4/08/2008
Turmalina
Desde el primer momento que la vio, quedó prendado de ella. Era brillante. Era bella. Tan llamativa que no pudo quitarle sus ojos de encima.
Siempre tan radiante, atrayendo a todos con su magnetismo, tan valorada… No pudo más que fijarse en ella, anhelarla, desear poseerla y tenerla únicamente para sí.
Para ella, él no existía. No era nadie, ni tan sólo le veía. No se había fijado jamás en su presencia. Era inocuo, pasaba desapercibido entre los demás.
Para él, era tan alegre, tan carismática, tan luminosa, tan divertida… Siempre con su sonrisa presta a resplandecer, con sus palabras siempre amables con todos y sus comentarios ocurrentes.
Le producía curiosidad, le parecía simpática. Quiso conocerla, y poco a poco se acercó a ella.
Le pareció interesante, era entretenido hablar con ella. Saber que atraía a todo el mundo la convirtió en algo exótico. Escuchar sobre ella alabanzas y sólo palabras de reconocimiento o admiración.
Parecía el tipo de chica que cualquier persona con dos dedos de frente querría tener a su lado.
Pensó que era fría, dura, inalcanzable. Inexplicablemente, era parte de su encanto, le otorgaba un morbo añadido. Intocable, esquiva. Nadie la tenía. Libre como el viento, pensó. A más distante la veía, más reto suponía demostrar que él estaba ahí, más interés ponía.
Consiguió hacerse notar, prácticamente sin esfuerzo, porque él también era alguien carismático e inteligente. Poco a poco, la fue capturando, atrayendo como la flor llama a una abeja.
Empezó a dedicarle cada vez un poco más de su tiempo.
Puedo conseguirla, se decía. Le cegaba como un diamante tallado, con la luz cantando iridiscente en cada una de sus caras.
Hasta que una mañana el milagro sucedió.
Primero fue la sensación de gozo, la exultancia del reconocimiento, de saberse reflejado en su mirada. De ser consciente que pasó de ser un ente incorpóreo y fantasmal, a tener cuerpo de hombre a sus ojos.
Era tan agradable, tan reconfortante, sentir que ella sabía que él estaba allí. Que existía, que era de carne y hueso, que era real, que no era un desconocido. Había pasado a estar en su círculo de amigos. Y ahora, ella le hablaba, le tenía en consideración, le tenía estima. Le valoraba.
Por un instante se sintió feliz, sabedor de que poseía una joya única, que le devolvía la mirada solo a él.
Estaba fascinado.
Siguió conversando con ella, cada vez más. Cada vez la conocía mejor. Conocía los matices de su voz, sus alegrías, algunas penas. Degustaba sus palabras, algunas de ellas dedicadas en exclusiva para él y solo para él.
Empezaba a entender a sus propios amigos, a paladear lo que ellos simplemente entreveían desde la lejanía que marca esa frontera que separa la amistad de algo mayor y más profundo.
Y era suya. Sí. Era suya.
Al final, era una existencia en la que ella ocupaba gran parte de su tiempo. Se sentía dichoso de sentir que estaba encantada y saber que a su lado, ella brillaba todavía más.
Empezaron los regalos.
Entonces percibió alborozado lo que era ser el centro de alguien, estar colmado de halagos. Descubrió que no era tan fría, ni tan dura, ni tan inalcanzable. Y se volvió humana. No puedes querer a una piedra, se dijo, por más bella que sea; pero puedes querer a una mujer.
Y a su vez, se dejó querer, embriagado, extasiado por sus detalles, por sus cálidas palabras, por sus atenciones.
Cada día, con la confianza que había nacido entre ambos, arrancaba de ella una capa de austeridad, de dolor, de temor; y por ello cada día, ella más resplandecía, bella, pero cercana, tangible, real.
Una mañana, se dio cuenta de lo que había conseguido: ya no era tan esquiva, ya no era intocable, ni tan "libre"; y sus ojos, que antes miraban al infinito a través de él, sin verle, se volvían y devolvían su reflejo de hombre real, una y otra vez.
Pasaron los meses, estaba siempre consigo. La enseñaba a los amigos, a la familia. Todo eran alabanzas. Ellos, que la descubrían por vez primera, la percibían como el día aquel tan lejano en que la conoció.
Brillante. Bella. Radiante. Alegre. Luminosa. Divertida.
Y él les respondió que no, que era una persona normal con quien se podía conversar. Que no era una diosa. Que era real.
Y al pensarlo, al darse cuenta, él se quebró: ella era normal.
¿Dónde estaba el misterio? ¿Dónde estaba el reto?
Como ya la tenía, y podía contemplarla de cerca, veía que era una joven corriente, que ya no llamaba la atención.
Poco a poco, empezó a distanciarse. Ella, sin darse cuenta, sin entenderlo, sin aventurarlo, continuaba entregándose al completo. A más se entregaba, más tierra empezaba a poner él de por medio.
Hablaba más con sus amigos, le hacía menos caso, ponía excusas sin sentido, aplazaba los encuentros. Empezó a ignorarla, a darle largas. Y ella comenzó a apagarse, a entristecerse, a desesperar. A llorar por las noches.
A culpabilizarse, a preguntarse por qué, a preguntarse qué hizo mal. Intentaba buscar respuestas: si ella no cambió, ¿qué había pasado?
Por contra, él empezó a verse perseguido, acosado, asediado. A sentirse culpable por cómo estaba actuando. No era consciente aun del daño que estaba causando.
Ella empezó a estar irascible, triste, enajenada, celosa, rencorosa, siempre rabiando. Le atacaba, le miraba a la vez con pasión, con ternura, con deseo, con odio, todo atravesado con una daga de dolor y de traición.
Él, no pudo superarlo, no tenía fuerzas par soportar la carga de su gema que ya no brillaba.
Y la tiró.
Ella, se hundió poco a poco en la miseria, desesperada, cada vez un poco más en su pesar, en el barro.
Sucedáneo de piedra preciosa, él la llamó. Y como tal, la desechó…
Porque desengañado, una vez en su poder, pensó que ya no valía nada.
3/25/2008
Conformismo
El roce de tu mano… Con eso me conformo.
No me importa caminar por las mañanas, ni el frío, ni el calor. Ni siquiera distingo los días soleados de los grises. Poco importa la ciudad donde me encuentre, porque en mi mente, en mi corazón, estoy siempre a kilómetros de distancia.
Se me hace muy difícil conciliar el sueño por las noches, la oscuridad está llena de fantasmas, de silencio, de soledad…
Susurro tu nombre como un mantra. Lo repito una y otra vez, con los ojos cerrados, como el conjuro que me traerá la paz y el sueño… Con la esperanza de dormir arrebujada entre mantas en un sofá prestado.
No soy débil. Soy lo bastante fuerte como para afrontar infinidad de adversidades. Sobreviví al cambio de trabajo, a la búsqueda de piso, a las compras semanales. Enterré un montón de exnovios y defenestré varios fantasmas. Animé a las pocas amigas que me quedan en sus momentos de debilidad, porque parece que cuando estoy triste lo que me anima es ayudar a los demás.
Es una distracción como cualquier otra. Y sin embargo, por más que las leyendas urbanas prediquen lo contrario, no soy la reina de hielo, ni desciendo de Juan sin Miedo. Soy una chica normal, de carne y hueso, y como tal, soy frágil, aunque cada día me toca hacerme la dura, y la indiferente y tenga que tragarme la mitad de las cosas que pienso o siento.
El otro día me decían que hay algo en mí que está cambiando, no sabemos porqué ni en qué sentido, ni hacia dónde me llevará, pero dijeron que se alegraban de que me esté sucediendo.
He dejado de darle importancia a cosas que sinceramente, vistas hoy, no son más que tonterías.
He aprendido mucho últimamente. He aprendido que puedo viajar sola, y me ha gustado la experiencia. Y en algún recodo de ese camino que me llevó a escaparme a mi aire por ahí, me di cuenta que también lo que le pido a la vida es algo muy distinto de lo que hace dos años le pedía.
Siempre he tenido pensamientos estúpidos. Alegaba que yo no tenía prototipo de chico ideal, y sin embargo, me atropellaba una retahíla de adjetivos que entretejían de una maraña de estereotipo masculino. Que no fume, que no beba, que haga deporte, que sea culto, que tenga un buen trabajo, que blablabla… Y tal vez me olvidaba de algunas cosas importantes.
Hace varios meses me empezaron a asaltar las dudas, porque mi esquemático universo fue dinamitado sin que se diera cuenta, hasta pasado un buen tiempo. Yo le pedía a la vida un estatus y siempre he luchado con esa dicotomía en mi interior: el estatus social contra la felicidad de estar con alguien que me quiera, y a quien yo pueda querer.
Apareció un alguien, un poco raro, que no era en absoluto lo que yo creía que tenía que se un príncipe azul. Un alguien que fuma, y que bebe, que de tanto en tanto se lía un porro… Que está loco y es friki como yo, aunque cada uno a su manera y con aficiones parecidas a las mías. Físicamente no es el tipo de persona en el que me habría fijado en la vida y sin embargo, le miré… Y lo que es más asombroso, le vi. Lamentablemente, una vez visto, se quedó grabado en mis ojos como la sombra del sol cuando lo contemplas fijamente.
Fue objeto –y mal que le pese, lo sigue siendo-, de tribulaciones mentales o de disección delante de una cocacola o tres pares de cortados. Quizás debería empezar a pensar en incluir la tila en mi dieta y tal vez algún que otro valium (dado que el prozac es 90% placebo, también me vale).
Me fui de viaje, y caminé como hacía años que no había andado a la deriva sola, conmigo misma. Con las bambas, con los tejanos, con la música en las orejas y una cámara de fotos entre mis manos. Ni siquiera tuve tiempo de escribir. Pasé tres días bombardeada con tanta información, con tantas imágenes nuevas, con tantos sonidos diferentes, que no tuve tiempo apenas de pensar conscientemente.
Y a ratitos, te olvidé.
Pero cuando cae la tarde, y cuando el sol se pone, mientras se escondía en algún rincón más allá del Sena, me acordaba… Y pensaba que no te había comprado ni un detalle de cumpleaños. Porque no me gustan, los regalos a pachas. Me gustan porque soy avariciosa y quiero compartir eso "también", pero lo que de verdad quería era llevarte algo propio, que te recordara a mí.
Me acordaba de los chistes privados, y de las risas tontas. Recorrí calles cuyos nombres soy incapaz de recordar, hasta que –como pasa siempre- di con el regalo por casualidad. Tu regalo, y el libro sin el que no pensaba marcharme de París, y al tener todo eso en mis bolsas, me supe libre de pasear tranquila nuevamente.
