Caprabo.

Desde pequeña me ha gustado siempre cocinar, pero hoy en día no hay tiempo. No hay tiempo para cocinar, no hay tiempo para conocer gente, para tener familia… Joder si ni para cagar hay tiempo ya.

Mis primeras experiencias culinarias fueron con el libro de mi madre, el “Manual de Cocina” del Instituto Crandon. Un clásico de la cocina uruguaya. Ese libro se lo regaló mi padre a mi madre cuando se casaron, en un intento de sobrevivir a la convivencia marital. Supongo que más o menos funcionó, porque treinta y un años después aun respira xD

El caso es que no recuerdo bien cómo, un día se me dio por empezar a cocinar. Empecé con unos escalopes… Y la jodí. Sí, sí. La jodí. Porque me quedaron buenos. Y de verdad insisto que en mi casa lo peor que te podía pasar era que te dijeran que algo te había quedado bien porque… Te ibas a encargar de eso hasta que te mueras o te independices. Y bueno, después también vinieron los bizcochos, los pasteles, las empanadas, las galletas… Y siempre estaba mirando el Crandon. Era lo más parecido al libro de recetas mágicas de Papá Pitufo. Era viejo, de cartoné, tapas rojas, y hojas amarillentas que empezaban a oler a antiguo. Algunas páginas estaban manchadas por el haberles caído ingredientes a lo largo de tantos años de uso.

Era un tesoro familiar. Quizás el único tesoro familiar, el recuerdo de un país en el que nací y no conozco. Quizás los buenos momentos de mi madre en su matrimonio. Quizás las comidas con sus amigos. Quien sabe.

Cuando me independicé, me lo llevé a casa, porque a fin de cuentas cocino yo más que mi madre… Lo cual, teniendo en cuenta que hace tres años que como de restaurante al mediodía porque no tengo tiempo de ir a casa, indica que mi madre cocina más bien poco (muy, muy, muy poco). Como diría Sara: bienvenida a la era de la comida rápida, los congelados, y el microondas.

Bueno, y lo del microondas ya… Mi madre me regaló uno que tenía por ahí. Yo, que no iba a tener un trasto de esos del diablo en mi cocina en la puta vida. Y ahí está, al lado de la nevera. No es que lo use mucho, pero a veces descongelo alguna cosa de La Sirena. Voy a morir… Voy a morir con tanta porquería que como. No podía morir como las cucarachas a polvos, no… Moriré por exceso de grasas y colesterol y radicales libres y todas esas mierdas.

Total que al final mi madre un día me reclamó el Crandon, en nuestra eterna disputa de quien tiene la custodia del libro si yo que lo “uso” o ella que es suyo. Y claro, ganó ella. Así que inicié mi peregrinaje virtual para conseguir mi propio Crandon, cosa que llegará a casa en breve, espero dos semanitas. Mi propio ejemplar del Crandon ^^ Ahora solo espero tener algo de tiempo para cocinar.

A veces pienso, no sé macho, quiero una familia normal. De esas que se levantan por la mañana, desayunan algo preparado en casa, no sé tortitas, o galletas, o un bizcocho, viendo los dibujitos en la tele. No sé. Hacer un buen pan casero, una rica carne al horno con guarnición, precedida de una ensalada, y acabar con un buen café y unos postres. Joder. Cosas de las que hacía la gente antes. Que no estaban más locos que nosotros ahora, y yo que sé, eran educados y tenían buenas costumbres, y hablaban con otras personas EN PERSONA y no a través del móvil o el PC. Joder. No es algo tan difícil. O vamos, sí lo es, pero no debiera.

Así que nada, sigo adquiriendo volúmenes para mi colección para el día que pueda hacer buena cuenta de ello, y encuentre alguien que no tenga muchos inconvenientes con mi hobbie.

Mis últimas adquisiciones fueron:

- Dulce lo vivas
- La cocina sefardi
- El aprendiz de panadero

Sí, últimamente me dio por la cocina sefardí. Tienen una cantidad de recetas, y unos postres… Espero que cuando tenga tiempo para cocinar, también lo tenga para ir al gimnasio xD

Creo que la gente hoy en día no piensa como yo. Quiero decir, no es que sea una retro, que me encanta viciar al WoW, trastear con ordenadores, ser capaz de vivir mi vida independiente, haber sido criada de manera que tengo mi propia personalidad y no me dejo pisotear por la gente (salvo por dinero claro, pero es lo que tiene trabajar para otros xD). Pero joder… ¿Qué tiene de malo que además me guste cocinar y aprender a tejer bufandas?

7/14/2008

Bloqueo

(Se adentra en la habitación caminando a toda prisa, los tacones resonando contra las baldosas. El ruido se amortigua al alcanzar la alfombra bajo el diván).

Sí, ya sé que he tenido mucha suerte con esto de las vacaciones y que me recibe porque algunas de sus otras citas no acudirán esta semana. Ya sabe cómo me pongo cuando me estreso, puro nervio, y esa sensación de agobio de siempre.

Es solo que… De verdad que lo intento pero me cuesta mucho enfrentarme a la realidad, ¿sabe? Quiero decir… Usted me conoce, son ya muchos meses juntos, por lo menos dieciocho, y tenemos nuestras charlas a menudo. O sea, soy una persona capaz y decidida, y tengo muy claros mis objetivos en la vida, lo que quiero conseguir, hasta dónde quiero llegar...

Es muy difícil dejarme sin palabras, tengo siempre respuestas para todo, y no callo ni debajo del agua.

(Risa nerviosa).

No lo he probado pero… Quizás debería, ¿no? Hablar debajo del agua, me refiero. No hasta el punto de morir ahogada, ya sabe, aun no tengo tendencias suicidas.

Hay algo dentro de mí, no sé cómo expresarlo. O sea, no. Es mentira. Sí sabría expresarlo. La cuestión es que no sé si realmente quiero hacerlo.

