11/30/2009

LIBRO - La Saga de los Heechees (I) - "Pórtico", Frederik Pohl

Bueno, después de mucho tiempo intoxicada por magos y dragones, he decidido adentrarme un poco en el mundo de la ciencia ficción, y cómo no, he arrasado la sección de bolsillo de Fnac, aprovisionándome para estos duros y fríos días.

Después de leer "Guerra de Regalos", de la saga de Ender, no sabía por dónde continuar, pero vi un libro en la estantería que me llamó la atención por el nombre "Pórtico" y me lo llevé.

Más que una acción trepidante con alienígenas or todas partes, me encontré enfrascada en una historia donde capítulo sí, capítulo no, vivías el presente del protagonista (que por cierto, está como una regadera), intercalado con su pasado en un asteroide peculiar.

Me atrapó bastante, sobretodo por la forma de narrar. A veces me recordaba a "Tropas del Espacio", cuando aparecían anuncios publicitarios, ya que por aquí y por allá durante todo el libro hay espacios separados y enmarcados donde el autor inserta una noticia, un extracto de una conversación, una sección de anuncios clasificados...

La verdad es que lo he disfrutado muchísimo, sobretodo el hecho de que cada dos por tres (en parte en torno a ello gira) el protagonista está con su psiquiatra, que es quien le ayuda a enfrentarse al pasado.

Ahora que me queda la duda de ver qué pasa con los Heechees. En este primer tomo solo tienes una fútil toma de contacto. Espero que editen pronto el segundo.

Mientras tanto, he empezado "Farenheit 451" (también he comprado la película de 1966 para verla), y preveo que mañana ese libro habrá sido finiquitado. Después intuyo que le seguirá "1984".

Estoy en fase "redescubrir" los clásicos de la scifi ^^

11/11/2009

LIBRO - "Déjame Entrar", de John Ajvide Lindqvist

A veces –y solo a veces-, Joan me hace alguna buena recomendación de película que me pueda entretener.

La verdad es que ir con Joan al cine es algo peculiar, porque él es muy cinéfilo, como Aleix. Es de esas raras y escasas personas que se quedan a ver una película hasta el final, dónde esto incluye los títulos de crédito (y no porque esperen las tomas falsas, si no porque quieren saber qué personas han participado en todo el proceso de elaboración del film).

Imagino que así como yo sé cantidad de datos estúpidos (o sabía) sobre ilustradores, guionistas, dibujantes, mangakas, escritores y tal, ellos saben muchos datos estúpidos sobre el mundo del cine. Cada uno es friki de lo suyo.

Creo que fue hace dos embarques, que me recomendó una película: “Déjame entrar”. Claro que mi última experiencia con él fue “Happy goes Lucky”… Una peli que bueno… Lo mejor que puedo decir de ella es: “rara”. Una tía soltera de treinta tacos que es profe de niños pequeños y te explica su día a día y las relaciones (extrañas) con el entorno… No sé… Yo soy del tipo de personas que ven una peli y se dedican a buscar el “por qué”, o a atiborrarse de palomitas. Es solo que Happy me descentró tanto que no pude ni embuchar el estómago de maíz. No entendía bien el trasfondo de la peli: no pasaba nada, era simplemente la vida de la tía.

Como cuando vi con leo en casa la mini serie de la tele “Dead Set” que era un gran hermano con zombies. Que de paso hay que decirlo: fue todo un logro, odio las pelis o similares de terror o parecido. Total que me pasé ahí dos días (porque lo vimos en dos jornadas), contemplando la pantalla, debajo de mi mantita de ver la tele, abrazada al peluchote de Emil (porque Emil estaba MUY interesado en ver el serial, má que yo incluso…); e intentando averiguar porqué cojones se había convertido la gente en monstruos. Total, que llegó el final y me quedé igual que al principio. Resultó que en ese tipo de cuestiones, no importa porqué aparecían los zombies, si no cómo la gente se enfrentaba a los hechos. En fin…

Así que nada, yo que soy de pelis de cocacola, gominotas y palomitas, recordando la experiencia de Happy, fui un poco escéptica a ver “Déjame entrar”.

Internet tiene un montonazo de cosas buenas. Abarcas una cantidad abrumadora de información con escasas pulsaciones sobre el teclado y/o un clic. Lo malo es que muchas veces consigues más información de la que querías, o una distorsión de lo que buscabas.

Ahí estaba yo: delante de Dios Google; y Dios Google me respondió. Resulta que era una de esas pelis basadas en novela previa… De esas cosas modernas suecas… Como lo de Millenium, vamos… Y todo el mundo ahí dale dar por culo con Millenium por aquí y por allá. Así que nada, “Déjame entrar” se esfumó de las carteleras sin que me dignara a pisar una sala de proyección.

Sin embargo, a los meses, había finiquitado los libros más urgentes de la cola de lectura y estaba hasta la moral de magos y dragones. No sé porqué, me acordé de Eduardo, otro conocido… Y le pregunté (porque tiene muy buen criterio con las letras) qué me podía recomendar –ya que su universo literario es más vasto que el mío-. Y me dijo… Millenium y “Déjame entrar”. Vaya cojones… Putos “Hombres que no amaban a las mujeres”. Así que como mi religión me prohibía comprar los libros de Larsson (por Cabezonería), compré el otro, miré la contraportada y lo dejé en la pila de libros para leer, porque una vez conocida la sinopsis no estaba muy convencida… Pero tampoco quería devolverlo, porque llegaría el día que querría pasar mi tiempo con él -siempre es muchísimo mejor leer el libro que ver la peli-.
Y el día llegó, por fin, esta semana.

De paso, aprovecho a confesar que también claudiqué y leí Millenium… Pero eso ya en detalle otro día, aunque tenía que comentarlo porque me dio la sensación al acabar hoy “Déjame Entrar” que estos nórdicos están locos. Parecen muy obsesionados con la violencia, las violaciones, los crímenes, los abusos, el mobbing, y el como-se-diga-ing que está tan de moda con los niños en el cole. Bullying o algo así creo que se llama.

Pues… Qué puedo decir del libro, sin comentar la trama ni los detalles, porque me gustaría que si alguien se lo lee, lo haga sin buscar información ni leer la sinopsis ni nada. Leer esa sinopsis te jode las setenta primeras páginas de la novela y te estropea una de las sorpresas más maravillosas de la historia.

Creo que se puede definir como un revuelto cojonudo de un montón de ideas, con muchos personajes cuyas vidas se ven entremezcladas, en parte porque sucede casi todo en el mismo barrio. Aunque en ocasiones pasan tantas cosas que puede resultar mareante.

La historia en sí es muy dura, o al menos para alguien como yo que cuando aparece un problema, llega el mago de turno, lanza bola de fuego y que le jodan al malo. No estoy acostumbrada a la crueldad del ser humano. Eso es lo novedoso para mí de este tipo de literatura “negra”. Para mí lo normal es que el malo sea un rey que se ha vuelto loco, un dios de una dimensión paralela que busca nuevos súbditos, el mago que persigue más poder del que le corresponde, el caballero depravado… Así que cuando te enfrentan a la realidad, donde los humanos se presentan como son con todo lo bueno y todo lo malo… Me abruma. Porque aquí John Ajvide Lindqvist se queda a gusto. Llegas a sentir verdadero asco por la gente y a pensar que los humanos no merecen vivir (cosa que ya pienso muchos días de por sí cuando veo las noticias).

Pero el conjunto, y cómo lo liga todo, es muy bueno, y eso puede apreciarlo incluso una profana del género como yo, con sus descripciones tediosas y su punto de morbosidad.

Supongo que tendré que darle las gracias a Joan y a Eduardo, a fin de cuentas. Tal vez hasta me animo a ver la película al final.

11/05/2009

Frozen, bitter shield

Yo era feliz, ¿sabes?

Quería permanecer allí, en la oscuridad, en el frío hielo, acunada en el silencio, alejada de las risas, escondida en el dolor y la ignorancia.

Quería seguir viviendo entre esa nada, donde todo estaba controlado, donde la vida era un tenue lamento, un llanto monótono, en ese húmedo agujero donde la felicidad no abarca, donde no llega la alegría. Ni la esperanza. Ni la luz. Ni el amor. Donde estaba sólo yo con mis tristes recuerdos cubiertos de polvo, de unos días felices tan, tan lejanos, que pertenecían a un mundo de ficción donde yo era un mero espectador.

Tan vetustos y deshilachados que los contemplaba como quien observa uno de esos souvenires congelados, réplica de un paisaje bajo miríadas de nieve y purpurina. Estaban allí: aislados, y yo vivía tan pasiva que ni sacudir esa bola me atrevía ya.

Pero tú… Tú escarbaste entre la tierra, removiste mis raíces, sacudiste el universo y me sacaste de nuevo al sol. Y brillaba tanto, quemaba tanto que creí enloquecer. Ansiaba correr. Huir de nuevo entre las sombras. No pude conseguirlo. A mi pesar estaba tan maravillada, era todo tan bello, tan perfecto, tan extático… Y el calor, el tacto, me abrumaba... Y el sonido de la risa, la armonía del paisaje, la felicidad tan vasta que escapaba por las yemas de mis dedos. Parecía que podría volar sin alas y rozar el cielo.

¿Por qué? ¿Por qué tan cruel conmigo? ¿Por qué dejaste que se derritiera mi hielo, que se revolvieran mis recuerdos? ¿Por qué permitirme recordar que la dulzura existía? ¿Por qué me enseñaste lo que era ser feliz de nuevo?

Yo te juro que ya no quería saberlo… Cuanto más para perderlo en el vendaval de un antojo. ¿Por qué? ¿Por qué me hiciste eso?

Y me arrancaste las esquirlas, robaste mi oscuridad, me expusiste a esa maldita llama para arder en un capricho y volver a tirarme de nuevo a un agujero, más profundo, más vacío, más triste y aterrador… Más oscuro y solitario. Más perverso, repleto de pesadillas que se alimentan de mis recuerdos de la felicidad que existe bajo la luz del sol.

Yo, de verdad, no quería saberlo: era feliz en mi amargura y mi obnubilada negación del calor.

10/21/2009

Relatividad

Debe ser cosa de la lluvia, el día grisáceo, y el tiempo que me tiro en el tren. Hoy me he quedado pensando en la relatividad de las cosas.

Me imagino que la locura también es relativa. Me vengo a referir, que lo que a una persona le puede parecer una locura, para otra es algo completamente lógico y normal (aunque tal vez no sea habitual).

Supongo que debe ser un poco así con todo. Imagino que hasta un asesino psicópata debe pensar similar.

Pero yo me vengo a referir a las “locuras” que no hacen daño a nadie, las cosas esas sin sentido que hace el vecino y nos deja flipados, con cara de “no me lo puedo creer, qué estás haciendo, animal de dios, yo no hubiera hecho eso ni en pintura”. Algo así.

Por ejemplo, en mi oficina, si mañana apareciera con el pelo rosa, vestida de traje negro, con piercings en la cara y maquillada como una gótica, mi jefe sin lugar a dudas pensaría que estoy loca. Y no, no estoy loca, simlemente, soy diferente a él. Habrá un grupo de personas, quizás minoritario con respecto al total de la sociedad, que pensará que soy una persona muy normal y mi jefe es un carca, o que está tarado de la cabeza.

Si mañana apareciera delante de mis amigos, rubia, con la manicura perfecta, me hubiera operado las tetas, y fuera aspecto de actriz porno, también pensaría que estoy loca.

Supongo que loco es el que hace algo que nos choca, que está bastante alejado de nuestros cánones habituales. Algo que nos deja completamente descolocados y entra en el cajón de “lo que yo no haría jamás de los jamases, ni que me pagaran”.

Hablo de ese tipo de situaciones.