Una vez con eso en mi poder, apenas volví a pensar en ti… Hasta que volví a casa, a mi casa, a mi cuarto, a mi cama. Acechabas en las sombras. En la ropa, en las sábanas, en mi cabeza. No te pude exorcizar. Me tapé hasta perderme entre las mantas por completo, intentando conciliar el sueño. Increpé a los gatos, y no pude dormir una mísera siesta de dos horas sin un condenado sobresalto. Me rendí a la evidencia, y me propuse hacer mi mochila una vez más.
Me martirizaba la certeza de que no iba a verte en esta ocasión, pero a la par me hacía sentir libre para disfrutar tranquilamente mis paseos, la misma precisa certeza de que no íbamos a estar en la misma ciudad. Fue una sensación contradictoria y a la par reconfortante. No sabría explicar muy bien porqué. Tiene algo que ver con la ansiedad, yo creo.
Es la impresión de estar buscando algo que sabes que alguien se ha llevado muy lejos y no puedes alcanzar. Por un momento, te resignas y en esa resignación existe un lapso de paz. Pero, cuando te das cuenta de repente que alguien ha puesto lo que buscas, nuevamente cerca, al alcance de tu mano… Desesperas.
Me recuerda a aquellos días de pequeño, en que querías sacar el reflejo de la luna del agua, con las manos. Por más que lo intentabas se te escapaba una y otra vez, y se escurría entre tus dedos. Erróneamente creíste que lo tenías al alcance. Y nunca jamás llegaste a cazarla.
Saber que habías vuelto, me produjo desazón. Me trajo la ansiedad. Saberte en la misma ciudad, sumado a la imposibilidad de verte, hizo que mi corazón latiera con fuerza, desesperado.
Hay, ni siquiera en tu presencia, si no en el mero conocimiento de su posibilidad, algo que me llama, algo que hace que mi pulso se acelere, y me explote la cabeza, notando como late hasta la vena más pequeña. Siento, hasta en la más pequeña célula, que a pesar de conocer las calles que camino, estoy perdida y el único sitio que reconozco como destino es esa casa, a la que llegaría aun con los ojos cerrados.
Es difícil luchar contra uno mismo. Es como intentar contener con las manos una presa que se derrumba para evitar que arrase los terrenos fértiles que hay a sus pies en los que tal vez puedan nacer un día los frutos.
Es jodido darse cuenta que incluso el agua destinada a regar un campo puede ser mortal, si cae en proporciones poco adecuadas ahogando el terreno, o si lo lava hasta la esterilidad… Y carecer de la experiencia que te indique cual es el goteo perfecto, relegándote a aprender por ti mismo las cosas.
Constantemente yo siento agitarse el agua que contiene la presa en mi interior. Saberte cerca, cuando cerca es una distancia inferior a cien kilómetros, produce un efecto en mí como la luna en las mareas. Me inquieta, me agita, y no lo puedo remediar. Y no puedo dormir… Y no puedo evitar que mis pies quieran salir corriendo en la única dirección posible.
Curiosamente, tú, que causas estos destrozos en mi alma, pareces ser la única persona que pueda curarme esta locura, y por las noches, aunque no eras como yo te imaginaba, la única nana que escucho, es el sonido de mi voz repitiendo tu nombre una y otra y otra y otra vez… Hasta que me duermo.
A veces, cuando lo consigo, sueño que estiro mi mano, que alcanza la tuya asiéndola fuerte, mientras los dedos se entrelazan, y ya no necesito nada más. Me conformo con algo tan sencillo como eso, y en ocasiones pienso que despertar, es el más cruel de los castigos.
Mientras no pueda tenerte, mientras no pueda tocarte, mientras no pueda estar contigo… Me conformo con eso… Aunque parezca algo tan nímio.
3/07/2008
Ataca
El diablo habita en mi interior. Defenestró mi ángel, y ahora tan sólo escucho: “Ataca... Ataca... Ataca...”. La prudencia también me abandonó y se fue a otras tierras. Se fueron con ella, contención y sutileza.
Me pongo tapones en las orejas. Veo la televisión. Pienso en el trabajo. Pero él insiste, yo le oigo…
“Ataca…”
Le ignoro. Me centro en la hoja de cálculo. Copiar celda A4, pegar en C7. Archivo. Guardar cómo.
“Ataca…”.
Te odio. Odio sentirme así. Odio esta impotencia. Odio el tira y afloja. A mí me gustan las cosas sencillas. El "sí" o el "no". El “no sé” me mata.
“Ataca…”
Soy el Dr. Jekill y Mr. Hide. Soy Two Faces. El diablo me llama, yo le oigo. Soy incapaz de hacerle callar... Ya no hay nadie más que yo para frenarle los pies. Mas yo, no tengo la fuerza que hay que tener… Y nadie puede ayudarme. Tampoco lo quiero...
Le oigo tentarme...
“Ataca…”
Es la tortura de tenerlo tan cerca, y tan lejos… Es la contradicción de sentir la lejanía en dos palmos escasos. Es la certeza de no poder besar sus labios, a un centímetro de distancia. Y la obligación de disimular.
Disimular lo que él sabe. Lo que yo sé. Lo que todos sabemos. Me desgasta, merma mi cordura.
Le contemplo como el león contempla a la gacela, con la ansiedad de meses sin probar un buen bocado, con la saliva brotando del costado de la boca y los todos los músculos en tensión prestos a realizar el salto.
Y sin embargo…
“Ataca…”
No me lanzo, pues mis cálculos de velocidad no están bien estudiados, las vías de escape de la gacela son muchas y su viraje, imprevisible. Mil factores aleatorios interfieren la trayectoria…
Pero tengo hambre…
Ya noto cómo relucen mis colmillos. Cómo la adrenalina corre por mis venas. Cómo mi cuerpo se contrae y se prepara…
Ya sólo me importa una cosa.
¡Ataca!
El diablo, hace tiempo que habita en mi interior.
3/05/2008
Eulalia
Cuando la miraba, me recordaba a un pequinés: poca cosa, pequeño, feo y chillón. Y como sus congéneres, ladraba y gruñía, porque era la única forma de hacerse respetar que tenía en la vida.
Eulalia, caminaba por ahí con ademán de personajillo importante, cerca cualquier tipo de fuente de poder. Revoloteaba, como sólo las moscas cojoneras saben hacerlo. Incordiaba cual mosquito, de aquí para allá con sus cotilleos y sus ínfulas de grandeza.
Sí. Eulalia era una gran persona.
Yo la tenía en cierta estima. A fin de cuentas, casi llegamos al bar a la vez.
Cuando empecé a trabajar en el bar, llevando las tareas administrativas en un despachito medianamente acomodado, escondido detrás de la pared al fondo de la barra, pensaba que Eulalia era como yo: o sea, nadie. Con mis cuatro días de vida en el cotarro, y contratando gente como hacía el jefe a destajo, no se me ocurrió nunca pensar que ella, la nueva, tenía más mundillo recorrido que yo en esos tugurios dejados de la mano de Dios.
Eulalia me recordaba a la Señorita Rottenmeier. Vaya estampa: me viene a la mente una imagen de cruza de la Rottenmeier con un pekinés y es algo horrible. Entonces pruebo a imaginarla con alas de mosca y pico de mosquito, todo incluído.
Joder, es una imagen realmente grotesca: Eulalia Bzz-Bzz Rottenmeier. Sí, le queda bien el mote.
Al principio se me ocurrió que tal vez podríamos llevarnos bien. Pero con el paso de los días me di cuenta que no iba a funcionar. Las panteras y los pekineses no congenian. Yo iba a mis anchas, disimulándome entre las sombras, con mi existencia pacífica y sin nada que demostrar a nadie en particular.
Ella, era la porquería de chucho que ladra todo el día para llamar la atención, y corretea de falda en falda para que le hagan caso, ejecutando monerías, para acabar finalmente sentada a los pies del amo. Un espectáculo patético. Pero nunca me afectó, así que simplemente, nos ignorábamos.
Mi vida transcurría entre los papelotes, y la suya, cotorreando con los clientes del bar, como si de una fulana se tratara, la relaciones públicas de un bareto franquiciado.
Día tras día, llegaba yo al bar a la hora de siempre, saludaba a los colegas, saludaba a un par de camareros y me metía para dentro. A fin de cuentas, me pagan por hacer mi trabajo, no por hacer amigos.
Supongo que la soledad entre los armarios de administración, la sobreexposición a la radiación emitida por la pantalla del ordenador y un par de cocacolas de vete a saber tú cuándo, mezcladas con bocadillos de dudosa procedencia, me hicieron empezar a volverme paranoica.
De golpe y porrazo, Eulalia estaba en todas partes.
La muy zorra, aparecía entre mis archivos, o se colocaba a mis espaldas, a hurtadillas como un fantasma, y a veces me pegaba sustos de muerte, con esa presencia que notas, sin verla, respirando sobre tu nuca.
Para ser una mierda de relaciones públicas, la tía se lo tenía muy creído, "marisabidilla" ella, husmeándolo todo como si fuera dueña y señora del lugar, y solo porque de tanto en tanto nos visitaba algún descarriado de la "jet set", y la saludaba, se le subían los humos.
Empecé a tenerla pegada al culo como un molesto tarzanete, o como una ladilla japuta. Era como la infección de hongos que te irrita los genitales y no se va ni se calma por más que te rasques, porque solo consigues quedarte en carne viva.
Para qué negarlo, estaba hasta los cojones de Eulalia.
Todo marchó bien mientras se mantuvo al margen de mi trabajo, pero poco a poco, con eso de que la confianza da asco, o porque se creyó en su derecho, empezó a meter sus zarpas en todas partes. Jodía en la cocina, jodía en la barra (dentro y fuera de ella) jodía en los archivos, jodía en la oficina. Joder... Fijo que hasta al jefe se jodía. Aunque, mal mirado, pocos escrúpulos hay que tener para acostarse con una piltrafilla como esa. Pero bueno, ya que tiene la boca tan grande, posiblemente le sirva para comerla mejor.
Quien sabe... Igual aquello de "Abuelita, abuelita, qué boca tan grande tienes...", "Es para comerte mejor...", le llegó al alma de pequeña.
Con los meses me di cuenta de que la mosquita muerta era una trepa de cuidado. Cuchicheos por aquí, plantadita de oreja por allá, miraditas un poquito más lejos... Haciendo camarilla con gente de otros baretos de la franquicia... Todo el día envuelta en ese halo de misterio, haciéndose la interesante, y encerrándose en el despacho del jefe cada dos por tres.