Últimamente me estreso mucho. Siento una necesidad imperiosa de decir las cosas tal cual las siento o tal cual las pienso pero no soy capaz, no me siento lo suficientemente preparada. Me atormenta saber que puedo hablar de casi cualquier tema y ante los que son realmente vitales no hago sino quedarme sin palabras y sin habla literalmente, con esa mirada estúpida. Como la de los peces en el acuario, ¿sabe? Sí, ahí puestos con sus ojos saltones mirándote a través del cristal esperando manipularte mentalmente como en el chiste.

Yo soy muy capaz de escribir, y tengo mucha sensibilidad y todo eso, como es usted consciente, pero a la hora de la verdad… A la hora de pronunciar las palabras yo me agito y me siento impotente como debajo de una ola inmensa que sé que va a caer sobre mí chafándome sin dejar nada.

(Empieza a comerse las uñas de la mano izquierda).

Que sí, que ya tengo muy claro que soy capaz de expresar mis sentimientos y mis pensamientos aquí dentro, pero este sitio es un santuario, yo sé perfectamente que aquí dentro no puede pasarme nada malo y que las ideas que comparto son nuestro secreto. Pero ahí fuera, cualquier palabra que pronuncie acarreará consecuencias de forma irremediable.

(Empieza a mordisquear las uñas de la mano derecha, y vuelve a la izquierda de nuevo).

Yo de verdad querría ser capaz de ordenar todo lo que pienso y transmitirlo.

(Risa).

Sí, bueno ya sé que es difícil de engañar usted… Bueno, mejor digamos que soy capaz de ordenar lo que pienso, plasmarlo en una hoja, pero incapaz de transmitirlo verbalmente.

Querría ser valiente para decir las cosas tal cual. ¿Cree que le pasa a todo el mundo? O sea, bloquearse de puro terror, o a veces no saber bien porqué, ¿pero sin poder hacer nada por controlarse?

¿Qué es lo que me pasa? ¿Qué es lo que me detiene?

Yo creo que si mirara dentro mío, y rebuscara en todos los rincones, encontraría la respuesta, pero esa oscuridad en la que anida me da miedo. No sé si tengo fuerzas para bucear ahora mismo hasta tan lejos.

Si ya sé que soy inteligente. También sé que cuando mi cabeza recorre ese camino, esquiva los callejones oscuros. Es como ver que están apaleando a alguien, y ser incapaz de ayudar, así que sigues caminando como si no hubieras visto nunca nada.

No tendría valor de volver atrás y encontrarme el cadáver de la paliza.

La navaja

(c) RahXephon



Todos los fines de semana seguía la misma rutina, desde hacía ya un tiempo.

Su vida era bailar con los ojos cerrados, tres días a la semana, tardes y noches incluidas, de viernes a domingo.

Veinticuatro horas parando lo justo para dormir y comer, sintiendo la música atravesar cada fibra de su cuerpo, dejándole moverse al compás, olvidando que más allá pertenecía a un mundo. Porque este era su lugar, y aquí sólo existía ella. Su madre a veces le echaba en cara si creía que vivía en una fonda donde podía aparecer para dormir y poco más.

Si no fuera por la pista de baile, cuántos días se habría sentido atrapada, en su mayor época de rebeldía contra sus progenitores, cuando nada de lo que hicieran tenía el más mínimo significado para ella, cuando lo que menos quería era compartir el techo con su padre, cuando estar a menos de trescientos metros de esa casa le producía una sensación de ahogo y nerviosismo insoportable, atenazando sus músculos y embotando su cabeza.

No sabía replicar a las broncas, no tenía escapatoria. El grito estaba siempre ahí, por lo que hacía, o lo que dejaba de hacer. Por lo que decía, o dejaba de decir. Por cómo miraba o dejaba de mirar. Así que cualquier excusa era buena para no pisar la casa, y entre ellas la mejor era peregrinar a su santuario.

Era su momento de purificación, era su forma de encontrar la paz, era el altar donde sacrificar sus demonios y pagar su “pecados” con sudor. Cuando cerraba los ojos, olvidaba los malos momentos. Dejaba atrás lo exámenes, los deberes, las rabietas de instituto, los marrones con sus padres… Todo estaba a millones de años luz.

Allí era propietaria de dos metros cuadrados de cemento que al final de la noche amenazaban con dejarla pegada con los restos de bebidas combinadas, cocacola y quien sabe cuántas porquerías más, donde las traicioneras colillas de tabaco batallaban por hacerla trastabillar sin éxito. Dos metros que a veces se veían envueltos en una neblina artificial, iluminados con la luz de soles imposibles, regados por la lluvia de los aspersores o incluso, inundaos por mares de espuma estival.

Eso era felicidad: kilovatios de sonido que prometían destrozar sus tímpanos con el house más puro, con el trance más de moda, con el dance corriendo por las venas; y un latido acompasado a la música.

Recordaba su primera vez, esa noche que lo cambió todo, que delineó el crepúsculo de su infancia, para dibujar el alba de la adolescencia.

Ya quedaron muy atrás aquellas navidades, la primera vez que salió de casa por la noche, con el permiso paterno de salir a celebrar ese fin de año por las discotecas, pero volviendo a una hora prudente -“no muy tarde”-, y la promesa de que si no cumplía, no volvería a salir de noche hasta el año siguiente.

Fue una experiencia muy excitante, plagada de preparativos: ropa, colonia, peinado, maquillaje, complementos… Marcando impaciente los diales de un vetusto teléfono próximo a la extinción.

En aquellos años no existían los móviles, quedabas con alguien a una hora y esperabas. Te obligabas a ser puntual, aunque te carcomieran los nervios, y sí, esa tarde le comían los nervios por dentro.

Era un ritual de madurez, como en algunas tribus pueda ser la primera vez que te baja la regla, pero aquí era esa salida a lo desconocido. ¿Cómo sería la vida nocturna? ¿Cómo sería la gente? ¿Qué había escondido en la penumbra? ¿Cómo sería estar rodeada de “mayores”?

Las horas pasaban con esa lentitud de una película en la que puedes ver todos y cada uno de los fotogramas con detalle recreándose, mientras que la impaciencia te controla y aun así, parece que el mando del vídeo está estropeado porque no responde y no funciona “adelantar”. Así que te resignas a que todo pase a su ritmo, granito a granito tal que atrapada en un reloj de arena.