Hace años, cuando jugaba en el mud, no pagaba por jugar, claro. Era gratuito. Entonces salió WoW, y me fui a jugar “de pago”. Y los colegas de aquel entonces me llamaron loca, por pagar por un juego online.

En el mismo orden de cosas, hay quien compra oro online, para que sus personajes vivan felices sin tener que farmear… Y la gente les llama locos, “Ande va el loco ese gastando pasta por monedas virtuales”. Yo, lo encuentro normal. Esa persona valora tiempo contra dinero, y gana el tiempo. Si no tiene tiempo, compra monedas online.

Alguien ha incurrido en un coste de 50 euros para poder comprar 10.000 golds para jugar.

No es lo mismo importe que coste. ¿Por qué he dicho coste? Porque una cantidad de dinero, en sí misma, no tiene nada de relativa. 50 euros son 50 euros, aquí, en Madrid y en Bilbao. Sin embargo, el concepto de coste puede hacer referencia a mis preferencias, por ejemplo.

¿Qué son 50 euros para mí? Basura. Eso es lo que son. Una puta mierda, una minucia. No me voy a morir por cincuenta euros.

Sin embargo, para otra persona, ese mismo billete puede ser un mundo, el dinero que le dé de comer durante dos semanas o un mes.

Todavía conozco un caso que puede provocarle un paro cardíaco a más de uno. El chico aquel que compró una cuenta de Warcraft por 6.000.- €, porque tenía las dos espadas legendarias de Illidan, que en su momento era todo un logro.

OMFG! Seis mil euros… Pero qué enfermo… No veas el tío, ¿no?

Pues resulta que ese chaval era el hijo de no sé qué jeque de Dubai o algo así.

Entonces, la imagen cambia radicalmente, y las cosas hasta se entienden. Seis mil euros, cuando intentas hacerte una idea de la pasta que tiene esa familia (tu cerebro va a mil por hora y no consigues visualizar una cifra que se pueda aproximar mínimamente a la realidad). Pues es que para esa persona, seis mil euros importan menos que un chicle.

Pues sí, en eso venía yo pensando esta mañana.

El otro día, Rosa me estuvo comentando un poco por encima la historia de Barcelona, cuando edificaron con el Pla Cerdà, y cómo era la ciudad por aquel entonces, cuando Gracia, y barrios alejados al centro eran pueblos. ¡Pueblos!

Pero el tiempo pasa, el transporte evoluciona, la ciudad crece, y esos pueblos quedan integrados. Ahora se llega de Plaza Cataluña a Lesseps en quince minutos. No se ha acortado la distancia, simplemente, nos movemos más rápido. Distancia es relativo. Coste es relativo.

Quizás locura es, entonces, relativa.

Pongamos que yo quiero ir al cine. Hasta ahí, todo normal. Todo el mundo tiene amigos con quienes quiere ir al cine, ¿o no? Y haces planes para el finde. Pero resulta que la persona con la que quieres ir al cine es tu colega de hace mil años de Bilbao, por ejemplo… Y le llamas para decirle “eh tío, ¿vamos el finde al cine?”. Y él te responde… “¿Cóño, estás en Bilbao?”, y tú dices… “No, pero si quieres ir al cine, me subo”. Y entonces en la línea se produce un silencio incómodo… Y te responden… “¿Pero tú estás locaaaaaaaaa?”

Y me quedo flipada.

Porque, vamos a ver que yo lo entienda: hasta hace un momento, estábamos hablando del cine, no de mi cordura, que puesto el caso, yo estoy muy cuerda (lo normal, al menos). Y la cosa de ir al cine, parecía de lo más guay. Incluso, me preguntan si estoy en la ciudad… Y si estoy en la ciudad, la idea parece interesante y hasta factible… Pero yo digo, no, no estoy, pero voy para allí si no haces nada… Y ya ese detalle me convierte en loca automáticamente.

Curioso.

Porque, entonces estamos hablando de ¿qué? ¿Que antes de ir al cine tengo que comprar un billete de tren para subir a Bilbao? Aja… Entiendo… No veo el problema. Me parece perfectamente plausible comprar el billete y destinar parte de mi finde a leer y contemplar el paisaje por la ventana y jugar con la PSP o la DS, o usar el portátil o leer en mi ebook. Ah… ¿No está ahí el problema? Ah. Que claro, para ir al cine tengo que gastarme antes 80 euros en el billete de tren. ¿Y si resulta que para mí, ochenta euros es una puta mierda, o pienso que vale la pena?

El resultado es que tengo elevadas probabilidades de quedarme sin cine, si digo la verdad y no me planto en Bilbao tan campante de sopetón. En cuyo caso, estoy loca, pero una clase de falta de cordura que la gente puede entender con más facilidad.

Una vez, conocí una persona, que me invitó a comer en París. Me preguntó si hacía algo para comer tal día, y yo dije que no. Y me dijo: te invito a comer… Y yo respondí que vale, y pregunté ¿a dónde? Y me dijo, a París. Y pensé que me vacilaba, pero no, iba completamente en serio. Y no se me ocurrió que estaba loco, si no que molaba que te cagas. Y me pareció un detallazo de puta madre. Aunque resultara que sí estaba loco, pero a su manera.

Ojalá hubiera más gente loca por el mundo, o más capacidad de relativizar.

Qué coño me importa a mí irme a otra ciudad a ver una puta película, cuando cualquier cosa que se produce dentro de España, o Europa, si me apuras mientras llegues a tiempo en un avión y valga menos de 400 euros es aceptable.

Qué coño me importa a mí algo, cuando cualquier cosa que se puede arreglar por menos de mil euros es una soberana gilipollez.

Y mañana, cuando cambie de escalón, qué coño debería importarle a nadie, que me gaste seis mil euros en una cuenta de un mmorpg.

Yo solo quiero ir al cine, y ser feliz.

Por qué es aceptable ir al cine con mi vecino, pero si me quiero ir a Bilbao ya estoy loca...

9/30/2009

Nostalgia

A veces me da la nostalgia y me quedo paseando por viejas webs, aquellas que te sorprende incluso recordar el nombre, leyendo historias de antaño. Veo nombres de amigos de los que hace tanto que no sé nada, y me sorprende que a pesar de todo sea capaz de recordar las caras sin problemas.

Son gente en la que hace muchísimo que no pienso.

Entonces, cuando recuerdo aquellos días en los que me reía tanto, o en los que rabiaba tanto, aquellos días que –de hecho- han contribuido a hacer de mí lo que soy hoy, para bien y para mal, me gustaría saber qué fue de la vida de toda esa gente.

Me gustaría volver a sentarme a una mesa, volver a escuchar las viejas batallitas, y todas las novedades que hemos acumulado.

A veces, me rodean retazos de pasado que no soy capaz de olvidar. Imagino que tampoco hace especial falta.

Pero hay días en los que me gustaría que mi mayor preocupación en la vida fuera: “oeste, holy”.

Qué será de la vida de aquella gente, que ya no me acompaña en el día a día.

7/21/2009

Loca por la cocina

En algún momento tenía que pasar... Lo nuestro era un amor platónico, una de esas relaciones malsanas que corroen el alma hasta lo más profundo. Era un tema de desgaste y sólo una cuestión de tiempo que acabáramos juntas conviviendo bajo el mismo techo...

Y así, al fin...

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Me hice con mi fondue de chocolate!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!



¡Yupiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

¡Ueeeeeeeeeeeeeeaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!

Nyaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa *^-^*

Muahahahaha *^-^*

Pues sí... Quítate tú para ponerme yo.

No hay nada mejor que las rebajas. Aunque yo ya estoy resignada a que no compraré ropa en la vida. Siempre pasa algo antes de que llegue a una tienda de ropa... Una peli, un libro, un cómic, un peluche, una taza... Una fondue...

Conste que hoy no quería comprar nada, y pasaba por delante de la tienda Tan Tam que hay en la planta subterranea de La Illa, a comprobar si quedaba por ahí un molde de castillo para bizcochos porque el que compré se me rompió.

Lamentablemente no quedaban ya, y no me extraña, era una de las cosas más frikis que he visto. Pero bueno, todo está bajo control porque en vez de comprar el molde de silicona, esta vez lo compraré de metal. aunque lo tengo que importar de USA. Aprovechando, me haré con unas cuantas cosas más que los gastos de envío son un dolor.

Y como para paliar mi pena, ahí estaba ella, la preciosa fondue de chocolate Chocolatiere, en su perfecta cajita con todos sus accesorios y a mitad de precio... Contiene, entre otras cosas, seis moldes distintos para hacer bombones, un molde de corazón y un pequeño manual con doce recetas. Es bastante completa. Así que quien puede resistirse a eso... De hecho de no ser porque ya no quedaban más unidades hubieran sido un regalo perfecto de cumpleaños... Pero no pudo ser.

Aprovechando la rebaja, arramblé también con una monísima fondue normal, que funciona con vela, para usar tranquilamente en la mesa, y una bonita aceitera con medidor y dosificador. Cómo voy a echar de menos esa tienda... Pero todavía me queda Bodum, la pequeña -pero prometedora y llena de tesoros- tienda de menaje de cocina que sobrevive (gracias a dios) en lo más recóndito de La Illa.

En fin, menos mal que me estoy reformando para ir a correr, si no, me iba a dar un soponcio en breve. No puede uno comer este tipo de cosas sin hacer ejercicio.

Aprovecho la ocasión para dejar un par de webs. Algunas a pesar de ser extranjeras, hacen sus productos a todo el mundo (si uno está dispuesto a pagar los gastos de envío).

* Nordic Ware: Impresionante página donde adquirir sartenes, utensilios de todo tipo y sobretodo cantidades industriales de molds muy originales para bizcochos, y unos sets de cortagalletas majísimos.

* Williams Sonoma: Un poco más piji que la web anterior. Se pueden encontrar también todo tipo de detalles para el hogar. Personalmente me gusta más Nordic Ware en cuanto a moldes. Pero hay un par que ya los querría para mí.

* Lékué: Proveedor de moldes en silicona, y distribuidor de otras marcas internacionales como "Cuisipro" (a ver si en algún momento "Lékué" se dignan a traer el lápiz pastelero) muchos de los cuales se pueden encontrar en Bodum, de ahí que me guste tanto pasear por la tienda. La ventaja que tiene es que si no está entre los productos en las estanterías, existe la posibilidad de pedirlo y si lo consiguen te lo traen.

* Cuisine Paradiso: Distribuidor nacional de utensilios de cocina (entre otras muchas cosas). Se pueden encontrar algunas cuestiones de "Lékué" y de "Nordic Ware". Muy bien surtida.


Y ya que estamos, un par de webs de recetas.

* Tartalette Blog: ADORO este site, es mi #1 de la repostería. Únicamente mirando las fotos sería capaz de pasarme las horas, suerte que mirar no engorda. Hay recetas geniales. Ojalá tuviera más tiempo para cocinar. En inglés.

* Las recetas de mamá: Un poco de todo. Sus fotos no son tan espectaculares, pero todo muy casero.

* Recetas de chocolate: Única y exclusivamente recetas sobre este oro caoba tan delicioso y adictivo. ¡Ñam! A ver si encuentro algo para mi fondue *^-^*

* La cocina de Angie: Cocina tradicional. Sigue una multitud de blogs, es una gran fuente de recetas.

* Directo al paladar: Un clásico de los blogs gastronómicos.


Ah, qué felicidad la mía de esta tarde ^^

7/16/2009

Justicia

He roto todas tus fotos. No queda ni una sola colgada en la pared. Te he borrado de todos los discos duros que he encontrado en casa.

Fue un trabajo concienzudo, pero no es que quiera olvidarte... Es que quiero recordarte a mi manera.

Estuve contemplando todas y cada una de esas imágenes antes de borrarlas por sistema. No había ni una sola en la que te haya podido encontrar.