Lo que yo no sabía, ni podía saber puesto el caso hasta que un chavalito de la barra me lo comentó, es que la buena de Eulalia venía de ser jefecilla de camareras en un bar un poco más abajo (cerca de la calle de las putas, fijo que de ahí adquirió sus andares y modales de ramera barata), y en cuanto vio que en el local de la zona de lujo había un puesto de relaciones públicas disponible, no dudó en hacer cuanto fue necesario para hacerse con él.
Nada hubiera sucedido, si no hubiera empezado a utilizar su táctica del "divide y venderás" entre los compañeros, envenenando el ambiente.
Llegó un punto que por allí donde Eulalia pasaba, se hacía un silencio incómodo, atravesado por leves carraspeos. La gente apartaba la mirada. Se iban de allá donde estuvieran como si de repente recordaran que tenían que hacer algo muy urgente en cualquier otro lado del local. Los que estaban sentados, se levantaban... La tensión se notaba en el ambiente.
Exactamente no sé cuando, empezaron los mangoneos en temas de vacaciones. Un buen día, Bzz Bzz Rottenmeier ya se encargaba de cuadrar las vacaciones de todo el mundo, controlaba las pagas, controlaba clientes, proveedores... Poco a poco se hizo con el poder de todo, en silencio.
Coño, ya tenía que comerla bien, ya...
Y después llegaron las ínfulas de grandeza, las miraditas "ese no es mi trabajo", "es tu problema", "tú verás"... Y un día dejaron de ser miraditas, para ser palabras arrojadas a la cara con un "tu misma" cargado de autosuficiencia.
Maldita zorra.
Yo también quería ascender, pero no como tú. Yo no necesito gruñir, yo sé hacerme respetar. Tú no tenías nada interesante que aportar: tu trabajo era una mierda, y traficabas con información robada en el aseo de señoras, o que le sonsacabas a los compañeros entre sonrisas y utilizabas a sus espaldas.
Nah, Bzz Bzz, eso era un privilegio tuyo.
A mí me gusta la vía directa, esa que nos ha traído hasta aquí.
Ahora que miro tu coche desde aquí, me encantaría pensar una buena coartada para explicar porqué mis huellas están por la carrocería de tu vehículo, cómo es que te caíste 37 veces sobre el cuchillo, por qué tienes esas feas rajas en la cara y te faltan mechones de pelo... Pero oigo las sirenas acercándose y estoy levemente colapsada.
La verdad, muy fácil no va a ser. Que tu coche haya quedado estampado cual acordeón ahí en medio y no muy lejos del bar, no creo que sea sencillo de explicar tampoco.
En fin. Qué cojones...
Supongo que alegaré enajenación mental transitoria. En las pelis funciona. Y si no... ¿Cómo era eso? Ah, sí... Juego a rol, soy peligrosa, y tengo una katana debajo de mi cama.
Qué le vas a hacer... Yo siempre te dije que me gustaba la vía directa, que soy muy impulsiva... Y tengo un pronto muy malo...
Y tú, me tenías hasta los huevos.
P.D.: Siento haberte arrancado los mechones de pelo. Qué putada... Se me rompió una uña. En tu línea: jodiendo hasta el final.
2/29/2008
Don't be afraid
*** Now Playing: Andre Vicenzzo - Don't be Afraid
Yo, que siempre me he metido con las mujeres que leen novelas rosa, me he descubierto a mí misma, forofa del shojo, que no es si no una versión ilustrada de historias para chicas. Como aquellas que leía de pequeña alguna vez, entre ataque y ataque de Magneto a La Patrulla X.
Muchas veces te ensañas con gente, sin motivo aparente. Para mí, leer novelas rosas era una especie de deshonra. Quería diferenciarme de las demás chicas, yo no era como ellas, me decía. Yo era especial. Yo leía comic americano, yo leía libros de scifi y dragones... ¿Cómo iba a leer alguien como yo un tebeo de Esther?
Y reconozco hoy, que cuando ayer leí, los disfruté, pero yo tenía un "estatus", una "imagen" que no quería que nadie manchara. En cierta forma, era bastante más masculina que hoy.
Todo debe venir ligado del mismo sitio, de la necesidad imperiosa de definir "quien soy". Y es que cuando eres pequeño, tu propia visión es muy nebulosa, y dependes mucho más de la opinión externa. Con los años, vas aprendiendo lo que eres y lo que no, lo que te gusta y lo que no. Y cuando estás solo en casa, puedes ser tranquilamente como te da la gana, cuando nadie te mira.
Así que no deja de ser divertido, que yo que tanto critiqué ese género, soy forofa de la lectura shojo, y me paso los días con uno a cuestas, dentro del bolso, compartiendo el espacio con el mp3 y mi libro de dragones del momento. Porque no son gustos incompatibles.
Muchas veces, cuando estamos inseguros, nos reforzamos a base de pisotear a los demás. A los que son diferentes, a los que aun no se han descubierto a sí mismos, independientemente de la edad que tengan.
Veo a mi hermano, en el colegio, que se mofa de los que sacan buenas notas. Le veo a él, y me veo a mí que era la "empollona", y entonces recuerdo.
Recuerdo a los que me martirizaron, a los que me calificaban de pelota, a los que no me hablaban, a los que no jugaban conmigo en el patio. Porque era uruguaya y sacaba buenas notas. A más me jodían, mejores notas quería sacar, porque mi expediente era su vergüenza.
La gente tiene la costumbre estúpida de excusarse en "fulanito" que es peor que él, más vago que él, más tonto que él, más pobre que él, más fofo que él, más bajo que él... ¿Por qué? ¿Por qué de todos los espejos que hay en el mundo escoges el más roto, el más sucio, el más imperfecto?
Refléjate en alguien listo, en algo hermoso. Busca un modelo, no un chivo donde expiar tus penas.
Le digo a mi hermano, que no sea mediocre, que no haga lo que todo el mundo, que no se ría de los "empollones", que aprenda de ellos. Que les admire, que admire las cosas buenas de la gente, y que recuerde que en esta vida, los pelotas llegan lejos. Ojo con reírse de eso. Pero independientemente, que más que increpar a los listos, los tome de referencia.
La referencia no es "Pepito" que es más malo que yo, porque siempre hay gente peor que tú y mejor que tú. La referencia debería ser alguien mejor a quien admires y de quien digas "yo quiero ser así" y te esfuerces por conseguirlo. Reflejarte en alguien mejor, no es malo. No es malo reconocer que existe. Porque siempre puedes mejorar. Pero compararse con alguien peor no tiene sentido.
Es compadecerse, y condenarse a vivir estancado.
De todas formas, aunque ahora esto me viene a la cabeza, no es lo que estaba pensando al principio cuando me puse a escribir, salvo en que es el miedo que se le tiene a quien se cree que es mejor o diferente de ti, desconocido, lo que te hace ser y actuar así.
Probablemente esa sensación es el origen de todo lo malo. De los celos, de los maltratos y tantas cosas.
Me pregunto muchas veces cómo puedes sentir celos de alguien que no conoces, por alguien con quien no estás. Realmente es una sensación estúpida. Pero yo la tengo cada día. Hay un nombre que simplemente oírlo, me produce urticaria y hace que quiera sacar lo peor de mí, y sin embargo, me contengo. Porque mi parte inteligente sabe que atacar a esa persona es automáticamente perder todo el respeto que haya conseguido generar en todo este tiempo.
Porque la inteligencia tiene que primar sobre la impulsividad, o intentarlo, por lo menos en los momentos cruciales.
Pero es el miedo, lo que te impulsa a borrarlas del mapa.
Yo no sirvo para mentir. No me sale. Pero si no puedo mentir, y no puedo rebajarme a putear, me queda por lo tanto ignorar a esa persona. Si no tengo nada bonito que decir, mejor no decir nada. Aunque me cuesta tanto...
Creo que es el miedo a descubrir que esa persona sea mejor que yo, más agradable que yo, más atractiva que yo, más increíble que yo, lo que hace que quiera borrarla del mapa. Porque en el fondo, tengo miedo de que me quite algo que me importa mucho. Y sin embargo es estúpido sentirse así, porque nadie puede perder lo que nunca tuvo.
Pero es el miedo. es el miedo siempre lo que te hace destrozar las cosas que consideras que te amenazan, aun sin tener la certeza.
Entonces, analizo por qué tengo miedo. ¿Por qué lo tengo? Y volvemos nuevamente al origen de todo, y es la inseguridad. A no ser lo bastante bonita, a no ser lo bastante agradable, a no ser lo bastante simpática, inteligente, etc, etc, en todas las cualidades que piense que alguien va a valorar de mí. Y mi miedo es, que esa persona sea mejor que yo.
Y porque tengo miedo de que sea mejor, y no puedo afrontar eso, mi respuesta instintiva es joderle la existencia.
Más tarde, cuando he analizado ese miedo, y de dónde sale, y por qué lo siento; cuando soy consciente de que lo que realmente me cuestiono no es eso, si no mi valía, antes de volverme más tarumba solo tengo una cosa que pensar. Y es la siguiente: yo soy como soy, con mis cosas buenas y malas. Con el tiempo, iré añadiendo más en ambos lados de la balanza. Pero el esqueleto, no va a cambiar. Y tengo que vivir con eso.
Así que, que yo sea feliz, no depende de que ella sea mejor que yo, ni de mi esperanza inútil de que sea peor. Si no de que yo acepte que soy como soy, y a quien le guste tiene que ser de esta manera. Y si no es así, no hay nada que hacer.
No tengo que tener miedo. Algún día me moriré, pero no de esto.
Nana Oosaki dijo "Si tienes miedo de perder algo, es porque lo tienes".
2/27/2008
Faro que alumbras al mundo...
Fotos y cartas marchitas,
Faro que alumbras al mundo,
2/26/2008
Se me olvida...
El sonido de tu voz por la mañana. Por la tarde. Por la noche.
El sonido de tu risa, y el pliegue de la comisura de tus labios al reír.
El brillo de tus ojos, y el guiño pícaro que acude raudo, como si siempre estuviera preparado en la recámara.
Me descubro elucubrando en la oficina, mientras las horas pasan, el sol se apaga y cae la noche.
Y vuelvo a casa, caminando a veces, otras en bus, o tal vez en taxi, con la premura de llegar veloz y sin motivo: pues la casa está tan vacía como ayer. Como lo estará mañana…
Y sin embargo, no puedo evitarlo.
Envenenas mis noches, porque de tarde inoculas lentamente tu toxina en mi interior, inconscientemente –o no-, y tras el ocaso, pienso hasta que el cansancio me derrota.
Duermo, y si tengo suerte, sueño.
Y nuevamente, me despierto: es otro día…
Y se me olvida...
El sonido de tu voz por la mañana…
Y desespero.
2/22/2008
Suicidio emocional
No está de moda ser sincero.