Entonces, a sesenta minutos escasos de la hora bruja llegó el momento de atravesar el umbral que marcaría un antes y un después para toda tu vida. Cruzó con su ropa de gala y enfundada en el abrigo salió a la calle, iluminada con las farolas que desafían la oscuridad como las velas en una tarta de cumpleaños, llenas de promesas; y con la seguridad de haber recorrido mil veces ese camino los pies la llevaron delante del viejo teatro una vez más.

A las doce, como tantas otras Cenicientas modernas que la estrujaban a las puertas de su peculiar castillo, quería disfrutar del baile y reencontrar un príncipe azul.

Por aquel entonces, el príncipe azul era rubio, de ojos azules, complexión atlética, y practicaba boxeo con asiduidad. Era bello y despiadado. No portaba espada, pero lucía una sonrisa tan o más peligrosa, máscara de excusas y mentiras que sólo una mente sagaz podría elucubrar y un corazón cándido podría llegar a creer. Como todos los príncipes era frío y calculador, pero no importaba. Nunca importaba. Siempre había una defensa, una explicación, un motivo, una excusa que mitigara su comportamiento cruel.

Y con sus ojos, le buscaba entre la gente, con la mirada, en aquel símil de palco que era el escenario a poco más de un metro del nivel del suelo. Anhelaba ver esa figura, esa camisa, contemplarle mientras bailaba, junto a su primo y su hermanos, fieles compañeros.

¿Cómo era la vida nocturna? Como la diurna pero todo transcurría a más velocidad, una copa desencadenaba invitaciones que antes no podría haber imaginado. ¿Cómo era la gente? Se comportaban como salvajes festejando con sus carnes en hogueras al anochecer. ¿Qué había escondido en la penumbra? Pesadillas que acaban con los sueños y trafican con tus peores temores. ¿Cómo era estar rodeada de “mayores”? Como estar rodeada de niños, solo que vivían incluso más perdidos.

En el ecuador de la madrugada le encontró, con su camisa blanca resplandeciendo bajo la luz negra, dos manos recortándose en su espalda, abrazado a otra compañía.

El impacto la dejó pálida del susto, y sus piernas que tan acostumbradas estaban a bailar, a caminar, a correr, no respondían a su voluntad. Sentía como iban flaqueando poco a poco, como el desazón oprimía su pecho, cómo luchaba entre dos aguas debatiendo si acercarse o no.

El “no”, ganó. Tiene que haber una explicación, argumenta. Tiene que ser un error. Igual iba borracho. Seguro que fue cosa de su primo o de su hermano. Igual es solo su ex. Seguro que me llama. Dijo que me llamaría.

El palacio se transformó en chabola, ella se sentía incómoda en su vestido y sólo quería volver a casa corriendo a esconderse en algún lugar.

Los días, se sucedían, y el teléfono no se dignaba a sonar. Dedicaba gran parte del tiempo de instituto a estructurar excusas con las que perdonar su comportamiento, con las que restar importancia a los hechos, y así seguir esperando la llamada que si llegara no traería más que patrañas que ella obviamente estaba dispuesta a creer.

Pero en realidad, una vez en clase escuchó que “en igualdad de condiciones la solución más sencilla es probablemente la correcta”, y la correcta era que jamás iba a llamar, y que lo que habita en la noche no es si no un mundo de quimeras.

7/10/2008

Reconocimiento

(c) Ai Yazawa - Nana


Como sentía que no me valoraba, me esforzaba en destacar. Porque nunca, o casi nunca, recibía sus halagos.

Creía que tenía que brillar como una estrella. Quería que todos me admiraran, que me adoraran. Y entonces tal vez, se daría cuenta de que yo también estaba allí.

Así que me alimentaba.

Me alimentaba de ellos, de sus palabras, de sus miradas, de sus caricias; y con ello crecía poco a poco, como una planta que recibe su dosis diaria de agua y calor.

Poco a poco extendía mis ramas al cielo, esperando ver crecer las hojas verdes y delicadas y anhelando impaciente un día ser capaz de florecer y dar un fruto delicioso.

Siempre dejándome la piel a tiras en el esfuerzo que representaba lucir la sonrisa perfecta, irradiando simpatía, destilando inteligencia. Arreglada, cuidando las apariencias, todos los detalles con la minuciosidad de una estrategia de batalla.

En algún momento me acabé desdoblando en dos, y era incapaz de distinguir donde comenzaba la “farsa”, y si realmente era tal. Al final era como el traje que luces cuando vas a la oficina, ese estilo formal que acaba parasitando tu armario y que se impregna en tu casa hasta que es imposible arrancarlo de allí.

Pero en mi fuero interno, yo creía... Yo sentía… No: yo SABÍA que por más que cultivaba mis virtudes, algo hacía que me creyera insignificante si estaba a su lado. Así que cada vez me esforzaba más en crecer para alcanzarle, hasta llegar a lo más alto, con la esperanza de mirar a mi alrededor y poder encontrar mis ojos a la altura de los suyos.

Cuando llegó ese día, me detuve en el cielo estática buscándole, pero fui incapaz de encontrarle y me carcomía el porqué… No fue hasta entonces que se me ocurrió.

Sin darme cuenta le había perdido en aquella carrera solitaria donde al parecer era la única participante.

Nunca consideré que tal vez no se esperaba de mí que fuera perfecta. Nunca se me ocurrió que simplemente tenía que ser yo, porque estaba demasiado cegada buscando la manera de que un día al mirarme reconociera mi existencia.



(c) Ai Yazawa - Nana

Miedo

(Silencio. Iluminación tenue.)

A veces pienso que no sé porqué mantenemos estas citas semanales, ni porqué le pago, ni si hace algo por ganarse realmente lo que vale.

En realidad al final todo se reduce a lo mismo, a estos monólogos míos mientras me siento en el diván y hago viajes introspectivos.