Ya sé que las fotos mienten, tanto o más que la memoria. No obstante, prefiero engañarme sola.

También he intentado dibujarte, pero te esfumabas en el aire antes de que el grafito de mi lápiz entrara en contacto con la superficie del papel.

Cerré los ojos, para visualizarte primero. Fui incapaz de fijarte un solo momento. Cambiabas rápidamente, huyendo de mí como el mercurio. Fue una experiencia frustrante.

Todo pasaba a la vez. En el mismo instante sonreías, te girabas, mirabas hacia el frente; o llevabas traje, camisa y corbata; llevabas tejanos, polo y bambas… Indistintamente era invierno, otoño o primavera. No te recuerdo en verano.

Alcé la vista, desenfocandome completamente, alienándome de lo demás, intentando evocar un solo momento, un instante que pudiera retener… Y recordé. No una imagen, sino un sonido: el de tu risa.

Te vi.

Te recuerdo en Navidad, recortado contra las sombras de la noche, reluciendo la sonrisa en tus labios. Eso es lo que hay guardado en mi interior. Te busqué en el sitio equivocado. No estás en mi cabeza.

Así que espero me perdones, porque tiré todas las fotos: no te hacen justicia... Pero sabe que conservo la media luna de tus labios para los días amargos en los que deseo olvidar todo lo demás.

7/14/2009

¿Vacaciones? Sí, gracias

OMFG!

Estoy de un mal humor estos días que me subo por las paredes. Voy a tener que ponerle remedio el finde o en algún momento.

No estoy muy segura de a qué es debido, pero lo que sí es cierto es que ni yo me aguanto, y para que yo lo note... Estoy a la que salto por cualquier cosa. Creo que me irán bien unas vacaciones y desconectar del multiverso.

Tampoco ayuda que el libro que me pillara ayer, "Nocturna", tenga una puta mierda de traducción, y que me haya ido directa a Fnac a comprar el libro en inglés. No deberían dejar traducir a gente como ese personaje. Es un atentado contra la literatura.

Para colmo, ayer estaba en el tren cómodamente sentada disfrutando de mi libro, cuando se me sentó una pareja al lado con bebé chillón incluído. En momentos como este pienso en porqué no se aniquilará a la especie humana, o en su defecto, al menos porqué no los esterilizan. Y por si no fuera bastante tortura, tampoco conocían el concepto de "higiene" y tuve que aguantar el jodido hedor que emitían sus cuerpos, en un vagón donde el aire acondicionado brillaba por su ausencia.

Joder... Un día cojonudo.

Supongo que también debe contar que me he quedado sin las cenas de los jueves, o bueno, de algún día en la semana.

Se me hace bastante pesado eso de pasar por delante de una mesa vacía en la oficina, con su desocupada silla a juego... Pensando que en cualquier momento alguien vovlerá a sentarse en ella como si simplemente se hubiera ido de vacaciones de verano. Sé perfectamente que no es así. Que no está de vacaciones, que es un traslado y los traslados no tienen marcha atrás.

Es solo que... No me acostumbro.

No es que me lleve particularmente bien con todo el mundo, ni que me guste contarle toda mi vida a la gente que me rodea, cosa curiosa teniendo en cuenta que llevo un blog como el que llevo... Pero es que jolines... Con mi compi podía hablar la mar de bien. Y me reía, y me divertía, y me gustaba salir a cenar y yo qué sé...

Le echo mucho de menos y sé que no volverá.

Entiendo que para él es mucho mejor como están las cosas, y que debería alegrarme de que haya vuelto a casa después de siete años... Pero bueno podía no sé... Haber esperado siete más, puesto el caso...

Me arrepiento de la cantidad de mañanas que por orgullo no dije nada de bajar al desayuno.

En el fondo no es nada grave. Quiero decir: no se ha muerto. Solo se ha mudado como a ochocientos quilómetros. Siempre cabe la posibilidad de escaparse un finde de visita. Pero eso no quita que en el día a día, esa silla vacía me ponga de mala hostia y que intente pasar por ahí delante con pasos rápidos y decididos, intentando estar los mínimos segundos necesarios en la zona.

A veces pienso que en cualquier momento aparecerá como un fantasma y podré volver a llamarlo pequeño desagradable o a meterme con él. Tampoco me apetece mucho ir al restaurante porque no tengo ni ganas de ver la mesa donde cenábamos siempre. En fin.

Tengo ganas de coger las vacaciones y desconectar, y que cuando venga haya otra persona sentada ahí, en esa silla, para que aunque me enfade, no me sienta tan triste como cuando noto ese vacío en la oficina.

Debería ponerme a pensar en excusas plausibles para aparecerme por el norte.

7/09/2009

Retomando "El Equipaje" otra vez

Bueno, a la tercera va la vencida.

He retomado mi blog de "El Equipaje". Se actualizará con la misma frecuencia arrítmica que todo lo demás. Habrá días que me lo tome con humor y tenga ganas de recordar más que otros.

Mañana me encantará echar un ojo y recordar lo que ha leído a través de los años.

7/08/2009

Un poquito de cordura

A veces, echo la vista atrás. Como todo el mundo, supongo. Pero cuando echo la vista atrás, no veo el camino que quedó a mis espaldas. Me sigo viendo a mí, cada vez más joven, más pequeña, hasta llegar a la infancia.

Con todo, no es el parvulario lo que me gusta recordar, ni los primeros años de rojiza escuela, porque cuando yo era pequeña la vida del inmigrante extranjero era algo más complicada que ahora. Por aquel entonces la gente no te llamaba moro despectivamente: se conformaban con sudaca.

Los niños eran crueles, pero no se hablaba de bullying que está tan de moda. Simplemente llorabas esa maldad sin ponerle nombre. Porque tu vecina, esa que tiene como tú cinco años, acaba de pegarte en el estómago con la punta del palo de una escoba. Porque no eres española.

Recuerdo uno de los primeros veranos en el piso que alquilaron mis padres. Los vecinos rara vez te invitaban a una fiesta, pero eran amables a pesar de todo. Si es que por amabilidad podía entender que te pasaban unos delicados pastelitos a través de los barrotes del patio, en la distancia, como si fueras a contagiarles la peste, el tifus o una plaga de piojos. A veces agradezco esa frialdad. Quien sabe, igual se me hubiera pegado a mí su mojigatería.

Tampoco me gusta mucho recordar el instituto. Son cuatro años de mi vida en los que no estaba muy segura de quien quería ser. Recuerdo haber pasado por varias etapas hasta que encontré un trozo de mí misma. Pero como ya he contado alguna vez, yo no era de las populares. Yo era de esas pequeñas frikis raras con la nariz sumergida entre las hojas de algún libro.

Más de una vez pensé que yo era más lista, me jactaba de mi inteligencia, frente a la de esos pobres diablos que se escondían a fumar porros y colocarse con cola de impacto en los lavabos. Me daban francamente pena y asco. Supongo que era un escudo como cualquier otro. Con todo, el mío, era mejor.

Tuvieron que pasar muchos, muchos años, y alejarme mucho de aquel entonces para encontrar un poco de paz y un grupo donde estar a gusto. Pasaron tal vez seis u ocho. Era un grupo pequeño, de cuatro personas si me contabas a mí. Fueron muchos fines de semana y muchas noches de risas, con vacaciones de viajes. Una época feliz.

Supongo que fueron las hormonas, el efecto “patito” lo que hizo que me enamorara del primer apollardado que se cruzó en mi camino. Supongo que ayudó bastante que le gustara leer como a mí y que fuera inteligente. Supongo que la distancia ayudó también, porque le tenía idealizado.

A veces, echo la vista atrás hasta recordar esos días con una sonrisa. De cuando era más tonta e idealista.

No me arrepiento de lo que he hecho o he sentido, cada uno es como es y yo siempre he sido… Tenaz, por así decirlo. Aprendí muchas cosas.

Entonces, uno entra en el Facebook, y mira las fotos. Es en ese momento cuando empiezo a darme cuenta de la cantidad de años que han pasado. Y me quedo mirando un rostro que a pesar de todo, a veces me cuesta reconocer. Y pienso… ¿Será posible que yo…? ¿Será posible que tú…? Y no acabo la frase porque nos miro y no nos reconozco.

Es curioso porque los recuerdos seguirían igual de vívidos si me esforzara, pero si intento fijarlos es como intentar forzar la vista para ver esa silueta lejana que se recorta entre los rayos del sol, indefinida.

A veces hago un esfuerzo, intentando superponer esas imágenes en mi cabeza: mi recuerdo y las fotografías. Aunque sean todas de la misma persona no consigo hacer que encajen. El chico de hoy me parece tan mayor, tan maduro, tan serio… Nada que ver con el que yo veo en mi memoria.

Acabo divagando, y pienso que seguramente también yo he cambiado, y que ese cambio ha hecho que contemple el mundo con otros ojos. Quizás yo también soy más mayor, más madura, más seria.

Pero el caso es que a veces, no le reconozco, y que no me reconozco a mí tampoco.

A veces pienso si alguna vez le conocí, o si simplemente, todo era un espejismo que se desvaneció al rozar el aire caliente con la punta de los dedos.

A veces pienso si todos los recuerdos de mis vivencias, almacenados cuidadosamente durante treinta años, son así de volátiles, inconsistentes y cambiantes.

A veces, me pregunto si dentro de diez años, cuando contemple de nuevo todo el camino, desde la distancia, seguirá pareciendome tan borroso e irreal, con esas fantasmagóricas siluetas irreconocibles que se siguen recortando entre las sombras del tiempo.

7/02/2009

A un tenista retirado

A veces creo que simplemente te acostumbras. Porque las cosas son siempre iguales un día tras otro, y al siguiente… Así que das por sentado que nada va a cambiar y que todas las mañanas seguirás viendo a las mismas personas.

Piensas que llegarás por la mañana y verás a todo el mundo, contando los viejos chistes malos y poniéndote al día de los cotilleos. Piensas que tienes todo el tiempo del mundo y que no importa si una semana no te has puesto al día, porque ya charlarás la semana que viene.

Quizás es que no todo el mundo siente las cosas de la misma forma, igual que no todos pensamos tampoco de la misma manera. Porque abres tu corazón y compartes tus vivencias esperas que los demás hagan lo propio.

Piensas, cómo puedes haber pasado tanto tiempo con alguien cerca y haber hablado tan poco, y sin embargo te alegras de haber podido ser tan sincera. Incluso –tal vez- cuando no tocaba. Creo que algunas personas son reservadas y no están hechas tanto para hablar como para escuchar pacientemente, y que cuando consigues que te hagan partícipe de una parcela de su vida, puedes sentirte muy orgullosa. Sentirte, y estarlo.

Yo creo que echaré de menos esas noches de jueves, con las cenas en un italiano perdido de la mano de dios, al que se llega con sed y hambre después de haberte extraviado por las calles. Pero no importaba, porque la charla amenizaba los pasos al andar.

Supongo que ya no me reiré tanto en algunas cenas de Navidad. No es fácil sentirse a gusto con los compañeros. Y pocas veces esos compañeros se acercan a la categoría de amigos.

A veces, pienso, me hubiera gustado tener más tiempo para ver si un compañero puede transformarse en amigo.

Es demasiado reservado, pero debe ser parte de su encanto.

¿Quién me pasará ahora los capítulos de Heroes?

Es un torpe, pero le echaré algo de menos.

7/01/2009

La gota que colmó el vaso

La gota que colmó el vaso no fue de agua. Ni de zumo. Ni de café.

La gota que colmó el vaso, fue de aceite.

Y eso… Eso que me trastornó por completo.