Ser sincero en esta vida, es sinónimo de inocentón o tonto, y en el caso peor: borde.
Ser sincero está visto como un defecto, como la carne al vivo donde clavar las garras con el menor giro insospechado e infortunado de los acontecimientos.
Ser sincero, es objeto de mofas. De las burlas del vecino.
Es incluso motivo de despido laboral.
La sinceridad es el dedo en la llaga que nadie se atreve a meter, o unas pocas personas, a los que el resto considerará demenciadas o idiotas.
No señor. No está nada valorado, ser sincero.
La sinceridad, provoca miedo.
Y digo yo: ¿por qué tenemos que temer decir lo que de verdad pensamos? ¿Dónde está el problema? ¿Qué es lo malo?
Ser sincero, invita al rechazo.
La gente no está acostumbrada a decir las cosas tal cual las siente. Declaran sentimientos utilizando subterfugios. La gente no está acostumbrada a decir abiertamente “te quiero”, y por ello cuando la ocasión lo requiere te colapsas, te quedas en blanco, te sientes desnudo, desvalido, corazón palpitando a punto casi de salir por la boca.
Ser sincero, es sinónimo de paria.
El mundo premia a los hipócritas, esos que se sientan en sus cómodos y mullidos sillones en la cúspide del poder. Esos que todos saben perfectamente que tienen de sinceros lo que un pedo de buen olor.
Emotivo, efusivo, espontáneo, sincero son sinónimo de inmaduro. Porque las personas maduras son frías, contenidas, comedidas y han aprendido a ser mentirosas e hipócritas.
Entonces, yo, no quiero crecer nunca. Quiero seguir siendo pequeña, quiero seguir siendo una niña, quiero poder seguir siendo sincera. Quiero decir las cosas tal cual las pienso y querría que los demás pudieran aceptarlo tal cual es.
Los niños, son crueles. Son crueles porque se ríen de los nombres poco afortunados de los amigos. Son crueles porque te dicen que te odian sin pensarlo. Son crueles porque son capaces de coger una piedra y lanzártela sin pensar en nada más.
Son crueles, porque son espontáneos y aun no saben que tienen que reprimirse y que mentir.
El otro día hice una pregunta. Y me dijeron, es que si te digo la verdad es muy cruel. Pues yo, prefiero mil veces la crueldad de algo cierto a la dulzura de una verdad a medias o la mentira piadosa. Porque me dolerá una vez, caeré al suelo, quizás gatearé unos pasos... Pero siempre me levantaré para seguir caminando.
¿Porqué cuando vas a decir algo una verdad, piensas que estás siendo cruel, injusto, malvado?
Pues yo también quiero guardar mi parte de niña. No lanzo una piedra a la cabeza de nadie porque soy “civilizada”. Y como soy civilizada no hago daño con una pistola. Hago daño con las palabras, porque esas no dejan marcas a la vista de la gente.
Si yo insulto, si yo asalto, si yo retuerzo, si yo apabullo a alguien con mis palabras, no le queda una marca en la cara que diga “Ysondra le destrozó”. Alguien podrá contemplar una cara triste, y por más mísera que esa persona se sienta, no será capaz de reconocer que fue por algo que le dijeron y le hizo sentir mal.
Porque ser sincero y demostrar emociones, es sinónimo de debilidad. Y tienes miedo de que encima que sufres en silencio, si lo explicas, alguien se mofe de ti.
Si eso es madurar, quiero volver a ser pequeña, olvidarlo todo con un “no te ajunto”; y regenerar una amistad rota, con una simple sonrisa o un chupachup.
No quiero dejar de dormir una sola noche, pensando si lo que he dicho está bien o está mal.
No quiero dormir mal una noche, por haber sido fiel a mí misma, y haber dicho exactamente lo que pensaba, de la mejor de las maneras, sin un solo insulto, bromas por medio y bastante neutra. Y sin embargo, a pesar de haber sido sincera y mantener cierta belleza en esa sinceridad, me siento mal.
Mal, porque ser sincero es una carga.
Quizás sinceridad es sinónimo de egoísmo. Quizás sinceridad es la necesidad de decir algo que te está matando, para liberarte, sin pensar que automáticamente el peso de tus pensamientos recae inmediatamente en la persona que escucha. En la persona que lee. Aun sin tú quererlo o sin ser consciente de ello.
¿Qué es lo que hace que ser sincero sea algo negativo?
“No me lo digas”, le dice la mujer al marido que le pone los cuernos. No me lo digas, para que no me duela. No me lo digas para que pueda seguir engañándome. No me lo digas, para que no “exista”. No me lo digas para no traspasarme tu dolor.
“No me lo digas”, para que cargues tú con él. Con el silencio, con el pesar, con la culpabilidad. No me lo digas para no compartir tu desesperación. Miénteme, para que pueda seguir durmiendo tranquila.
Y así, ambos, el que miente u omite; y quien se deja engañar o se hace el loco, bailan al son de la misma música, en la misma sala y abrazados, pero mirando cada uno para el lado contrario con una sonrisa falsa.
Parece que hemos llegado a un final extraño.
Es tan raro, hoy por hoy, que uno diga lo que piensa y siente tal cual, que tal vez lo relacionamos con que nos van a decir algo malo, o que no queremos escuchar. Así que posiblemente evitas por todos los medios escuchar “eso” que te vienen a exponer, corazón en mano.
Muchas veces me dicen, “¿no te da miedo escribir lo que escribes?”, “¿no te da miedo que lo lean?”. No. No me da miedo. Este es el único lugar del mundo en el que puedo ser lo más parecido a mí misma que se me permite. Lo que puedo mandar a un diario, puedo escribirlo aquí sin tapujos.
¿Cuánta gente no dice más a menudo lo que piensa? Ni escribe a un diario, ni lleva un blog, ni lleva un diario, por miedo. Ojalá la gente se expresara más, hablara más, pensara más. Pero no está construido el mundo para que la mayoría piense por sí misma.
Escribes un artículo polémico con miedo de que lo lea nadie. Hablas de problemas en la oficina por lo bajini, para que nadie más os oiga. Vives un cuadro de Norman Rockwell que esconde una demencia de Lovecraft.
Y sin embargo, sabiendo todo esto, y siendo consciente, ni siquiera yo soy todo lo sincera que querría ser, para no hacer daño a algunas personas.
Tal vez eso es madurar. Darse cuenta del dolor que puedes causar y aprender a callarte a tiempo. Pero a veces, muchas veces, como ayer, como hace una semana, como hace un mes, he necesitado ser sincera.
Esta noche, insomne, sabiéndome culpable de que otras personas compartían mi falta de sueño; no podía dejar de pensar, si hice bien o mal. Si tenía derecho a decir lo que pensaba, sin haber reparado en la inquietud que iba a causar.
Y a pesar de todo, necesité ser infantil, lanzar la piedra, decir las cosas como son, irreflexiva, sin pensar en las consecuencias. Pensando que hacía lo mejor… Sin darme cuenta de todo lo que, sin quererlo, estaba cargando en sus espaldas.
*** EDIT
Es curioso, que ahora que estaba releyendo el post, me he quedado pensando, sobre la sinceridad, me ha venido a la cabeza el ataque de sinceridad que tuvo otra persona.
Pensar, que dentro de dos días, hará un año que desapareció una parte importante de mi vida.
Pensar, que yo no supe manejar un acceso de sinceridad de otra persona, la confesión de una vida sumida en las mentiras, que a su paso, transformaba en mentira parte de la mía.
Probablemente, ser sincero sí, es un suicidio emocional. Muchas veces cuando te ves con la necesidad de ser sincero, es para destapar una caja de Pandora. Pero, si en vez de aguantar con la mierda hasta el cuello hasta el final, no empezaras las cosas con mentiras, no te verías obligado a abrir la caja y con ella traer tus desgracias al mundo.
Tras un análisis rápido me doy cuenta que la carta que recibí hace 364 días, no hubiera necesitado ser escrita, si hace 2.922, aquella persona no hubiera lanzado la inofensiva bolita de nieve desde la cumbre de la montaña... Sin tener ni puta idea de cuán alta estaba y el inmenso impacto final.
Supongo que todos deberíamos tener derecho a ser sinceros, pero inherente a ello también tenemos el derecho de elegir, y entre esas elecciones, la de perdonar o no.
Quizás yo tenía el derecho de ser sincera ayer, y mi interlocutor, el de aceptarlo o no, responder, o no.
P.D.: Sigo sin perdonarte.
2/20/2008
¿Ave, AVE?
Por dios, qué gustazo poder expresarme nuevamente de forma natural, con tacos incluídos, y Dios sabe lo mucho que me ha costado escribir una carta a un períódico mordiéndome los nudillos para no soltar ningún improperio (improperio, madre de dios, la de tiempo que hacía que no utilizaba esa palabra xD debe tener más polvo encima que yo xD lol).
El caso es que esta Semana Santa me quiero ir a pasar unos días a París a incordiar a Assha, y después había pensado en pasarme por Madrid el resto de días... Y cuando voy a reservar mi billete de tren, oh, sorpresa, oh maravilla, chorizo Revilla, ¿no va y resulta que el trayecto Madrid - Barcelona, solo se hace con AVE?
Pues sí, pues sí. A la mierda el Alvia, el Altaria, y toda la mandanga. Bueno, queda un resquicio de irreductibles Estrellas nocturnos (eh, sin literas, ahí sentaditos, diez horas para que se te borre la ralla del culo) que saliendo sobre las diez de la noche llegan a las siete de la mañana del día siguiente.
Sí señor. Para disfrutar de lo antiguo y lo rupestre, para estar en contacto con nuestros mayores y recordar cómo eran los viajes cuando ellos los hacían: sin tele, sin asientos cómodos, en vagones de los que podrían haber usado los de "Verano Azul" para ir de un lado a otro, con los pantalones cortos y las bambas "Victoria". Por favor...
Y claro al final te das cuenta que el AVE, más que una ayuda es una tocada de moral, porque para cuando encuentras la tarifa web (que tiene huevos la cosa), ves que solo la puedes coger entre semana de mañana, o los findes más tarde del mediodía.
Ya se han guardado ya, los cabrones de la RENFE, de no explicar bien cómo comprar el billete barato, y de que tengas que llamar a un 902 para que te instruyan -oh, misericordia-. Está tan mal puesto que ni Indiana Jones.
Debe ser que la primavera la sangre altera y pa colmo me tiene que venir la regla.
En fin. Igual soy yo que soy corta, y que mi mente de raviol no supo darse cuenta que si quería comprar un billete con tarifa reducida, no tenía que hacerlo cogiendo ida y vuelta a la vez, si no cada trayecto por separado y entonces aparece (al lado de los trenes que lo tienen disponible) la estrellita o la "W" de "low cost".