Creo que es por reafirmar mi idea de que no estoy loca, cosa que tampoco me preocupa en demasía.

En realidad tengo la impresión de que si me quedara en mi casa y dedicara tanto rato a pensar, razonar y cuestionarme porqué hago las cosas como el que dedico aquí, llegaría a las mismas conclusiones.

Hoy he dormido bien, la verdad. Es cierto que las últimas dos semanas me ha costado bastante conciliar el sueño y que cuando lo he hecho, me he ido despertando cada hora o dos.

Al principio lo achaqué al calor, porque con esta humedad de mediados de estío, el bochorno y que no corre aire en casa… Ya sabe que no hay ventana en mi cuarto y necesito dormir con los balcones abiertos para respirar bien. Sigue gustándome despertarme con la luz del día.

Debe ser por eso que tenía sueños intranquilos.

Llevo unas noches un poco paranoicas. Uno de los sueños más vívidos que tuve fue el de ir volando en un bicharraco mitológico por encima de una tierra mítica, y acabar saltando a mi ciudad real, mientras iba sacando fotos de paisajes. La mala pata hizo que se me cayera la cámara en un terrado y tuve que hacer milagros para recuperarla. Recuerdo que cuando aterricé no pude volver a llamar a mi montura, pero bueno al terminar el sueño tenía de nuevo mi máquina en las manos.

¿Qué era tan importante de la cámara? No sé, deduzco que los recuerdos que había dentro. Ya sabe, al final, de las cosas solo quedan los recuerdos, las pinturas, los escritos, las fotos… Me va a dar la neura filosófica, como siempre, pero ya sabe lo que pienso. Cuando “mañana” llega, lo único que queda del “ayer” real, son esos retazos de memoria a los que uno se aferra.

El otro que tuve, se ha ido emborronando con los días, no puedo visualizarlo correctamente, pero recuerdo la sensación que me produjo cuando me desperté y era una mezcla de añoranza melancólica, y sensación de pérdida. Debe ser que estos días estoy obsesionada con lo mismo.

(Silencio, y desvía la mirada hacia la ventana. Retoma su discurso sin mirar nada directamente.)

Creo que el problema es que soy una persona obsesiva, ¿verdad? Debe de ser eso. Obsesiva, posesiva, celosa… Llevo varios días dándole las vueltas al asunto. Ya sabe que me gusta venir con los “deberes” hechos. Si tuviera que pagar por todo el rato que dedico a poner las ideas en orden antes de entrar en la consulta…

Estos días los he dedicado a analizar esos puntos, y he llegado a que todo está motivado por mi inseguridad. Que en el fondo es miedo. Es fruto de mi necesidad imperativa de controlarlo todo, y que al enfrentarme a algo que se escapa de mis manos, como no tengo forma humana de manipularlo, me obsesiona dedicando horas y horas y horas a buscar una solución favorable que ahora sé, es inexistente, porque no depende de mí.

La obsesión imagino entonces que se retroalimenta, porque doy vueltas en círculo, de manera que cada vez me estreso y me agobio más; mis ataques posesivos son debidos a mi incapacidad para proteger o defender todo eso que me quita el sueño, y los celos es mi reacción natural a apartar todo lo que quiero y meterlo en una caja vigilada constantemente.

Es imposible vivir así.

Ahora ya sé que lo único que me pasa es que tengo miedo, y que no sé dejarme llevar.

Bueno, parece que un día más hemos llegado a algunas conclusiones aceptables, ¿jum?

¿Sabe? Ya sé porqué le pago lo que le pago y le mantengo: porque cada vez que me siento aquí y hablo, me libero.

7/08/2008

Eutanasia

(c) Falcom History


*** Now Playing: Olivia Lufking - Tears and Rainbows

Era duro, muy duro, verla ahí tirada intentando mantener los últimos hálitos de vida. Contemplarla respirando con dificultad, exhalando un suspiro tras otro, mientras su esencia se desvanecía en el aire.

Me dolía observar como se esforzaba por seguir luchando contra una fuerza superior a la suya, contra el miedo de saber que tienes los días contados y no puedes remediarlo.

La suya no iba a ser esa muerte que todos esperan al final del camino.

Siempre he pensado que el día que me muera solo pido una cosa: que no me duela, porque tengo pánico al dolor. Quiero irme de este mundo pensando que he hecho todo lo que quería hacer, y sentir que estoy cansada y lo único que me apetece es dormir.

No me he muerto antes, claro, pero probablemente al final lo único que sientes es cansancio. Como después de un día muy largo o un fin de semana de empalme, solo que un poco más definitivo.

Me dolía ver que ella luchaba porque no había podido terminar todas esas cosas que tanto anhelaba hacer, y no pudo decir todo lo que sentía que tenía que decir antes de dejar este mundo.

La veía, postrada con el cuerpo entubado, y cientos de parches que intentaban mantener la forma de esa cáscara que envolvía su alma preciosa, y yo la recordaba en sus buenos momentos. Recordaba su sonrisa y los días felices. Los sueños, y las promesas falsas que le hice y que ya nunca podría cumplir. Y mientras sostenía su mano, no podía dejar de llorar ni contener ese torrente de desesperación que me invadía y me estaba matando por dentro.

Sabía que un día no sentiría más esa palma cálida entre las mías y tenía un miedo horrible a sufrir. No podía imaginarme mi vida sin ella. ¿Quién me querría? ¿Quién me cuidaría? ¿Quién me entendería? ¿A quien le gruñiría? ¿Quién estaría ahí siempre para calmarme?

Mientras, la habitación estaba en silencio, y la luz entraba pálida por la ventana. Fuera de aquí la gente seguramente ríe y hace su vida. Queda con los amigos, visitan a su familia… Pero aquí, en este cuarto el tiempo se detiene y lo único que me liga al mañana son un puñado de cables y un interruptor.

La miro ahí, tumbada, intentando sonreír, esforzándose por hacerme creer que todo está bien y que lo va a conseguir, que va a salir de esta como ha salido de tantas antes, y me pregunto a quien de las dos está intentando engañar, o si simplemente lo hace todo por mí una vez más, para que me quede tranquila y no me sienta culpable.