Quienes me conocen, saben que soy una persona sencilla, relativamente tranquila, y muy agradable. Soy una persona bastante metódica y ordenada, sin llegar a los extremos de Jack Nicholson en “Mejor imposible”, pero tengo que reconocer que adoro las cosas simétricas y que todo esté en su sitio. Es una excelente manera de ahorrar tiempo buscando objetos en los rincones más insospechados que a alguien se le pueden ocurrir.

En ocasiones, cuando entro en un restaurante y me siento a la mesa, lo primero que hago es colocar de nuevo los cubiertos, y la reposicionar el vaso para que todo quede perfecto, como la estructura atómica de una molécula. Todo en su sitio exacto, porque si no será incapaz de funcionar. No, no son manías: son pequeños rituales.

Cuando contemplo algo que por ventura es asimétrico, entrópico, un escalofrío recorre mi columna vertebral. No es que me produzca lo que se podría catalogar como espasmo, pero me evoca la misma sensación molesta de la tiza chirriando histéricamente al arañar la superficie plana y lustrosa de la pizarra, o esa dentera del metal de los cubiertos al morder la porcelana del plato. Es simplemente desesperante. Y me desquicia. Igual que la suciedad.

En cambio, contemplar una escena ordenada, en la que todos sus elementos permanecen graciosamente en su ubicación, se me antoja un virtuoso cuadro de belleza delicada y exquisita. Incluso amansadora. Y si además está tildada con un aroma agradable, a limpio, envuelta en un halo de pulcritud, es una experiencia extática.

A pesar de lo que puedan decir las malas lenguas, me considero alguien tolerante. Es más: me atrevería a decir que no sólo me considero alguien tolerante, si no que a ciencia cierta que lo soy.

Sí. Porque una persona vehemente y quisquillosa, habría reaccionado de otra manera. Habría reaccionado incluso de forma violenta. Pero yo, que soy un ser humano moderado, comprensivo y transigente, puedo solventar casi cualquier contratiempo dialogando. Porque eso es lo que hacen las personas civilizadas. Éstas, además de dialogar, gozan de mantener íntegro su espacio y poseen el sano don del aseo diario tanto de su cuerpo, como de su hogar. De haber querido que la suciedad formara parte de mi vida, me habría ido a habitar un barrizal junto a una piara de cerdos. Evidentemente, no es el caso.

Y si hablamos de civismo, don de gentes, sentido común y facilidad para la convivencia, tengo que decir que son todas cualidades de las que la persona con la que yo compartí el piso carecía. Bien dicen por ahí que el sentido común es el menos común de los sentidos.

Quizás llegados a este punto, debiera hacer una matización. Porque erróneamente se podría concluir de todo esto que mi reacción fue desmesurada en contraposición a lo que yo consideré la afrenta definitiva, que de forma irrevocable zanjó la cuestión de la convivencia.

En realidad no soy alguien solitario. De hecho, disfruto de la grata compañía que es capaz de transformar con su conversación y presencia una cena insípida en el más agradable y delicioso de los manjares. Ha ocurrido en pocas ocasiones, pero a veces -y sólo a veces-, esa hora alrededor de la mesa manteniendo una buena tertulia me han reconfortado más que la misma hora volcada en la lectura.

Tengo que decir que a lo largo de los años, ya desde mi más tierna infancia, desarrollé una adicción mordaz por la lectura, hasta el punto de que hoy sería totalmente imposible para mí sobrevivir sin la compañía de esos silenciosos camaradas de papel y tinta que viven conmigo, y que seguramente mientras yo duermo, platican en voz baja entre ellos en sus estanterías de madera.

Tampoco se puede decir que reniegue de la convivencia, pero ésta tiene que ser fluida y cómoda. Armoniosa. Es tanto más sencillo cuanto más parecidos los caracteres de los individuos. Y desde luego, ayuda infinitamente el sentido común.

Aunque esa es la teoría, la realidad radica en que la única experiencia tangible que he tenido ha sido con esos volúmenes de historias que habitan en la casa. Por eso, probablemente ni mi mente ni mi sosegado espíritu estaban preparados para el cataclismo, la hecatombe, la catástrofe que asoló la casa en cuanto llegó Él.

Únicamente hay otra cosa en este mundo que me embarga tanto de orgullo como los libros, y es mi cocina.

Podría sobrellevar cierto desorden en el salón, podría sobrellevar que el baño se recogiera una vez a la semana, pero con lo que no puedo lidiar, es con una cocina sin recoger: grasienta, con cristalería y vajilla acumulándose sobre la encimera sucia o la pica sin orden ni concierto, como si fueran los cuerpos inertes y olvidados, desheredados de la casa, abandonados despojos que se amontonan después de su uso como si no tuvieran valor alguno, sin nadie que acudiera a rescatarlos de la suciedad y el polvo que se aglutinaban a partes iguales formando capa sobre capa en la que hasta hacía unos días era una superficie prístina y resplandeciente.

No. Puedo. Soportarlo. Es así de sencillo.

No obstante, jamás se me habría ocurrido que una aversión tal por la profanación del corazón de mi casa pudiera desgarrarme hasta el punto de arrastrarme irrevocablemente a la orilla de la locura y la enajenación mental, sacando lo peor de mí, toda la ira contenida que había permanecido oculta durante un mes, como una semilla maliciosa que va gestándose en silencio en algún recóndito lugar de mi paciencia, extendiendo sus diminutas y oscuras raíces que poco a poco iban afianzándose en mi interior, ganando terreno.

Allí donde fracasaron las manchas de huellas dactilares en los espejos, las bolas de pelos acumulándose tras las puertas de los pasillos, los papeles de bombones caídos detrás de la puerta de acceso a la habitación de invitados, la capa ocre y maloliente del inodoro del aseo, los rastros de cal en la mampara del baño; tuvo éxito el aceite, con su tacto viscoso, resbaladizo, que corrompió la tan pulcra vajilla con su desagradable rastro.

Y exploté. Porque yo que con tanta devoción cuido de mi hogar, que cada mañana recojo cuidadosamente la casa al anochecer para dejarlo todo preparado para la nueva jornada, y que a las seis cuando el sol apenas si despunta por la ventana, lavo amorosamente los utensilios de cocina que se utilizaron en el desayuno; tuve que contemplar cómo el aceite se había adherido a mis vasos, copas y tazas, a los cuencos, a los platos, después de salir en erupción de una sartén enfebrecida cuando descuidadamente alguien osó utilizar la cocina sin resguardar toda la vajilla limpia.

¡En qué cabeza cabe!

Así que esa mañana, podía notar cómo la rabia se acumulaba en mi interior inundándome, ahogando mi cordura, sacando a flote una necesidad primitiva de gritar, aullar y aporrear todo lo que se encontraba a mi alcance a falta de algo mejor a lo que maltratar.

Podía sentir el calor recorriendo mi cuerpo hasta incendiar mi rostro mientras intentaba recordar que soy una persona civilizada y que las personas civilizadas no despiertan al vecindario a las seis de la mañana a grito pelado, ni apuñalan a la gente dentro de su casa. Me obligué a recordar que los seres humanos renuncian a la violencia y dialogan.

Por más que al contemplar la profanación de mi cocina, lo único que me apetecía en ese momento era adentrarme como un tifón malhumorado en la habitación para huéspedes, hice acopio de lo que restaba de voluntad para calmarme; aunque mi cocina pareciera un lodazal, donde una manada de hipopótamos se hubieran dado un baño en aceite como si de un fantástico lago se tratara.

Cuando la calma volvió a mí, salí de la estancia con cuanta dignidad me quedaba, y sin desayunar. Me negaba a tocar un solo utensilio. Era nauseabundo.

Así que tomé una decisión civilizada: dejé una nota instando a mi poco afortunado compañero a recogerlo todo dejándolo impecable para cuando yo llegara. Porque eso es lo que hace la gente sensata: soluciona los conflictos dialogando. Aunque eso no quita que por más que sea una persona tranquila, agradable y tolerante, no vaya a recurrir al uso de la fuerza y los objetos punzantes la próxima vez que nadie se atreva a profanar mi santa cocina.

6/30/2009

Old habits die hard

¿Qué hace una loca como tú en un sitio como este?

Volver a casa. Eso es lo que hace.

Ahora que ya llevo un mes viviendo en el piso, y ya está todo más o menos en su sitio, menos la ropa, claro (estoy usando el viejo truco de meter todo en la lavadora e ir arreglando conforme sale limpia, para meterla en el armario); tengo algo de tiempo libre.

Tengo la rutina diaria bien establecida ya: me levanto a las seis, me arreglo, desayuno, recojo lo que he ensuciado de la cocina y la dejo toda limpia antes de ir al trabajo, saco la basura. Entonces cojo el tren, leo, llego a la oficina, trabajo y vuelta a casa en tren (leyendo cómo no), me hago la cena, reviso el mail, quizás leo o veo un capítulo de una serie o estoy en wow o similar.

Los fines de semana son para salir a bailar y morir en la pista, aunque también me tengo que hacer huecos para ver a la familia. De hecho este domingo pasado, me llevé la comida medio preparada en el bolso y fui a casa a ver a mis padres y mi hermano. Después estuvo genial porque jugué la primera partida de Arkham Horror en muchos meses, con Dereck, Meri y compañía.

Por cierto: ya soy la dueña legítima de mi primer conjunto de ladrillos. Eso de ver como te quitan un cacho de hipoteca de la nómina es una cosa rara. Después miraré en cuánto ha disminuido el capital que me han prestado xD Que será nada.

A veces es mejor no pensar, porque cuando lo haces, te das cuenta de cosas como que cuando pasen 40 años, no habré pagado el importe de mi piso, si no el importe de dos, por el tema de los intereses. El otro día eché un ojo a los intereses y es esperpéntico tomar conciencia de que lo que pagas de intereses es más del valor del piso.

Anyway...

Volviendo a lo de mi tiempo libre, que es aproximadamente una hora y media por las noches antes de ir a dormir, lo que suelo hacer es cotillear de tanto en tanto el WoW, que ahora ha pasado a ser una versión gráfica y fantástica del Msn. Vamos, que lo utilizo para ver si quedamos para cenar con la gente, o hay barbacoa, o salimos por ahí, o qué sé yo. El WoW se ha vuelto súper aburrido. Lo malo del asunto es que no tengo un juego alternativo que quiera ver. Me hago a la idea de que Diablo III tardará un par de añitos mínimo en ver la luz, y queda la esperanza de que en unos años salgo el masivo de Knights of the Old Republic y esté bien hecho. Mientras tanto a joderse.

El caso es que estaba tan aburrida que acabé en un foro pululando y encontré un nuevo proyecto de mud, y se me ocurrió preguntar. Me asignaron la traducción al castellano del manual.c xDDDDDDDDDD

¿Qué hace alguien como yo traduciendo un manual de LPC del inglés al castellano? El caso es que me hace mucha ilusión y es algo muy entretenido. Además, conforme voy traduciendo voy anotando aquellas cosas que en su día hubiera querido conocer para aprender a programar. Tengo muchos amigos que han intentado enseñarme LPC con poco éxito, pero porque a veces se olvidaban de explicarme cosas básica que eran obvias para ellos y para mí no lo eran en absoluto. Así que voy anotando todas esas gilipolleces. A la que consiga montar la web ya abriré el apartado del mud xD

Es curioso que en el mundo actual donde las tarjetas gráficas son ya de 1gb de memoria, lo que realmente me haga sentir como en casa es esa pequeña consola negra de comandos, con las líneas de texto correteando en la pantalla. Cuando veo un mud a veces tengo esa sensación de "no hay nada como el hogar".

En eso estoy ahora.

También tengo ideas que pululan por la cabeza para un par de historias. Quiero intentar escribir algo estructurado en capítulos, y que contenga más de un personaje. Veremos si lo consigo. Quiero hacer algo por el estilo. Por cierto,(y aunque es una gilipollez), el otro día me publicaron en una revista digital venezolana la historia de Estocolmo. Me hace ilusíón ver algo mío fuera del blog.