A todo esto, insisto: vaya huevos.
Claro: olvídate de la tarifa barata en horas "punta". Esa ni estrella ni cojones.
Olvídate de encontrar la "W" antes de Semana Santa. Y cuidadito que cuando la veas, será en trenes que te obligan o a hacer campana a clase, a fingir enfermedad, pedir una baja, saltarte el trabajo o pedir vacaciones, día libre o lo que quieras... Porque no están pensados para que puedas usarlos a una hora decente.
Atajo de capullos.
Después se llenan la boca de promesas, y spamean la web con fotitos moñas de gente abrazada. Y con videos de recorridos en dos horas y media, publicitando que llegan ocho minutos antes de lo previsto.
A estas alturas del partido, no sé porqué me indigno, si todo es la misma mierda.
Que si acercar Barcelona y Madrid, que si mejores comunicaciones, que si blablabla.
Bueh. No me extraña que en Alemania piensen que España es a Europa, lo que el Carmelo (con perdón, y haciendo uso del concepto generalizado) a Barcelona.
Y aun quieren ir de progres, y demostrar qué guays que somos. Eso sí: gente sin estudios, sin idiomas, transportes nacionales que dejan que desear, pisos por las nubes.
I love this city.
Bueno, y una vez dejado eso por escrito, el resto de mi vida bien.
El curro bien, mis gatos bien, mi familia bien, mis amigos bien.
He podido leer el libro que me dio nombre (La noche de los tiempos), gracias a que Paul (eh, tío un saludo xD) me recordó su existencia =). Ahora estoy enganchadísima a "Guardianes de la Noche", porque han publicado la segunda parte, y ya podré ir de enganche al acabar.
He visto cantidad de pelis en casa, algo de anime, y en el cine "Sweeney Todd". Por cierto, no tenía ni guarra de que era musical xD =_)
Bueno, bueno *^-^* parece que en Semana Santa voy a cumplir mi propósito de año nuevo "viajar más fuera de españa" pronto *^-^*
Y estoy esperando que algún zopenco tenga a bien abrir su puto mail, ese que no mira en la jodida vida, y lea una carta que lleva una semana sumida en la miseria.
Respecto al WoW, sigo jugando, Saranna no está en ningún clan aun, mi maga de Cthun sigue en nivel 40 desde hace una semana y es posible que hoy llegue a 41. Con la calma y disfrutando ^^
Y he dormido más que una familia de marmotas *^-^*
Life's so good!
Carta a un diario, que a saber si publicarán o no, pero lo genial que me quedé escribiéndola.
¿Ave, AVE?
Soy barcelonesa, y llevo más de diez años viajando de Barcelona a Madrid, por motivos tanto personales como profesionales, variando el medio de transporte según las necesidades, facilidades y recursos del momento.
He viajado en todas las compañías aéreas. He viajado en autocar. He viajado en coche particular o de alquiler. He viajado en tren, diurno y nocturno, incluyendo las viejas literas.
Por circunstancias, no me he decidido nunca a sacarme el carné de conducir.
Jamás se me ocurrió por qué motivo viviendo yo en la cosmopolita Barcelona, y trabajando también siempre en la capital, debería haber incurrido en gastos, si las comunicaciones en la ciudad me permiten ir donde quiera por metro, autobús o ferrocarriles e incluso trenes.
Llevaba mucho tiempo esperando ver las obras del AVE finalizadas, y contar con una vía rápida para llegar a Madrid. Emocionada, leía cada día las noticias, y hablaba con los amigos, pues la mayor parte los tengo en la capital y de ahí mis vaivenes.
Sin embargo, llegó el día del “estreno” sin pena ni gloria. Sin apenas publicidad, como un susurro y entre temores. Sin fotografías. Casi en la total clandestinidad.
La información llegaba a cuentagotas: horarios, precios… Se hablaba del “puente-tren”, el billete abierto, la tarifa estrella y la tarifa web (de plazas limitadas y hasta un 60% más barata). Se habla de catorce mil billetes vendidos.
A día de hoy, planificando las vacaciones, me dispongo a adquirir un billete para disfrutar de la Semana Santa con mis seres queridos, con la sorpresa –si bien era de esperar-, que no queda una sola plaza en tarifa web y lo más barato es la tarifa estrella.
Por un momento, me indigno, no he visto ninguna “W” al lado del tren elegido. Empiezo a plantearme realmente su existencia. Llamo al teléfono de información, y me comunican que las plazas existen, únicamente son limitadas.
Adicionalmente, dicha tarifa es para el disfrute de los primeros trenes de la mañana entre semana, o mediodía y tardes en sábados y domingos.
Es entonces cuando me enfrento a la realidad de que la opción más optimista de utilizar el tren de Alta Velocidad será pagando 71’70 euros por trayecto, es decir: 143’40 euros en total, si pretendo alcanzar mi destino en las publicitadas dos horas y treinta y ocho minutos.
No obstante, se escapa de mi presupuesto, y me resigno a las cuatro horas y media de un Alvia, un Altaria, u otra alternativa… Pero en la web de RENFE ya no se pueden adquirir esos billetes. En el teléfono de atención al usuario de compra Internet me informan que online no es posible comprar otros tiquets, y que caso de estar interesada podría hablar directamente con reservas telefónicas.
Cual es mi sorpresa cuando la señorita que me atiende en Reservas Telefónicas, me confirma que ya no hay trenes en conexión Barcelona – Madrid que no sean AVE.
En adelante, o Alta Velocidad o nada.
Bien es verdad que queda un reducto: el viejo estrella nocturno –parece ser que sin literas-, con el trayecto en 10 horas y al módico precio de 40 euros de media por dirección.
Y me asalta una retahíla de preguntas:
¿Será que ahora viajar a Madrid desde Barcelona -o a la inversa-, es potestad de unos pocos privilegiados?
¿No era, acaso, la finalidad del AVE acercar ambas ciudades, facilitar el transporte?
¿Son una falacia, las emotivas imágenes que pueblan la web de RENFE con encuentros que terminan en abrazos entre quienes pretenden ser familiares o amigos?
¿Acaso no se espera que los ciudadanos podamos utilizarlo con asiduidad en nuestros desplazamientos?
¿Acaso el punto de mira del negocio está en los directivos, cuyas empresas pueden costearse los ciento ochenta euros por semana?
Y siendo así, ¿a qué nos enfrentamos nosotros, los ciudadanos de a pie?
¿En virtud de qué tenemos que ver mermados nuestros derechos?
Por que, en definitiva, el AVE no ha sido un complemento o alternativa a lo ya existente, no: La implantación del AVE es “la” imposición “monopolista” del transporte ferroviario en trayecto Barcelona – Madrid.
En consecuencia, ¿qué alternativas quedan? ¿Volver al viaje nocturno, y esta vez sin literas, de diez horas de recorrido? ¿Al transporte por carretera? ¿A las seis a ocho horas en autocar? ¿A la reserva de billetes aéreos “low cost”, en compañías cuya política es la reducción de líneas? ¿A la reserva de billetes aéreos a precios de AVE?
Espero que esta “reducción” en la oferta de trayectos ferroviarios sea una medida puntual, pero en caso contrario solo tengo una cosa más que añadir: Dennos la posibilidad de elegir.
Dennos la posibilidad de plantearnos en nuestra propia ecuación “coste-beneficio” si queremos o podemos afrontar el pago adicional de un mínimo de 50 euros por viaje respecto a un Altaria, por ahorrarnos –en el mejor de los casos- dos horas de viaje por trayecto.
Utilizar el AVE debería ser “una” opción, no “la” opción, pues entonces tal vez no supone la mejora en las comunicaciones que todos esperábamos.
1/31/2008
Game Over
*** Now Playing: Muse- Showbiz
Una vez mi hermano vino a mi casa, y vio mi Warcraft encima de mi escritorio. Él aun tenía unos once años. Inmediatamente, se lo pidió a mi padre. Y con la misma velocidad le dije a mi padre que no se le ocurriera comprárselo en la vida.
Mi padre me miró alucinado, mi hermano me miró como si fuera una egoísta, y yo tenía encima una sensación parecida a la que tal vez dos padres drogadictos tienen cuando su hijo les dice que quiere probar una dosis. Tú sabes que es malo, y sabes que aunque estás enganchado no quieres que tus hijos lo estén. Así que le dices que ni hablar del peluquín.
Entonces ese día vislumbré una leve sombra de duda, ¿por qué estaba tan segura que no era bueno que jugara mi hermano? Y sin embargo, estando yo enganchada, no quería ni oír hablar de que lo estuviera él. A fin de cuentas, que yo arruine mi tiempo no es lo mismo que lo haga él, que tiene que estudiar. Claro. Je. Como si eso fuera todo.
No sé cómo se da cuenta un alcohólico de que está llegando al límite, ni cómo se da cuenta un adicto a cualquier cosa, droga ilegal o tabaco. Quizás un día te pasas tanto que te asustas. Estás cerca del come etílico, o en un sueño profundo por otras circunstancias. Entonces, si tienes suerte que por lo general las primeras veces supongo que sí que la tiene, y te levantas… Te das cuenta al recuperarte, de lo que has hecho, de cómo has reaccionado… Del precio que está pagando tu cuerpo o tu mente.
Quizás alguien puede pensar que es una comparación exagerada esta que hago, pero… Tendría que haber estado ahí para verlo, o jugar así para sentirlo. Quizás no es más que otra forma de ludopatía. Yo no gastaba dinero… Pero gastaba mi tiempo.
Algún día recuperaré el post de “es sólo un juego”, pero mientras, acabo este.
Para variar, venía pensando en el autobús.
Creo que soy el tipo de personas, que a según qué juegos no puede jugar, o al menos, en según qué modalidades de según qué juego.
No soporto perder. Ni a las cartas, ni en el Monopoly, ni el las damas o el parchís o cualquier juego. Quizás eso es lo que hace de una raid una perdición para mí.
Me lo tomo todo en serio. Siempre. Intento hacer las cosas lo mejor que puedo, sean lo que sean. Y destiné demasiados esfuerzos a la raid. Es solo un juego… ¿Cómo se me fue la pinza tanto?
Perdí el control el día que me di cuenta que tenía que avisar de que no iba a estar tal día conectada… O cuando estaba cansada y quería dormir pero no podía desconectar, porque era dejar tiradas a 24 personas… Y cada vez más cansada y más cansada y más estresada…
Empecé a fallar en el trabajo. Los números me bailaban, los papeles se amontonaban… ¿Cómo pude permitir eso? No lo sé. Estaba demasiado absorbida. Estaba demasiado cansada. Tenía demasiadas ganas de dormir.