Y por más que su pecho cada vez sufre más al insuflarse de aire, y por más que sé que está agonizando a cada minuto, no me atrevo a dejarla marchar… La miro, y sé que mi vida sin ella no tiene sentido y pienso en todas las cosas que no le dije a tiempo y ya no podrá escuchar nunca más… Pero que ya no tienen sentido… Y sólo puedo apretarle la mano, acercar sus dedos a mis labios y darle un beso en las yemas mientras no dejo de llorar.

Ella me sonríe, acaricia mi pelo con su mano temblorosa, y casi tengo que ayudarla en el esfuerzo que supone alzar el brazo.

Estira de mi cuerpo acercando mi oído a sus labios, y me dice la cosa más cruel que le he oído decir en todo este tiempo. Siento que me mata mientras ella pronuncia esas cinco palabras que no querría haber escuchado nunca: “Si me quieres, déjame marchar”.

Dios, no, por favor. No me pidas eso. Si existe alguien, de verdad, si existe alguien en algún sitio que pueda escucharme, que la detenga. Por Dios… No me pidas eso… No estoy preparada para vivir sin ti, por favor, quédate un poco más conmigo… No me dejes sola, estoy perdida sin ti…

Pero la miro, todos los sacrificios que ha hecho por mí en su vida, todas las veces que me ha cuidado y me ha apoyado… Y contemplo esos ojos suplicantes a medio camino entre la gratitud y el miedo… Y sé que ya no tengo escapatoria. Soy egoísta, pero quizás, no tanto.

Así que acerco poco a poco mi mano a la máquina, sosteniendo sus dedos en mi mano, le doy mi último beso…

Y la dejo marchar mientras lo único que puedo hacer es gritar sin cesar de llorar, sintiendo que se ha llevado la mayor parte de mi alma consigo.


7/02/2008

Sísifo

Su cuerpo ardía, y la única paz era fruto del contacto de esa piel fría y tersa.

La abrazaba y la atraía contra sí, acurrucándola mientras se amoldaba a su figura desnuda: era la única forma de lograr conciliar el sueño por las noches.

Su castigo, su locura, su perdición. Su deseo, su tesoro, su vida.

La irregularidad de su silueta tan familiar, donde sus dedos apretados habían dejado marcas desgastadas en una piel casi perfecta. Esa, que en ocasiones había inundado de lágrimas, que odiaba y amaba. Ese cuerpo que querría aniquilar pues su visión evocaba sus flaquezas y sus errores, cuyo peso llevaría siempre.

Era un recuerdo perpetuo de los errores pasados, su carga presente y la condena que arrastraría su pecho en todos los días que quedarán por venir, y sin embargo, a pesar de los agravios y las magulladuras, del dolor y las maldiciones, de las cicatrices y la desesperación... Era todo lo que tenía, era todo lo que quería, era lo único que anhelaba tener a su lado.

Hace mucho tiempo, todo era distinto, cuando aun creyó que podía escapar de los hados, y burlar al destino. Huía, con el corazón en un puño, creyendo que podía dejarlo todo atrás.

En vano hacía sus esfuerzos. No importaba lo rápido que corriera, lo mucho que se alejara, las veces que intentara perderse ni los rincones en lo que se escondiera: sus pies volvían al mismo sitio de forma invariable, al mismo punto.

Por las noches acechaba entre las sombras del sueño, su deseo tornado pesadilla con el sudor frío rociándole la espalda y las manos temblorosas. Los ojos cerrados con fuerza y esa esperanza vana de despertar y que todo hubiera desaparecido. Pero no, al despuntar el alba estaba siempre allí, en el mismo sitio, esperando en silencio.

Los ciclos se suceden: un verano que le calcina por dentro encendiendo la chispa en su pecho que le transformará en cenizas achicharrando sus huesos y arrancando a tiras su piel. Un invierno que le congela el alma penetrando en su cuerpo con astillas y la promesa de no librarse jamás de su garra. La primavera plácida que precede al estío en que nacen los sueños y el otoño que le ayuda a preparar el espíritu para y afrontar estoicamente los días gélidos.

Ya no huye, ha madurado. No es resignación: es determinación y aceptación de los hechos. No se puede luchar contra los dioses.

*** Now playing: Anna inspi Nana – Kuroi Namida

6/26/2008

¿Por qué?

(c) justangel_Özge Gürer - Out of My Self


Seis letras, un espacio y dos interrogantes que me atormentan. Un cúmulo de inseguridades, y una incerteza.

Algo que no controlo, algo desconocido.

Una pregunta para la que no tengo respuesta.

Los nervios que me carcomen, la histeria que me alimenta y mientras tanto esas palabras permanecen cegándome como faros en la noche cuando intento dormir y mantener los ojos cerrados.

No puedo escapar.

Las veo formarse en mi cabeza, incluso delante de la pantalla, en el trabajo, en mis ratos de ocio. Desfilan como las piezas de Tetris en mis peores días de adicción: con diferentes tamaños, diferentes colores y un significado único…

La sensación de quedarse en blanco delante de la última pregunta del examen. De no saber qué responder en la entrevista de trabajo. De sonreír forzado y último el chiste del que todos ríen. De llegar vestido de rosa chicle a una cena de gala.

Me estreso y me siento paranoica al creer que todos menos yo conocen la respuesta y se mofan en mi espalda.

Me doy cuenta de que los años pasan y algunas cosas siguen siempre igual, de que existe el fantasma de las navidades pasadas y vuelve cada año con puntualidad, mientras yo le miro y contemplo su frac desgastado, escucho su viejo cuento, ese que narra cada año y me pregunto… Por qué aun le escucho si siempre es lo mismo una y otra vez, como un disco rallado... Por qué el no ha cambiado como yo…

Por qué aun se me aparece y en ocasiones me persigue.

No tengo respuesta.

Y lo peor es la certeza de saber que si no apareciera me sentiría perdida… E igualmente seguiría preguntándome ¿por qué?