Es una suerte que cerca de casa haya un parque precioso donde ir a apoltronarse en un banco, para escribir al aire libre o leer.

Estos días hay tanto sol, que apetece mucho estar fuera de casa. Aunque si tuviera sofá a mi disposición, me podría dedicar a leer en el salón. Es increíble la cantidad de luz que hay, me gusta tanto que es la habitación en la que paso más horas cuando estoy en casa.

El tema de la lectura es... Madre mía, un dolor. Tengo tanto rato para leer, que devoro libros a una velocidad de vértigo. Antes, cuando no me tenía que privar de nada, podía estar comprando lo que quisiera sin pararme a pensar demasiado en el gasto. Ahora -y por los próximos meses hasta que me estabilice- la cosa no es tan así, y tengo que elegir muy bien lo que compro, para disfrutarlo y no lloriquear si el libro resulta un fiasco.

En las últimas tres semanas me he leído: "Harry Potter y el príncipe mestizo", "Harry Potter y las reliquias de la muerte", "Eclipse" (tercer libro de la saga de Twilight), "Breaking Dawn" (cuarto libro de la saga de Twilight). Ahora mismo estoy con "Assassin's Quest", de Robin Hobb; "Inkheart", de Cornelia Funke; pero principalmente he sido abducida por "Tamsin", de Peter Beagle.

Cómo adoro a este hombre... No me canso de leerle. Creo que hay autores a lso que les coges manía en cuanto tocas uno de sus libros, y después de haberte aburrido a muerte con una obra suya, te cuesta muchísimo darle una segunda oportunidad, o miras sus escritos con recelo. En cambio, hay otros que te ganan el corazón y esperas impaciente devorar otra obra suya. Esto es lo que me pasa con Peter Beagle.

Ayer estaba en Fnac buscando un par de libros para leer esta semana,y completar mi alimento espiritual del mes. Realmente iba derecha a comprar "El Nombre del Viento", de Patrick Rothfuss, porque Leo me habló muy bien del libro. Es muy curioso, esto de que tus amigos tienen el mismo libro que tú quieres comprar, y te lo podrían dejar perfectamente, pero existe una especie de afán de poseerlo y añadirlo a mi biblioteca, que me lleva a adquirirlo directamente. Seguramente las bibliotecas de mi colla deben ser bastante parecidas a la mía, con muchos títulos en común. Mal mirado puede parecer una pérdida de dinero, pero creo que si nos gusta el libro, ninguno de nosotros renunciará a adquirirlo simplemente porque el vecino lo tenga y te lo pueda prestar cuando queras.

Y cuando había cogido el tomo de "El nombre del viento", justo al lado lo vi... El único ejemplar de "Tamsin", solitario en toda la estantería, alejado de los demás libros de Peter Beagle que estaban en algún remoto estante. La cosa es que en Fnac están recolocando (otra vez) las secciones. A veces que te toqueteen todos los estantes es un estrés, pero bueno, como medio vivo en esa tienda, a los dos días ya me he reorientado a la perfección. Tiene su punto el volver a descubrir dónde está todo. Supongo que hace la visita a la tienda menos aburrida.

Así que me dirigí a la oficina con mis dos nuevos niños bajo el brazo, pero en el camino, sentí una cierta urgencia por leer "Tamsin". Miré el reloj, y aun me quedaba una hora antes de tener que estar en mi puesto.

Dentro de la Illa, hay una zona ajardinada con bancos. Me senté en uno y saqué a Tamsin de la bolsa. Empecé a leer con avidez, y no me decepcionó para nada. De hecho, incluso lamenté tener que volver a la oficina y dejar a Jenny y al Señor Gato encerrados en mi bolso, así que al acabar la jornada, me moría de ganas de sentarme en el tren y reencontrarme con ellos.

La semana pasada mi jefe me preguntó si no me arrepentía de haberme ido a vivir tan lejos de la oficina, pero realmente no me duele en absoluto, porque ahora tengo una hora y media dedicadas exclusivamente a la lectura. Es genial. Con el ritmo de vida que llevaba antes, muchas veces no me hacía el hueco para leer.

En definitiva, que me he vuelto una lectora compulsiva nuevamente, están renaciendo las ganas de escribir, y he vuelto al cómodo cyber-hogar que es el mud.

6/17/2009

Hambre

Tenía tanta hambre… Tanta hambre, que creía que me iba a morir.

Ya no quedaba absolutamente nada comestible.

Había agotado todas las provisiones que tenía a mi alcance, al igual que mis compañeros. Llevábamos horas despiertos, sin parar.

La sensación empeoraba con el tiempo.

Cada centímetro que el sol ascendía esplendorosamente por el cielo, parecía una burla y nos recordaba el cansancio que se filtraba en nuestros huesos.

No sólo el cansancio… También estaba el frío, esa sensación helada a pesar del día brillante y maravilloso que se mostraba ante nosotros, con el despejado cielo azul, y el exuberante verdor de los árboles que jamás alcanzaríamos a rozar desde aquí. Tan cerca, y tan lejos, en nuestra dolorosa esclavitud.

Las horas fluían en silencio, entre miradas disimuladas que nos lanzábamos los unos a los otros, deseando que en cualquier momento un poco de comida apareciera en el aire por arte de magia, algo que nos evadiera por un segundo.

Poco a poco, a los rugidos famélicos se unieron emociones poco gratas: molestia, rabia, desesperación, angustia, agresividad…

Aquellos que estaban acostumbrados al sabor del tabaco, se volvían más irascibles por segundos, ante la imposibilidad de obtener una pequeña dosis de nicotina adicional. Casi me daban lástima. Al menos, yo, tan sólo notaba que el hambre roía cada centímetro de mis entrañas. Mis manos no temblaban espasmódicamente con el hueco perfecto entre los dedos índice y corazón, donde ellos esperaban ver en cualquier momento, el menudo cilindro de papel blanco con su corona dorada.

Realmente, ¿desaparecería alguna vez este pesar?

Aunque era conscientes de que pronto llegaría el inevitable final –lo cual nos ungía de cierta felicidad y descanso-, y que de alguna manera nos sentiríamos libres aunque mañana volviera a comenzar otra vez todo de nuevo… No podía dejar de odiar el maldito aire acondicionado de la oficina, que me estaba matando, ni a la gente que paseaba más allá del cristal a cinco metros de mí disfrutando del perfecto día de primavera, ni podía dejar de maldecirme tampoco, por haberme dejado en casa el desayuno, junto al monedero.

¡Maldita sea!

6/09/2009

Me he mudado

Pues sí...

El día tres de junio dejé de ser barcelonesa para pasar a ser oficialmente una egarense más con residencia habitual en Terrassa.

Me acuerdo que el año pasado, cuando revisaba los propósitos de año nuevo y taché el "dejar de morderme las uñas" me pareció increíble. Era de esas cosas que -aunque pueda parecer estúpido- pensaba que jamás dejaría de hacer. Contra todo pronóstico, un día me levanté, me miré las manos y pensé... Joder, esto no puede continuar así. Y ya está. Ahora incluso llevo las uñas largas y una lima en el bolsillo. Acojonante.

Este año ni siquiera me digné a hacer un listado de propósitos.

En realidad tenía prácticamente todo lo que quería, y las pequeñas cosas pendientes, eran del listado de 2007. Así que no tenía muchos planes que cumplir antes de soplar las treinta y una velas en noviembre.

Pero es como se suele decir, ¿no? La vida da muchas vueltas: te cambia todo en un segundo... Y en esas me encuentro yo, que ahora vivo en Terrassa en mi propio piso, con la hipoteca a las espaldas.

La verdad es que fue todo muy rápido, como un flechazo.

Lo vi el 2 de mayo y el 21 ya estaba en mis manos. Ahora somos cuatro en la familia: los dos gatos, la hipoteca y yo. Mal mirado, si hay algo que sobrevivirá a mis felinos, va a ser la hipoteca. Increíble.

No siento nada diferente, aunque la verdad es que la idea al principio acojona mucho, pero si lo miras en frío, es casi como pagar el alquiler.

Ahora me tengo que levantar todas las mañanas a las seis, para venir a Barcelona porque sigo trabajando donde siempre. El látigo del tiempo golpea con más fuerza, y soy una nueva esclava del reloj.

Antes, si me dormía, todo se arreglaba con un taxi. Ahora no hay moral (ni bolsillo que soporte) para coger un taxi desde Terrassa a Barcelona. Pero todo es una cuestión de organización y cambiar un poco los hábitos para adecuarlos a mi nueva vida.

No han sido pocos los amigos que me han dicho que estaba loca yéndome a vivir tan lejos. La cosa es que si hubiera comprado el piso en la capital, hubiera tardado lo mismo en desplazarme hasta el trabajo. Al menos ahora vivo en un muy buen barrio de una pequeña, pero bonita y acogedora ciudad. Sigo estando en el centro del meollo, al lado de las tiendas, e incluso tengo una librería friki para los momentos de mono total.

Sin embargo, a pesar de que el centro debería ser bullicioso, comparado con Barcelona todo es más tranquilo. Tanto es así, que hoy incluso, al toparme en el bus con la caravana en el cruce Diagonal - Entenza, me quedé pensando "Es que esto allí no pasa ni en pintura", y eché de menos esa tranquilidad.

Los que lo han llevado peor han sido los gatos.

En la misma semana -y con dos días de diferencia- les tocó vacuna, revisión médica, peluquería y mudanza. Estaban de los nervios. Nunca les había visto bufarse, gruñirse, pelearse... Un estrés. Imagino que si yo estaba histérica con las setenta y cinco cajas de la mudanza en un piso de treinta y nueve metros cuadrados (teniendo en cuenta que solo lo veía de noche al volver del trabajo), ellos peor, que no podían moverse por ningún lado.

Me decidí a trasladarlos el sábado antes de la mudanza del piso, para que no tuvieran que estresarse con todos los muebles desmontados, el tráfico febril de cacharros y el vaivén de los desconocidos.

Ahora estamos los tres felices, en un piso de noventa metros, con un ventanal de cinco, y luz natural para aburrir.

Fue muy gracioso el primer fin de semana cuando se calmaron, ver a Rei caminar de una punta a la otra del ventanal, muy concentrado, mientras observaba algo en la calle. Al asomarme a su lado, me di cuenta que lo que hacía era perseguir un gorrión.

En el barrio de Barcelona del que éramos vecinos, no era una imagen habitual. De hecho ni siquiera había oído un pájaro cantar. Así que esa novedad le llamó muchísimo la atención.

Uno de los motivos por el que causó sensación la mudanza a un piso tan amplio, entre mi círculo, fue que soy la única propietaria y no voy a vivir con nadie -de forma habitual, lo que no quita invitados-. Prefiero sinceramente, vivir en un piso grande que me puede durar varios años, a uno chiquitísimo donde dentro de cinco estaré hasta la moral porque me quedé de nuevo sin espacio.

De todos modos, nunca está de más tener una habitación que puede alquilarse, por si no llegas a la mensualidad de la hipoteca, y no hay que perder tampoco de vista que aunque ahora no sea algo que me plantee, quizás mañana quiera tener familia (me estoy resignando a lo de "madre soltera"). Pues habrá que meter al nuevo en algún sitio.

En fin... Se me hace raro eso de caminar para llegar a los sitios dentro de mi propia casa. Tengo que caminar para llegar a la cocina, al salón, al patio... Antes estaba todo al lado de mi habitación, de lo chiquito que era... Aunque agradezco tener pasillo, porque en un futuro quizás no demasiado lejano, será parte de la biblioteca.

Me gusta. Me gusta esa tranquilidad, y aunque estaré hipotecada hasta los setenta en el peor de los casos, estoy muy contenta por haberme mudado.