Dormía los fines de semana, y entre semana dormía poco, para aguantar hasta el final.
Dicen por ahí las malas lenguas, que la raid es para los parados, para las amas de casa, los estudiantes, para la gente de baja, para los ricos, para los que no tienen familia ni obligaciones. Para los que pueden dormir hasta tarde y tienen horarios de trabajo normales.
Pero la raid no es para mí, que trabajo diez horas al día, llego a casa a las nueve, y me levanto a las 6.30.
Cenaba delante del ordenador, o no cenaba. No veía a mis padres entre semana. No veía la tele, ni veía anime, ni leía libros. Solo leía en el bus, pero muchas veces se me cerraban los ojos, así que me ponía música.
Acabé poniéndome maquillaje…
No jugaba con mis gatos, es más, me enfadaba si pasaban por encima del teclado. No ordenaba mi casa los findes porque estaba tan cansada que solo quería dormir.
Fuerte, ¿eh? Debo parecer una enferma. Y lo estaba. Y quizás aun lo estoy un poco, pero ya empecé el tratamiento de desintoxicación.
Si me quería ir un fin de semana, tenía que avisar que no iba a estar conectada. Si tenía sueño, tenía que decir que me quería ir a dormir, y muchas veces decían que vale, pero sabías que jodías la raid y te quedabas hasta el final. A veces notabas ese “va quédate un poco más”, pero lo decía gente que duerme hasta las 9 o las diez o las once. O que se despiertan a las ocho de la mañana, o que trabajan 7 u 8 horas nada más…
Cada vez estaba más quemada. Más quemada… Más quemada… Más quemada…
Es solo un juego. Jugamos para divertirnos…
Mentira.
Reírte es divertido, hablar con los amigos, es divertido… Estar esclavizado con horarios, no lo es. Pedir permiso para dormir, no lo es… Estar contento porque tienes todo el tiempo del mundo para jugar, no lo es.
Coger un taxi para llegar a casa a tiempo de raidear, no es divertido.
No, yo no soy el tipo de persona que pueda permitirse jugar allí.
Y aun ahora, que no tengo clan, por la explosión del lunes, una parte de mi piensa… Igual podría cambiarme a otro y jugar más Light. Pero no es posible… Una vez pruebas la raid y la tienes en las venas, no puedes dejarlo. Si vas a otro clan tiene que ser igual o mejor que el tuyo o te quemas.
Y es volver a empezar.
Así que la única opción que queda es irte a un clan pequeño, volver con los amigos, jugar en PvP o usar el WoW como un Messenger.
Había pensado entrar en Last Hope. Me da pena saber que no mataré a Illidan. Pero mientras escribo estas palabras, y las leo... Me doy cuenta de que no tengo que hacerlo. ¿Cómo puede darme pena eso? Debería darme pena otro tipo de cosas. Mis gatos, por ejemplo. Ver poco a mi hermano, leer menos… Estar enfadada cada día… No rendir.
Y aunque me muero de ganas de jugar (de fumar, de otra copa, de otro pico, como podría pensar alguien en otra situación), sé que no tengo que hacerlo. No quiero perder el control otra vez.
Así que me iré a jugar con mis amigos battle grounds, o arenas, o instances de lows… Pero la raid hardcore no es para mí, con la vida que tengo ahora.
Mientras estaba en Shattrath estaba apenada. Pensando en la gente que estaba e Black Temple y que yo ya no veré eso en la vida. Pero hay más juegos. Hay más formas de juego. Hay vida en el planeta.
El lunes mientras enviaba a todo el mundo a la mierda… Que les dije no pocas barbaridades: “Ojalá te quedes en el paro, o viviendo bajo un puente, pero con wifi, eso sí, y que tu única preocupación sea la raid. O sin vida social, con todo el tiempo del mundo para jugar, o que los suspendas todo y tengas todo el tiempo del mundo para jugar”, me acordé de Petra Arkanian. Una de las mejores pilotos que iban con Ender Wiggin, y del día que se rompió. Ese día Ender supo que ya no volvería a poder contar con Petra al máximo, así que ya no era útil.
Petra se fue llorando y diciendo que lo sentía, que sentía haber fallado, haberla jodido y que no lo haría más. Pero Petra estaba rota ya. Ya no valía. Lo que la hizo brillante se esfumó.
Ayer me fui a dormir a las once de la noche, no tenía nada importante que hacer, no tenía nadie a quien dar explicaciones…
Estuve jugando con los gatos, con la PSP, mirando “Tú la letra, yo la música”. Estuve jugando en C’Thun, un SM Cathedral, mientras otra parte de mí pensaba en Mount Hyjal. Y es precisamente el acordarme de esas cosas, las que definitivamente me hacen no apta para raidear. Porque me crea adicción.
Y hay muchas cosas mejores en las que invertir el tiempo.
No le doy explicaciones ni a mi padre. Así que no quiero dárselas a nadie más ni en un foro.
Y aunque me cabreara, y la gente piense que mi oficial es malo (porque sí, las raids “pro” son como ejércitos, con su general, sus capitanes y sus soldados rasos como yo), mi oficial me hizo el favor de mi vida al invitarme a irme. Hubiera vuelto a explotar, y yo lo que necesito no es un épico, ni el tier 6. Es dormir, y divertirme.
¿Parezco enferma? Seguramente lo estoy/estaba. Pero me alegro de haberme dado cuenta y haberme parado a tiempo.
Lo malo no es jugar online, ni Warcraft ni nada parecido. Lo malo es sacrificar más tiempo del que tienes, y que eso afecte al resto de tu vida.
Gastar dinero no es malo, comprar no es malo. Pero robar para tener dinero para comprar… Eso sí es grave. Llenarte de tarjetas de crédito para usar dinero que no tienes para comprar en el Corte Inglés cosas que no vas a usar o no son importantes, es malo.
¿Es malo el Corte Inglés? ¿Es malo Fnac? No. Eres tú quien decide cuánto gastas, cómo, cuándo y dónde.
¿Es malo Warctaft? No. Pero eres tú quien decide, también aquí, cuánto juegas, cómo juegas, cuándo juegas y dónde.
Y en el momento que bien no eres libre de decidir todo eso, o no te sientes –por lo que sea- libre, de decidir todo eso, es momento de decir adiós. Al juego, o a la raid, o cambiarte de clan o lo que sea. Pero decir adiós y tomar las riendas.
Algunas personas se indignaron porque dejé a entrever que estábamos enfermos. Pero es verdad. Una persona sana, no dedica tanto tiempo a eso.
Reconocer que estás enfermo, no es malo. Lo malo es negarlo o enmascararlo. No ser consciente de eso, o querer mentirte y hacer ver que todo está bien.
La mierda es que yo, soy consciente de muchas cosas, entre ellas siempre tengo presente que puedo engañar a los demás, pero a mí no. Y aunque dijera que lo tenía todo bajo control, yo sabía que estaba perdiendo las riendas.
El lunes, lo único que hice, quizás de la forma menos adecuada, fue retomarlas.
No voy a dejar de jugar, porque en sí me divierte. Lo que no pienso volver a permitir es estar esclavizada a la pantalla. Yo decido cuándo, cuánto y cómo. Qué razón tenían mis antiguos compañeros, cuando me dijeron "ese camino ya lo recorrí, y no pienso volver a recorrerlo". Ahora entiendo a qué se referían. Pero es como el enchufe: hasta que no metes los dedos dentro, y compruebas el voltaje de la descarga por tí mismo... Da igual lo mucho que te avisen, que no paras.
Y por todo esto, es por lo que no quería que mi hermano empezara a jugar. Porque yo soy capaz de llegar a estas conclusiones, pero alguien de 13 años, dudo que pudiera alcanzarlas.
1/30/2008
Out of Control
¿Cómo sabes que estás fuera de control?
Cuando tienes ataques de compra compulsiva, cuando te irritas más de lo normal, cuando le saltas a todo el mundo a la yugular, cuando te sientes agotado, cuando fallas en el trabajo, cuando sabes que no estás haciendo las cosas bien…
Llevo varios días fuera de control. Pero bueno, para bien o para mal el lunes exploté en un alarde de los míos.
La verdad, poco se puede hacer por ello. Pero lo que me preocupa es esa sensación.
Todavía alucino cómo el viernes pude irme a un atienda Game, plantarme allí y dedicar setenta y ocho minutos a elegir entre una Nintendo DS y una Sony PSP. Lo cual indica que a pesar de que el impulso fuera inducido por una neura, dediqué el tiempo suficiente como para decidir.
La verdad es que la semana pasada fue una semana de mierda, por motivos diversos.
Había planeado irme a pasar el finde a Madrid y descansar de la vida en general y el juego en particular. Al final por circunstancias, no me veía capaz de irme de fiesta y dejar sola a mi familia, por lo que decidí cambiar el billete.
El mismo viernes, estaba a las once de la mañana pensando si cambiarlo o no cambiarlo.
¿Qué fue lo que me pasó por la cabeza para cambiar los planes? Un montón de cosas. Pero aunque la cosa fue por temas familiares, también tuvo algo que ver la cobardía.
Sé que estoy fuera de mí cuando me siento paranoica y creo que todo lo que pasa alrededor mío es una confabulación mundial contra mi persona. En algún punto en las últimas semanas, perdí la cordura, y creo que se quedó extraviada junto con el sueño.
Tal vez raidear hardcore no fue la mejor de mis ideas.
El jueves por la noche, cuando tenía que hacer una maleta, tres palabras que yo interpreté como me salió de los bajos, me hicieron cambiar radicalmente de opinión, y preferí quedarme en Barcelona. A más vueltas le doy a aquello, más pienso que me estoy volviendo gilipollas sin remedio.
El viernes me entró el ataque de “mala hija” que se va de vacaciones cuando la familia la necesita. Ya sé que mis padres me dijeron que me podía ir, pero yo simplemente no podía o no me atreví a irme y dejarles solos.
El sábado estuve con unos amigos de barbacoa, y el domingo en casa de mis padres haciendo la comida y tal.
Una parte de mí estaba tranquila, y la otra no paraba de llamarse a sí misma cobarde y subnormal por no haberse ido de viaje.
El lunes, simplemente exploté.
No tenía ganas de jugar, no tenía ganas de raidear, estaba deseando que quien fuera in u off game me diera un motivo para destrozarlo. Soy genial buscando pelea. La encontré y destrocé todo lo que se me puso delante, sin pensar en las consecuencias.
A quien le importan las consecuencias, yo solo tenía ganas de romper la vajilla.
Y bien rota que la dejé, por cierto.
Ahora, aunque me puedan preocupar las consecuencias de mi rabieta, lo que más me preocupa es mi falta de control sobre mi forma de sentir, y de expresarme.