6/12/2008

Distancia

Imagen: Autor desconocido

Poco a poco se separa,
aquel que fuera tan cercano.
Aquel que creí conocer tan bien,
como las palmas de mis manos.

Poco a poco se rebela,
y se convierte en un extraño.
Gente nueva, ideas nuevas,
que ametrallan el pasado.

Se aleja y me deslumbra,
mientras se debate en frenesí,
él, la cara oscura de la luna,
es hoy quien me eclipsa a mí.

6/09/2008

Bad Karma

(c) Michael Whelan - Lovecraft

Le odiaba.

Con su traje pijo de marca, siempre impoluto, tan bien cuidado. Perfecto como si hubiera salido recién de la tintorería, los hilos del tejido inmaculados, puestos a raya con apresto y el calor de una plancha cruel.

Tan alto y estirado, con ese caminar seguro y un tanto afectado, sonrisa parsimoniosa a juego, mirando a todo el mundo por encima del hombro: dueño y señor de doscientos metros cuadrados que rezumaban nerviosismo y terror.

Él, agujero negro de cualquier tipo de sentimiento positivo, de alegría y paz, oprimía el aire arrancándolo de nuestros pulmones con cada paso.

Ni siquiera su cabello gozaba de la más ínfima libertad, colocado escrupulosamente en su sitio, obligado a permanecer parado contra natura con la ayuda de la gomina.

Distinguía su forma de abrir la puerta a cincuenta metros, tan sólo por la manera en que chirriaba el picaporte, y la firmeza de cerrarla tras de sí.

Distinguía también, el crujido gimoteante de la moqueta cuyas hebras aplastaba sin compasión bajo la suela de sus zapatos, un paso tras otro caminando con decisión, y la cadencia de un tambor de guerra.

Por instantes proliferaba la angustia, y sentía la histeria apoderarse de mí, ideas evadiéndome haciendo que me sintiera insignificante. Me eludía la confianza y parecía fluir toda hacia él, como un vapor invisible emanando hacia fuera de mi cuerpo.

En segundos estaría aquí diciendo “Buenos días” con su careta de Mister Perfecto, coronada por ese rebaño de canas en pegote. Me placía en extremo comprobar como poco a poco las entradas iban ganado terreno. Quien sabe, quizás pronto se quedara calvo presa de un ataque de ansiedad. Solo esperaba no tenerle de espectador en el mío propio.

Cada mañana al verle aparecer, mantenía monólogos internos sobre el condicionamiento social: hasta qué punto los automatismos y el lavado de cerebro fruto de la ética y la moral nos castran en pro de la armonía y la buena educación, obligándonos a decir “Buenos días”, cuando lo que realmente estás pensando es: “A ver si te mueres de una puta vez, coño, y me dejas en paz”, manteniendo mientras tanto –eso sí-, siempre la más cándida y angelical de las sonrisas.

Entonces mi mente divaga y se recrea en las cincuenta formas diferentes –aunque pocas de ellas realmente originales- de perpetrar su homicidio. La cantidad de gente que se mataría los unos a los otros en la calle de no ser por la Ley. De hecho muy probablemente no se hablaría de superpoblación mundial.

Está claro que si yo no mato a nadie no es por falta de ganas, no. Es simplemente por el conocimiento de mi propia falibilidad y la certeza de que no conseguiré el crimen perfecto, dejando en el camino numerosas pistas tras de mí.

Pero… Ah… Ah, de no existir el castigo. Tengo una larga lista de agravios que me encantaría atender.

Cuando tengo mis ataques “paranoicos”, por así llamarlos –aunque yo prefiera llamarlos "pequeños arrebatos de estrés"-, y doy rienda suelta a toda la rabia que carcome mi interior sacándola fuera en forma de sapos y culebras, siempre me salen con las mismas: que así como yo tengo una larga lista de tareas pendientes, debo figurar en las tareas pendientes de alguien más.

No obstante, está claro que en mi infinita sabiduría, les costaría atraparme, y si acaso me dieran caza, bueno, espero haber enviado al otro barrio unos cuantos cabrones ya.

Es en momentos como este en los que me recrimino seriamente por mi falta de cultura en cuanto a la historia medieval se refiere, así que tomo nota mental de acudir a la que pueda a leer en la biblioteca y ampliar horizontes estudiando la inquisición y otros métodos alternativos de tortura. Todo, claro, en pro de mi cultivación como persona. Quizás en un futuro cercano investigue también las sociedades de Oriente.

Le oigo pronunciar mi nombre y en un segundo todo se vuelve incierto, mientras la sangre me martillea la cabeza, el pulso se me dispara y la vista se nubla. Tengo una sensación de opresión, como si alguien estuviera apretando mis intestinos con una mano mientras con la otra estrangula mi corazón… Y me falta el aire.

Mi confianza está tan minada que respondo a su llamada como un perro adiestrado por Pavlov, pero pensando –para colmo- en qué coño habré fallado esta vez, qué ha vuelto a salir mal y que mierda quiere. Afortunadamente, aun no llego al extremo de mearme encima cada vez que escucho su voz. Quien sabe si a parte de una bolsa de tila no tendré que empezar a almacenar pañales anti-orín como los ancianos.

Me obligo a preguntarle qué tal va todo, qué tal el viaje, qué tal sus visitas; mientras mi cabeza proyecta imágenes suyas atravesadas por un abrecartas una y otra vez, hasta que muere desangrado sobre su silla. Joder, está claro que necesito ampliar mi abanico de posibilidades.

Su voz se queda en off mientras pienso que tal vez podría alquilar algunas películas estilo gore. Lo haría pero si acaso no la debería ver para cenar porque después probablemente tendría náuseas o no podría conciliar el sueño. También me han recomendado que para evadirme lea a Lovecraft.

- … Aquí tienes el papel, y este es el teléfono.

Me lo quedo mirando sin verle, mientras recojo automáticamente el papel que me extiende y me vuelvo a mi sitio a leer con calma lo que fuera que estuviera explicándome ese desgraciado hijo de su santísima madre.

Una denuncia a la policía, un parte de la guardia urbana y los papeles del seguro.