Cuando atravieso la puerta, tengo esa cálida sensación de "estoy en casa". Hacía tiempo que no la sentía. Espero que me dure mucho.

5/12/2009

The Cut

- ¿No vas a decir nada? –pregunta.

De repente, todo en la habitación quedó paralizado, incluso mi propio cuerpo reaccionaba lentamente. Apenas era consciente de que estaba respirando: el tiempo dejó de existir alrededor.

Estaba sentado encima de ella, cara a cara, mis brazos apoyados en sus hombros, acariciándole la nuca con mis manos.

Mi cerebro procesaba las imágenes a cámara lenta. Podía ver cómo sus labios se movían lentamente mientras hablaba, mas el sonido parecía estar a años luz de mis oídos.

La conciencia volvió de golpe, con la dureza de un muro contra el que acabas de dejarte media cara ensangrentada después de colisionar a alta velocidad.

- ¿Qué quieres que diga? ¿Qué esperabas? ¿Qué me echara a llorar? –le respondí con voz átona.

- Te lo estás tomando demasiado bien –insiste-. En serio, pienso que es mejor que dejemos de vernos como ahora.

- Vale.

Con la conciencia a años luz de distancia aun, alejándose cada vez más en el espacio, “vale” fue la única respuesta que acerté a pronunciar. Tan breve y estúpida, tan conformista.

¿Qué esperaba que dijera? ¿Qué quería que hiciera? ¿Tendría que haber preguntado algo? ¿Había hecho algo mal? ¿Había algo que la llevara a recapacitar?

Ella me mira con incredulidad, como si la simpleza de mi respuesta escondiera alguna trampa. Espera en resignado silencio que explote en un ataque de ira, de pena, de algo que demuestre algún tipo de emoción.

No es capaz de comprender que no puedo expresar emoción alguna porque estoy muerto. Porque no siento. Porque me alieno. Simplemente admito lo inevitable de la derrota como el árbol sabe que va a ser consumido de inmediato por un fuego cruel y abrasador.

No siento nada. No soy capaz de sentir nada. No soy capaz de demostrar nada.

Sus ojos oscuros siguen clavados en la estúpida sonrisa que aparece en esa máscara que es ahora mi rostro. Está esperando que la despiece con preguntas que está dispuesta a justificar, con el guión tejido previamente en su cabeza. Anhela que la interrogue: “¿Hay otro hombre? ¿Me has puesto los cuernos? ¿Ya no me quieres?”

Después de todo lo que me he arrastrado, de todo a lo que he renunciado, de todo lo que he hecho, y a pesar de que pensé que carecía de ella, sobrevive un resquicio de dignidad.

No cambiaría nada que le pregunte. No quiero saber si otras manos acariciaron los pechos a los que solo yo tenía derecho tocar, ni si besaron sus labios, o acariciaron su cuerpo, ni susurraron nada a su oído. No quiero traicionar con preguntas la confianza que deposité en ella, porque, a fin de cuentas, haya alguien más o no, nada cambia.

Así que simplemente sonrío, y le respondo “Está bien, no pasa nada”.

No está convencida. Escruta mi mirada.

- Ya sabías que no era nada serio, y que tarde o temprano iba a acabar. Yo me agobio rápido, por eso sigo sola. Ya sabes.

- Me parece bien, no te preocupes –insisto.

Y sin embargo, yo la miro, ansiando poseerla, recorrerla con mis manos, oler su pelo, morder su cuello una vez más.

Ella accede a un último polvo después de “La Charla”. No ve nada de malo y acabamos en la cama. Nos reímos, como hacía tiempo que no hacíamos. Charlamos y me fumo un cigarrillo.

Me visto.

Nos despedimos.

“¿Nos vemos luego?”, pregunta ella. Es la fase “podemos seguir siendo amigos”. Y yo respondo: “Claro”.

Porque ella necesita oírlo, para sentirse mejor. Porque yo necesito decirlo, para creer. Así que pronuncio esas cinco letras baratas, y esbozo otra sonrisa con seguridad, mientras cierro la puerta tras de mí.

Al alejarme me doy cuenta que olvidé el mechero en su mesita. Vaya mierda, tendré que recordarle que me lo alcance alguna vez.

Sigo caminando, un paso tras otro, cojo el teléfono, llamo a los amigos. No quiero hablar de esto con nadie, pero me apetece estar acompañado. No quiero quedarme solo y reconocer que la quería. No quiero dejar fluir esa tristeza que ya aflora. No quiero correr tras ella suplicando porque soy fuerte, y lo sé... Aunque la sangre ya no me corra por las venas.

5/11/2009

Anhedonia

Si no lo dices, si no lo piensas, no existe.

Y porque no existe, no duele, te convences.

Te permites el lujo de seguir caminando por los mismos lugares, como siempre, como cada día, como hiciste ayer y como harás mañana, con algo guardado en lo más hondo de tu corazón. Tan profundo está escondido que no alcanzas siquiera a percibirlo. O tal vez no lo percibes porque careces del valor de clavar los ojos en esa profunda oscuridad.

No late, no hace ruido, ni siquiera transmite su calor. Está muerto a todas luces. No obstante, no fue ayer: fue hace mucho. Tantos años que ya no te perturba. Tanto que ni siquiera en tu memoria permanece el recuerdo del último día que algo te atravesó.

Por eso, caminas sin sentir nada, olvidando los hechos y olvidando las palabras, pensando que eres fuerte y que nada ha sucedido, que despertarás mañana al nuevo día sin llorar. Porque eres fuerte, te convences, y ya no lloras… Si no lloras sea tal vez porque no tengas más lágrimas que derramar.

Y en cada paso algo se hunde, en cada paso algo se aleja. Te congratulas sin afrontar que no es el ánimo lo que te empuja, si no que te estás consumiendo hasta la médula.

Mutilaste todos tus nervios uno a uno.

No te queda corazón para sentir.

4/23/2009

Todos los niños crecen, menos uno...

Pero yo no estaba seguro de querer crecer.

Aquella mañana me levanté como cada día, qué iba a saber yo… La misma rutina de siempre: levantarse de la cama, tantear el suelo con los dedos de la mano buscando el cenicero y el tabaco para fumar el primer piti del día. Ah… Qué bien sabía… Presionar la colilla hasta extinguir las últimas brasas y aventurarme en la epopeya de encontrar las zapatillas con los ojos aun medio cerrados por el sueño, resistiendo la tentativa canción de sirena de la cama.

Qué iba a saber yo, que ni siquiera me di cuenta de lo que estaba pasando mientras me miraba en el espejo.

Un día laboral era siempre parecido: enfundarse rápido la ropa, recolocar cuatro pelos en su sitio, ni siquiera me molestaba en afeitarme entre semana -total, "pa" qué-. Tampoco desayunaba, ya tomaría algo sobre la marcha, aunque a veces me daba el capricho de un café matutino.

De camino a la oficina, escuchaba la radio, o los mp3s que llevara encima, según me diera. Conducía medio distraído a buen ritmo, intentando recuperar con el coche los minutos que perdí remoloneando en la cama. Aparcar no representaba problemas, tenía una plaza prácticamente asignada.

Entonces, llegué.

Como cada mañana, saludé a fulano y mengano, engatusé a sultana, y me dirijí a mi cubículo. A veces me resultaba tedioso pensar que siempre era el mismo trabajo un día... Y otro día. Y otro día. Y otro. Y otro. Y otro... Desde hacía no recordaba cuántos años… Evitaba con todas mis fuerzas pensar en los que, como esos, me quedaban por delante.

La vida de oficina puede resultar tan monótona como ser uno más en una fábrica. Al final, me imagino, todo el mundo tiene esa sensación de hastío.

Las cosas eran muy distintas cuando era un estudiante. Siempre de juergas, bebiendo, ligando, capeando los temporales de las malas notas… Cuando los exámenes -y saber si iba a mojar o no- eran la única preocupación extraordinaria, y el fin de semana era la gran evasión de la rutina y los rollos familiares. Con birras y a lo loco.

Parecía que iba a ser joven para siempre, que para mí, el tiempo llegaría al infinito. Todo era mucho más lento, las vacaciones duraban eones (joder, eran tan largas que podía incluso aburrirme de ellas). Si quería iba a clase, y si no, me las saltaba para pirarme donde me rotara.

Ahora, en cambio, los años pasan muy rápido, tanto que apenas si los veo. Ayer mismo era Navidad, y ahora el sol resplandece anunciando el verano.

Creo que fue cuando empecé a trabajar, que me di cuenta de la velocidad vertiginosa a la que empezaba a moverse mi mundo. Debe ser la rutina que hace que todos los días sean tan similares, cortados con los mismos patrones, haciendo que ansíe la liberación del fin de semana.

Y qué voy a decir de las vacaciones... Cuento con ansia los días hasta el próximo puente o las vacas, aunque no tenga nada más especial que hacer que estar en casa holgazaneando en calzoncillos, rascándome los huevos. Aun así, se me hacen tan cortas...

Vivo la vida esperando que llegue el viernes y el sábado, obviando que existe algo de lunes a jueves. Como si un agujero espacio-temporal absorbiera lo que hago en la larga vigilia, o padeciera una extraña clase de amnesia. No fue hasta hace poco que me di cuenta de que estaba desperdiciando los años viviendo como un zombi entre semana. Uno más en la colmena.

Yo nací para ser alguien grande. Nací para ganar pasta gansa y dominar el mundo. Para llevar un Corvette y tener una piva buenorra a mi lado. Para habitar una mansión y tenerla controlada sin mover los dedos, a golpe de talonario. No nací para ser un Don Nadie en medio de la masa… Y sin embargo hoy ya no recuerdo con lo que soñaba cuando en el bar del instituto vacilábamos con los colegas.

Así que, cuando conduzco, voy a mi bola con mi música evadiéndome del mundo y se acabó. Solo tengo treinta, qué cojones. Me queda toda la vida por delante. Aun soy joven.

Eso pensaba.

Pero aquella mañana vino un colega de la oficina. Me dio una palmada tan fuerte en el hombro antes de pasar por la puerta que casi me desmonta, el muy maricón. El tío me saca casi un palmo de alto, por eso lo vio. Y a carcajada limpia me dijo “¡Eh, tío! ¡Te están saliendo canas!”.

¡Joputa!

¡Canas! ¡No me jodas! Cómo pudo pasarme eso… ¡Pero si yo soy un pimpin! ¿Y qué será lo próximo? ¿Entradas? ¿Se me va a caer el pelo y me voy a quedar medio calvo, o a tener la coronilla de los curas? ¡Su puta madre!

Recuerdo que al llegar la noche, fui a cenar a casa de mis viejos, y me dediqué a contemplar a mi padre. Afortunadamente mi viejo no es muy propenso a las canas ni a perder pelo como los gatos en verano.

Pero me puse a pensar… Que ya no era aquella figura que estaba buenísima y llevaba a las tías de calle con apenas chasquear los dedos. Los años, la cerveza y la comodidad acabaron dejando sus huellas. Y la vida de soltero, claro. Eso de vivir en un piso alquilado, a mi bola, comiendo bazofia y mierda congelada, con litros y litros de cerveza entre los que a veces asomaba un filete de carne que por error acabó en la nevera.

No me quejo de vivir solo, al contrario. Hago mi vida y punto. Es el paso natural, ¿no? Dejar el nido y volar por tu cuenta. No he cambiado tanto las rutinas, simplemente, si antes daba pocas explicaciones, ahora ya no tengo que dar ninguna, y voy a mi bola mucho más.

Probablemente con el tiempo, haya alimentado mi egoísmo, pero tampoco es algo que me quite el sueño.

Necesito un piti.

Qué mierda que no nos dejen estar aquí cómodamente sentados, pero bueno, al menos puedo estirar las piernas cinco minutos cada hora o dos para fumar un poco.