Quizás haber explotado no estuvo mal, ahora me siento más relajada en cierta medida y es la forma de llamarme la atención yo misma, para no repetir la estupidez.
Me pregunto… El viernes fue la PSP… Si no controlo esos accesos de rabia y compra compulsiva, la próxima vez, ¿qué será? Un coche?
Y cuando lo analizo me doy cuenta que tengo tendencia en mis días malos a comprar cosas, como auto premios. Siempre pienso va, solo son seis euros… Pero suma y sigue. Seis, más seis, más seis, más seis…
Ayer me dijeron también un par de lindeces que probablemente merecía. Entre ellas que debería comprar menos, jugar menos y salir más. Pero bueno quien lo dijo no es nadie para echarme eso en cara. No obstante tocó el punto débil y como ayer ya estaba bajo control, no respondí…
Porque mi respuesta hubiera sido “no sabes nada de mí, ni de mi vida, ni de cómo soy, y no tienes derecho a decir nada”, pero la respuesta hubiera sido “tú tampoco tenías derecho a decir todo lo que dijiste”, lo cual, es cierto.
¿Las palabras se las lleva el viento? Quizás algunas palabras necesitan huracanes para que se las arranque de la memoria y muchas veces ni eso.
*** Nota mental: Contar hasta 20 antes de hablar, porque a cien no llegaré. Evitar zonas comerciales cuando esté rabiosa o deprimida. Meterme la lengua en el culo antes de decir nada si estoy enfadada. Desconectar o marcharme, si no consigo meterme la lengua por el culo. Paso de mordérmela, capaz sería de envenenarme yo misma.
La verdad es que aunque lo que pasó el lunes me sabe mal, lo único que no me quito de la cabeza es cómo coño exploté así, lo fácil que he perdido el control estos días, y cómo he permitido que pasaran algunas cosas que no tienen que volver a pasar.
Cualquier día pido el traslado a Madrid. Vivir así es una puta mierda. Vivir currando solo es una puta mierda. Vivir lejos de los amigos es una puta mierda. Vivir solo es una puta mierda.
Pero hay cosas peores.
1/21/2008
Colmena
Reflexiones post Kael'Thas
Apócrifo -de momento- para los foros oficiales.
Este no es un post que habla de estrategias, no vais a encontrar absolutamente nada aquí que os diga cómo tumbar al boss, sin embargo, habla de emociones y de cómo me sentí ayer cuando en Shemsu Hor tumbamos al fin a ese hueso duro de roer que ha representado Kael’thas para la horda de Dun Modr, y de todo lo que me han dado que pensar esas emociones.
No voy a atribuirme méritos que no me son propios, porque cuando yo llegué a Shemsu, ellos ya habían tirado a Vashj y estaban haciendo tries a Kael. Agradezco a todos los que me apoyaron para entrar, en especial a Grial, por dejarme su puesto cuando él migró a C'thun buscando ver mundo, porque por más que digan, ser horda en Dun es muy duro, y no hay casi clanes avanzados en PvE. Y también a Brasi, mi oficial, que no me mandó al carajo aun a pesar de toda la brasa que le di hasta que entré. A Chusti, Mönik, Quenthel, Raza, Dimi, Kage, Retry y todos los demás.
Es gracias a gente como ellos, y como Dimitri e Iscariote, por ejemplo, y tantos otros, que tiraron de Shemsu antes que nosotros -porque muchos de ellos dicen que ya no quedan viejos amigos y somos casi todos sangre nueva- que ayer cayó Kael’thas. Porque todos ellos lucharon muchísimo y facilitaron el camino.
Y no sólo ellos. Todos los grandes clanes horda que quedan en Dun se esfuerzan MUCHO porque el PvE no desaparezca del server y los buenos jugadores se queden, y no se vayan a otro lado. Aunque Shemsu está ahora mismo en la punta (y yo tuve la suerte de mi vida porque me adoptaran), me alegro por cada down de Réquiem, Spectral y Last Hope, y espero con impaciencia cada nuevo down suyo y que pronto pueda felicitarles por acabar TK, porque a más clanes tiren a Kael, más esperanzas tendrá la horda de nuestro servidor.
No suelo postear sobre este tema del estado de Dun, pero un año aquí ha servido para verlo, cuando he pasado por dos fusiones, una absorción, un desbando de clan, y al final acabé en Shemsu porque era prácticamente mi última esperanza.
Los miembros de mi antiguo clan, Ad Infinitvm (a los que les doy las gracias por haberme enseñado a jugar y aguantarme -Quizzer, Dereck, Laurana, Pikkolo, Fumari, Dagodai, Zoed, Anaki, Crimsomh, Erógena, Raist, Ariakkas,…- a pesar de que nos desesperamos en Karazhan y pensamos que ya solo la fusión nos salvaba y únicamente acabó separándonos y rompiendo nuestro clan), han ido a otros clanes como Réquiem, lo han dejado, o han migrado, o son pvperos y sólo tres permanecemos juntos (a saber por cuánto tiempo).
Este post, a pesar de ser un ladrillo, también habla de reflexiones sobre cómo ve el mundo a los jugadores hardcore de WoW, y tal vez de cualquier juego online, y porqué yo creo que verlo así está un tanto desajustado.
Pero insisto, son simplemente varias reflexiones, y todas ellas mías, por lo que tal vez no sean compartidas; solo que a más avanza el juego, y más esfuerzos requiere, más me hace pensar.
No voy a dejar WoW, ya estoy detrás de mi expansión… Y me muero de ganas de ver el nuevo reino.
Aun a riesgo de parecer más loca de lo que ya parezco y ojo que no me vais a decir nada nuevo, solo quiero decir a quien lea esto y sea horda de Dun: no tires la toalla, no migres de server. En Dun Modr hay mucha gente aun que vale la pena, y con quien divertirse. No te vayas a un clan de Cthun porque vaya más avanzado que el tuyo. Si todos migramos, ya no habrá manera de tirar adelante.
Si todavía no has elegido server, y quieres ser horda: intenta Dun. Si todavía no sabes qué facción quieres jugar, hazte horda en Dun.
Te van a campear los alis: cierto.
Te vas a estirar de los pelos: cierto.
Vas a odiarles de por vida: cierto.
Pero en otros servidores es la horda quien campea a la alianza y todos seguimos adelante. Si fueras ali en Cthun, pensarías lo mismo, pero de la horda.
Ganbate! Y diviértete mucho.
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Es curioso lo mucho que me aburro en el autobús.
El camino a la oficina debe ser el único momento del día que me dedico plenamente, tanto para leer un libro como un manga como para pensar.
Hoy he dormido cuatro horas. Cuatro nada más, y tenía pensado levantarme y pegarme una ducha, pero al final me ha podido el cansancio y he optado por levantarme sin más, una vez había elegido qué ropa me iba a poner mientras remoloneaba en la cama.
Y un día más, he tenido que recurrir al maquillaje, porque tenía unas ojeras que no eran normales.
Mucha fiesta, es lo que te dice todo el mundo… Pero, ¿cómo les explico yo que no estaba de fiesta? ¿Cómo les explico que me dormí tarde porque me moría de ganas de ver Mount Hyjal? ¿Cómo les explico que tenía un subidón tal, por ehabr matado a Kael’thas, que no me podía dormir a pesar del sueño acumulado de semanas de esfuerzos por matarle?
¿Cómo le explico a la gente que me hizo feliz matar un bicho de un juego? ¿Cómo le explico a la gente que cuando voy diciendo que maté a fulanito, no hablo de la vida real si no de la vida online?
En fin.
La gente tiende a mirarte raro cuando dices que le echas tanto rato a un videojuego. La verdad, mis ideas al respecto dan para otro post que por ahí anda en cola, pero lo que me ha llamado la atención es el pensamiento concreto que me asaltó en el trayecto.
Voy a confesar que llevo unas dos semanas durmiendo poco más cinco horas al día los de diario. Es una bestialidad, lo sé, soy consciente de ello, todo por estar hasta tarde haciendo tries a Kael’thas. Quien no juegue a ningún juego online, que requiera un esfuerzo del estilo, igual no lo entiende.
Pero aunque a veces pueda parecer un tanto enfermizo, estar jugando tantas horas, no es peor que quien se dedica a un deporte y entrena muchas horas al día casi toda la semana para conseguir llegar a la final de una competición y ganar. Tampoco es diferente de la gente que queda cada día después del trabajo en el bar para mirar el fútbol, jugar a dardos, beber unas cañas… O quien va cada día al gimnasio y se tira 4 horas haciendo deporte, o nadando o en el jacuzzi o qué sé yo.
Son aficiones diferentes, y muchas veces hasta compatibles.
Quizás si se cobrara por jugar a WoW, como cobran algunos jugadores amateurs de equipos deportivos, la gente miraría con otros ojos. Pero… Al final, el dinero todo lo excusa, y lo demás son tonterías. Qué le vas a hacer.
Pero mientras estábamos allí, renegando, y viendo cómo pasaba la tarde y desesperando por fallos tontos, por wipes, por limpias… Cada vez parecía que estaba más cerca el momento de la victoria… Y sin previo aviso, sobrevino.
Ahí estaba Kael’thas a nuestros pies… Y todo el mundo sacando screenshots del momento, mientras por el Team Speak sólo se oían risas y chillidos de alegría, y felicitaciones varias, y estábamos todos eufóricos. Y en ese justo momento, lo sentí: la alegría de haber pertenecido a eso, de ser parte de Shemsu, de haber matado a Kaelthas con 24 compañeros.
Y saber que eres el primero en hacer una cosa, en llegar a un sitio, como si del monte Everest se tratara, es genial.
Reconozco que mientras estábamos intentándolo, sentía que quería que cayera, porque si hubiera habido otro clan que lo hiciera antes que nosotros hubiera supuesto un golpe emocional muy duro, y no quería que nadie nos quitara ese triunfo, y mientras bajaba el pocentaje, 40, 31%, 26%, 15%, 8%, 2%; solo pensaba "Dios, que ya cae", y me moría de ganas de verle caer.
No se estire nadie de los pelos, porque a fin de cuentas, ¿qué diferencia hay entre la sensación que pude tener yo ayer, y alguien que ganó la liga? Si hubiéramos estado juntos, nos habríamos dado un abrazo y nos hubiéramos ido de copas. Como un equipo más. ¿Qué tiene de malo alegrarse por algo virtual? ¿Tiene menos mérito que me alegre yo por eso? ¿Soy más enferma por participar de la alegría de haber tumbado a un boss de Tempest Keep, que el tío que se alegra porque su equipo preferido de fútbol gana el partido de su vida? Cuando ese tío ni siquiera juega…
Llegará el día en que la gente verá esas cosas tan normales, pero mientras tanto tendremos que cargar con la etiqueta de “friki”.