Consigue capturar mi atención y leo con avidez, para sorprenderme con que ha sido víctima del ataque de una pedrada lanzada desde lo alto de un puente a la entrada de la ciudad por parte de algún aburrido gilipollas de esos que viven en las chabolas, en suburbios al linde de la autopista.

Y conste que lo llamo gilipollas, pero no por el intento si no por su fracaso, porque de no ser por su jodida ineptitud y su mierda de puntería, desde hoy ya no tendría que preocuparme más por Don Estirado. Pero no, el muy imbécil que lanzó la piedra, ni eso pudo hacer bien en su vida, que falló por cinco centímetros.

A dónde iremos a parar. Qué clase de mundo es este en que la gente se entretiene lanzando pedradas a turismos que fluyen a toda velocidad.

Me dedico a canturrear en la oficina, para que todo el mundo piense que estoy de buen humor, tonadas aleatorias y sin sentido, melodías pegadizas de mi propia cosecha. Y sí. Sí que estoy de buen humor, sí. Porque mi mente corea estribillos y pareados muy alegres como “Cualquier día de estos, te vas al otro barrio, y nos dejas a todos libres, de tus jodidos agravios”. No es muy original, claro. Es de rima fácil.

Pero si se me diera bien, sería poeta o cantante, y no estaría malviviendo en una jodida oficina por un sueldo que se libra del epíteto “mileurista” por los pelos.

Quizás solo soy víctima del estrés laboral, y padezco algunas carencias en mi vida social que pueden solventarse fácilmente en cualquier garito. O igual me tengo que transformar al budismo zen, al fengshui o cualquiera de esas mierdas que están tan de moda.

Al menos me queda mi canturreo, así se me hace más llevadera la jornada laboral. Debería hacer alguna rima con “veneno” para variar un poco.

Hay que joderse… Por cinco putos centímetros de nada, lo que tengo que aguantar.

6/05/2008

El mago

Apareció un día, como tantas cosas: de la nada.

Lo único que sé es que adoraba dormir entre esas paredes porque sentía que alguien estaba allí aun incluso antes de haber abierto los ojos, porque notaba su aroma. Era un olor inconfundible, peculiar. Una mezcla de tabaco y perfume, tildada de fragancias que evocaban lugares lejanos que no he llegado a conocer en la vida.

Recuerdo que cuando le vi con mis propios ojos, no supe ponerle una edad determinada, porque se me antojaba viejo y a su vez también tenía algunos rastros de jovialidad.

Vestía unos ropajes que a todas luces habían estado en un sin fin de parajes. Desgastados aun sin estar raídos del todo, habían perdido su antiguo esplendor mas no así su elegancia ni su presencia.

Se notaba que eran de su talla, por más que en aquel entonces le vinieran grandes, con su figura nadando en el interior de la túnica que simplemente iba sujeta con un cordón a modo de cinto, formando pronunciados pliegues de tela en su cintura que no hacían si no enfatizar su casi extrema esbeltez.

Tenía el pelo de un color indefinido, entre castaño con tonos dorados que recordaban al trigo. Lo lucía despeinado dejándolo moverse a sus anchas mientras algunos mechones indisciplinados le caían en la cara y tapaban sus ojos, esos que recordaban al cielo, pero cubierto de nubes grises capaces de llamar sin previo aviso una tormenta.

Era difícil verle sonreír. Por lo general era apagado y taciturno: casi frío. Reservado y parco en sus palabras, guardándose sus secretos solo para si, por lo que le rodeaba siempre un aura de misterio.

En conjunto muchas veces me pareció que era frágil y tenía miedo de que se fuera a romper sin previo aviso con el primer soplo de viento. Pero lo cierto es que muy probablemente fuera más fuerte de lo que yo he sido nunca.

Así son los magos: de apariencia endeble pero poseedores de fuerzas más allá de lo común, pues ninguno de ellos llega jamás a nada sin haber aprendido los trucos suficientes como para sobrevivir. Extraen energía de la más minúscula oportunidad, y su inteligencia coquetea con lo imposible.

Y, a pesar de todo, yo disfrutaba con su presencia.

Realmente fueron contadas las ocasiones en las que vino de visita a mi ciudad, mas al contrario era yo la que peregrinaba hasta las puertas de su torre en la que vivía con las comodidades que había tenido a bien atesorar y eran de hecho, escasas.

Sus días transcurrían en una torre en las afueras, alejado del tumulto diario y resguardado por altos muros recubiertos con plantas que impedían las miradas curiosas de los extraños, regalándole una sensación de intimidad y paz.

Yo creo que si alguna vez necesitó de algo, si alguna vez hubo algo que la magia no pudo crear y sus riquezas no pudieron conseguir, fue paz. Y esa es la liebre que persigue siempre en su camino. Estar bien consigo mismo.

Su rutina diaria era sencilla: una comida básica, consultas a su bola de cristal, algo de tedioso trabajo para garantizar su existencia relativamente cómoda y esos ratos de pacífica armonía fumando su tabaco preferido a las puertas de la torre, contemplando el pequeño jardín que le rodeaba.

No obstante, en ocasiones esa reconfortante fortaleza en miniatura era un trajín continuo de personas, que muy probablemente le estresaban, entre ellas yo.

Desde el día que le conocí, sentí una fuerte atracción hacia él. Quien sabe porqué. Yo creo que fue esa impresión de fragilidad que uno se lleva la primera vez que le ve, las manos delgadas sujetando su tabaco mientras fumaba expulsando el aire de sus pulmones y contemplaba bucólico el paisaje, la mirada abstraída en la nada, su mente evocando recuerdos de días lejanos.

El brillo inconfundible de una mente privilegiada y rauda, reflejo de una inteligencia enmascarada detrás de una figura quebradiza; y esa determinación que desprendía por sus poros cuyo eco te golpeaba al contemplarle incluso a metros de distancia. Una diminuta figura menuda y desafiante, luchando solo contra sus fantasmas y el mundo mismo.