Desde el día de la cana, dejé de ver el mundo de la misma manera.

Empecé a fijarme en Esas cosas: que muchos de mis colegas tenían pareja, yo no; se habían casado, yo no; tenían hijos, yo no; tenían hipoteca, yo no...

Yo tenía mi coche, mis colegas de salir de farra, y los ligues de una noche, que al final no hacen nada más que dejarte vacío pero bueno… Al menos es vacío en todos los sentidos, incluido el físico, que ya es algo.

Alguna noche de borrachera profunda al salir de fiesta, tenemos la tertulia esa de que nos hacemos mayores y que igual es momento de dejar de salir por ahí y de sentar cabeza. Qué cojones cabeza, si no tengo ni folla de lo que quiero todavía. Doy gracias de tener algo más claro el listado de cosas que no pienso aguantar.

Se me acaba el cigarrillo. Qué mierda. Toca volver a la ofi, y sentarme delante del ordenador.

Me descubro navegando otra vez por páginas de compra venta de pisos.

Es el siguiente paso lógico, ¿no? A fin de cuentas este año me suben el sueldo, y vuelve a subir en enero. Vamos, que con esta crisis de los huevos que acusamos cada día, los pisos están a unos precios que casi los regalan. La verdad es que llevo varios meses ojeando los clasificados, y estudiando la viabilidad de comprar mi propia casa.

En realidad, no tiene nada de malo responder a un par de anuncios para pedir más información… Así que escribo el mail y le doy al “enter”. Ya está. Ya está enviado.

Una parte de mí empieza a ser consciente de la gravedad del asunto.

Joder… Una hipoteca… De esas que dentro de cuarenta años, cuando tenga setenta, estaré acabando de pagar…

Por un momento recuerdo el día que entré en la empresa y con veintiocho firmé mi contrato con exclusividad y obligación de permanencia en mi puesto durante seis años... ¡Seis putos años! Pero si hasta entonces, el curro en el que más había durado fueron tres... Aquel día, recuerdo que me acojoné, porque vi pasar mi vida por delante y de repente, tenía treinta y cuatro tacos... Y ahora con este fast-forward acabo de fundir cuarenta, para verme canoso, con arrugas y probablemente impotente.

Buah... El papelito ese que firme, será una de esas firmas de las que no podré deshacerme con facilidad. De esas que te ligan a una casa (a priori) de por vida. Joder… Ya me puede molar, ya, la casa que me compre. Y estar muy seguro. Que no es lo mismo un alquiler que un piso en propiedad, y yo estoy muy acostumbrado a ir donde me rota sin mucho miramiento.

Si por cambiar, cambio el dormitorio en mi piso una vez al año o dos, por aburrimiento de estar siempre viendo lo mismo.

¿Y si no me mola la ciudad a la que me ato? ¿O si al final dentro de cinco años me rayo del puto piso? Más me vale que esté bien el mercado inmobiliario.

Por otro lado... Tengo ganas de tener un sitio donde caerme muerto y decir “esta es mi casa”. Y me mola algo grande y espacioso, con mucha luz, donde pueda tener mi estudio montado.

Pero tengo miedo. A reconocer que crezco, a admitir que tengo que llevar todas mis responsabilidades, a ser lo que se llama una “persona madura” -con todo lo que eso implica-, cuando ayer no era más que un crío que solo quería beber y follar.

Supongo que en esta vida no se puede ser Peter Pan hasta los cincuenta.

Macho… Necesito otro cigarrillo.

4/14/2009

Estocolmo

La habitación emanaba una mezcla de porros y tabaco corriente.

Hubo un tiempo en que odiaba ese olor, cuando la mera idea de permanecer en un sitio impregnado con humo hubiera resultado insoportable y asquerosa.

Ahora, sin embargo, es algo familiar e incluso reconfortante, hasta el punto de no poder conciliar el sueño sin percibir ni que sea, el ocre rastro que dejan los cigarrillos al extinguirse.

Tumbada boca arriba, abre los ojos en la penumbra, a la derecha la luz colándose perezosamente por las rendijas de la persiana. Bosteza engullendo el aire cargado al inspirar.

Mecánicamente gira la cara en dirección a la ventana, para verle dormido a su lado, ajeno a todo, tranquilo; conteniendo las ganas de acariciarle… O no… Por un segundo intenta recordar la última vez que se durmió abrazada a él.

Ahora, tras tanto tiempo, parece una mera cuestión de mecánica -como casi todo-: Extender brazo izquierdo, colocarse sobre el costado derecho, cruzar su pecho y recostar la cabeza sobre su hombro.

No es que esté a disgusto, está cómoda, pero es solo eso. Es la costumbre. Es la inercia que lo ha invadido todo incluido el sexo, aquella necesidad primaria y básica que dio origen a su relación.

Lo había oído tantas veces, aquello de la gente que se acuesta con otros porque sí, para pasar el rato, porque a fin de cuentas todos somos humanos… Y él, aun no sabe bien porqué, le llamó la atención.

Juguetea con su pelo corto mientras aun duerme.

Es una mentirosa: sí sabe porqué le llamó la atención.

Porque era idiota. Porque era un chulo. Porque se las daba de listillo perdonavidas. Porque, salvando que se podía decir que estaba bueno (o que tenía atractivo, al menos), era el compendio universal de las cosas que más detestaba, alcohol y tabaco incluidos; y le encantaba reafirmar esa imagen con su actitud condescendiente.

Así que, por aquel entonces, no le dedicaba más atención que a un gusano, salvo para meterse con él y refunfuñar lo estúpido que era.

Lo estúpido que era, sí. Y aquí estaba ella abrazando al estúpido en la cama.

Por un error, por un desliz, por un descuido. Porque descubrió que aunque chulo y gilipollas, tenía cerebro. Qué cojones… Porque le gustaba, porque le atraía. Porque tenía ganas de estar con alguien, y aquella noche hace tanto tiempo él estaba allí, para tenerlo en su cama una semana más tarde. Porque pensó que sólo sexo podía funcionar. A todo el mundo le funciona, ¿o no?

Aparta las sábanas y se levanta para ir a la cocina. Se detiene a medio camino a echarle un ojo al ordenador. Parece mentira que en algún lugar del mundo la gente sepa vivir sin esos cacharros.

Está desnuda paseando por la casa, pero no importa, no hace frío y se vestirá rápido después de preparar el café.

Ése aroma sí que le gusta: el olor a café recién hecho, recién molido. Aspira. Qué diferente.

Se lo toma, y se dirige al baño.

Se mira al espejo, para contemplar esos ojos ojerosos, las pequeñas arrugas que empiezan a aparecer en su rostro; para escudriñar buscando las canas que no aflorarán gracias a los milagros del tinte. Se hace vieja porque –le guste o no- el tiempo pasa, y ahí está dejándolo pasar como si no importara.

Recuerda lo angustiosa que era la sensación de opresión cuando vivía en su piso de soltera. La mordedura incisiva de la soledad y el temor a que esa tendencia abrumadora durara para siempre. El miedo conduce por caminos tortuosos.

Como cada mañana, realiza el mismo ritual de limpieza cutánea, armada con su ejército de cremas dispuesta a exterminar hasta el último reducto de pieles muertas a base de refregar su cara con el peeling. No por más frotar volverá la juventud ni resurgirá de las capas profundas de la dermis… Así que tras lavarse los dientes se aprovisiona del arsenal de maquillaje y juega a ser Miguel Ángel con las imperfecciones de su rostro.

Quizás algo de esa soledad la influyó hace unos años, cuando tomó el camino que la llevó a esta casa llena de humo. Tal vez no fuera únicamente eso, pero… ¿Cómo si no iba a acabar con un “looser” así, como le catalogaba sin conocerlo? Qué equivocada estaba con esa primera impresión suya... Y sin embargo, ¿no se merecía algo mejor, acaso?, meditaba mientras esparcía la base de maquillaje líquido. Alguien cariñoso y atento, que la cuidara, comunicativo… Alguien que la valorara…

Al principio era siempre ella la que tenía que llamar para quedar, él ni se dignaba a mover un dedo… Y al final acabó siendo así. ¿Vagancia? ¿Comodidad? ¿Indiferencia? Por qué insistiría tanto...

Porque, busque las explicaciones que busque, y le maldiga por lo que le maldiga, en el fondo es tan simple como admitir que le gustaba, que se acabó encariñando con él.

Eso le trae a la cabeza… Estocolmo. No conoce nada del país, no ha estado allí en la vida, lo único que conoce relacionado es el síndrome ese, de la persona secuestrada que acaba idolatrando a su captor. Pero ella no está cautiva claro, en todo caso, es prisionera de sí misma.

No hay noche que al acostarse se plantee qué está haciendo con su vida, dejando pasar los días, dejando pasar los meses, dilapidando los años como si el tiempo le sobrara, mientras se acerca peligrosamente la menopausia y con ella la incapacidad de tener hijos.

¿Por qué está aun con él?

Apoya las manos en la pica mientras para abalanzarse un poco sobre el espejo y comprobar que está todo en orden. Aprieta los labios para distribuir bien el maquillaje, y hecho esto recoge los cachivaches que ha desperdigado por ahí.

Quizás porque sabe que en el fondo, esa relación tiene fecha de caducidad. Porque no hay compromiso escrito y por lo tanto, no le dolerá nada cuando se acabe. Porque no espera nada bueno de él y sabe que un día se levantará por la mañana y le dirá que todo se ha acabado: a jugar al juego de la taza, cada uno a su casa. Porque sabe que es un mujeriego, o eso piensa, o eso le hace creer, y un juerguista, así que nada de lo que haga le va a traer por sorpresa.

En el fondo, una parte de su corazón está tan frío que puede soportar la situación.

¿Es quizás por eso que el sexo se ha convertido en algo rutinario y ha dejado de ser tan placentero como antes? Dios mío… Tan muerta está por dentro… Que ha encerrado una parte de sí misma, y la ha negado, manteniendo una relación vacía y carente de muestras normales de cariño, donde todo se reduce a cuatro polvos semanales y después cada uno a lo suyo…

No es acaso triste estar con una persona de la que no esperas nada bueno y que la única seguridad que puede ofrecerte es que cuando corte será por lo sano y como siempre lo esperaste no te dolerá… ¿No es mejor estar solo? ¿O acaso folla tan bien que puede mantenerse el equilibrio? Tan poco se valora como para que eso sea suficiente.

Quizás está buscando excusas cutres para disculpar haber perdido tantos años de su vida con alguien tan distinto del príncipe azul que quería.

En el fondo, es una relación sin pasión, donde el único arrebato se mostraba en la cama cuando salvajemente se devoraban si el tedio lo permitía, liberándose de la mecánica rutina… Cosa que apenas ocurre ya.

No está enamorada, aunque él lo piense; a pesar de que esté completamente convencido que está tan locamente colgada por él que bebe los vientos sin darse cuenta de las cosas y que sería capaz de mutilar su personalidad a cambio de no perderle.

Quizás es que, con todo, le da pánico la posibilidad de prendarse de alguien así, que podría destrozarla en un suspiro, así que mantiene una parte de sus emociones congelada, reprimida. Quizás en otro mundo, de haber sido distintas las cosas se hubiera permitido perder locamente la cabeza por él, pero al no ser recíproco, nunca se arriesgó a hacerlo por más que en algún recóndito escondrijo lo deseara.

Cuando tenía dieciocho jamás hubiera aventurado que se pudiera compartir la vida con alguien de quien no estuvieras perdidamente enamorado. Y hoy, prefiere esta relación relajada, más insípida, sin tropezones ni grandes altibajos emocionales, porque dentro de lo que cabe no pierde el control.