Pero lo que me llamó más la atención, fue darme cuenta que yo, que nunca he sido forofa de un equipo de fútbol, que no tengo tendencias políticas marcadas ni voy a mítines, que no soy religiosa de ningún estilo ni fan acérrima de cantante o actor alguno, ni me he sentido identificada con colectivos concretos, y sin embargo ayer tuve esa sensación de pertenecer a uno y estar contenta por participar del éxito de todos.
Por un momento, mientras todo el servidor nos felicitaba y nos llenaba de privados; mientras estábamos en medio de Shattrath con la bendición de A’da’l, sentí esa pertenencia y me encantó. Y mentiría si dijera que no degusté cada minuto de felicitaciones. Por un momento, entendí tal vez, cómo se siente un equipo al ganar la copa.
Por un instante sentí que pertenecía a esa colmena, y el subidón emocional que me supuso, fue alucinante. Y en ese instante supe que por mucho tiempo no va a haber otro clan para mí que no sea Shemsu (salvo que acontezca una hecatombe y nos separemos). Porque estas cosas, superar os baches, son las que te unen a la gente.
Así que por la mañana, en el bus de camino a la oficina, me quedé un poco impresionada, por mi forma de pensar y reaccionar, pero deseaba llegar para mandar un mail a los amigos a decirles “Ding, dong, la bruja ha muerto”, poner en el attachment screens del momento, explicarles lo guay del down, lo guay del primer wipe en Mount Hyjal, y enseñarles una foto de mis amigos… Mientras señalaba una diminuta maga blood elf, con su netherwelp de pet y decía “esa soy yo, ese es mi ofi, ese es mi compi, ese vive en Terrassa…”
Lamentablemente, como en todos los clanes, cada uno de nosotros está en una parte distinta de España, y aunque nos vemos a menudo, algunos más que otros, porque viajamos, quedamos en Madrid, o vienen de visita a Barcelona, no pudimos celebrarlo.
¿Qué tiene de malo hacer amigos así? ¿Por qué es mejor por ejemplo, conocer a alguien en otra ciudad o país escribiéndole cartas a una dirección sacada de una revista? ¿O por un sms en un chat de ligues? ¿O en una discoteca?
¿Son menos amigos porque les ves online y pocas veces en la vida real? ¿Y los amigos del veraneo que los ves una vez al año y quizás no les ves hasta el siguiente estío?
La forma de comunicarse de la gente está cambiando por segundos. Cambia incluso mientras yo escribo.
Estiraos de los pelos si queréis... Pero acordaos de esto: El mundo avanza con pasos de gigante, internet avanza como un virus... Y quizá hoy yo os parezca una enferma, pero creedme cuando os digo, que mañana veréis a vuestros nietos cómo juegan y cómo se relacionan, y a su lado tal vez yo sea la persona más cuerda del mundo.
Hasta ese entonces, y mientras me divierta, seguiré disfrutando de WoW y mis amigos.
1/15/2008
Segundas intenciones
"Es diferente de Shimamoto”, pensé. “No me da lo que Shimamoto me daba. Pero es mía y quiere ofrecerme todo lo que puede. ¿Cómo podría hacerle daño?”.Entonces no lo sabía. No sabía que era capaz de herir a alguien tan hondamente que jamás se repusiera. A veces, hay personas que pueden herir a los demás por el mero hecho de existir.Al sur de la frontera, al oeste del Sol”.- Haruki Murakami
Aunque Izumi me suplicara que me quedase, y aun suponiendo que, como trueque, consintiera en acostarse conmigo, yo no tenía ninguna intención de permanecer ni un día más en aquella
tranquila y elegante ciudad. Aunque eso supusiera nuestra ruptura. Si me quedaba, algo entro de mí se perdería para siempre. “Y es una pérdida que no puedo permitirme”, pensaba. Era algo vagamente parecido a un sueño. En él había ardor, y también, dolor. Se trataba del tipo de sueño que tal vez sólo pueda tenerse a los diecisiete o dieciocho años.
Y ese sueño Izumi tampoco podía entenderlo. Lo que ella perseguía en aquella época era un sueño de una naturaleza muy diferente, un mundo que se emplazaba en un lugar muy distinto.
Pero, al final, antes de empezar realmente esa nueva vida en ese nuevo lugar, nuestra relación llegaría a su fin de una manera brusca e impensada.
“Al sur de la frontera, al oeste del Sol”.
Haruki Murakami
Qué difícil es para una mujer entender a un hombre.
Dicen que los hombres son textuales. Que son literales. Que dicen simple y llanamente lo que quieren decir. Si después de hacer la cena, estás sentada con él en la mesa, y te dicen “pásame la sal”, simplemente te está indicando que le pases la sal, nada más…
Entonces, porqué lo que tu cabeza se empeña en oír es algo como “te ha quedado soso, dame la sal que lo arreglo”.
Por algún extraño motivo las mujeres siempre suelen buscar los cuartos y quintos significados de las frases, de las acciones, de cualquier cosa.
Eso, o igual yo soy la única paranoica que se entretiene en analizarlo todo. Lo que dijo, porqué lo hizo, qué ropa llevaba en el momento, la música que sonaba, los gestos, las miradas, el tono y la inflexión de la voz, cómo la modulaba, y en base a todo eso descifrar lo que de verdad una frase o un movimiento corporal quería decir.
Igual no son así todas las mujeres y es cierto que yo pienso demasiado. Sin embargo, estoy plenamente convencida de que no soy la única, y que la mayoría de chicas tienden a hacer eso alguna vez.
A lo mejor te regalan una tontería, o un libro con un título extraño, y te pones a analizar, porqué ese libro entre todos los demás. Si no es el tipo de literatura que tú lees con asiduidad. ¿Será por el título? Y si te llega por casualidad una planta o una flor… ¿Por qué ésa y no otra? ¿Significará algo esa planta? ¿Tendrá un nombre especial? ¿Un significado?
Entonces te quedas pensando y te traumatizas porque tu mente intenta descifrar la psique de alguien que no eres tú y que no sabes cómo funciona. Mandas pings que no reciben respuesta. Y analizas esa falta de respuesta. ¿Estará ocupado? ¿Estará pasando de ti? ¿Le estarás molestando? ¡Dios mío! ¿Estará hablando con otra y por eso no te responde?
Entonces te dice que está ocupado… Y piensas… Ah bueno. Pero acto seguido empiezas a divagar. ¿Está ocupado? ¿O quizás está dándome largas y diciendo que le deje en paz? Pero si el otro día tenía tiempo…
¿Qué es lo que hace que te pongas a pensar en todo eso, y a analizarlo todo hasta llegar al borde de la locura y la extinción neuronal?
Creo que estamos acostumbradas a darnos falsas esperanzas, o a buscar la mínima señal a la que aferrarte, para hacer que un sentimiento crezca, aunque a veces sea estéril e infructuoso. O incluso destructivo.
Creo que a veces, estás tan desesperada por ver lo que quieres ver, que buscas en cada recodo un sitio donde aferrarte desesperadamente, y no renunciar a lo que sientes, esperando que un día sea recíproco.
Piensas que como muchas veces, tú dices y haces cosas que en realidad implican mucho de lo que pueden aparentar, tal vez todo el mundo lo haga. Pero en el fondo solo estás intentando que crezca una rosa en un desierto sin agua, y lo único que vas a conseguir es que no nazca nunca, o tal vez, en el mejor de los casos que muera rápido nada más crecer, porque está condenada de antemano.
Partes de la base errónea, de “si yo hiciera eso, lo haría porque…”, olvidando de que no estás analizándote a ti misma, si no a un “desconocido”. Porque tú eres retorcida y estás acostumbrada a que las mujeres quieran decir mucho más con sus palabras delo que realmente dicen. Porque solo quieres buscar la forma de ver lo que deseas ver, o la manera de que que cambien las cosas a tu favor.
Y aun así, cuando es del todo imposible, nosotras jamás queremos tirar la toalla hasta el último momento, y sin embargo es tan difícil decidir cuándo es el instante preciso de hacerlo.
¿Cuándo es? ¿Antes de volverte loca? ¿Antes de no poder dormir por las noches? ¿Antes de que tu cabeza no pueda ánsar en nada más que no sea eso? ¿Antes de decidir hacer una locura? ¿Cuándo? Pero normalmente sigues ahí, cavilando y cavilando, tejiendo redes imposibles y compendios gigantescos sobre el comportamiento masculino.
Buscando excusas que perdonan o hacen que sus gestos parezcan cosas que no son, siempre a tu favor. Engañándote, hasta que olvidas, y muchas veces solo olvidas, hasta que aparece un tercer espécimen del que analizar sus segundas intenciones, quizás nuevamente inexistentes.
Es muy, pero que muy agotador ser mujer.
En el curso de toda mi vida, son contadas las ocasiones en que me he sentido atraído por mujeres bellas en el sentido general del término. A veces he ido andando por la calle con un amigo que de improviso comentaba: “Has visto? ¿Te has fijado en lo guapa que era esa chica?”, pero yo, cosa extraña, no lograba recordar el rostro de esa “hermosa mujer”. Tampoco me han fascinado jamás las actrices guapas, ni las modelos. No sé por qué, pero es así. Ni siquiera en la adolescencia, cuando la frontera entre el mundo real y el de los sueños es tan imprecisa y los anhelos exhiben su fuerza de una manera casi prodigiosa, jamás me gustaron las chicas guapas por el hecho de serlo.
Lo que me atraía no era la belleza externa cuantificable e impersonal, sino algo más absoluto que se hallaba en el interior. De la misma manera que hay quien ama secretamente los diluvios, los terremotos y los apagones, yo prefería ese algo recóndito que alguien del sexo opuesto emitía hacia mí. A ese algo voy a llamarlo aquí “magnetismo”. Una fuerza que te atrae y te absorbe, te guste o no te guste, quieras o no.
Quizás pueda compararse a un perfume. […]Tal vez haya un aroma que atraiga a cincuenta personas entre cien. Y quizás exista otro distinto que atraiga a otras cincuenta. Sin embargo, también hay uno que hechiza sólo a una o dos personas en este mundo. Es un aroma especial. Y yo era capaz de percibirlo claramente. Sabía que era letal. Podía distinguirlo a la perfección desde muy lejos. En esas ocasiones, yo quería acercarme a las mujeres que lo exhalaban y decirles: “Lo he notado, ¿sabes? Quizá los demás no, pero yo sí”.
“Al sur de la frontera, al oeste del Sol”.
Haruki Murakami