Me conmovía, despertando en mí una voluntad irreprimible de ayudarle cuanto pudiera. De estar ahí en los momentos aciagos y ser el cayado que le ayudara a sostenerse mas siempre supe que en realidad no me necesitaba… Pero de todos modos yo disfrutaba estando ahí, con él. Aun cuando lo único que nos rodeaba era el silencio: el vertido en sus estudios y yo aprendiendo a otear entre las bolas de cristal.

Los mejores momentos eran al despuntar el día.

Yo era siempre la primera en despertar, pues él tenía por costumbre dormir cuando casi podrían estar despertando los gallos para saludar una nueva jornada, y mi alegría era preparar el desayuno para ver cómo lo degustaba, a veces entre gruñidos insistiendo en que no tendría que haberme molestado. Pero para mí, jamás fue una molestia si no más bien una sensación reconfortante saber que degustaba lo que yo había cocinado en el horno abandonado de esa torre, que tan solo utilizaba ya el servicio, y a veces ni eso.

Siempre fue placer, más que molestia.

A parte de él y de los invitados inesperados, no había mucha más vida por la zona, descontando algunos animalillos de compañía que pululaban a sus anchas, aunque por lo general no se molestara ni en mirarlos. Recuerdo que cuando estaba extremadamente aburrido, se dedicaba a instigarlos, y a veces a hacerlos rabiar. Pero apego, apego, lo que se dice apego, no sé a bien seguro si lo sentía por ninguno.

Todos los magos tienen un familiar, un ser que vive con ellos. Pero él no. Aunque con el tiempo, eso cambiaría.

Una noche ya cerrada de verano, más allá de las doce toda la torre estaba en silencio y no se oía ni un alma. Las horas iban pasando, y con ellas me entraba el cansancio haciendo que los párpados pesaran cada vez más y que la mente no consiguiera retener información apenas. Incluso conversar era algo tedioso. Así que decidí irme a la cama.

Ascendí por las escaleras, una a una, los tres tramos hasta alcanzar la planta en la que se encontraba la que con el tiempo se convertiría en mi habitación. Me acerqué al balcón, a cerrar los postigos con la esperanza de que la luz del amanecer no me despertara demasiado temprano... Y apareció de golpe.

Un bulto saltó empujándome en el hombro, rebotando en él mientras siseaba y salía corriendo pocos instantes más tarde, a la par que yo chillaba aterrada con un susto de muerte, imaginando que había sido atacada por un maléfico demonio, un animal horrible, algo terrorífico… Salí corriendo escaleras abajo hacia la luz del salón. Hacia su luz, agitada y nerviosa. Y en el camino lo vi: era un gato. Pequeño, zarrapastroso, delgado y menudo.

Era blanco y negro, descuidado y sucio. Tanto, de hecho, que más que blanco tenía el pelaje gris, lleno de porquería.

A pesar del susto inicial, acabé estimando en gran medida ese saco de pulgas y pelos estilizado. Cuando no la veía en la casa, la buscaba, y la llevaba a cuestas o la sentaba en mi falda (porque, sí: era gata, más bien) mientras leía y tomaba el sol en el jardín, resguardada por la tranquilidad de los muros.

De tanto en tanto, coincidíamos con él, cuando se asomaba a fumar su tabaco, y entonces hacía grandes esfuerzos para que socializaran.

Al principio, fueron una cadena de fracasos. Recuerdo cómo se quedaba mirando al pobre bicho, él acomodado en su asiento, yo sentada en el mío acariciando la gata. Con su cara de pocos amigos, mirada escéptica y distante; mientras ella iba y venía de su falda a la mía.

Creo que fue entonces cuando me percaté de que no era alguien tan poco sociable. Los magos simplemente son personas extrañas, pero tienen sentimientos, como todo el mundo, aunque estén escondidos bajo siete candados, y la llave se haya extraviado en algún lugar perdido en el mar, probablemente el estómago de algún pez extraño. Sí, todos tienen instantes de humanidad. Y en uno de ellos, adoptó a la delgada gata como familiar.

En ocasiones nos quedábamos los dos jugueteando con ella: parecía un nexo de unión. No importaba cuán hosco pareciera él, terminó acostumbrándose a juguetear como yo hacía.

Por aquel entonces ya estaba acostumbrada a sus silencios, de los cuales extraje conocimientos varios, como que no es necesario hablar todo el día para comunicar cosas. A veces atender los gestos, sirve de mucho. Ese silencio no es el mismo que siento al volver a mi hogar, cuando tengo que dejar la torre a mis espaldas. Ese silencio reconforta más que muchas palabras.

Evoco un día de tantos, de vagabundeos matutinos entre las piedras, la calma del jardín, acariciando la gata que dormitaba en mi hombro, con la casa aun en calma pues no había despertado nadie.

Aquel día, la cogí sujetándola por debajo de los brazos, su cuerpecillo colgando en el aire, menudita y frágil, delgada. Me recordó a él. Arisca, independiente, atrevida. Con su capacidad para ir y venir por todas partes, sin miedo. Camuflándose entre las sombras.

Aburrida de que la sostuviera en el aire, se retorció y escapó de mis manos perdiéndose en la nada, mientras yo sonreía y la llamaba como siempre, pero no volvió.

Me quedé pensando en las cosas que aparecen y desaparecen, mientras un escalofrío incómodo recorría mi espalda y continuaba llamándola por los rincones del jardín.

La estuvimos buscando todo el día, hasta que finalmente, de noche que nos dimos por vencidos pues si quería volver ya conocía el camino.

Abatida, al entrar en casa le escruté: él embutido en su túnica, con la barba de tres días sin afeitar y sus mechones rebeldes tapándole los ojos, seguía impertérrito con sus tareas.

A pesar de que tenía la vista baja, y estaba concentrado en sus quehaceres, creo que él también la echaba de menos como yo.

Y yo, que en nuestro silencio le contemplaba: su figura delicada y familiar de la que emanaba ese particular aroma capaz de calmarme con simplemente notar su presencia, rogaba que ojalá no llegara nunca el día en que desapareciera de mi vida entre la nada, volviendo al lugar del que habían salido los dos.