Es como un intercambio comercial: él le da los mimos que necesita (de tanto en tanto), cubre sus necesidades físicas y ocupa un espacio en un piso que no le gustaría ver vacío. Ella, a cambio, se la chupa (de tanto en tanto también), finge no saber lo que pasa los fines de semana y omite preguntas incómodas cuyas respuestas sabe perfectamente que no quiere conocer. A fin de cuentas, hace años que dejó de representar una novedad, y los hombres necesitan de la sangre nueva constantemente.

Quizás por eso se maquilla, cambia de look, se mata en el gimnasio, controla las dietas… Para seguir siendo atractiva, para seguir ofreciendo algo diferente. ¿Por qué? ¿Por qué no es capaz de hacer eso para ella misma?

Ah… Pero tiene sus cosas buenas. Quizás parece frío, y no suele tener detalles, pero a pesar de todo es buena persona, y aunque quizás sea egoísta o eso parezca, tiene otras cualidades como la sinceridad. No le teme a las mentiras a su lado, y está realmente harta de mentiras en su vida. Por más que se esfuerce en mantener esa fachada de chulo, es una persona simpática, y es culto aunque no tengan el mismo nivel de estudios. Es inteligente, y bueno… Siempre le da morbo. Sí… Tiene un montón de cosas buenas, aunque cuando está rabiosa se le olviden, o no las conozca todas.

Pero… El romanticismo no tiene lugar en su vida. No ya con él, con cualquiera pasaría lo mismo. Tan vacía y enferma se ha vuelto. Tanto miedo le da enamorarse de una persona “normal”, tanto pánico le producía no encontrar su media naranja en la vida, y tanto la atemoriza el miedo al dolor, que decidió hipotecar su corazón.

No cree en el amor para toda la vida... Y si el amor para toda la vida no existe, ni tampoco existe la pareja perfecta, para estar con un idiota, ¿qué más da este idiota en concreto?

¿Cuándo se volvió conformista? ¿Cuándo empezó a tener esas ideas tan derrotistas en la cabeza?

Ahora, ni siquiera se cuestiona dejarlo correr, no tiene fuerzas para abandonarle.

Hubo un tiempo en que tenía arrojo, era capaz de irse donde quisiera sin pensar, sin dar explicaciones, sin esperar que la siguieran, con lo puesto y a correr. Era libre y decidida. Quizás esa era una de las facetas que hizo que se fijara en ella. Con el tiempo, fue perdiendo esa parte salvaje que tenía. Quizás la ha domado, o tal vez quería que la domesticaran. Pero está cansada.

No tendría valor en la vida para dejarle, porque se acostumbró a su aroma que la vuelve loca, al olor a tabaco por las mañanas, a la presencia silenciosa en el estudio de la casa. No tiene el valor para enfrentarse con palabras y dejarlo.

Ya está lista para salir al trabajo. Ella siempre se levanta antes, por lo menos una hora. Le sigue gustando preparar el desayuno, la sensación de ser útil. Sigue creyendo -tiene la intuición- que se acuerda de ella por la mañana mientras toma el café que le prepara. Pero no tiene la certeza, porque es parco en palabras, y no dirá en la vida nada cariñoso. A veces necesitaría escucharlo aunque realmente no hace falta. En el fondo, sabe perfectamente que se tienen aprecio, cariño, respeto, que no es amor loco e incondicional, que no es pasional, que no es ciego… Y que basta para levantarse cada mañana. Pero a veces no es suficiente.

Vuelve a la cama, sobran algunos minutos antes de marcharse. Se pone encima suyo y le despierta. Por primera vez en tiempo siente unas ganas irrefrenables de hacer el amor que no puede controlar. Él está medio dormido, pero reacciona sorprendido a su arrebato. Ella le muerde el cuello al acabar, se le queda mirando, le da un beso en la mejilla antes de vestirse nuevamente y se va.

De algún modo, le aprecia y eso hace que vuelva a casa cada día.

No tiene el valor de enfrentarse cara a cara y decirle que ya no le quiere –sería mentira-.

Sin embargo, hace mucho tiempo que no viaja, y Estocolmo tal vez sea un lugar maravilloso.

3/12/2009

Watchmen - Indignada por la crítica de Terra


Parece mentira que lo que me impulse a volver a escribir en mi reino sea algo como la crítica de una película en una web como Terra... Pero una vez la lees no puedes por menos que indignarte ante la falta de interés del profesional que la suscribe...

Y dado que en la web no puedo publicar el comentario a tan excelente trabajo, me desfogo aquí.


Crítica completa:


Zack Snyder es culpable del peor desliz que un director de cine puede cometer. El director de "300" da por sentado que la abrumadora mayoría de espectadores de su película conocen al dedillo los secretos del monumental cómic (o novela gráfica) de Alan Moore, que todo Dios está enchufado al mundo clandestino e hiperviolento de este hatajo de inadaptados sociales escondidos detrás de un juego de malla y leotardos para dictar justicia a oscuras y a su olímpica bola que conforman los vigilantes de marras. Ignoro el grado de lealtad o deslealtad al tocho de viñetas en cuestión, si Snyder hila fino o no agarrando la esencia espiritual y metafísica del libro matriz, si las tribulaciones existencialistas que se traen en plena guerra fría los sufridos integrantes de la banda hacen juego o no con aquéllas otras de sus homólogos en papel. Si la respuesta es sí es posible que los acérrimos fans del cómic original congenien con las marrullerías argumentales de estas tres horas excesivas e interminables de quebraderos de cabeza identitarios y de desencuentros sentimentales entre superhéroes canallas, barriobajeros y sin escrúpulos.

Enganchados a raíz de un prólogo magistral (los títulos de crédito son ciertamente para enmarcar), Snyder abre fuego dejando claro, por si hiciera falta, que es un director de imaginación visual privilegiada, con un talento fuera de serie para colorear los entornos digitales de la pantalla verde. "Watchmen" es muy vistosa aunque Snyder siga exhibiendo una desmedida querencia por el ralentí y el fotograma congelado a imagen y semejanza del preciosismo tecnológico de "300". La atmósfera turbia y densa de un planeta descompuesto por los rigores del enfrentamiento soviético-americano, la alienación de la justicia y de la ley en semejante panorama preapocalíptico y la clandestinidad salvaje de unos héroes sombríos y nada ejemplares que hacen y deshacen entuertos sin dar pie con bola apuntan maneras.

Es un espejismo. El metraje empieza a pesa como una losa infranqueable mientras Snyder se atranca en la exposición de un conflicto estanco que no avanza y que acaba por anestesiar mortalmente una ficción que ya no va a levantar cabeza. "Watchmen" se revela así, con una parsimonia desesperante, cine-comic ladrillo, pretencioso y narcisista. Sus honduras filosóficas, su estoicismo apocalíptico, su ceño eternamente fruncido y las desmesuradas pretensiones del discurso político y sociológico ser revelan estériles a la larga, aparatosos y vacíos.

Dice Snyder que respecto a las dobleces existencialistas del cómic (como si en la película no se despacharan a gusto liando la madeja del ser o no ser), su película prefiere potenciar el calado emocional de las historias. Pues bien, nuevo desliz: ni rastro de emociones humanas en las pasiones volcánicas que se traen triangularmente el individuo fluorescente azul, el Batman búho y la chica del traje de látex amarillo. Si ese era el empeño, fracaso total. "Watchmen" es una película extraordinariamente espesa, que quiere ser muy buena y muy profunda y elevar el listón de la vanguardia del cine-viñeta para erigirse en referente de modernidad. No lo logra, ni por asomo. Tal vez por la manía ésa de buscar a toda costa la satisfacción y complicidad de los fans del cómic antes que cuidar con cordura la atención del espectador de cine.


****

Yo opino:

Watchmen fue un comic publicado en 1986 y 1987. En aquel entonces el presidente de USA era Ronald Reagan, y la URSS aun era una reconocida potencia mundial hasta su disolución el 1991.

Todos aquellos años posteriores al fin de la II Guerra Mundial, y por temor a una tercera guerra ya nuclear estuvieron muy marcados por la denominada “Guerra Fría”.

En 1987 el muro de Berlín aun estaba en pie, y ahí siguió hasta 1989. Una cosa que algunas personas ya no recuerdan, pero que incluso treinteañeras como yo estudiamos en el colegio, el instituto y la universidad. Lamentablemente parece que no todo el mundo puede evocar con facilidad la historia reciente.

Es en este contexto que ve la luz la obra de Gibbons y Moore. Evidentemente, la literatura y las obras de arte de cualquier tipo se ven influidas por su entorno.

Yo leí Watchmen hace doce años, eso es, cuando tenía dieciocho.

No he vuelto a releerlo, hasta después de ver la película, para comparar recuerdos nebulosos.

Sin embargo, y a pesar de ello, he podido disfrutar muchísimo de la película que puede decepcionar a personas que acuden al cine esperando ver “Daredevil” o la segunda entrega de “Los cuatro fantásticos” (filmes que igualmente, me parecen entretenidos y los he disfrutado como lo que son).

Erróneamente se considera que en las películas que contienen superhéroes todo ha de ser bofetones y violencia sin sentido. No todo en esta vida son “tebeos” de acción, romance o comedia.

Watchmen sorprende -y quizás ofende- porque los héroes son realistas ¿Acaso todos nuestros héroes históricos han sido políticamente correctos? Watchmen, puede llegar a hacer pensar. La adaptación, como tal, y que buen trabajo han hecho con ella, es una reproducción muy fiel a la obra.

En futuras ocasiones sería de agradecer que cuando se realice una crítica, el profesional en cuestión haya tenido la buena voluntad de comprometerse con su trabajo y al menos le haya dedicado parte de su tiempo a conocerla.


Me sorprende que una crítica de una adaptación de una obra de cualquier estilo contenga en el primer párrafo una frase como esta: “Ignoro el grado de lealtad o deslealtad al tocho de viñetas en cuestión, si Snyder hila fino o no agarrando la esencia espiritual y metafísica del libro matriz, si las tribulaciones existencialistas que se traen en plena guerra fría los sufridos integrantes de la banda hacen juego o no con aquéllas otras de sus homólogos en papel”.

Entiendo que el buen profesional no ignora: se preocupa y se documenta previo a la expresión de cualquier opinión.

Y ya me despido no sin antes comentar: “El director de "300" da por sentado que la abrumadora mayoría de espectadores de su película conocen al dedillo los secretos del monumental cómic (o novela gráfica) de Alan Moore, que todo Dios está enchufado al mundo clandestino e hiperviolento de este hatajo de inadaptados sociales escondidos detrás de un juego de malla y leotardos para dictar justicia a oscuras y a su olímpica bola que conforman los vigilantes de marras”.

Nadie tiene porqué estar enganchado “al mundo clandestino e hiperviolento de este hatajo de inadaptados sociales”, para captar las sutilezas de la preocupación de un mundo que a finales de los ochenta aun vivía con el temor a la guerra nuclear a sus espaldas, y que tenía en la memoria (recuerdo que aun perdura en la memoria colectiva de los estadounidenses, guerras como la de Vietnam).

Yo hubiera iniciado la crítica indicando que Watchmen –el cómic y la película-, no es una obra cuya trama sean puñetazos sin sentido; si no que hace pensar y recordar. Si algo sobra en Watchmen es humanidad. Humanidad pura, y dura. Con sus vicisitudes, sus diferencias, sus errores, sus anhelos, sus preocupaciones, sus sentimientos y su crudeza; no la Humanidad que nos gustaría que fuera.

Quizás este es el único fallo que se le puede achacar.

Espero que en la próxima crítica de una adaptación de cualquier tipo que tenga a bien publicar para informarnos, se tome la molestia de haber estudiado previamente la obra original y haya recapacitado, para poder ofrecer una crítica si no más digna, algo mejor fundamentada.

Un saludo cordial, y mis mejores deseos en el futuro.